El Opus me tira los tejos

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Capítulo de El Caso cerrado, de Eugenio Suárez, Madrid: OBERON, Grupo Anaya, 2005, pp. 280-281.


Cuando ha fluido el dinero, podemos codearnos con la granujería internacional. Se traspasó la barrera de la codicia personal –al fin y al cabo de escaso riesgo. Por el despojo en nombre de ideas o intereses colectivos. A título grotesco puede situarse la línea –durante el franquismo- con la llegada de los tecnócratas identificados, generalmente sin pruebas, con el Opus Dei. El diez de la comisión para los altos y espirituales fines de la Obra maleaban las conductas. Casas de retiro, meditación y conviencia, casi siempre suntuosas y bien servidas(visité a una amiga alojada en la de Córdoba y el ambiente y moblaje eran palaciegos); instituciones culturales, publicaciones objetivamente deficitarias y un extenso y perfeccionado aparato de captaciones suponían inversiones de alto calibre. Culminado en el templo de Torreciudad, vaticano de mármol y granito, sin contar las valiosas instalaciones de la Universidad de Navarra. Mucho se ha escrito sobre las finanzas del Opus Dei, para que, en estas memorias pudiera añadirse algo nuevo, que desconozco. A título de anécdota personal, he aquí mi singular experiencia:

A finales de los sesenta un viejo amigo, compañero de profesión, me propuso asistir a una simpática tertulia que, una vez por semana, se reunía en la terraza cubierta de un restaurante madrileño. Acudí de buen grado y, en efecto, hallé un puñado de hombres de edad similar a la mía, cultivados, divertidos y de excelente buen humor. Volví siete días después, y a la tercera convocatoria decidieron ofrecerme un almuerzo-homenaje, para celebrar –dijeron- el rito de mi adscripción al amable cónclave. Con íntima satisfacción mía, pues en aquella España, en aquel Madrid donde todo el mundo homenajea a todo el mundo, jamás había experimentado semejante distinción. Sin apenas darme cuenta, las conversaciones iban derivando y centrándose en asuntos morales y religiosos. Un tema más, pensé, sin sentirme coaccionado ni condicionado en mis enclenques convicciones sobre ambas materias. El detonante se disparó cuando llegó la pregunta más directa, y mi comentario, que quería ser jocoso:

¿Qué si creo en Dios? Supongo que sí; en quienes creo firmemente es en los curas. Como voy a menudo a Mallorca, a París y a Roma, me los encuentro en todos los aviones. ¡Claro que creo en ellos, como que una vez me birlaron la plaza en un Fokker”.

No fui consciente de la pausa y el silencio que se produjo tras la festiva contestación. Y era cierto que, en dicha época, no faltaba el cupo de sacerdotes y monjas que quizá hoy vuelen en traje seglar. Habían transcurrido tres o cuatro meses y, en ocasiones, los compromisos me impedían acudir; según lo convenido, informaba a mis nuevos amigos. Unos días después de lo relatado, me telefonearon para posponer el encuentro, por casual falta de quórum tertuliano. Lo mismo ocurrió a continuación, y si por alguna circunstancia almorzaba en el Club 31 en días coincidentes con la instaurada fecha semanal, nunca volví a tropezarme con ninguno de ellos.

Años más tarde, mi iniciador, el periodista Germán López Arias el único a quien seguí viendo, me reveló el busilis. No había tal tertulia; él ni siquiera conocía o trataba a la mayoría de los asistentes. Se había “montado” con el objetivo de averiguar si merecía la pena y era posible captarme para la Obra. Negativo. Ni el PC ni el Opus Dei. Guardo buen recuerdo del grato ambiente y de su marco.