El criterio de una auténtica vocación

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Por Marcel Devis Rector del Seminario de Post-Curé La Cliesnoye-Cuise-la-Motte (Oise).


Tratamos en primer lugar de decir cómo es posible descubrir con suficiente certeza el carácter sobrenatural de una vocación. De buena gana nos propondríamos el siguiente criterio: Ha habido en la vida interior del sujeto "una hora H", en el curso de la cual ha colocado su vida con plena conciencia ante Dios en la madurez de su fe, y al término de la cual ha optado libremente por un sacerdocio o la vida consagrada cuyas exigencias percibía claramente. Se da entonces un verdadero acontecimiento espiritual que, bien seguro, puede prolongarse durante muchas semanas o muchos meses; que a veces se presentará súbitamente como un camino de Damasco o una intuición bergsoniana; que será siempre el resultado de un largo camino interior; que constituirá un punto de referencia en el curso de la duración de la existencia. Intentemos detallar en qué condiciones puede producirse tal suceso...

Los criterios para determinar una autentica vocación son tres: Una fe adulta. Libertad interior. Una visión clara de la consagración a Dios.

Una fe adulta

Supone en primer lugar la madurez de la fe. ¿Qué quiere decir esto? Una fe madura, o, como se dice hoy, una fe adulta, es, en primer lugar, según nos parece, una fe despojada de todas las representaciones infantiles. Estas son múltiples, pero la que nos parece ser más peligrosa para el sujeto de que tratamos es una representación sentimental y romántica. En la formación del futuro sacerdote o consagrado, se dan con frecuencia llamadas a la generosidad. En la infancia y en la adolescencia, esto es normal. Es normal incluso en cualquier época de la vida, a condición de que se sepa de qué se habla, y que la generosidad de un hombre no es más que análoga con respecto a la generosidad de un niño. De lo contrario, estamos en un pleno equívoco. Al hablar de generosidad, el educador pensará —por lo menos así lo esperamos—, en la decisión de una voluntad fría y lúcida que responde con el esfuerzo perseverante a las llamadas de la gracia divina; que no le desaniman, ni la sequedad interior, ni las tentaciones, ni las decepciones, ni siquiera un momento de fatiga o una noche de insomnio. ¿Será cierto que el dirigido lo entiende de este modo, y que no llama generosidad a cualquier entusiasmo juvenil, a cualquier ardor ficticio o a cualquiera impresión de sentirse «hinchado»? Dios no es un agente electoral: no hace la llamada a nuestro nerviosismo ni a nuestra facultad emocional, sino a lo que hay en nosotros de más íntimo, de más secreto y que es su imagen. No nos coge a traición, aprovechando el fervor de un retiro o de una de esas blancas comuniones donde uno se siente grandemente «consolado», para arrancarnos una decisión que se dejará sentir en nosotros durante dos o tres años; estos son procedimientos de propagandistas y de tribunos que «manejan» multitudes. Dios no nos «maneja», precisamente porque nos respeta: nos propone un don, sin duda con la insistencia de su amor, pero también con la soberana reverencia que El usó antes con la Virgen en la Anunciación y de la que sólo El es capaz.

Le interesa más la libertad interior de nuestra respuesta que la rapidez, y le gusta más la voluntad dolorosa que no se rinde, como Jacob, más que después de la pelea con el ángel, que la «generosidad» juvenil que cree comprometerse aun cuando en realidad se deja arrebatar. Una fe madura, es también una fe que posee un sentido auténtico de Dios. Ni el dios de las mitologías paganas, ni el dios de los filósofos, ni aún el dios de los judíos, sino el Dios de Jesucristo. El primero es un tirano o un fetiche útil; el segundo no es más que una idea; el tercero es un contable. El Dios de Jesucristo es transcendente, es el Vivo, es el Dios que se da por nada. El candidato al sacerdocio, ¿ha encontrado al Dios de Jesucristo? ¿Estará libre de un cierto providencialismo más pagano que cristiano, que le dispensa de tomar la responsabilidad de su propio destino y adorna con el nombre de confianza en Dios lo que no es más que política de avestruz? ¿Se ha acercado en la oración al misterio de Dios vivo, interior a nosotros mismos al mismo tiempo que inaccesible y, sobre todo, ha sabido volver a encontrar, sin «iluminismo», en la línea sinuosa de su pasado la acción infinitamente discreta de ese Otro que le lleva a donde él no quiere ir? ¿Ha comprendido, en fin, que uno no hace mercado con su Padre, que no se trata con El de igual a igual, que la singular alianza entre Dios y el hombre no se puede recopilar porque Dios da todo gratuitamente y sólo le interesa la aceptación incondicional del hombre? ¿Lleva a la realidad el que cuando Dios señala a uno de sus hijos para una misión, se trata de tomar o dejar, y no de calcular lo que se reservará de tiempo, de gustos, ocios, dinero y, si «tendremos derecho» a esto o aquello, porque después de todo «no somos monjes»? Si se entiende bien, no hay verdadero cristianismo sin este sentido del Dios de Jesucristo; pero no se podrá adquirir sin mucha búsqueda, y cuando se cree poseerlo se está aún muy lejos. No podrá ser más que el fruto de la experiencia religiosa de toda una vida. Pero «maduro» no quiere decir «perfecto», y es necesario a lo menos que el candidato a las órdenes se haya colocado en el verdadero camino para que ande todos los días de su vida por él, lo que de seguro no hará si no ha salido aún de los falsos senderos por los cuales no se encuentra más que a un Dios de estatura humana o a una abstracción.

Para un católico, la fe no está madura tampoco sin un sentido exacto de Iglesia. ¿Se ha repetido lo suficiente que los jóvenes no tienen aún sentido de Iglesia? Los antiguos, que han obedecido, ¡Dios sabe con qué impulso!, las consignas de León XIII y de Pío XI, lo tenían. ¡Seamos formales! Ha habido, en la década que se inauguró con la segunda guerra mundial, una fermentación que llevaba en sí promesas e inquietudes. ¿Había decaído el sentido de Iglesia? Digamos que, buscando otra forma y una expresión nueva, le había ocurrido que se había extraviado en su búsqueda y esto ocasionó un gran daño. Pero la vuelta que dispensaba de búsquedas fatigosas estaba tomada y la fórmula encontrada. Es por tanto notorio que los seminaristas y consagrados de hoy se parecen demasiado poco, en este punto y en bastantes otros, a sus hermanos mayores de ayer. Si el sentido de Iglesia se resumiese en el sentido de obediencia, no dudaríamos en decir, apoyándonos en nuestra experiencia personal y en la de cierto número de nuestros colegas, que nuestros jóvenes tienen sentido de Iglesia. Pero precisamente, la obediencia no lo es todo, e incluso sería muy poca cosa si se confundiese simplemente con el sentido de la disciplina. El sentido de Iglesia es el sentido del misterio de Cristo prolongándose en el misterio de la Iglesia. Como su Jefe divino, la Iglesia trasciende todas las miserias humanas: su ser de gracia que reaviva el Espíritu Santo, la Revelación, cuyo depósito posee, su constitución jerárquica, su misión de salvación, sus sacramentos, todo esto está fuera del alcance de las Puertas del Infierno. Pero, como Jesucristo mismo, la Iglesia está inmersa en el tiempo, está sometida a la triple tentación del desierto, se siente ofendida por los ataques de sus enemigos y desfigurada por las faltas de sus miembros, lleva en su carne el pecado del mundo. Es esencial a una fe adulta percibir estas distinciones: Cuan penoso es..., y cuan extraño, encontrar sacerdotes, que hubieran debido estudiar con lucidez la historia de Alejandro VI y de Julio II, y que están literalmente escandalizados ante lo que encuentran de «humano» en la Iglesia, que caen en el escepticismo, o peor aún, se refugian en una apologética insostenible. El sentido de Iglesia no tiene nada que ver con la ceguera, y está en el polo opuesto de lo que se ha llamado muy justamente un «monofisismo eclesiástico». Pero no basta ver claro; como el misterio de Cristo, el misterio de la Iglesia se vive. No se tendrá una fe firme en el Cuerpo de Cristo, si no se es verdaderamente miembro de Cristo, dicho de otro modo, si no se vive personalmente en sí mismo el trágico enfrentarse de Dios y de Satán, que el Señor, «hecho pecado por nosotros» (2 Co.r., 5, 21), ha experimentado en su carne. Y es que cada cristiano hereda a la vez de los dos Adan, participa en la equivocidad de la situación de la Iglesia terrestre, y no sabría sin hipocresía atrincherarse en un angelismo ilusorio. La peor de las tentaciones contra la Iglesia es la que incita a juzgarla por lo externo, a negarse a llevar en ella la cruz y el pecado del mundo, pues no hay más segura manera de apartarse de su regazo; esta fue la tentación de Lutero y de todos los reformadores. Por el contrario, un seminarista y consagrado que, no solamente ha hecho las distinciones necesarias, sino que también ha «realizado» el lugar que ocupa en el Todo, que sufre verdaderos males del Cuerpo del que es miembro, que se reconoce solidario, y por una parte responsable, que ama a la Iglesia con celoso amor, tanto más cuanto que ve mejor sus llagas, que se alegra de toda manifestación del Espíritu y que está resuelto a no trabajar más que por el reino, tiene grandes posibilidades de poseer una fe adulta.

Digamos, en fin, que está madura la fe cuando tiene el sentido de la redención. No se trata solamente de creer que Jesucristo ha muerto por nosotros, sino que era necesario que muriera por nosotros. Dicho de otro modo, es preciso haber experimentado, y no solamente haber creído con fe teórica, que todos los valores humanos, tienen necesidad de ser rescatados porque todos han sido desfigurados por el pecado. Y esto no es tan fácil para nuestros seminaristas y consagrados. Han recibido una cultura «humanista» que, si no ha llegado a un conocimiento completo del griego y del latín (¡lo que es muy de lamentar!), ha dejado atrás de todas maneras cierta visión del mundo, a la que falta mucho para que sea cristiana. Además, nuestros seminaristas y consagrados son de su tiempo y están necesariamente influidos por el cine y la literatura de hoy, por la fascinación del confort y el atractivo de lo fácil, por todas las manifestaciones del poderío humano que hacen posibles los progresos científicos. Con frecuencia, todo esto se armoniza mal con la formación ascética que reciben por otra parte: hay yuxtaposición, pero, al menos que se vigile, no hay síntesis. El riesgo es grande en dos sentidos: o bien se pretenderá dar al mundo un no definitivo y, rehusando conocer los valores de los que es portador, se aislará de él replegándose en sí sobre el pequeño grupo de exilados; o bien, quizás más frecuentemente, algunos años de ministerio quitarán el tinte espiritual que el seminario había impuesto, y el mundo recobrará de una manera o de otra lo que es suyo. Y estos rescates se denominarán eclepticismo de la vida, laicización del pensamiento, estetismo y diletantismo, abandonos de toda clase y, en definitiva, esterilidad de la vida sacerdotal y consagrada.

Una fe madura es una fe «sintetizante». No rechaza los manjares terrestres; los juzga, los escoge, los purifica, los santifica y, en fin de cuentas, los vuelve a su destino inicial que es procurar la gloria de Dios sirviendo a la salvación de los hombres. Evidentemente no acabará jamás de desembrollar lo humano; además no es cuestión de pedir al clero joven el haber conseguido edificar su síntesis definitiva. Pero se le debe preguntar si ha hecho la unidad de su vida y de su mundo interior, y si, al menos con la voluntad, ha excluido el conservar en él una porción pagana donde la cruz jamás será implantada.

Lucidez que excluye todo arrebato, sentido de Dios y sentido de Iglesia, visión del mundo y del hombre enfocados a la luz de la redención, tales nos parecen ser las características esenciales del género de fe adulta que necesita un seminarista y consagrado para que conozca la experiencia interna de donde brotará su decisión irrevocable de asumir la carga de su consagración. Pero esto no basta. Es preciso además, en el plan psicológico, una libertad tan completa como sea posible y, en el campo conceptual, una visión clara de lo que es la consagración a Dios.

Los criterios para determinar una autentica vocación son tres: Una fe adulta. Libertad interior. Una visión clara de la consagración a Dios.

La libertad interior

Pasaremos rápidamente sobre este punto que, exigiría él sólo un largo desarrollo. Los motivos por los que se desea ser consagrado a los catorce años son forzosamente no puros. Será preciso quitar los que no son valederos, purificar y transformar al máximum los demás. No es en eso donde estriba la gran dificultad. Reside más bien en la existencia de móviles inconscientes que sin saberlo el sujeto han actuado para orientarle hacia la consagracion a Dios y que dañan, sin que se sepa, la rectitud de intención: presión del medio familiar o de un sacerdote, oscuro temor de ocasionar decepciones al retirarse, carencia de virilidad y miedo a las responsabilidades seglares que ponen en peligro de ocasionar una vocación refugio, secreta aversión al matrimonio, fijación afectiva a la madre, necesidad inconfesable de distinguirse por medio de una vocación extraordinaria, atracción hacia lo que aparece como una elevación social, atractivo exclusivo por los aspectos accesorios del sacerdocio o la vida consagrada, etc...

Todo esto, que dormita en el inconsciente, puede muy bien darse junto a una fe adulta e incluso a una auténtica vocación. Mientras no se haya instituido un examen psicológico sistemático, en la mayor parte de los casos es el director y, en menor grado, los demás educadores quienes harán el oficio de psicólogos para seguir la pista a estas motivaciones no valederas. Les tocará a ellos hacerlas desaparecer en la conciencia clara del sujeto, y en el caso de que aquéllas permanezcan, ver si son dominantes o si al contrario, no siendo más que secundarias, no ponen en evidencia la inautenticidad de la vocación. Incluso en los casos en que interviene el especialista, su intervención se limitará a descubrir los equívocos y a hacerlos desaparecer, y los superiores eclesiásticos quedarán como jueces de la rectitud de intención y de las aptitudes. Esta limpieza psicológica, absolutamente indispensable, no tiene otra mira directa que poner al sujeto en trance de tomar una decisión con plena libertad interior.

Una visión clara de la consagración a Dios

Digamos, en fin, que esta decisión será evidentemente torcida si el sujeto se engaña acerca de la naturaleza del estado de vida que pretende elegir. Dicho de otro modo, con la madurez de la fe y una libertad lo más grande posible, es necesario que tenga una visión clara y exacta de lo que es el sacerdocio o la vida consagrada. Sería vergonzoso recordar tal evidencia si no se volvieran a encontrar de vez en cuando consagrados que han conservado, después de varios años de formación, ideas erróneas en este punto. Con razón o sin ella, tenemos la impresión de que demasiados seminaristas consideran el sacerdocio mucho menos como una misión que como una consagración. Evidentemente es ambas cosas; pero no es una consagración más que en función de una misión. El sacerdocio no se justifica ni por una llamada a la santidad, que va dirigida a cualquier cristiano, ni por una llamada a una forma de vida más perfecta, en lo cual consiste precisamente la vocación religiosa; es una llamada a cooperar, en el seno de la jerarquía de la Iglesia, a la misión del obispo. Como tal, requiere naturalmente una santidad de tipo especial, más exigente que la de un laico, más exigente incluso que la de un religioso no sacerdote; pero este tipo de santidad debe concebirse en función del lugar que se ha de ocupar en la Iglesia.

El matiz es esencial, pero no siempre es percibido con claridad. Tal seminarista, al que de verdad le falta una aptitud indispensable a la vida sacerdotal os vendrá a objetar: «Sin embargo, yo me siento llamado a entregarme totalmente a Dios». Si de la falta de aptitudes concluís la inexistencia de la vocación, oiréis que responde: «¡Entonces, la Iglesia me rechaza!». Un bloqueo se ha operado entre el sacerdocio y la santidad; si no puede ser sacerdote o consagrado.

No queda más que volver «ad ignominiam saecularis habitus»; y viceversa, si uno puede santificarse debe ser sacerdote o consagrado. En esta perspectiva, la santidad, que es el fin de la vida cristiana, es entendida como el fin específico del sacerdote o consagrado.

La corrección de este error óptico, es que la misión debe ser considerada ya como esencial al estado sacerdotal o consagrado, porque actualmente corre el riesgo de pasar a último término, y ser considerada como un deber de estado» que se deriva de la consagración a Dios, y no como constitutivo. Fallan entonces los dos objetivos: se minimiza la misión, y se persigue una perfección que es ilusoria porque no es la de la vocación. Es preciso, que nuestros seminaristas y consagrados estén convencidos de que no habrá santidad que valga para ellos si no llevan dolorosamente con Jesucristo el peso de un mundo que hay que evangelizar, y que su «vocación» no la admite la Iglesia a no ser que sea entendida como una misión que tiende a ensanchar la comunión de los hijos de Dios. Bajo esta perspectiva única es cómo su consagración logrará todo su sentido, y se unificarán en su vida espiritual las diversas exigencias de la vida consagrada y sacerdotal.

Y sea dicho de paso, el beneficio para su futuro ministerio será grande. Entre lo que se suele llamar «la vida espiritual personal» y el apostolado, es inevitable que haya tensión; pero esta tensión debe ser fecunda ya que todo se orienta hacia el Reino. No debe darse ni separación ni divorcio, como si se robase a Dios lo que se da a los demás o como si el tiempo pasado ante Dios se perdiera para los demás. Sería deseable que en el momento de su compromiso, los aspirantes al sacerdocio o la consagracion se hubiesen colocado francamente en esta postura.

La preparacion de la hora "H"

En la mayoría de los casos, el seminarista no habrá tenido, antes de su entrada en el Seminario Mayor, la experiencia interna que hemos intentado descubrir anteriormente. Muy a menudo, no tiene del sacerdocio más que una visión harto confusa, cuando no romántica; su fe se halla lejos de poseer la suficiente madurez; su libertad es más ilusoria que real. Uno de los papeles del seminario es el encaminarle hacia esta elección, siendo el otro el prepararle espiritual, intelectual, técnicamente para su tarea del mañana. Bien entendido, que se ha de tender de conjunto a los dos fines, lo que se hace para provocar la libre opción vocacional conducente a la formación del sujeto, y su preparación al sacerdocio iluminando su elección. Pero todo el mundo reconocerá que de estas dos tareas, es la primera la que se impone de manera más imperiosa: es preciso no sólo estudiar la vocación, sino también ayudar al seminarista a ponerse interiormente en tales condiciones que la chispa decisiva pueda saltar cuando haya llegado a una madurez suficiente. Directa o indirectamente, toda la vida del seminario está orientada hacia esta eclosión, y los representantes del foro externo asi como el director de conciencia tienen un papel que desempeñar en esta maduración...

Primero el conjunto de la vida en el seminario. No es que haya que mantener un clima de tensión colocando constantemente a los seminaristas ante la opción de vida que han de tomar; esto correría el riesgo de crear un clima psicológicamente malsano que no favorecería la libertad de su decisión. Antes al contrario se aspirará a promover una atmósfera sin tirantez, sencilla, confiada, que favorezca la solución de los problemas que cada cual lleva dentro de sí.

El primer objetivo ha de ser, sin duda, desterrar toda huella de mentalidad colegial. Hay ordinariamente mucho que hacer cuando los seminaristas vienen en número excesivamente grande del mismo colegio o de un mismo seminario menor. Traen consigo todo su pasado en común: sus éxitos y fracasos escolares, sus simpatías y antipatías recíprocas, el recuerdo de sus follones y de la «pinta» de sus profesores, sus métodos de trabajo a menudo muy escolares, su tendencia a colocarse en una medianía honrosa, a huir de las responsabilidades y a tener en menos a los que quisieran sobresalir; todo esto mezclado a un deseo evidente de obrar bien y a una generosidad forzosamente un tanto adolescente. Desde su entrada en el Seminario Mayor, tienen casi todos clara u oscura, la impresión de que un gran cambio se ha producido en su vida; están sujetos por un marco exterior diferente, por un régimen de vida espiritual más intenso, y no es raro que se encuentren en este momento frente a un período de fervor religioso. Pero si el clima de la casa no es muy distinto que el de su adolescencia, no será sino un barniz colocado sobre una vida de colegial perpetuo. Los hay que permanecen así hasta su sacerdocio: luego, la vida quita ese barniz... y puede ocurrir, incluso —gracias a Dios— que la madurez que hubiera debido producirse en el seminario, se logre en el ministerio; pero, ¿no se habrá tentado a Dios?

Parece, pues, necesario que se debe hacer todo lo posible para que los aspirantes que llegan al seminario tengan la impresión fundada de que entran por fin en el mundo del adulto. Y para llegar a este fin, no hay, según nuestra opinión, más que un sólo método: tratarles como a hombres para ayudarles a llegar a serlo.

En primer lugar es el reglamento de la casa lo que debe concurrir a ello. Y la primera cualidad de un reglamento, es que se pueda aplicar, y según esto, que sea estrictamente aplicado. Un hombre comprende que la vida de comunidad tiene sus propias exigencias, que no se acomoda a un horario caprichoso, que el bullicio y el ajetreo son enemigos del trabajo y de la reflexión. Además, un seminarista comprende fácilmente que su vida debe estar marcada por cierta ascesis, que no se educa uno con el dejarse llevar, que la unión con Dios necesita ser ayudada con momentos de silencio absoluto, que los demás tienen derecho a que se respete su recogimiento. Pero todo superior comprende igualmente que la disciplina se enerva dándole un aspecto quisquilloso, que se agota el espíritu de fe haciéndole intervenir para justificar lo injustificable, que se empequeñece la Voluntad divina haciéndola responsable de todas las rutinas y de todas las arbitrariedades, que se mata la personalidad o que se la exaspera negándole el derecho a ejercitarse, que se desvaloriza el reglamento colocándole a alturas que solamente una minoría podría alcanzar.

Lo ideal nos parecería que fuese ese reglamento una regla mínima, pero intransigente, una regla exigente, pero que no impidiera respirar, una regla inflexible sobre un reducido número de puntos y bastante amplía para los demás, con el fin de que el sentido de responsabilidad personal pueda ejercerse. Ni que decir tiene que tal regla no puede, sin daño manifiesto, sufrir de esclerosis y matar en los responsables el espíritu de iniciativa; es un error muy corriente sostener que en este campo lo que era bueno (lo que se cree bueno) hace cincuenta años lo es igualmente hoy: las mentalidades han cambiado y el número de seminaristas también; querer aplicar a dos docenas de jóvenes un reglamento que ha sido ideado prudentemente para una comunidad de 150 es colocar un motor de tractor en una mobylette: la mobylette quedará aplastada y la comunidad no lo será menos. La educación de la libertad no se hace a ritmo acompasado. Lo que decimos del reglamento en general nos parece también verdadero de los métodos de trabajo o de control intelectual. Ciertamente no se trata de suprimir los exámenes, sino de no prolongar una mentalidad escolar a la cual tienden infaliblemente algunos procedimientos. Bien está que el seminarista sepa que su tarea no es preparar un examen ni incluso «ver un texto», sino buscar la Verdad, que es Dios; y, ¿cómo lo sabrá si cuando dice sus lecciones y hace sus composiciones lo hace con el mismo aspecto colegial que cuando . hacía el bachillerato, más o menos conscientemente?

El reglamento está muy lejos de ser indiferente. Pone las condiciones externas para hacer hombres libres o esclavos o revolucionarios. Pero considerado en sí mismo, no será sino «letra que mata». Una comunidad es un conjunto de personas humanas, y no hay relación verdadera entre personas humanas donde no haya confianza. La confianza no se crea haciendo confianza, sino teniendo confianza. Algunos educadores sonríen ante esta afirmación como ante una inconcebible simpleza y, en su interior, agradecen a Dios haberles ahorrado esta candidez. ¿Será tan inocente sin embargo tener confianza en jóvenes que han recibido educación cristiana, que han aceptado libremente un género de vida al que no se puede negar la austeridad, que no piden sino tomar conciencia de su responsabilidad frente al conjunto de la comunidad, que cada día se alimentan en las fuentes de vida espiritual, las más tonificantes, y que a cada instante son llamados a la seriedad por mil detalles acerca de su destino en el mundo? Y lo paradógico, lo que ni se puede pensar, ¿no será que no se pueda tener confianza en ellos?

Sin duda esta confianza no será ciega porque entre ellos, los hay que no se conocen a sí mismos y que no son todavía hombres responsables. Pero una cosa es tener el ojo abierto (¡tan bien abierto por lo demás que se sea capaz de cerrarlo a sabiendas!), y otra colocarse por principio en una postura sospechosa con pretexto de que «hay que estar preparado para todo», y que «no hay que extrañarse de nada». Estos educadores pueden, por otra parte, estar seguros de una certeza absoluta de la cual los hechos les darán la razón: infaliblemente, se acabará por darles realce y eso les dará la ocasión que buscan para triunfar. Sólo ignorarán que estas mixtificaciones (o peor) son ellos quienes las han provocado, que han corrompido la atmósfera de su comunidad hasta el punto de que las aptitudes e incluso las palabras han perdido su valor de signos, que han enseñado a sus subordinados a «tomar y dejar», y que corren el riesgo de que el torcimiento de las relaciones entre personas humanas se extienda al diálogo con Dios. Puede uno arrepentirse una y otra vez de haber sido demasiado confiado, pero es precisamente de valientes el poder arrepentirse; nunca se arrepentirá uno de haber sido demasiado desconfiado, porque son los demás quienes tienen que soportarlo.

La elección definitiva en la que no dejamos de pensar, exige una claridad sin sombras; si se deja a las tinieblas introducirse en una comunidad y enfriar las relaciones entre subordinados y superiores y entre los mismos seminaristas, no lo dudemos, acabarán por penetrar en las almas. Para elegir libremente, el seminarista necesita, no una euforia engañosa que le ocultase las deficiencias, sino una sinceridad íntegra que se extiende a todo, un diálogo sincero donde las palabras son a la vez inequívocas y no solapadas, una comprensión cordial y franca que no sea sino el fruto de gran humildad e igual amor. Tratados como hombres de quienes se respeta la palabra y el silencio, de quienes no se dramatizan las incertidumbres del lenguaje propio de su edad, ni los errores que son de todas las edades, a quienes se reconoce sin impaciencia el derecho a titubear y a tener retrasos, con quienes, en una palabra, se habla de igual a igual, sin escamotear jamás la necesaria jerarquía de funciones, llegarán a ser hombres si no lo son ya. ¿Y por qué, después de todo, algunos de entre ellos no lo van a ser ya ahora tanto o más que nosotros?

En fin, es preciso decir que no se llega a adulto continuando indefinidamente midiéndose con los problemas de niños, sino abordando con valentía los problemas de los adultos. Estos problemas —se dirá— no faltan en el seminario: la orientación de la existencia y el tratar del reino de Dios, el cuidado del perfeccionamiento espiritual e intelectual, la preocupación por la vida de la Iglesia, ¿qué cosa más seria que todo esto? Es verdad. Pero todo esto también corre el peligro de quedar demasiado en la superficie y tiene necesidad de ser completado con las aberturas al mundo que Pío XII recomendó con insistencia en su exhortación «Mentí Nostrae». Apenas se encontrará en la hora actual un seminario donde los aspirantes al sacerdocio estén alejados de las preocupaciones de sus contemporáneos, del movimiento general de ideas, de la acción apostólica de la Iglesia y del ambiente sociológico en el que está inmerso: la prensa, las revistas, a veces el cine, las conferencias, los contactos con los militantes laicos, todo esto se admite ahora con toda naturalidad, y es muy bueno. Si se vela cuidadosamente para que eso no se quede en la mera información, sino para que sirva verdaderamente a la formación (lo que evidentemente no conseguirán ellos solos), la madurez de los seminaristas se beneficiará grandemente.

Mas esto no es aún suficiente para hacerles vivir en un mundo de adultos. Los adultos están incluso en el seminario, e importa que discretamente den el tono. Evidentemente son los mayores de la casa, pero son sobre todo los directores. Se prescribe en los principios fundamentales de S. Sulpicio que los directores lleven la misma vida que los seminaristas; y desde que se intenta conseguir un seminario modelo, aunque no se inspire directamente en las tradiciones sulpicianas, se impone espontáneamente esta primera exigencia. Allí donde, leal e inteligentemente, se ha intentado la experiencia de una vida común tan total como ha sido posible (incluso en la comida), no ha habido más que felicitaciones. No se acabarán de enumerar las ventajas de tal sistema. Permite a los directores, cosa infinitamente valiosa y difícil, conocer a los seminaristas mucho mejor que pudieran conocerles en su habitación y en el curso, y por consiguiente dar una advertencia más fundada cuando se les llama. Ensancha feliz y muy naturalmente la gama de conversaciones, haciendo que unos participen de las experiencias pastorales y de las preocupaciones intelectuales de los otros. Reabsorbe las antipatías recíprocas que provienen casi siempre de un imperfecto conocimiento mutuo (¡es extraordinario cuan fácilmente se detesta la imagen caricaturesca que se ha hecho de otro y cómo, por otra parte, es muy fácil amarse verdaderamente cuando se conoce bien!). Para los directores es una ascesis y una vacuna contra el envejecimiento prematuro que acecha a toda la gente seria o importante, y esto no es nada despreciable. Permite matizar y completar muchas ideas demasiado simples expuestas por los seminaristas, pero también corregir al menos aquellas que uno se hace sobre ellos y que apenas valen nada.

En una palabra, establecer entre unos y otros relaciones normales, de hombre a hombre, que transforman la comunidad y que ayudan a la maduración de cada uno. Todas las objeciones surgidas contra este sistema lo son en nombre de rutinas o de prejuicios, a menos que se deba solamente a que son demasiado raros los hombres que aceptan la servidumbre, ¡lo que Dios no quiera!

Decimos en fin, que es absolutamente necesario que, en la vida del seminarista, se abran, periódicamente, algunos paréntesis: son las vacaciones, el servicio militar, los otros intervalos que los directores verán como indispensables para permitirles juzgar sobre las relaciones que les son hechas; las actitudes del clero joven, tales como se manifiestan en un medio más real que el del seminarlo, no son menos necesarias a los mismos interesados que pueden probar su robustez moral, su sentido apostólico, los sacrificios concretos que se les pedirá. «En cuanto a mí —declaraba el cardenal Petit de Julle-ville—, no ordenaré a un seminarista que no haya medido durante las vacaciones la fuerza de su convicción, de su resistencia y fidelidad». Por otra razón, también el tiempo pasado en el cuartel puede ser muy provechoso.

Mas todos los superiores saben, que en ciertos casos, vacaciones y servicio militar son insuficientes. Sucede que un joven, por otra parte bien dotado, queda a pesar de todos los esfuerzos extrañamente superficial: pasa holgadamente los exámenes pero no llega a interesarse por sus estudios, porque no ve «para qué sirve ésto»; quiere ser sacerdote, pero es difícil para él y para los demás saber por qué; lleva ciertamente una vida religiosa ordenada, pero parece faltarle profundidad y, uno se pregunta, si no estará ligada al ambiente del seminario en el que vive; no parece inepto para la castidad, pero no consta que lo haya probado él mismo. En resumen, es preciso madurar, y la vida encerrada se manifiesta incapaz de procurar esta maduración. Se le envía entonces a un escogido equipo sacerdotal donde se medirá con problemas concretos. En primer lugar se verá probablemente desamparado; después progresivamente tomará parte en la preocupaciones apostólicas del equipo al que pertenece, chocará con la dureza de las cosas y de las gentes, verá la gracia en la obra de las almas que se transforman o que resisten, la doctrina que habrá estudiado anteriormente le parecerá no como una lección que se aprende, sino como palabra de Vida, y experimentará la necesidad de ahondar, de volverla a aprender, de asimilarla; su oración se transformará totalmente y se alimentará por la acción; las tentaciones que se presentarán le revelarán su condición humana y le conferirán una combatividad interior que no conocía.

Está bien claro que esta experiencia no debe ser intentada si uno acepta como ideal presentar el mayor número posible de seminaristas a la ordenación, pues se trata de una prueba que necesariamente tiene dos puertas de salida. Pero los que rehusan esta experiencia por principio deben saber que difieren la prueba al mañana del sacerdocio, y corren el riesgo de ver al joven sacerdote hundirse... o forzar la puerta de salida, porque, sea dicho entre nosotros, la gracia del sacerdocio no tiene por fin directo suplir nuestras audaces inconsciencias. Al contrario, los que la aceptan cuando se revela necesaria, se alegrarán a menudo de ver ingresar a su seminarista, después de un «experimento», más hombre, más consciente, más decidido; comprenderá las exigencias de la vida de seminario que no aceptaba sino con pena, y se entregará con avidez a un estudio cuya necesidad habrá sentido; trabajará por llenar las lagunas que dolorosamente había comprobado, pensará su vida en lugar de soportarla. Es bien cierto que todo no se desarrolla siempre según este esquema simplificado y optimista: pero no es menos cierto que lleva en sí un bello riesgo que correr, y que en este riesgo, así nos parece, reside la verdadera prudencia.

El Rector o director del seminario

Es en gran parte el grupo de superiores del foro externo, el que crea en el seminario un clima favorable al desenlace de las crisis particulares y singularmente a la elección definitiva. Pero el Rector, al que las costumbres en vigor en nuestros seminarios de Francia dan el cargo de verdadero director espiritual colectivo, tiene también un papel importante que desempeñar en la maduración de las decisiones. Lo hace sobre todo por los contactos individuales y por la lectura espiritual...

No faltan superiores que la miran (y nos parece que a muy justo título), como un maravilloso instrumento de formación. Y, gracias a Dios, no faltan seminaristas que comprenden, incluso hic et nunc, cuánto les ayuda. Un joven sacerdote que había tenido sucesivamente dos superiores muy conspicuos, decía hablando de la lectura espiritual: «Era verdaderamente el mejor momento del día». Nos parece que tiene una eficacia particular en el tema de que tratamos. No es ni un curso de teología ni un curso de espiritualidad, aunque no pueda desinteresarse de la una ni de la otra. Al contrario, no se limita a tratar temas de actualidad ni a subrayar las exigencias del reglamento o a hacer ver las faltas, a discutir, como decía un superior, «señales rojas y señales verdes». Evita ordinariamente el género trágico, que crearía una atmósfera de tirantez; el género cómico, que perjudicaría la seriedad, aunque no desdeña sonreír; se aleja siempre del género grandilocuente, que haría recaer en lo peor de los cómicos, comicidad inconsciente; no es pedante ni incluso sabia, porque llega en un momento en que los oyentes tienen motivos para estar cansados. «Ella habla» como dice la gente. Lo que no significa que hable a tontas y a locas de todo y de nada, sino que abordando sin pretensiones y muy libremente un tema vital para futuros sacerdotes, se apoya para ello naturalmente en la actualidad de los hechos y de las ideas, las observaciones de una sicología preferentemente empírica, la experiencia interna del conferenciante y de los oyentes, el amor vivo de Jesucristo y de su Iglesia, las preocupaciones del Reino y el misterio de un mundo sin Dios, Es una vieja que no dice todo lo que sabe, pero que delante de sus hijos piensa en alto con sencillez y bondad y que sin tener cara de nada, les pone montones de preguntas en las cuales quizá no hubieran pensado pensar en voz alta y proponer preguntas; eso puede ser en definitiva lo que mejor la define. A los seminaristas no les faltan ocasiones de contacto con el papel impreso y ocurre que les acecha un peligro de indigestión. Pero el contacto con un alma viva que se ha dado cuenta «cuan dulce es el señor», y qué serias son sus exigencias, que ha luchado y sufrido y puede ser que dudado, pero que sabe afrontar decidido sus luchas y sufrimientos con humor, he ahí lo que desean inconscientemente y lo que les es beneficioso. Sin duda desean menos que se les hagan preguntas; pero, ¡cuánta necesidad tienen de ello! ¿Cuáles de sus ideas han sido escogidas libremente por ellos? Han sido formados en la infancia, y esto está bien; pero a través de esta formación, por cuántas escorias han pasado, cuántos «prejuicios» del medio ambiente han hecho cuerpo en su fe, cuántos «bloqueos» se han producido entre su vocación sobrenatural y los deseos de llevar una vida «eclesiástica», cuántos slogans incontrolados les han sido impuestos inconscientemente, y cuántos axiomas pretendidos también, que a veces no son más que slogans que tienen larga duración. Ha llegado para ellos la hora de dilucidar su religión, de comprobar sus convicciones, de romper los oropeles para que aparezca nítida la. línea pura arquitectónica de su fe en Jesucristo. Es en gran parte la lectura espiritual la que opera la desoxidación necesaria; es en ella, al menos, donde ordinariamente comienza. Próbate spiritus si ex Deo sunt; importa poner todo en su punto: «el hombre espiritual juzga de todo, y no depende del juicio de nadie», escribe San Pablo (1 Cor., 2, 15).

Se dirá, esto es peligroso. Toda acción es peligrosa, pero es aún más peligroso no hacer nada. Y además, no exageramos nada: el peligro es limitado y nadie se extravía cuando tiene para iluminarse el Santo Evangelio, la enseñanza de la Iglesia, los maestros que han vivido la misma experiencia dolorosa de descriminación. ¿No será esto más peligroso dentro de diez o doce años, cuando las cuestiones no resueltas se impondrán por sí mismas, cuando pudiera ser que no tuviese los mismos auxilios para resolverlas, cuando las tentaciones serán por el contrario punzantes? ¿No encontramos a veces sacerdotes que dicen, «¡si yo hubiera sabido!»? ¿De qué servirá negarlo o fingir ignorarlo? Esto es lo que conseguiremos si concebimos el seminario como un «protege-vocaciones», cuando en realidad es en primer lugar una prueba, si se coloca a los seminaristas únicamente ante la obligación de guardar un tesoro que piensan que han recibido en vez de incitarles a preguntarse si lo han recibido bien; si, incluso, juzgamos ligeramente de las salidas del seminario como “deserciones” solamente Dios que escruta los ríñones y los corazones tienen el derecho de pronunciar esta palabra.

No es, desde luego, un signo de salud para una casa, el no registrar jamás una nueva orientación; esto puede significar que los problemas que deberían haber sido planteados, han sido vistos de antemano resueltos cuando se les ha eludido.

La lectura espiritual no dispensa al Rector del contacto personal con los seminaristas. Su papel no es el de director de conciencia, pero no se limita sólo a conceder o negar permisos. Incluso en este terreno existen maneras y modos. Se trata menos de asegurar un orden exterior, evidentemente siempre necesario, que de formar libertades. Lo más frecuente es, ante una petición de permiso que no es pura fórmula, o ante una propuesta de iniciativa en el seno de la comunidad, que el superior adopte de repente una actitud de acogida, si el seminarista es un hombre, no es verosímil que venga a priori a hacer una propuesta no razonable; si todavía no es un hombre, no será una manera de hacerle llegar al estado de adulto el darle la impresión de que no se quiere dialogar con él.

En cualquier caso, se le trata como a un hombre, se comprende su punto de vista, se subraya ante él tal aspecto de la cuestión que ha podido escapársele, se le explica el punto de vista del superior que puede ser diferente del suyo, no simplemente porque los dos estén a diferente lado de la mesa, sino porque el que tiene la responsabilidad del bien común debe tener en cuenta más datos que el que quizá no ve más que un sector muy reducido; y se le pide al mismo sacar las conclusiones. En estas condiciones será muy raro que tenga que «imponer su autoridad»: no se dudará hacerlo en algunos casos extremos, pero será entonces señal de que la madurez del seminarista es aún muy pobre. ¿Significa esto disminuir la importancia de la obediencia? Efectivamente, si la obediencia perfecta consiste en obrar sin entender. Pero si es una adhesión cordial, filial y por tanto inteligente a la voluntad divina, que el superior y el subordinado buscan humildemente juntos, no se la ha desvalorizado, sino humanizado y educado. Vendrá el momento en que el seminarista habrá de decidir por sí mismo, y en primer lugar el instante en que deberá orientar para siempre su existencia, y apostamos que esta educación no le habrá sido inútil.

Tampoco son inútiles las entrevistas, espontáneas o provocadas, que podrá tener con su superior. Los seminaristas tienen el derecho de saber lo que se piensa de ellos y de no arrastrar detrás de sí. toda su vida, un expediente del que ellos ignoran el contenido. Tienen derecho también a expresar libremente sus deseos, sus esperanzas, sus aspiraciones; lo hacen ante el director de conciencia, pero no está mal que tengan igualmente la ocasión de hacerlo ante su superior que es el delegado de su obispo; lo desean legítimamente y se muestran asombrosamente confiados. Estaría bien que nosotros estuviésemos enteramente disponibles para «perder el tiempo» con ellos. En primer lugar se crea confianza y se les escucha; de ordinario, tienden a pensar que no les conocemos sino superficialmente, y ellos no tienen siempre la culpa.

¡Cuántas veces hemos tenido ocasión de modificar o de completar una opinión muy ligera sobre un seminarista al término de una conversación tenida con él! No es que la impresión que nos da la observación externa sea necesariamente falsa, pero es parcial y no llegamos al alma. Solamente el contacto verdadero de hombre a hombre, es capaz de hacer presentir, y únicamente a aquel que sabe escuchar, las luchas y las victorias, los prejuicios y las ideas justas, los centros de interés y los «complejos», y el pasado que ilumina el presente y las reacciones de hoy que auguran las de mañana. Y, naturalmente, nos pondremos a hablar de sus deficiencias y de sus triunfos, no para amonestarles o alabarles, sino para discutir con ellos, para ayudarles a tomar conciencia de lo que serán mañana en función de lo que son hoy, para confrontar también nuestro juicio, siempre falible, con su opinión lealmente expuesta que, a veces, puede ser muy clara.

Todo esto creará claridad, de la que nosotros tendremos necesidad en primer lugar y matizaremos impresiones fugaces expresándolas, y en ellos habremos hecho posible una verdadera introspección que será un factor de madurez: reflexionarán sobre el punto de vista que han tenido con nosotros, hablarán de ello con su director de conciencia, confrontarán el juicio del foro externo con el del foro interno, diversamente esclarecido; y, llegado el momento, verán con más claridad y serán más libres ante la elección decisiva. Pero seamos realistas, tal confianza recíproca no se improvisa; requiere para establecerse meses y a veces años; dichoso el seminarista que ha sido «seguido» durante toda su vida de seminario, no sólo por el mismo director, sino también por el superior: conservará esta impresión toda su vida.

El director espiritual o de conciencia

Por todo lo dicho, creado por el conjunto de la vida del Seminario y por la acción del superior, se perfila el papel del director de conciencia. No es cuestión de tratar de este papel en toda su extensión: sería preciso un nuevo artículo y no sería suficiente aún. Por lo demás no creemos engañarnos si decimos que la conciencia de un seminarista no se dirige de una manera esencialmente diferente de la de un seglar o la de una religiosa. En todo caso, se trata de que el mismo interesado llegue a descubrir la voluntad de Dios sobre él, inscrita en su pasado, en sus actitudes y aspiraciones, en los sucesos que a veces ha de interpretar y otras veces eludir; en todo caso, es cuestión de iniciar en la vida espiritual o de desarrollarla; finalmente, será preciso educar la libertad, dejar al sujeto la responsabilidad de sus decisiones, ayudarle a desarrollarse según su propia vocación, y evitar el sustituir la personalidad del dirigido por la del director espiritual. Tareas siempre necesarias y siempre difíciles...

En el caso que nos ocupa y que es el del estudio de una vocación, el papel del director de conciencia consistirá menos en asegurarse con su convicción personal de la vocacion del seminarista o consagrado, que en ayudar a su dirigido, a procurárse por si mismo esa conviccion de la vocacion. Sin duda, hay casos que son claros: la falta de aptitudes es evidente, o la insuficiencia de la motivación salta a la vista; entonces el director espiritual no tiene duda en decir sin rodeos su opinión a su hijo espiritual, y en señalarle que la ineptitud está fundada. Pero las cosas no son siempre tan claras. Muy frecuentemente la insuficiente madurez del sujeto o el punto de vista en el que hace tiempo se ha colocado le impiden la menor duda sobre su porvenir aunque él no sea capaz de formularse a sí mismo las razones que le llevan al sacerdocio. Con paciencia, su director de conciencia le llevará a plantearse preguntas y a adquirir una verdadera personalidad espiritual; le ayudará a poner en claro los motivos que le han encaminado al seminario, a juzgarlos con lucidez, a identificar aquéllos de los que Dios se ha podido valer para conducirle a donde está, pero que no eran más que provisionales y que deben ser rechazados, a formular los nuevos motivos que una auténtica experiencia espiritual hace aparecer, a expresar en términos muy concretos su ideal sacerdotal; en una palabra, preparará según su propio deber «la hora H» de la conquista de la postura definitiva.

Probablemente esto no ocurrirá sin crisis. Sería extraordinario, y además inquietante, que un joven, frente a las exigencias del sacerdocio, no sintiese un movimiento de temor y una tentación de retroceso. Es entonces cuando la tarea del director espiritual es especialmente delicada. A veces será necesario ofrecer seguridad, pero jamás adormecerle. Algunos seminaristas, y con frecuencia los mejores, rehusando con toda su fuerza la perspectiva de un sacerdocio sin ilusión, se inclinan a sobrevalorar las pruebas y las tentaciones que les esperan y, ante la aplastante carga que Dios les presenta con toda claridad, a no ver más que su debilidad. Con más clarividencia que ellos, y con más experiencia, el director espiritual lleva un haz de luz sobre los motivos reales de confianza que puedan tener; les inculca que ninguna vida grande se construye sin la aceptación decidida y lúcida de un riesgo seguro, y que este gusto por el riesgo se confunde con la locura de la Cruz: quien la toma virilmente obedeciendo a la voz de la Iglesia y después de haber computado, como el sabio del Evangelio (Le., 14, 28), las posibilidades que Dios pone a su disposición, no quedará decepcionado porque su confianza está en el Señor y no en sí mismo. Además, el director espiritual mostrará a su dirigido cuáles son las condiciones de la vida sacerdotal: ciertamente duras, en la mayoría de los casos, pero no insuperables para quien tiene fe madura. En este terreno, deberá combatir a veces la impresión desastrosa producida en los seminaristas por ciertas mediocridades de consagrados o sacerdotes: «Ellos eran lo que somos nosotros; nosotros llegaremos a ser lo que ellos son»; y frecuentemente la respuesta podrá ser: «si sois lo que ellos eran, más vale efectivamente no comprometeros; pero no sabéis lo que ellos eran, ni los criterios a veces asombrosamente externos y negativos sobre los que se apoyaba su llamada. Dicen que están ya de vuelta en muchas cosas; es que quizá ellos no han ido jamás a ninguna parte, o que han ido en un movimiento de generosidad juvenil, ni subsistente ni estructurado y que no ofrecía garantías a la vuelta atrás. Ved también a aquellos cuya personalidad sacerdotal no ha hecho más que abrirse con la edad, y preguntaos frente, a la razón y la fe si no podríais hacer lo que ellos».

A esto se limitará el oficio del director espiritual ante las timideces que le parecen injustificadas. Ir más lejos, ejercer una verdadera presión, jugar a pasarse de listos diciendo: «Yo respondo de vosotros, confiad en mí», esto es darse tono de dispensar al seminarista el decidir por sí mismo, es atentar contra su libertad de elección. Si es normal que el dirigido dude durante algún tiempo, debe en fin de cuentas ver disolverse su duda a la luz de una llamada cierta y volver a encontrar la paz; no se hace una petición del diaconado por obedecer al director, sino porque se ha tomado una libre decisión. ¡Pero tiene todas las aptitudes, decís, y algunas en grado eminente! Le falta por lo menos una, y esta es esencial: no quiere positivamente, y vosotros no tenéis derecho a querer por él; cuando no estés allí para hacer que él quiera, ¿querrá entonces? Iluminar no es decidir por otro. Iluminar no es tampoco adormecer. Pensamos aquí particularmente en el seminarista cuya vocación interior parece muy insegura desde hace tiempo. Ya él dudaba de ingresar en el seminario mayor; se le dijo que era necesario intentar lealmente la experiencia. ¡Sea! Después, hubiese querido de veras no tomar la sotana; se le ha insistido demasiado que eso «no obliga a nada» y que era necesario para vivir seriamente la vida del seminario. ¡Bien! Se le trata en adelante como «futuro sacerdote» que toma conciencia de ser: se hace «como si».

A cada una de sus objeciones, se contesta con el leitmotiv de la confianza en Dios: «Esto se arreglará». ¿Habla de proporcionarse algún tiempo de espera y de reflexión fuera del seminario? Se le disuade de ello, porque «¡la mayor parte de los que han intentado esta experiencia no han vuelto!». La oración y la confianza en Dios le llevarán así hasta el diaconado; acabará por persuadirse de que él está llamado como todos los demás: esto dará un sacerdote más para la diócesis y se habrá salvado una vocación.

Apresurémonos a decir, para honor de los directores de seminarios, que este cortometraje, que es, ¡desgraciadamente!, un documental del que existen varias copias es sin embargo cada vez más difícil de encontrar. Pero como todos los casos extremos, puede ayudar a comprender otros más benignos. No se abusa nunca de la confianza en Dios, pero se puede abusar del argumento. No es cuestión de acceder de golpe y sin más detenido examen a toda veleidad manifestada por un seminarista de cambiar de vida, y el que cediera a la primera tentación no estaría ciertamente exento de reproche. Pero es claro que la confianza en Dios no es auténtica si no está unida a una verdadera prudencia sobrenatural. Parece que la prudencia exige que un joven no se acerque al diaconado si no ha tomado su determinación total y libremente y en tanto no se halle en estado de hacerlo, es preciso tener en cuenta su duda o su negativa. En verdad, es doloroso ver renunciar al sacerdocio a un sujeto sobre el que se habían fundado halagüeñas esperanzas; pero este dolor no podría excusarse influyendo indiscretamente en la decisión del sujeto

El director espiritual iluminado no se adelanta a juzgar la voluntad divina respecto a su dirigido; sabe que los pensamientos de Dios no son nuestros pensamientos y que sus caminos no son los nuestros. Sin fomentar jamás la inquietud, ayuda, con gusto, a su dirigido a colocarse en la luz clara; no le oculta ni las dificultades, ni los auxilios que recibirá; le exhorta a la oración desinteresada; mantiene en él una confianza que no es total porque la base no ha sido hecha de antemano; no pasa por encima de la Providencia de la que sabe bien que ignora los designios; y habiendo hecho todo lo que estaba en su poder para asegurar la madurez de la elección, deja la responsabilidad total a su dirigido, que solo frente a Dios, puede disponer de su destino.

Desearíamos haber aportado algunos elementos de solución a la pregunta hecha por el Dr. Nodet: ¿Existe un método que permita discernir, en el plano sobrenatural, la autenticidad de una vocación sacerdotal o consagrada? Nuestra respuesta es netamente afirmativa. Este método consiste de una parte en comprobar las aptitudes del sujeto, de otra parte en hacerle llegar progresivamente, gracias a todos los medios que la vida de seminario pone a nuestra disposición, a una verdadera madurez en la fe que le pondrá en trance de tomar su decisión con plena libertad espiritual. En este segundo aspecto, es inevitable que «se entremezclen método espiritual, método psicológico, e intuición» no solamente del director de conciencia, sino también de todos aquellos que, en un grado o en otro, son responsables de la llamada del sujeto. Esto no impide que, aunque el método espiritual no pueda estar prácticamente aislado, pueda sin embargo ser distinguido y frecuentemente es necesario que lo sea; podría suceder que una vocación perfectamente auténtica haya utilizado una motivación no válida o incluso una neurosis para manifestarse; en este caso, el psicólogo deberá descubrir la futilidad de los motivos, el psiquíatra deberá curar la neurosis, y el «metodo espiritual» se asegurará de la autenticidad sobrenatural de la vocación. Pero es evidente que con frecuencia el «metodo espiritual», no podrá actuar por un juicio prudente sino cuando la incógnita psicológica haya sido resuelta de manera satisfactoria. Este juicio se apoyará siempre en definitiva sobre la libertad de opción del sujeto frente a la llamada a una vida que él mira cara a cara bajo la verdadera luz. Toda la vida de seminario, toda la acción de los directores y del superior, toda la dirección de conciencia dada en el foro interno concurren directa o indirectamente a moldear y a esclarecer esta libertad. Esta es la primera verdad que nosotros hemos intentado sacar a la luz.