El Código da Vinci y el Opus Dei

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Por Alberto Moncada, publicado el jueves 18 en Religión Digital


¿Por qué Dan Brown, un escritor anglosajón, elegiría al Opus Dei como el villano de su novelada conspiración?. Es cierto que desde hace años el Opus figura en obras de ficción y no ficción como un grupo elitista, tenebroso pero, hasta hace poco tiempo, se trataba de algo básicamente español. Y de golpe, por obra de la imaginación de Brown, figura en el centro de una trama que pone en cuestión los cimientos de la fe cristiana.

Una explicación es que el Opus ha heredado de los jesuitas, no solo su papel de educador de niños pudientes sino también aquella mala fama de manipuladores que contribuyó a su expulsión de España e incluso a su prohibición papal. El Opus, en el camino que ha ido recorriendo, se ha ido progresiva y universalmente desacreditando hasta que hoy sea posible imaginarlo como el villano del Codigo da Vinci...

Escrivá tenía como código de conducta, que transmitió a sus hijos, dos principios básicos: “El fin justifica los medios” y “Lo importante son las intenciones”. Así pertrechado y seguro de sí mismo, inició una carrera de expansión en los ambientes católicos conservadores y, por su carencia de escrúpulos y escaso respeto por la legalidad, chocaba habitualmente con los obispos territoriales. Por ello ambicionaba la autonomía eclesiástica, el que los obispos no le controlaran, algo que se consiguió después de su muerte, de manos del papa polaco cuyo afán por desmontar los principios del Concilio Vaticano II le llevó a apartar de su lado a ordenes más abiertas al cambio, jesuitas, dominicos, franciscanos y a echar mano de grupos como el Opus, los Legionarios de Cristo, los Neocatecúmenos, Comunión y Liberación, más adictos, menos intelectuales y, sobre todo más amigos de volver a la confesionalidad estatal, a la unión Iglesia Estado, en paralelo con los neoconservadores americanos.

El papa polaco no sólo le dio al Opus la autonomía deseada sino que canonizó a Escrivá en uno de los episodios más notorios, y más criticados, de prepotencia eclesiástica.

Pero ese Opus ya llevaba un germen de descrédito en tres aspectos fundamentales.

La doctrina que predican es la santificación del trabajo ordinario en medio del mundo pero, hoy, a casi ochenta años de su nacimiento, no se conocen apenas socios que la hayan encarnado ejemplarmente y menos numerarios, la mayoría de los cuales se dedica hoy a trabajos internos, como curas, funcionarios y maestros de su extensa red educativa. Las gentes del Opus, clérigos y laicos, casados y solteros, militan en un catolicismo conservador, agresivo y escasamente aceptable para los católicos que no son como ellos. No tienen pensadores que destaquen en filosofía, en teología ni mucho menos protagonistas de una acción evangélica contra la pobreza, la injusticia en el mundo. Suelen ser profesionales de la abogacía, la medicina, la ingeniería, los negocios y un buen número de militares. Hay un numerario español, diputado del partido popular, Martínez Pujalte, cuyo perfil político hace las delicias de los periodistas. Y en cuanto a la actividad del Opus como tal, consiste hoy en sostener y gestionar centros educativos privados para clientelas pudientes y administrar parroquias, diez o doce obispados y otras tantas oficinas eclesiásticas que le han sido confiados por una Curia Vaticana en la que tiene, por otra parte, bastantes enemigos.

Otra fuente de descrédito es la obsesión opusdeista por estar cerca del poder político y económico, y ahora eclesiástico, a cualquier precio. El cerco a la casa de Borbón, las espectaculares aventuras de acoso al poder bancario español, la cercanía de opusdeistas a escándalos como el caso Calvi en Italia o Matesa en España y el conocido desprecio por la moral en los negocios atestiguado por exmiembros de la organización le dan al Opus ese tinte siniestro que repunta en la novela de Brown a la que el Opus critica hoy por sus ataques al dogma cristiano cuando lo que de verdad les preocupa es la historia que cuenta sobre una posible prohibición del Opus similar a la de los jesuitas.

El tercer asunto conflictivo es la disciplina interna. Beneficiados por el estatuto autónomo de Prelatura Personal, no cayeron en la cuenta o no les importó que sus reglas impidan a los numerarios laicos ser miembros de pleno derecho de la organización y ello está contribuyendo a una gran desbandada de numerarios que se encuentran incómodos por ésta y otras razones. Las depresiones, las enfermedades mentales y hasta los suicidios están a la orden del día. De hecho, la gran obsesión de los directivos del Opus es compensar con el reclutamiento infantil la hemorragia de numerarios mayores. Y es que los directivos actuales del Opus son seleccionados básicamente por su lealtad y carentes de objetivos sustanciales, de un proyecto apostólico, no saben hacer otra cosa que exacerbar la disciplina interna. Las reglas para la observancia de los numerarios se han ido haciendo cada vez más estrictas y detallistas y más que una organización religiosa el Opus es hoy una secta que controla a sus miembros solteros hasta límites inverosímiles. La doctrina oficial es que los numerarios son como los demás ciudadanos que ejercen una profesión civil. En la práctica viven en comunidad, entregan todo el dinero que ganan, dan cuenta al céntimo de sus gastos corrientes y necesitan permiso para casi todo, por ejemplo para leer el País, no van a espectáculos públicos, cine, fútbol, evitan el trato y la solidaridad con la propia familia y su vida entera está reglamentada hasta extremos ridículos. El origen de todo ello fue, sin duda, la ignorancia y la prepotencia de Escrivá que pretendía que los numerarios trabajaran en la vida civil pero con las costumbres y las reglas de las comunidades religiosas, incluyendo la mortificación corporal, el cilicio y las disciplinas que exhibe Silas, el asesino del Código da Vinci.

Una consecuencia de la presión que la autoridad ejerce sobre los súbditos es el resentimiento e incluso la beligerancia con la que algunos expusdeistas se producen contra la Prelatura. Pocas organizaciones sufren tal índice de animosidad de sus antiguos miembros, algunos de los cuales intentaron frenar sin éxito la deriva sectaria del Opus cuando estaban dentro.

Precisamente la publicidad en torno a la novela de Brown y a la película está logrando que al Opus se le haga difícil mantener en el secreto esas normas y ese clima interno cuyos detalles pueden conocerse en la página web: www.opuslibros.org, nacida para hacer público lo que a los jefes del Opus le gustaría mantener oculto, incluso y especialmente a sus propios miembros. En esa página puede leerse el reciente escrito denuncia al Vaticano de más de cincuenta ex socios de diez países.

La situación actual de la organización, con un pontífice romano no tan incondicional como el anterior y con esa creciente mala fama en ambientes tanto civiles como eclesiásticos, podría conducir justamente a hacer posible en la realidad lo que en la novela de Brown es solo ficción, su eventual prohibición o intervención por la Iglesia si sus opositores en el Vaticano logran salirse con la suya.