Don Álvaro y los autos. Una historia de corrupción

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Por Pericoperro, 22.09.2008


¿Qué sentido tienen los duros exámenes y la nada despreciable cantidad de euros que hay que pagar para tener el carnet de conducir?

Se me ocurren las siguientes razones:

  1. Asegurarse de que no haya amenazas al volante demasiado grandes.
  2. Inhibir el uso del auto y promover el uso del transporte público por aquello del calentamiento global y los índices de contaminación.
  3. Que el Estado se haga de recursos.

Cuando Escrivá vivía, tenía su chófer. No hacía le falta salir del analfabetismo automotriz. Tampoco había interés. ¿Cuántos marqueses conducen sus limosinas?

¿Qué hacían Del Portillo o Echeverría cuando debían trasladarse a algún lado sin Escrivá? Recurrir al chófer en turno, si era posible, o tomar un taxi. Que fastidio en ambos casos. Usar las valiosas hora-numerario del chófer en traslados era un desperdicio. Además, nunca deja de ser indiscreto ir acompañado a todos lados. El chófer sabe que se visitó a tal y cual persona, que se fue al Vaticano, que se regresó con tal y cual objeto… Que del Portillo y Echeverría pudieran conducir en solitario era necesario para ellos dos, y sobre todo para Escrivá.

¿Alguien conoce alguna anécdota sobre los custodes sacando su carnet? Algo así como: “Don Álvaro hizo su tesis doctoral en historia en una semana (?) y con cinco minutos de estudio pasó el examen de conducir a la primera”. La que yo conozco, y que ahora me dispongo a contaros, va por otros derroteros.

En alguno de sus viajes a Roma, Alberto Pacheco, defensor de la región de México, se entera de que Del Portillo quiere un carnet de conducir, pero que no tiene tiempo para ponerse a preparar el examen ni de tomar el curso correspondiente. En la siguiente visita a Roma, Pacheco llega con un regalo inmejorable para el frustrado conductor: un carnet de conducir mexicano válido en Europa (!). Del Portillo se quedó bocas con la efectividad y el buen espíritu de Pacheco. A los pocos minutos Echeverría se entera y pide uno para él. Concedido. Nada más fácil que tener derecho a conducir en Europa. Más adelante, cuando vencieron los carnets, se renovaron. ¿Qué más se iba a hacer ante la necesidad de moverse?

Algo no cuadra. ¿Cómo hacía la policía mexicana para comprobar que Del Portillo y Echeverría poseían las habilidades necesarias para tener derecho a conducir en territorio mexicano? ¿Acaso en ese extraño país no hacen exámenes previos a la expedición del carnet? Sí que los hacen, pero en tiempos de Escrivá cualquier perico perro podía obtener el carnet corrompiendo a las autoridades. Si a eso le sumamos que Pacheco era una persona muy influyente (presidente del Colegio de Notarios de México y un tiempo también de Iberoamérica), tenemos la explicación: una llamada telefónica del notario, acompañada de unos pesos, podía conseguir el carnet de conducir hasta para un ciego. Los custodes usaron sus carnets mexicanos sin mucho escrúpulo. De la seguridad de los improvisados conductores y de la de los demás ciudadanos se encargarían los ángeles de la guarda.

Basándome en este sucedido —que oí de labios del mismo Pacheco— me animo a postular una hipótesis: México, por combinar gran extensión de “la labor” con el hecho de ser un país, digamos, sin ley, era (¿es?) clave para el Opus. Lo que no se podía hacer legalmente en Europa se enviaba a la tierra donde todo es posible para conseguir el milagro. Como les decía, es una hipótesis.

En los testimonios que dieron sobre la santidad de Don Alvaro, ¿habrán dicho algo sobre su determinación para respetar las leyes? Al menos las de tránsito no puede decirse que las haya seguido de modo heroico.

Si alguien tiene el tiempo y la boluntas (ya se que no va con “b”) suficientes, que consiga en los archivos de tránsito del D.F. una copia del carnet a nombre de Álvaro del Portillo Diez de Sollano y que lo mande notariado (de preferencia en la notaria que era de Pacheco) a la causa de canonización de Don Álvaro.



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