Don Andrés Ramos Ibáñez

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Cuando se le veía por vez primera llamaba la atención por su pequeña estatura y su pronunciada calva. Pero cuando se le trataba cinco minutos, no más, esos aspectos físicos quedaban solapados por su cordialidad, humanidad, profundidad y sentido común. Era D. Andrés Ramos Ibáñez, sacerdote agregado de la Santa Cruz y Opus Dei, que, para mi suerte, estuvo ligado a todos mis años en la Obra, en Valencia (España). Atendía tanto la dirección espiritual en el colegio donde estudié el bachillerato como en el centro de agregados al que pertenecí.

Fue, ante todo y sobre todo un sacerdote. No creo que nadie pueda calificarle de poco ortodoxo con el Opus Dei, pero él antepuso las personas a la institución. Siempre tenía a mano esa palabra de aliento, ese consejo, esa cercanía del que está persuadido de que los hombres son primero hijos de Dios y después –mucho después- miembros de algo. No lo puedo asegurar pero tengo para mí que, en el fondo, le daban risa esos solemnes y celosos guardianes de las esencias que, blandiendo las tablas de la ley en una mano y la tarjeta amarilla en la otra, se prodigaban por aquellos lares. Con razón él decía, con cierta sorna, que se debía únicamente a su Obispo.

No, tanta rigidez no iba con él. D. Andrés recogió a los que los otros desecharon. Mientras esos fieles cumplidores de la letra se ceñían escrupulosamente al guión establecido y, una vez fuera, se olvidaron de mi para siempre, D. Andrés Ramos Ibáñez fue el único -¡el único!, repito- que, aun residiendo otra vez en Teruel, su tierra natal a la que había regresado, siempre tuvo esas llamadas de teléfono, esas periódicas cartas (que conservo) y esas esporádicas visitas cada vez que, por algún motivo, se acercaba a Valencia. Mientras las personas del centro al que yo había pertenecido casi cinco años, esos hijos de la Prelatura, “regalaban” su silencio y su olvido, D. Andrés se saltó olímpicamente la norma y me brindó su respaldo y me abrió nuevos horizontes en esa importante encrucijada vital. Era sacerdote, repito.

Me consta que no fui el único. Muchos ex miembros de Valencia podrían escribir esto mismo. De varios sé que fueron casados por D. Andrés y sé que a todos les quedó un inmenso cariño por esa figura menuda, ensotanada, de cabeza calva, bienhumorado, altísimo sentido común y fiel a la misión que Dios le había encomendado: llevar Su palabra y consuelo a todos sin excepción. De 100, aquí sí, 100.

Estoy convencido de que este escrito no levantará ninguna ampolla en los que le conocieron y continúan hoy en el Opus Dei. Lejos de mi intentar hacer de D. Andrés Ramos un “icono contra la Obra” a la que dio su vida. Pero, dentro de su fidelidad indiscutible a la institución, su misión trascendió las limitaciones y constricciones, a veces tan estúpidas y botejaras, de esa Obra que, por lo menos hace veinte años, se olvidaba literalmente de quien se iba.

Supe de la repentina muerte de D. Andrés, en junio de 1991, por una esquela en un periódico. Por supuesto, ninguno de mis antiguos colegas de la Obra en Valencia tuvo el detalle de avisarme por teléfono. Pelillos a la mar.

Y hoy me he decidido a escribir estas letras. Un escrito que pretende ser un homenaje, un reconocimiento público, una sincera acción de gracias a D. Andrés Ramos Ibáñez, aquel sacerdote que en uno de los momentos más duros, supo y quiso estar desinteresadamente a mi lado.


José Luis, 13.02.2006


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