El Opus Dei en su laberinto

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Por Segundo, 5 de octubre de 2009


El Opus Dei avanza hacia su primer siglo de existencia en medio de una formidable crisis interna y de un desprestigio creciente.

Desde la muerte de Escrivá la institución ha dedicado sus mejores esfuerzos a la exaltación de la personalidad del Fundador. En sentido estricto, continuó una tradición iniciada por el propio Escrivá quien permitió, entre otros aspectos, que se lo considerara santo en vida. El Fundador cultivó esa fama de distintos modos; basta recordar el uso ambivalente que hacía del lenguaje. Por un lado, utilizaba frases como “lo mío es ocultarme y desaparecer” que chocaban con otras como “lo he visto claro”; “esto también es del Espíritu Santo” las que solía acompañar –agenda en mano- de cierta teatralidad...

Al espíritu controlador de Escrivá no se le podía escapar la fama que sus hijos proclamábamos con bastante ingenuidad. Es evidente que quien gobernó el Opus Dei con gestos imperiales y modos terminantes pudo haber puesto fin a esa propaganda sutil que, en última instancia, reforzaba su propio poder espiritual. Bastaba esa contundencia simple y gritona que empleaba en algunas decisiones para terminar con su propia exaltación.

A su muerte la institución siguió concentrada en el carismático, lo que tuvo como consecuencia que se diera poca importancia al carisma, al revés de lo que la prudencia y la sensatez indicaban. ¿Santidad a través del trabajo? ¿Santidad en medio del mundo? Poco y pobre es lo que le Opus Dei ha hecho. Si nos fijamos en la historia de la institución no terminamos de sorprendernos; la política de la Obra consiste en reescribir una y otra vez su pasado. Dejo de lado el tan trillado camino jurídico de la Obra porque es una cuestión lo suficientemente seria que requiere de análisis más profundo. Solo me animo a señalar que el resultado final es surrealista. Finalmente, en relación a la espiritualidad del Opus Dei apunto un hecho tangencial. Un renombrado teólogo del Opus Dei redactó un extenso libro para justificar “Camino” lo que revela la necesidad de defender lo indefendible.

En pocas palabras, el Opus Dei continúa siendo un fenómeno que necesita demasiados rodeos para ser explicado racionalmente.

Pese a la enorme tarea que tiene la Obra en descubrir su identidad, sin embargo se repite a sí misma llevando al cine una época de la vida de Escrivá. Se trata de un emprendimiento que reúne las notas típicas de las decisiones opusinas: exaltación del fundador, abundante dinero y disimulo.

Se insiste en el carismático, se justifica la inversión de fortunas y se oculta la responsabilidad ya que los miembros deben negar que la empresa es promovida por el Opus Dei. Una vez más el disimulo tan propio de la praxis interna de la Obra. Se trata de una “seña” característica que inauguró Escrivá con la Academia denominada “DYA”; cara al público la sigla significaba “Derecho y Arquitectura” pero para Escrivá la verdadera traducción era “Dios y Audacia”. El disimulo en el Opus Dei tiene muchos rostros tales como sociedades interpuestas, ocultamiento de actividades hasta un uso del doble mensaje altamente tóxico.

Si a la sobrevaloración del Fundador se le suma la magnífica imagen que la Obra tiene de sí misma, las cosas se complican. “La Obra es de Dios” dicen sus autoridades y repiten sus miembros. Se consideran titulares de un particular favor divino lo que puede convertirse en un peligroso standard de conducta por el que los medios son justificados en función de fines que se consideran promovidos desde lo alto.

Una institución que se percibe a si misma de ese modo desvía sus errores y desvaríos hacia sus autoridades y sus miembros en forma individual. Carece de visión para advertir los errores de su praxis institucional como por ejemplo la invasión de la conciencia.

Rumbo a su primer siglo de existencia la relevación que recibió el Fundador carece de visibilidad; el carisma sigue sin desarrollarse y el disimulo como praxis externa e interna produce serios daños. Esperemos que no se termine descubriendo que el verdadero carisma del Opus Dei fue Escrivá.

Mientras tanto sus autoridades como cantantes avejentados y pasados de moda repiten la misma canción - “siempre serán tiempos de nuestro padre” - gozosos en su patético inmovilismo.

Paradójicamente, la tan temida intervención de la Iglesia -si es que, finalmente, ocurre –puede resultar altamente benéfica. Es que, como alguien ha dicho, la luz del sol es el mejor desinfectante.



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