Don Honorio y la “tesis digna”

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Por Josef Knecht, 20.02.2008


Quisiera hacer una pequeña contribución a lo que se está escribiendo recientemente en esta página web acerca de las tesis doctorales eclesiásticas que durante muchos años se han escrito y defendido por parte de clérigos del Opus Dei. Mi escrito guarda continuidad con el que ha publicado Cremucio Cordo con el título de “Recuerdos de un Doctor” el 18 de febrero de 2008.

En su escrito Cremucio relata fielmente el proceder con el que muchos estudiantes de las Facultades Eclesiásticas de la Universidad de Navarra redactaban, a todo correr, sus tesis doctorales en la década de los años 80 del siglo XX...

En aquellas fechas los sacerdotes y seminaristas de la Obra residentes en Pamplona estudiaban dos años de Licenciatura y uno de Doctorado (a veces sólo dos años en total) para marcharse de la Universidad de Navarra con el título de doctor en Derecho Canónico o en Teología bajo el brazo. Casi todos ellos residían en el Colegio Mayor Aralar, el cual, después de que el Opus Dei se transformara de instituto secular en prelatura personal (noviembre de 1982), fue erigido como uno de los seminarios sacerdotales de la nueva prelatura. (El otro seminario se encuentra, como es sabido, en Roma: más exactamente en Cavabianca, que es la sede del Colegio Romano de la Santa Cruz).

Esos seminaristas y sacerdotes recién ordenados pasaban sus años en Pamplona bajo la tutela de tres directores de la Delegación de Pamplona: 1) el subdirector de San Miguel, que entonces era Yoni Yarza, laico; 2) el director espiritual de la Delegación, un sacerdote numerario, cuyo nombre ahora no recuerdo; y 3) el director de estudios de la Delegación, también sacerdote numerario, llamado Honorio García Seage, gallego si no me falla la memoria. (De don Honorio ya se ha hablado antes en esta página web; por lo menos, en un artículo de Bastián titulado “Visita innecesaria”, del 11 de noviembre de 2005).

Don Honorio era toda una institución, pues personificaba –al menos esa era la imagen que daba de sí mismo– la perfección modélica de un director de la Obra; en él se encarnaba el cumplimiento impecable de todos los criterios, avisos e indicaciones establecidos por las autoridades del Opus Dei. Al mismo tiempo, don Honorio solía despertar no admiración, sino cierto repelús y bastante antipatía entre los residentes de Aralar, ya que detectaba en los demás, con presteza e ironía galaica, fallos y defectos en la vivencia de los criterios que él tan perfectamente cumplía.

La principal tarea de don Honorio era conseguir que los estudios eclesiásticos de los seminaristas y clérigos recién ordenados se ejecutaran dentro de los estrechos plazos de tiempo establecidos por las autoridades de la prelatura. Para lograr ese fin, acostumbraba a hablar en sus charlas y meditaciones de que había que escribir lo antes posible una “tesis digna”.

Muchas veces me he preguntado qué entendía don Honorio realmente por “tesis digna”. Evidentemente, esa expresión era un eufemismo que encubría con buenas palabras lo que era de hecho, en bastantes casos, un trabajo chapucero; se trataba de dar el pego y de guardar las apariencias de una labor bien hecha, cuando en realidad la mayoría de esas tesis eran un refrito de libros y artículos. También recuerdo que don Honorio, en sus vibrantes charlas, que, si bien comenzaban con un tono de voz apacible, culminaban a veces en tono de bronca, lanzaba advertencias como estas: “Los que escribís tesis doctorales de tema histórico y tenéis que estudiar la vida de clérigos y frailes de siglos pasados no debéis entusiasmaros con esos personajes, ya que nuestro Padre los supera a todos ellos”. Sin comentarios.

Está claro que a los directores de la Obra de aquellos años no les interesaban lo más mínimo la Teología ni el Derecho Canónico por su valor científico o eclesial; sólo les interesaban como mero instrumento: por un lado, servían para cumplir con el trámite de que los clérigos de la prelatura tuvieran el título de doctor en alguna disciplina eclesiástica y, por otro lado, eran necesarios para satisfacer los deseos de monseñor Escrivá y de don Álvaro del Portillo de que el Opus Dei se transformara en prelatura personal.

En definitiva, el Opus Dei no sólo instrumentaliza la amistad para servirse de ella en pro de sus fines proselitistas, sino que también instrumentaliza la Teología y el Derecho Canónico para que resulten bien rentables a sus fines institucionales. De amor a la verdad y a la ciencia, muy poco. Al menos, así era la situación en los años ochenta del siglo pasado, cuando don Honorio sostenía e imponía en Pamplona su doctrina acerca de la “tesis digna”, que era un atentado contra la dignidad de la ciencia y de la cultura universitaria.

Espero que actualmente, tanto en las Facultades Eclesiásticas de la Universidad de Navarra (Pamplona), como en las de la Universidad de la Santa Cruz (Roma), se hayan olvidado por completo de la estupidez de la “tesis digna”.



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