Dos sacerdotes, Antonio Petit y Pablo Domínguez, y sus amistades femeninas

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Por Giovanna Reale, 23 de junio de 2010


Mis inicios en la página web opuslibros coincidieron con los acontecimientos finales de la vida de don Antonio Petit Pérez (1948-2007), tristes para él y vergonzosos para el Opus Dei y sus directores. Entonces escribí en varias ocasiones sobre ello y hoy deseo volver a hablar de ese sacerdote en un contexto comparativo. La semana pasada acudí a los cines para ver la recién estrenada película La última cima, que es un documental acerca de la vida y del fallecimiento de un joven sacerdote madrileño llamado Pablo Domínguez Prieto (1966-2009). Mientras veía esa película, me acordé de don Antonio Petit. No he podido evitar establecer una relación o comparación entre esos dos sacerdotes, y me gustaría compartir mis sentimientos con los lectores de opuslibros...

La última cima, además de relatar la vida ejemplar de don Pablo Domínguez, se propone hablar bien de los curas y combatir prejuicios negativos que en nuestra sociedad secularizada oscurecen injustamente la vida y la actuación de los sacerdotes católicos. La película me pareció técnicamente muy bien realizada; es emotiva, emplea un lenguaje comprensivo para jóvenes y adultos, exalta los valores del sacerdocio católico, agradece la labor de los curas y anima a los jóvenes a seguir ese camino. El espectador sale de la sala con optimismo en su ánimo.

Su director y guionista, el periodista Juan Manuel Cotelo Oñate, aparece con frecuencia en el documental como presentador y narrador del mismo. Juan Manuel fue numerario del Opus Dei, del que se desvinculó al poco tiempo de terminar sus estudios de periodismo en la Universidad de Navarra. No sé si mantiene alguna relación con el Opus, pero el filme no me pareció impregnado de estilo opusdeísta. Eso sí, la imagen del sacerdote ahí presentada se adecua del todo a la ortodoxia establecida por la jerarquía eclesiástica; es decir, no sé si Juan Manuel, por ejemplo, se atrevería a elogiar cinematográficamente a un sacerdote de la Teología de la Liberación, como Ignacio Ellacuría (1930-1989), que también fue víctima del terrorismo; no conozco personalmente a ese periodista y no me hago idea exacta de su pensamiento.

El sacerdote Pablo Domínguez, de quien amigos suyos me han informado, pertenecía a la diócesis de Madrid y, además, fue socio de la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz, aunque al cabo de un cierto tiempo se desvinculó de ella. Sin embargo, después de su desvinculación, continuó manteniendo buenas relaciones con los sacerdotes del Opus Dei y asistía a los ejercicios espirituales (o cursos de retiro) organizados por el Opus para sacerdotes. Don Pablo estaba dotado de una gran personalidad, que el documental resalta de manera acertada: inteligente, intelectual, emprendedor y gestor, buen comunicador, simpático, entregado a sus padres, hermanos y a las personas con quienes se relacionaba por motivos pastorales, fiel a sus muchos amigos y amigas, piadoso, deportista y gran aficionado al montañismo; es importante resaltar que en el documental no se menciona el Opus Dei ni tampoco las simpatías que don Pablo sentía por él a pesar de haberse desvinculado de la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz.

Don Pablo no se desmarcó nunca del sistema establecido por la jerarquía eclesiástica como sacerdotalmente correcto, y los obispos españoles, que le tenían gran estima, depositaban en él grandes esperanzas, frustradas por su súbita muerte; era un directo colaborador de su arzobispo, el cardenal don Antonio María Rouco Varela, el cual lo nombró en 2003 Decano de la Facultad de Teología “San Dámaso” de Madrid.

Pablo Domínguez falleció en un accidente de montaña el 14 de febrero de 2009 cuando descendía de la cima del Moncayo, acompañado de una de sus compañeras y compañeros de alpinismo, Sara de Jesús, que también murió (en esa escalada iban ellos solos, pues los otros compañeros del grupo no pudieron participar). El 17 de febrero se celebró por el alma de don Pablo, en la catedral de Santa María la Real de la Almudena (Madrid), un solemne funeral corpore insepulto, que estuvo presidido por el arzobispo Rouco Varela; en esas exequias, el entonces Vicedecano de “San Dámaso”, don Juan José Pérez-Soba Díez del Corral, que es sacerdote y socio de la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz, tomó la palabra para pronunciar en nombre de la Facultad Teológica una breve laudatio, en la que, entre otras cosas, resaltó que el difunto se había mantenido siempre fiel al espíritu del Opus Dei (cosa extraña, en mi opinión, ya que don Pablo se desvinculó de él, pero en esos emotivos momentos se inflan retóricamente las cosas, y se pueden manipular los sentimientos de la gente para hacer propaganda, en este caso, del Opus Dei; en cambio, insisto, el filme de Juan Manuel Cotelo no menciona para nada el Opus).

La película destaca por la cantidad de testigos que hablaban bien de don Pablo; especialmente emocionantes son los testimonios de sus padres, serenos y cariñosos. Aparecen varios obispos y sacerdotes que relatan sus recuerdos, siempre positivos, de la vida de su hermano en el sacerdocio. Pero me sorprendió mucho la ausencia del obispo del propio don Pablo, el cardenal y arzobispo de Madrid don Antonio María Rouco Varela. Es muy chocante esa laguna: ¿por qué precisamente el obispo de don Pablo no habla de él en ese documental cinematográfico, y otros obispos sí? Se me ocurren dos hipótesis para responder a esta pregunta; advierto de antemano que ambas hipótesis son algo malévolas.

Primera hipótesis. Hay que reconocer que don Antonio María Rouco da mala imagen visual y auditiva: su rostro es tan desagradable a la vista como su voz al oído; de fotogénico no tiene nada. Por ello supuse en un primer momento que Juan Manuel Cotelo había tomado la acertada decisión de no entrevistar al cardenal Rouco en su filme para no estropearlo, pues la presencia de este importante personaje hubiera podido repeler al público, sobre todo al juvenil. Para mi gusto, la ausencia de Rouco beneficia estéticamente a ese documental.

Segunda hipótesis, tal vez más plausible que la anterior. Aunque don Pablo Domínguez fuera un hombre de confianza del arzobispo de Madrid, sin embargo el cardenal Rouco se sintió molesto, tras el mortal accidente, por lo que él consideraba una grave imprudencia del sacerdote: haber hecho una excursión al monte en compañía de una mujer sola. Así pues, el primer comunicado de prensa emitido por el arzobispado de Madrid sólo daba noticia del fallecimiento del Decano de “San Dámaso” y no incluía a Sara de Jesús; además, el propio Rouco, antes de celebrarse las exequias corpore insepulto en la catedral de la Almudena el 17 de febrero de 2009, dio orden de que en ese funeral no fuera mencionada la compañera de excursión, por quien en aquella ceremonia ni siquiera se rezó (sí se rezó por ella, lógicamente, en el funeral celebrado en su parroquia). Así de sutiles son los férreos defensores del celibato sacerdotal: no hay que publicitar la más mínima imprudencia de un sacerdote en este ámbito, no sea que las malas lenguas exageren inventándose calumniosamente amoríos, cosa que dañaría la imagen inmaculada de la institución. En resumen, tal vez por el disgusto que don Pablo provocó en su arzobispo, éste no quiso ser entrevistado en el filme dirigido por Juan Manuel Cotelo.

La película La última cima deja claro, sin lugar a dudas, que la amistad entre don Pablo y Sara de Jesús era absolutamente correcta. También enseña esa película que informar sinceramente de lo que ha acontecido es siempre mejor que una política de ocultamiento parcial o total de datos. En el fondo, se da una lección de sensatez al cardenal Rouco.

¿Por qué relaciono a don Pablo Domínguez con don Antonio Petit? Precisamente por la cuestión de las amistades femeninas de los sacerdotes. En los últimos días de su vida, don Antonio Petit fue acogido caritativamente en la casa de una señora de Barcelona, la cual, además de vivir con uno de sus hijos, quiso atender con generosidad al sacerdote para paliar su mal estado de salud. Ahí falleció don Antonio el 12 de febrero de 2007 a consecuencia de las complicaciones varias de su enfermedad y tal vez también del maltrato psicológico de que fue objeto por parte de los directores del Opus. Pues bien, según tengo entendido, la gente del Opus de Barcelona, cuando por aquellas fechas hablaba de él y de su voluntad de excardinarse de la prelatura personal del Opus Dei, aludía a esa señora para dar a entender –calumniosamente, por supuesto– que el comportamiento de don Antonio en los últimos meses no había sido del todo claro. Es típico de los directores del Opus alardear de que ellos tienen “más datos” a la hora de juzgar a las personas y los acontecimientos, y, en este contexto autoritativo de “más datos”, ignorados por los demás, se lanzaban rumores difamatorios de don Antonio Petit, cuando lo que en realidad sucedía era que don Antonio vivía en una situación de pobreza, que lo llevó a la “imprudencia” de ser acogido en casa de una persona amiga y caritativa. ¡Qué crueles pueden llegar a ser las mentes mezquinas!

El funeral de don Antonio (febrero de 2007) no fue tan pomposo como el de don Pablo (febrero de 2009). En el del sacerdote madrileño asistieron dos cardenales, una veintena de mitras, centenares de sacerdotes, cabildo de canónigos, una catedral a rebosar, coro impresionante, órgano supremo, ritual cuidado hasta el más mínimo detalle. Don Pablo se merecía en verdad todo aquello. Pero una piensa en los muchos sacerdotes que mueren completamente olvidados, sacerdotes que lo dieron todo, exactamente igual que el recordado Pablo Domínguez, sacerdotes que un día fueron la sensación de la primera o segunda parroquia a la que llegaron, que pusieron todo su corazón en sus predicaciones, que entregaron sus desvelos por el bien de sus fieles y que mueren solos, sin que nadie llore su enfermedad, ni su agonía, ni su muerte. Y en el caso de don Antonio Petit se añade, para más inri, la calumnia. En la pomposidad del funeral de don Pablo y en la pesadumbre del de don Antonio, lo que interesaba resaltar era el brillo de la institución Iglesia Católica: en el funeral de don Pablo, no se rezó por su compañera fallecida en el mismo accidente, pero sí se mencionó propagandísticamente al Opus Dei ante la magna asamblea; en el de don Antonio, se corrió subrepticiamente entre el público el comentario o rumor de que su comportamiento en los últimos meses no había sido del todo correcto porque se alojaba en la casa de una mujer.

Observemos una sutil diferencia en las circunstancias de los dos funerales. El cardenal Rouco prefirió no airear la noticia de que don Pablo había ascendido el Moncayo en compañía de una sola mujer; en cambio, la gente del Opus sí rumoreaba que don Antonio había vivido un breve tiempo en casa de una mujer. En ambos casos, aun empleando estrategias contrapuestas entre sí, se conseguía que la imagen de la institución quedara bien: con don Pablo omitiendo información, con don Antonio dándola para difamarlo. ¡¡¡La institución es la que siempre tiene que lucir!!! ¡¡¡Las mujeres somos siempre motivo de tentación y no de ayuda!!! Pero que quede bien claro: ¡¡¡qué canallesco y qué poco cristiano es siempre todo ese modo de pensar y de obrar!!!

Finalizo mis apenadas reflexiones con dos breves apuntes. El primero es que estoy de acuerdo con lo que ha escrito Ramón el pasado 21 de junio de 2010; aunque a primera vista no lo parezca, su artículo guarda bastante relación con lo que acabo de escribir en las líneas anteriores, pues Ramón y yo ponemos de relieve lo que se alberga en la cabeza y en el corazón de quienes gobiernan la Iglesia Católica actual. El segundo apunte es una sugerencia: ¿estaría dispuesto el periodista y director cinematográfico Juan Manuel Cotelo a hacer un documental sobre la vida de don Antonio Petit? Creo que merecería la pena rodar esa película. Juan Manuel se propone irradiar y comunicar alegre optimismo, pienso que también es positivo y optimista esclarecer siempre la verdad y divulgarla, por muy dura que ésta sea.



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