El último 2 de octubre

From Opus Dei info
Jump to navigation Jump to search

Por Alameda, 2 de octubre de 2009


El dos de octubre del año pasado, estaba allí. Y no podía ni imaginar que este año estaría aquí.

Ese día salí de trabajar a las tres de la tarde, como todos los días. Comí en 10 minutos, como casi todos los días, dejé a mi madre fregando los platos, como casi todos los días y me fui a dar el círculo a las supernumerarias, como casi todas las semanas. Fue una de esas propinas que te llegan vía teléfono a última hora: “¿Podrías...? Fulanita (numeraria) no puede porque, ya sabes, la tertulia, fiesta grande...”

Ahora soy capaz de constatar que, cada vez que sonaba el teléfono, siempre me ponía en guardia, sabía que siempre habría un “podrías..?” que llevaría como condición un asentimiento por mi parte, o de lo contrario, un silencio tenso tras una insistencia férrea que acabaría en mala conciencia y una autoacusación de falta de disponibilidad. De hecho, ya abreviaba los saludos de rigor e iba inmediatamente al grano...

Las supernumerarias, también llegaron con la lengua fuera, con sus bizcochos y su vino dulce para la tertulia y la sonrisa de “aquí no pasa nada”. También ahora soy capaz de hacerme cargo de que en toda mi vida no he entendido otra cosa distinta de que virtud = ir con la lengua fuera a todas partes. Hubo un cura que acuñó la frase “Cristianos corrientes quiere decir «que corren»”. Pues eso.

Ya había pasado bastante tarde, entre pitos y flautas, cuando me metí en mi coche para hacer los 33 Km que hacía siempre para acercarme a mi centro. Claro que, antes, debía aparcar en hora punta, echar una carrera para llegar con la lengua fuera a la Misa, como casi todas las tardes. A todo esto, ese día, (es curioso que todo se me ha venido a la mente como si lo estuviese viviendo ahora mismo), hice la oración de la tarde en el coche, con todas las bendiciones de la superioridad, puesto que no podía asistir a la meditación de rigor: estaba sirviendo a la causa. No tendría que acusarme de tibieza en la oración por hacerla en el coche, en este caso, era heroísmo. Recuerdo que, mientras me batía con el tráfico tremendo de la autopista, volví a ser consciente de lo que me costaban esos viajes casi diarios. ¿Cómo podía llevar tantos años y ser aquello una carga tan pesada? Con frecuencia, me decían y me decía yo a mi misma, que esto era así, que debía asumirlo, que no había vuelta de hoja, que era la cruz y punto.

Por aquellos días me venían a la cabeza aquellas cosas que siempre dejaba pasar, me había acostumbrado a quitarles el valor, pues, el simple hecho de sentirme atrapada por ello, o manifestarlo, sería considerado como “espíritu crítico” y yo no quería tener “espíritu crítico”, ni mucho menos, manifestarlo, así que, me acostumbré a cortar con aquellos pensamientos. Pero estaban ahí, siempre lo estuvieron. Con frecuencia me daba cuenta de que me pasaba el día en la carretera, de que en tres décadas, nunca había recibido un círculo en mi ciudad, que si quería pasear o estar con mis “hermanas” debía “ir yo”. ¡Qué pocas veces fue “la montaña a Mahoma”...! Pero no, no podía pensar en estas cosas, aún me cuesta hacerlo, las veo como una gran manifestación de egoísmo, de necesidad de ser contemplada. A menudo me veo como una niña mala, caprichosa...

Llegué al centro con la lengua fuera, casi mediada la bendición, y también con la lengua fuera entré en la cocina para terminar de ultimar la cena. Escuché las mismas frases de siempre: “Qué mona estás... qué bien que hayas podido venir” y, tras esto último, el silencio de aprobación. Sentadas a cenar, las cosas siguieron más o menos parecidas: “qué contentas estamos de que hayas podido venir...” y unos cuantos tópicos por el estilo.

Una cena plásticamente muy bonita, un decorado “ideal”, patos, burros y velas, en la que me sentí mal por no haber aportado ni una botella de vino, mientras que se hacían los honores a quien había llevado la tarta o los canapés. Todas contentísimas, una conversación estupenda de la que no recuerdo absolutamente nada, así que fue, eso, estupenda. Por supuesto, a todo esto, eran más de las diez y era preceptivo dormir las siete horas y media, así que vuelta a salir corriendo con el brindis en el gañote, y na de ná en el corazón, todo muy formal y muy correcto, y entrar en casa como una exhalación, sin ver a nadie y meterse en el sobre que mañana será otro día...

Mientras revivo estas cosas pienso que he necesitado valor para ponerme frente a mí misma, de mirarme y de decirme “has sido una cobarde, te has pasado media vida excusándote, nunca fuiste capaz de plantar cara. Claudicaste, te dejaste llevar”. Sería muy sencillo echarle la culpa al sistema, a la institución, que es el que es, pero no es sólo eso. Debo asumir mi ceguera. Cada fiestorro de los que fui, porque de muchos me excusé, era un enfrentarme a la evidencia de que aquello me superaba, y sin embargo, lo dejaba morir, una y otra vez tragándome la culpa de que yo era quien no se sabía entregar. Lo cierto es que, aquellos “te hemos echado de menos” o “qué bueno que viniste” se me clavaban como puñaladas.

Cuando dudaba si ponerme a escribir esto o no, algo me decía en mi interior: “qué tontería, son las mismas cosas que le pasan a todo el mundo”. Pero, de algún modo, estas cosas, que disfrazamos de insignificantes, forman parte de la tara que, veo al leeros, todos llevamos encima. Por ende, nos suponemos malvados, faltos de entrega vivimos coaccionados sin saberlo, pues ¿no son acaso, estas sutilezas cotidianas, la vida ordinaria de una persona del opus dei? Estas sutilezas son los hilos tan difíciles de romper, por finas, por invisibles, nos atan de por vida.

Termino este escrito que, para mí es un penoso deber. No quisiera escribirlo pero debo hacerlo. Yo también pensaba, no hace mucho que esta web quería “cargarse el opus dei”. Sin embargo, como vosotros, veo que debo romper con muchos tabúes. Perder miedos sacándolos fuera es un modo de acabar con ellos. Esta limpieza es necesaria, y el mayor bien es que “cuanto antes, mejor”. Os animo a hacerlo, a sacar, como en los pueblos, los trastos viejos a la hoguera de San Juan y quemarlos todos. Asear la casa interior y tener una morada digna donde vivir, lo mejor posible, con nosotros mismos lo que nos quede de vida. Una vida que, en la mayoría de los casos ha sido, hasta dar el paso, por decirlo suave, bastante ilógica. También hay culpa propia en ello, al menos, yo lo veo así.

Pues este año, el día dos de octubre no sé lo que será, pero seguro que tranquilo. Lo que me gustaría, sería que se me pasase por alto la fecha, pero pienso que para eso aún es pronto.

Un abrazo y que Dios os bendiga.



Original