El carisma como utopía

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Por E.B.E., 18.10.2006


Respecto de la propuesta de Doserra, pienso que es algo difícil de lograr. La primera dificultad es explicar cómo una misma persona predicó un mensaje muy diferente de la institución que él mismo construyó. Y segundo, cómo defender la validez de un mensaje que nació inseparablemente unido a aquélla institución.

Pasando a un ejemplo histórico, uno podría decir que una cosa es el marxismo y otra la Rusia comunista del siglo XX. Pero también cabe recordar que Marx fue el teórico y Lenin el revolucionario (aunque teórico también). Es decir, eran dos personas, no una. Por otra parte, Lenin escribió un utópico libro donde hablaba de la desaparición del estado, poco antes de construir él mismo un tremendo estado dictatorial (“Sólo en la sociedad comunista (…) desaparecerá el estado y podrá hablarse de libertad”, El estado y la revolución, cap. V). En ese libro carismático, «el Partido» apenas aparece en sus páginas, cuando en realidad fue la columna vertebral de lo que Lenin finalmente llevó a cabo.

Del mismo modo, al hacer proselitismo en la Obra apenas se habla de «la Institución» y todo el esfuerzo apunta a destacar lo atractivo del carisma, un carisma que en los hechos no tiene ninguna funcionalidad, salvo estética o ideológica, pero no práctica. Como el libro de Lenin.

¿Era acaso Lenin un esquizofrénico? No tengo información al respecto, pero se dice que ese libro le ayudó a tomar el poder, es decir, cumplió una función práctica y luego quedó en el olvido, como un proyecto irrealizable y totalmente idealista.

Algo parecido sucede con la Opus Dei. Es como proclamar «la desaparición del Estado». Se declara «la santificación en medio del mundo» al mismo tiempo que se construye una institución que convierte en religiosos a los laicos célibes que en ella ingresan. Las utopías muchas veces provocan paradojas, o son la coartada para lograr sus opuestos.

No sería nada raro que la Obra quede en el pasado como la Rusia de Lenin. Y que el "carisma fundacional" quede en el olvido así como la profecía leninista de "la desaparición del Estado".

Una cosa son las motivaciones teóricas y los entusiasmos (la mística) y otra muy distinta es la motivación material, bien concreta (como la construcción de una institución del tipo que sea). Lo concreto arrastra mucho más que lo teórico. Como decían los medievales, "los universales no motivan" sino las cosas concretas. Se puede creer en grandes teorías, pero lo que define a una persona son las elecciones concretas que hace, no las aspiraciones que pueda pronunciar.

¿De qué sirve el plano de una construcción que resulta materialmente irrealizable? Salvo para ser contemplado en un museo. Más cuando se comprueba que el arquitecto que diseño ese plano, construyó finalmente una edificación que nada tiene que ver con la idea original, aunque él insista en lo contrario. ¿Si quería construir esa casa, para qué hizo aquél plano?

Para que algo parecido a la Obra sea viable, pienso que tendría que nacer de nuevo y no ser el remiendo del saco viejo.

Las utopías muchas veces sirven de anzuelo, mientras que la motivación profunda no es el contenido de la utopía sino la idea que se manifiesta o se descubre en la materialización, en la acción.

Aquello que se construye finalmente, es lo que en realidad motivaba en un principio y no la utopía, la cual se vuelve un mito o queda en el olvido.

La carnada era una excusa, lo importante era el pescado y la motivación última tenía su raíz en el hambre. Este era el fin y todo lo demás un simple medio.



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