Discernimiento de las vocaciones de adultos

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Por Jacques Delarue, Rector del Seminario de Vocaciones de adultos. París.


Lo que vamos a decir supone ya estudiados los fundamentes doctrinales. Ahora se trata de entrar en el terreno de los hechos para ver cómo hemos de realizar, prácticamente, este delicado discernimiento de las vocaciones de adultos.

Hablaré con gran libertad, y en ocasiones aludiré a ciertas posturas de sacerdotes que no siempre han sido muy acertadas desde el punto de vista pastoral. No se trata en absoluto de juzgarlos o condenarlos; nosotros mismos somos los primeros en haber tenido nuestras experiencias, en haber cometido un cierto número de errores; pero yo creo que haber constatado que eran errores y decirlo, puede servir de algo y evitar que otros los cometan también. Con este espíritu me expresaré a lo largo de este trabajo.

Por otra parte, hablaré sobre todo, claro es, en función de nuestra experiencia de París. Pero tendréis representantes de casas de vocaciones tardías de otras regiones que podrán aportar los complementos o adaptaciones necesarias...

Por vocaciones de adultos entendemos, en este estudio, las de aquéllas personas para quienes se plantea la cuestión del posible ingreso en un seminario, después de pasada la adolescencia, es decir —tal es nuestra norma en Morsang—, quienes han alcanzado la edad de 18 años, por lo menos, o más exactamente, quienes han acabado su preparación para la vida adulta y que llegan a la edad de las orientaciones decisivas, la edad en que normalmente un muchacho piensa en el matrimonio al propio tiempo que decide sobre su profesión; lo cual, para cierto número de personas, se sitúa más bien pasados los veinte años.

Examinaremos sucesivamente los dos puntos en virtud de los cuales aclara la Iglesia la noción de vocación antes de pronunciar su llamada, que es su último elemento, a saber, lo que tradicionalmente se denomina recta intención y aptitudes. Veremos que se puede definir la rectitud de intención como una libre disposición a dar su vida, con conocimiento de causa, para realizar lo que la Iglesia pide a sus sacerdotes; se tratará, pues, ante todo, en este terreno, de iluminar la libertad para que sea verdadera libertad al dar el paso decisivo, que nos guardaremos siempre de determinar en su lugar. En cuanto a las aptitudes, cuidaremos de que alcance la madurez necesaria, madurez de hombre y madurez de cristiano, para que el individuo sea capaz de encargarse de la cura de almas.

Es evidente, por otra parte, que estos elementos esenciales no son requisitos de las vocaciones tardías únicamente; ninguna vocación, cualquiera que haya sido su origen o su formación, podría emprender prudentemente las etapas decisivas de la ruta del sacerdocio, es decir, desde el diaconado, sin haber alcanzado esta madurez y esta libertad. No obstante, aquí contemplaremos el caso en que la realización de una vocación, aun cuando su idea primera se remonte a un período muy anterior, se plantea a la edad en que un muchacho llega a su período de madurez.

Las aptitudes, signos necesarios e indispensables

Si comenzamos por las aptitudes es porque son los elementos fundamentales de toda vocación, aun cuando en la práctica pastoral aparezcan, con excesiva frecuencia, relegadas a segundo plano. M. Damez afirma que sólo son excepción los individuos que llegan a nosotros porque la cuestión de la vocación les haya sido planteada por un sacerdote; la inmensa mayoría de los que vienen al seminario, han expresado ellos mismos su deseo de hacerlo. Parece —lo veremos en otro trabajo al estudiar la pastoral— que existe toda una actitud pastoral de las vocaciones que consiste en abrir a la perspectiva del sacerdocio a los que son capaces y, a la inversa, en no considerar precipitadamente que quienquiera que expresa el deseo de ser sacerdote, tiene necesariamente una vocación que viene de Dios. Son demasiados los sacerdotes que creen, al parecer, que el deseo de ser sacerdote, manifestado por un joven, constituye por sí sólo la vocación. Pienso en aquel buen hombre, vocación muy tardía, que vino a buscarme muy contento, de parte de un sacerdote muy celoso de vocaciones, que le había dicho concluyendo la breve conversación que había tenido con él, diciéndole: "En todo caso, Vd. tiene vocación".

No era asi, tenía el deseo de ser sacerdote, que no es lo mismo; es un elemento necesario el querer, pero no el único, y si faltan otros elementos no menos necesarios, no hay vocación; esta afirmación de principio por parte del candidato no podía impedir, evidentemente, mi tarea de profundizar un poco más.

Otro ejemplo: un candidato al sacerdocio que había alcanzado la edad adulta, había hecho dos pruebas sucesivas en dos seminarios netamente diferentes —en un caso era una sección anexionada a un seminario menor; en el otro, se trataba de un seminario de adultos—; puede resultar útil en ocasiones obrar así, para aclarar un caso, si un individuo no ha hallado su puesto en una fórmula concreta. Pero habiendo sido estas dos pruebas absolutamente concordantes para decidir su ineptitud, este muchacho encuentra un sacerdote que le deja pensar en una tercera prueba, por la sola razón de que el muchacho expresa el deseo de hacerla. Todos conocemos a estos postulantes incansables, cuya obstinación no podríamos confundir con el puro impulso de la gracia de Dios. Ciertamente, el deseo del sacerdocio expresado por un joven, debe ser siempre acogido con respeto y benevolencia, cualesquiera que sean sus manifestaciones, a veces torpes; pero aún en las hipótesis más favorables, no es nunca más que un punto de partida que nos invita a examinar y a formar las aptitudes y a explorar este mismo deseo, muchas veces parcial, cuando no está falseado.

Los datos evangélicos

Para justificar mi insistencia en la prioridad de las aptitudes, me apoyaré en el Evangelio y en la Iglesia. Las vocaciones que vemos en el Evangelio y que corresponden exactamente a lo que hoy llamamos vocaciones de adultos, se caracterizan generalmente por el llamamiento de Jesús, que, con pleno conocimiento de causa —"sabía lo que hay en el hombre"— invita a Felipe o a Mateo, a seguirle... No poseemos la divina intuición de Jesús, pero debemos esforzarnos con su gracia por unir nuestra mirada a la mirada penetrante que dirige a cada cual, a fin de poder, nosotros también con conocimiento de causa, invitar a Pedro y a Pablo a seguirle.

En cambio, cuando alguien se presenta espontáneamente para unirse al número de sus discípulos, vemos a Jesús habitualmente reservado; invita a medir los renunciamientos que supone el deseo así expresado de seguirle: «Maestro, te seguiré dondequiera que vayas». «Las raposas tienen cuevas, responde Jesús, las aves del cielo, nido; pero el Hijo del Hombre no tiene donde reclinar la cabeza». «Te seguiré, Señor, pero déjame antes despedirme de los de mi casa». «Nadie que, después de haber puesto la mano sobre el arado mire atrás, es apto para el Reino de Dios» -. A veces incluso, más radicalmente aún, Jesucristo no permite que le sigan los que se proponen a si mismos, y les invita a permanecer en su puesto: su vocación es otra. Así el endemoniado de Gerasa. El hombre le suplicaba quedarse con El, pero El lo despidio.

También nosotros tenemos esta función de ilustrar sobre las verdaderas exigencias de tal orientación a quienes se proponen a sí mismos, e incluso a veces hemos de desviar del sacerdocio a quien no consideramos llamado a él por Jesús, a fin de que realice el verdadero designio de Dios.

La enseñanza de la Iglesia

La propia Iglesia, cuando habla de vocaciones, confía a sus sacerdotes el cuidado de desempeñar el mismo papel del Señor al discernir y llamar a sus Apóstoles. Dos ejemplos bastarán: Pío XII en la Exhortación Mentí Nostrae, enfoca expresamente desde esta perspectiva, las vocaciones:

La elección de los candidatos al sacerdocio (hay que elegir, discernir, llamar, no se trata aquí de los que se presentan, como si fuese preciso ir tras ellos), debe ser cuidado particular de todos los sacerdotes que deben interesarse por hallar y prepararse un sucesor (no solamente discernir, sino formar), especialmente entre los que prestan su ayuda al apostolado. Aun cuando éstos lleguen tardíamente al sacerdocio, con frecuencia están armados de más firmes virtudes, habiendo sufrido ya la prueba, fortalecido su corazón al contacto con las dificultades de la vida y colaborado en obras estrechamente ligadas al ministerio sacerdotal.

El mismo tema es desarrollado más netamente aún por el Cardenal Feltin, en la conferencia a sus sacerdotes en los retiros pastorales:

No se olvide jamás que la vocación es una llamada. Nuestro Señor no ha esperado que los apóstoles se presenten ante él ofreciéndose para seguirle; les ha dicho: dejad ahí vuestras redes, venid. El Obispo tiene la misión de llamar a los nuevos apóstoles, pero vosotros, sacerdotes, sois, en vuestras parroquias, en vuestros colegios, en vuestras obras y movimientos, los representantes del Obispo para esta llamada... La experiencia demuestra que no son siempre los que más desean y por sí mismos, el sacerdocio, los más aptos para él. A veces esta idea está falseada en la psicología del individuo por elementos que no son puros; en cambio, puede haber jóvenes de 18 a 25 años, equilibrados, bien dotados humana y cristianamente a quienes nunca se les ha ocurrido esta idea de modo preciso y personal, ni se les ha propuesto explícitamente. Convendría, pues, cuando un sacerdote conoce con la suficiente profundidad a un muchacho y halla en él las cualidades necesarias, que le haga ver la posibilidad del sacerdocio como una de las posibles orientaciones de su vida; todo esto en un clima de gran libertad.

Pero para hacerlo con entero conocimiento, el Cardenal Feltin recomienda que se aclare primero, con precisión, la cuestión de las aptitudes. ¿Cuáles son, pues, estas aptitudes?

Las aptitudes

Madurez afectiva

La madurez afectiva debe ser tal que el individuo pueda comprometerse, con suficiente conocimiento de causa, con la gracia de Dios, a guardar la castidad; Dios no quiere que nos entreguemos a él por sorpresa.

Para aclarar este punto yo diría que la perspectiva de la vocación debe aparecer al joven no tanto como uno de los caminos de la encrucijada a que ha llegado, cuanto como un más allá del matrimonio. Lo que me parece deseable es que haya llegado a ser verdaderamente un hombre, en su cuerpo y en su corazón; que haya aprendido a ser verdaderamente dueño de sí mismo, que se haya planteado normalmente la perspectiva de fundar un hogar, que sepa que el matrimonio es algo grande y santo, y que sería posible para él; y que acepte renunciar a él con alegría para una entrega más total, porque se cree llamado por Dios a un Amor más alto. Entonces, ciertamente, podrá suceder que conozca horas difíciles en su fidelidad a esta entrega primera, pero no se le ocurrirá poner en cuestión la validez de un dicho en plena luz. Sabe que para él la castidad es cuestión de Amor, el Amor mismo de Dios que ha consagrado, por su Espíritu Santo, la entrega libre que ha hecho de todo su ser...

Existe en cambio una cierta manera de alejar la perspectiva de matrimonio en nombre de la vocación, como si sólo se tratase de malos pensamientos, que encierra graves inconvenientes; puede impedir el normal desarrollo de todo un aspecto de la personalidad, y llevar al seminarista a la hora de los compromisos decisivos sin que haya alcanzado una madurez suficiente para saber a qué se compromete. Se preparan entonces días singularmente difíciles cuando el sacerdote joven o incluso de más edad, descubre, con ocasión de alguna relación derivada de su ministerio o de otro tipo —y esto ocurre a veces tan de súbito como un rayo—, que habría podido ser maravilloso para él fundar un hogar. Tiene entonces la impresión de no haber renunciado jamás a una cosa en que nunca había pensado, y pueden insinuarse en él entonces las peores tentaciones. ¿Quién de nosotros no conoce lamentables ejemplos?

Por eso -es por lo que, cuando se presenta ante nosotros una vocación en la edad adulta, debemos asegurarnos de que ha alcanzado una madurez de hombre, y debemos tener tanto más cuidado en esto cuanto mayor sea el individuo. Ciertamente una vocación auténtica puede manifestarse también a los treinta años, como a los veinte; este año tenemos en nuestra comunidad unas diez personas de más de treinta años, algunos de los cuales son extraordinarios; pero hay que averiguar por qué no se han casado, y entonces descubriremos un verdadero designio de Dios, o, en otros casos, constataremos una actitud negativa de fuga que nos invitará a hacer un examen más amplio. Ds una manera muy general, yo considero normal preguntar a un joven que toma contacto con el seminario si ha pensado en el matrimonio; la misma forma en que responde (sencilla y naturalmente o inquieta y precipitadamente), nos ayudará a ver si el joven se plantea estas cuestiones normalmente, a condición, no obstante, de que nosotros hayamos sabido hacer la pregunta sencilla y naturalmente, explicando si es preciso por qué consideramos útil hacerla. Hay que procurar que el infeliz candidato no tenga la impresión de ser sometido a un examen sobre una materia que conoce mal y en la que importa dar la respuesta exacta; es preciso que se sienta acogido en un clima de confianza, de amistad y de respeto.

Hay que señalar también en esta materia la utilidad de aclarar en el fuero interno la cuestión de las costumbres solitarias que constituyen para algunos una dificultad duradera. Esta cuestión retendrá tanto más la atención cuanto mayor sea el individuo y más antigua la costumbre. Nos sorprende a veces que algunos sacerdotes en este caso aconsejen vivamente la entrada en el seminario, asegurando que ésto lo arreglará todo; esto no arregla nada, y aun cuando lo arreglase todo, habría que pensar si la vuelta al mundo, para ejercer el ministerio, no provocaría la vuelta de las mismas dificultades. En esta materia no es el ambiente lo que hay que cambiar, sino el "infeliz", puesto que no está destinado a vivir indefinidamente en el seminario. Se ha de examinar en cada caso lo que significa esta persistencia de las dificultades y tratar de discernir los medios de superarlas. Todo esto en un clima de confianza y de paz, guardándose muy bien de que parezca que se hace depender la decisión sobre la vocación de este único elemento.

Por último puede suceder que se presenten hombres en la plenitud de la vida, que han vivido durante un cierto tiempo una vida borrascosa, de la que se han arrepentido sinceramente. Es necesario asegurarse entonces de la antigüedad y de la estabilidad de este cambio de vida. Hay que ayudarles a distinguir lo que ha sido una conversión a Cristo, es decir, una vocación a la vida cristiana, una vocación a la santidad, de la vocación sacerdotal; es preciso exigir el tiempo de una verdadera etapa de vida cristiana que les permita distinguir bien los planos, vida cristiana y vocación sacerdotal, y que permita al propio tiempo asegurarse de la estabilidad de la conversión. Pero si estos convertidos presentan su situación con toda humildad y sinceridad, si dan pruebas de haber hallado un verdadero equilibrio en la vida cristiana, pueden ser legítimamente admitidos. El recuerdo de San Agustín y del P. Foucauld puede ayudarnos en este sentido. Pero esto es excepcional.

En todo caso, cuanto más delicada parece una situación, más conveniente es recurrir a la experiencia de sacerdotes del seminario que podrán, en unos ejercicios, ayudar a los que se presentan a discernir con exactitud su vocación, en cooperación con los sacerdotes que les han conocido en las diferentes etapas de su vida. No hay que esperar al último momento para pedirnos nuestra opinión; es preferible pedir esta colaboración desde el primer día, precisamente para iluminar la decisión que se ha de tomar, las orientaciones que hay que rectificar. Pienso en aquel hombre de 36 años, muy notable en muchos aspectos, que vino hace alrededor de un mes a hacer unos ejercicios en nuestro seminario; su decisión vocacional había sido tomada hacía ya cinco años, tenía entonces 31, y sólo motivos de orden familiar le habían impedido realizarla; creo que si se le hubiese puesto en relaciones con nosotros hace cinco años, se le habría hecho un gran servicio, porque el vicario que nos lo presentaba, que por lo demás es un hombre excelente y de buen juicio, carecía de ciertos elementos de discernimiento en los cuales hubiéramos podido ayudarle; habríamos podido contribuir así a lograr que estos años de espera hubiesen sido mucho más ricos y le hubiesen preparado mucho más positivamente para el ingreso en el seminario.

Rectitud de espíritu

La rectitud y la libertad de espíritu dependen en parte de la madurez afectiva, pero conviene considerarlas en sí mismas, principalmente en su aplicación a la cuestión concreta de la vocación.

Todos sabemos que la falta de juicio es una contraindicación absoluta. Pero no siempre se manifiesta con evidencia en torpezas monumentales, cuya enormidad no deja lugar a dudas; sus manifestaciones son con frecuencia más sutiles y más difíciles de descubrir. Cuando nos interrogamos sobre este punto, a propósito de un individuo determinado, es deseable recoger el testimonio de personas que le tratan habitualmente en su vida corriente y en sus principales responsabilidades profesionales, apostólicas u otras. No sólo los sacerdotes, sino ciertos laicos pueden también aportarnos en caso necesario elementos útiles; para interpretarlos bien, importa evidentemente que tengamos una idea exacta de la rectitud de espíritu de los mismos testigos...

Un signo esencial de la rectitud de espíritu es una cierta modestia que admite la discusión de las posiciones propias; la obstinación en posiciones discutibles, que el interesado, sin saberlo, sostiene con mayor fuerza cuando menos seguro está, en el fondo; la incapacidad de emprender un verdadero diálogo sobre un tema que interesa, indican una libertad de espíritu insuficiente, aun cuando no se ponga en cuestión directamente la rectitud de espíritu.

Pero es sobre todo en la cuestión misma de la vocación donde importa que se hagan patentes la rectitud y la libertad de espíritu. Una cierta forma de certidumbre irrecusable de tener una vocación de derecho divino, es de suyo un elemento inquietante; se puede explicar por un conocimiento insuficiente de los elementos de una verdadera vocación; si subsiste después de las explicaciones necesarias en esta materia, es necesario tratar de aclarar mejor el caso de que se trata.

Yo admití, hace ya algún tiempo, a un hombre de 27 años que me decía derivar la certeza de su vocación de un sueño que Dios le había enviado; aún inexperto, yo le admití y no me inquieté hasta pasado un año, porque los sueños continuaban; sin duda habría obrado mejor aclarando esta cuestión antes de su ingreso en el seminario. Otro, de la misma edad, había formulado repetidas peticiones que me habían hecho dudar; acabé por admitirlo "a prueba", pensando que si la prueba no daba resultado, el interesado reconocería al menos que no tenía vocación; de hecho, al cabo de dos trimestres, la experiencia parecía suficientemente concluyente; yo se lo dije, mostrándole lo que era notoriamente insuficiente; se sometió, partió, "pero, me dijo en conclusión, ahora estoy más seguro que nunca de mi vocación". En cuanto a aquél de quien hablé al principio, que solicitaba hacer una tercera prueba, en un seminario mayor esta vez, como recibiese una respuesta negativa respondió con altanería: "¿Piensa Usted en la responsabilidad que asume no teniendo en cuenta el hecho de que yo tengo vocación?".

Recordemos cuando sea oportuno en nuestra comunidad que los jóvenes están allí en una etapa de búsqueda de su verdadera vocación, y tratemos de mantenerles abiertos y disponibles a la voluntad de Dios con respecto a ellos, cualquiera que sea. Este clima de libertad espiritual nos parece garantizar una seguridad mucho mayor en las decisiones que se tomen en el momento de pasar al seminario mayor. La mayoría, por otra parte, entran con confianza en esta disposición de no querer más que lo que Dios quiere, pero de quererlo de todo corazón. No obstante, algunos quedan como cerrados en una noción posesiva de lo que creen ser su vocación; y constatamos que los que más obstinadamente se niegan a pensar en otra cosa que no sea el sacerdocio, son en definitiva los que menos posibilidades tienen de alcanzarlo.

Libertad de espíritu

La vocación es un misterio de libertad, y resulta del encuentro de dos libertades: En el origen está la libertad de Dios, que llama a quien quiere, y que es dueño exclusivo de sus dones y de sus elecciones, y todo nuestro papel consiste en tratar de coincidir con su designio sobre cada cual; tenemos gracia para ello y tenemos el deber de adquirir la competencia necesaria. A esta libre elección de Dios debe responder la libre entrega del llamado que se da a Dios por un amor de predilección, como ha sido invitado a ello; y nosotros debemos formar e iluminar esta libertad del hombre.

Cuando, de una manera u otra, una persona ve su vocación como una especie de sentido único en el cual se ve orientado, sin que haya para él posibilidad alguna de pensar, con paz, en otra cosa diferente, no hay razón para dudar definitivamente de su vocación, pero importa mucho ayudarle a situarla en la perspectiva, mucho más amplia, de las diferentes posibilidades de orientación que se abren ante él. Al contrario de lo que suele creerse, el hecho de que un joven crea que no puede ser en la vida otra cosa que sacerdote, no es necesariamente un elemento que garantice su vocación. Debe saber a qué renuncia, y ser capaz de hacerlo con pleno conocimiento de causa, con alegría; lo repito: Dios no quiere que nos entreguemos a El por sorpresa. Una cierta orientación "culpabilizante" de las predicaciones sobre las vocaciones es lamentable a este respecto; pienso en aquel joven de 18 años, muy bien dotado, que acababa su bachillerato superior; vino a vernos; no tenía deseos de ser sacerdote, al contrario, parecía experimentar una cierta repugnancia ante esta idea, pero temía hacerse culpable de una falta, sustraerse a un imperioso deber si no entraba en el seminario; esta presión interior que pesaba sobre él como una chapa de plomo, le quitaba la necesaria libertad. Le hicimos hacer unos ejercicios, en el curso de los cuales le instruimos sobre las justas perspectivas del sacerdocio, que él conocía mal; le dijimos incluso que nos parecía que tenía las aptitudes necesarias para pensar en tal orientación, pero que no podíamos pensar en admitirle hasta el día, en que, personalmente, lo desease con un deseo propio, verdaderamente libre. Estos ejercicios fueron para él una liberación necesaria; decidió por el momento continuar sus estudios, y yo creo que, si un día vuelve a vernos, su paso tendrá otro sentido muy distinto...

Vemos también venir a nosotros, jóvenes cuya vocación se remonta a la infancia, pero a quienes diversas circunstancias han impedido realizarla. Ciertamente no dudamos de esta idea primera; nuestra experiencia está ahí para demostrarnos la autenticidad de un germen de vocación que Dios puede poner en un corazón infantil, pero tratamos de averiguar cómo se ha desarrollado esta idea primera. La idea de la vocación que un niño tiene, es buena para un niño; no sería bastante para entrar en el seminario en la edad adulta; es preciso que haya evolucionado, madurado, que se haya desarrollado, que se presente ahora a un nivel de hombre; si ha quedado como bloqueada en el nivel de la infancia, es de temer que ciertos aspectos de la personalidad hayan permanecido en el mismo nivel, y que el conjunto no posea la madurez necesaria para una verdadera decisión de hombre; hay que ayudar a conseguir entonces esta madurez. En la mayor parte de los casos, la evolución se ha efectuado bien. Y se puede constatar que normalmente, para pasar de la fase de la infancia a la edad adulta, la idea de vocación, como la personalidad misma, pasa, en el momento de la adolescencia, por una especie de crisis. Reconocemos a menudo en la historia de estas vocaciones como dos datos esenciales: la primera idea aparece en la infancia, justa y bien equilibrada para esta edad, simple y sincera; después, cuando el muchacho crece, se transforma, se despierta a la vida, descubriendo que esta vida es bella y vale la pena vivirla, la perspectiva de la vocación con frecuencia se esfuma tras la preocupación inmediata de los exámenes escolares o profesionales, que es preciso aprobar, tras el descubrimiento de las posibilidades de fundar un hogar; con posterioridad, tras este replanteo que puede ser bastante profundo —y no hay por qué inquietarse ante esta crisis de crecimiento que será normalmente factor de progreso— reaparece, bajo la influencia de un sacerdote, o con ocasión de una actividad apostólica, la idea de vocación que es a la vez la misma, continuada por Dios mismo que, como nos dice San Vicente de Paul, "no es mudable", y distinta; es la antigua idea, pero reaparecida sobre nuevas bases, con una concepción más exacta de lo que constituye la vida de un sacerdote, de sus alegrías y de sus renunciamientos. La cuestión se plantea entonces al nivel de hombre, y en este nivel se ha de responder, con toda lucidez y libertad de espíritu.

Importa que quien viene a llamar a la puerta de un seminario a la edad adulta, haya abandonado el mundo de la infancia. Un signo de esta madurez es la manera como se sitúa con relación a sus contemporáneos; entre las personas de su edad debe situarse al nivel de hombre; si un adulto no parece encontrarse a gusto más que con niños o con adolescentes más jóvenes, si huye de su medio profesional para refugiarse en las escuelas de patronato, es, sin duda, porque ciertos elementos de su evolución son imperfectos; no es que no hagan falta hombres en las escuelas de patronato, sino que hacen falta precisamente hombres que verdaderamente lo sean, para poder ayudar en este momento a los jóvenes a acceder al nivel de hombre. Ciertas permanencias en medios de jóvenes, que nunca se han abandonado, no siempre contribuyen a esta evolución.

Por último, existen a veces elementos exteriores más o menos conscientes que menguan la necesaria libertad personal del individuo. El deseo demasiado vivo, demasiado vivamente expresado por una madre o demasiado vivamente sentido por un hijo, que tienen ciertos padres, de dar a Dios uno de sus hijos, puede falsear ciertos datos de esta orientación. Pienso en un caso extremo: un muchacho que ingresó en el seminario después de su servicio militar; conocí a los padres después de conocer al hijo, y el padre me dijo: «Este, cuando quise que naciera, le dije a mi mujer: lo entregaremos al Señor»; os aseguro que su comportamiento pedagógico se había orientado en este sentido, a contracorriente, desde luego, y esto no le hizo ningún bien al muchacho, que no tiene, a mi juicio, ninguna posibilidad de entregarse a Dios.

No hemos de creer que este elemento de presión familiar provenga únicamente de la madre aunque esto sea lo más frecuente, y que sólo pese con respecto a los niños; hay que tener en cuenta que algunos, en la edad adulta, permanecen en casa como pequeños en torno a su madre, y esto sucede a veces incluso en el sacerdocio. Recuerdo las palabras de una madre, cuyo hijo, de 25 años, decidió abandonar el seminario mayor, y esta madre, a quien conozco bien, me decía: «Tengo la impresión de que estoy más apegada que él a su sotana y a su breviario». Era verdad, era lamentable. Era lamentable porque esto preocupó mucho al muchacho en el momento de tomar una decisión que era normal y necesario que tomase, y que era bastante dolorosa ya, sin que se añadiese este factor familiar.

No sólo la madre, sino también el sacerdote que ha orientado hacia el seminario, puede desempeñar en ocasiones este papel de un modo más o menos consciente, cuando su preocupación principal debería ser formar una libertad. Hay una manera posesiva de mantener a toda costa la influencia propia, que en ocasiones llegará absurdamente hasta infundir desconfianza hacia el seminario: una costumbre de recordar indiscretamente todos los sacrificios que se han hecho para fomentar una vocación, que acaban por falsearlo todo en el espíritu del interesado, a veces hasta tal punto que para liberarse de esta tutela abusiva lo enviará todo a paseo, siendo así que su idea de vocación tenía fundamentos válidos. Yo conozco un muchacho verdaderamente excelente; pienso que si en definitiva abandonó el seminario, fue para liberarse de su director y de su madre, y que sin esto hubiese podido llegar a ser sacerdote.

Apertura de espíritu

La apertura de espíritu requerida, implica a la vez la capacidad de realizar los estudios necesarios para el sacerdocio y esta forma de inteligencia práctica que permite en la vida comprender a los hombres y a las situaciones y ajustarse a ellas con adaptación.

Es muy raro que el elemento intelectual por sí sólo sea decisivo para juzgar una vocación; ciertamente sucede que se nos presenten individuos notoriamente insuficientes a este respecto, pero por lo general esta insuficiencia va unida a otras dificultades, y nos pronunciamos sobre un conjunto...

No obstante hemos de reconocer las dificultades concretas con que tropiezan buen número de nuestros jóvenes contemporáneos, orientados según las estructuras de un mundo técnico, para entrar en la cultura clásica y el marco escolástico que están en la base de la formación que la Iglesia da a sus sacerdotes. Esto nos invita a buscar la vía de un auténtico humanismo, que parta de lo que son, para hacerles llegar a un verdadero conocimiento del hombre, sin el cual la Iglesia no podría confiarles prudentemente el cuidado de las almas. Esta es la tarea propia de nuestros seminarios, pero cae fuera de nuestro tema de hoy

En lo que concierne a las aptitudes intelectuales, diré que la aptitud para realizar un mínimo de estudios requeridos por los seminarios, no es suficiente para ser sacerdote; es necesaria una cierta afición a la reflexión y al trabajo mental, sin lo cual el sacerdote que ejerce su ministerio caerá rápidamente en un grado de indigencia intelectual consternador, corriendo el riesgo de esterilizar en corto plazo su vida espiritual a la vez que su apostolado.

Es preciso pues formar o desarrollar en los jóvenes el amor a la lectura inteligente, a la reflexión tranquila y profunda, crear en ellos el hábito de tomar notas sobre un libro o sobre una exposición, de redactar con claridad y precisión la impresión que les ha producido un acontecimiento o un intercambio de opiniones. Algunos, que tienen una verdadera vida intelectual «oral» en forma de círculos o reuniones en los movimientos en que participan, no saben exponer sus ideas más que cuando tienen en frente alguien con quien discutir; se sienten desarmados ante unas cuartillas, no saben realmente leer ni escribir; es necesario enseñarles para prepararles para el seminario, y el seminario, por su parte, no deberá subestimar el valor pedagógico de estos intercambios y confrontaciones de ideas en una reflexión común de la que se alimentó hasta entonces la vida espiritual de determinadas personas.

La inteligencia en la dirección de la vida se manifiesta en el hábito de pensar previamente la acción, en la capacidad de poner los medios elegidos en proporción con el fin perseguido, en la aptitud para juzgar a las personas y las situaciones en su perspectiva de conjunto y no parcialmente. Todos estos puntos, normalmente se pueden adquirir; si no se logran, hay que temer que las lagunas constatadas en la apertura de espiritu no se expliquen por una falta de formación anterior, sino por una verdadera deficiencia. No es conveniente confiar el cuidado de las almas a personas de espíritu estrecho, limitado.

Disposiciones de carácter y disposiciones morales

Existen, por último, en un plano simplemente humano, un cierto número de disposiciones de carácter y disposiciones morales que deben hacer del candidato al sacerdocio, a la medida de su edad, un hombre y un hombre honrado, que haya encontrado ya su puesto en la existencia. Nunca es conveniente orientar con demasiada rapidez hacia el seminario a alguien cuya situación está mal definida. Al principio yo creía que siempre se podía probar, puesto que no se comprometía ninguna situación; ahora invitaría más bien a comenzar por elegir una profesión u oficio; a veces el mero hecho de haber hallado el puesto en la existencia, esfuma la idea de vocación, que no era, en el fondo, más que la búsqueda de una situación...

Quien piensa en el sacerdocio, debe haber hallado primero en plena vida un equilibrio suficiente y suficientemente estable; los cambios demasiado frecuentes de centro de enseñanza o de situación profesional, si no están verdaderamente justificados son, por lo general, inquietantes: la vida sacerdotal exigirá otra estabilidad.

En un hombre adulto no podemos contentarnos con veleidades de adolescente; debe dar pruebas de una voluntad firme y perseverante, capaz de llevar a cabo lo que emprende, independientemente de las impresiones y de los sentimientos del momento, sin dejarse desanimar por los fracasos inevitables. Debe ser capaz, otra cualidad esencial, de trabajar con otros —los grandes ases, esos hombres que lo hacen todo en una parroquia, que lo hacen todo solos, suele creerse que serán después magníficos sacerdotes, —yo no lo creo en absoluto—; debe ser capaz de someterse libremente, como un hombre, a quienes tienen autoridad sobre él, sabiendo colaborar realmente con todos los que participan en la misma tarea. Creo que es interesante comprobar estas aptitudes tanto en el plano profesional como en el plano de las actividades, apostólicas o de otra naturaleza; esto es muy importante.

Finalmente, aun cuando en el medio, profesional o escolar, en que vive, se tenga una noción muy insuficiente de la honradez y de la lealtad, sería de desear que el candidato se afirme en él por la nitidez de sus reacciones en este terreno elemental; que sea él quien dice la verdad, y él la persona con quien se puede contar, que tenga la confianza de todos.

Intención personal

Para terminar, quisiera decir unas palabras, pero unas palabras importantes, sobre la función y la necesidad de esta intención personal en los que no han pensado espontáneamente en el sacerdocio, sino que han sido invitados a hacerlo por un sacerdote que les conocía bien. Supongo que este sacerdote ha obrado con entero conocimiento (desgraciadamente no siempre es este el caso) y que el individuo tiene verdaderamente las aptitudes necesarias. Interesa mucho que el joven sepa que esta cuestión que le ha sido planteada le deja enteramente libre, a fin de que, si no sigue esta orientación, no conserve en él más o menos confusamente un sentimiento de culpabilidad, como si hubiese obrado por falta de generosidad o cobardía...

Todos conocemos personas notables que nos parecían tener todo lo necesario para ser sacerdotes excelentes, a quienes se lo habíamos dicho, pero que no tenían ningún deseo, convencidos, por el contrario, de que todo les atraía hacia la vida laica y la fundación de un hogar. No tenemos que darles la vocación a la fuerza, ni reprocharles que no la tengan. Nuestros pensamientos no son necesariamente los pensamientos del Señor, y no hemos de sustituirlos. Nuestra función consiste simplemente en ayudar a cada cual a descubrir lo que Dios quiere de él y a realizarlo con alegría, sea lo que fuere; no pretendemos elegir mejor que el Señor. No tengamos la obsesión del número, aun cuando el de nuevos candidatos, al comienzo del curso, sea menor de lo que hubiésemos querido. Un sacerdote no debe querer tener a toda costa su seminarista, simplemente debe estar dispuesto a ser un fiel instrumento para el discernimiento del destino de cada cual. Pienso en aquel muchacho de una gran obra parisina: el director de la obra estaba afligido porque nunca tenía vocaciones en su obra, y habla de la vocación a este 'muchacho que iba a partir al servicio militar: « ¿No te harías sacerdote?». Hizo bien. Bien dispuesto, el muchacho aceptó hacer unos ejercicios con nosotros, nosotros tratamos de hacerle ver claro, no decidimos nada, preferimos tomarnos un plazo para aclarar la cuestión. Volvió a vernos después del servicio militar, pero, en realidad, la perspectiva del sacerdocio no decía nada a este buen muchacho. Nosotros le dimos entera libertad para orientar su vida en otro sentido, pero su director espiritual le hizo notar demasiado su decepción al no querer ser sacerdote, y nosotros nos tuvimos que esforzar por librar a este muchacho del temor de no haber quedado bien; el sacerdote estaba equivocado. Un año más tarde, otro muchacho de su obra, en el que jamás había pensado, vino a pedirle entrar en el seminario; está allí actualmente y yo creo que tiene vocación. Nosotros somos instrumentos., "Dejemos hacer a Dios", decía San Vicente de Paul. Este discernimiento hemos de hacerlo también durante los cursos del seminario. Dos ejemplos sacados de este año, dos muchachos valiosos, que habían sido jocistas en sus respectivas regiones. El primero, a su vuelta del servicio militar, quiso realizar la idea de vocación misionera que había tenido desde la adolescencia; a pesar de los prudentes consejos que le ponían en guardia contra una especialización prematura, se dirigió a la orden religiosa cuyo film misional le había entusiasmado a los 16 años. La orden en cuestión le envía con dos o tres muchachos en su misma situación, al seminario menor. Allí no halla evidentemente su puesto y se decide, con el consejo de su consiliario y de acuerdo con su superior, a venir a Morsang; al cabo de un trimestre, allí descubre que su vocación misionera no era más que entusiasmo de adolescente, carente de fundamentos sólidos; al propio tiempo duda de toda vocación; nosotros le invitamos a no precipitar las cosas, le decimos todo lo que en él nos parece abrir una posibilidad a un sacerdocio muy rico, le recordamos cómo, cuando era militante, sentía la necesidad de sacerdotes; todo esto como elementos de reflexión, procurando que esto no le parezca ni una coacción ni un elemento de culpabilidad más tarde. Finalmente, después de haber orado, reflexionado, trabajado durante meses, nos ha abandonado con paz y con confianza. Era uno de nuestros mejores aspirantes. Pero no somos nosotros, sino Dios, el dueño de su destino; no teníamos más que colaborar con él a la idea de Dios, no a la nuestra.

El segundo, habiendo atravesado en su segundo año de seminario un período difícil que le llevó a replantearse profundamente su orientación, vino a buscarme preguntándome, si nosotros le veíamos mejor como sacerdote o como laico. Nuestra respuesta fue que, a pesar de sus dificultades, su comportamiento y su influencia, tanto en el interior como en el exterior, nos parecía que seguían siendo verdaderamente buenos, que deseábamos que pudiese superar sus dificultades para pensar, con paz y tranquilidad, en el sacerdocio, en el cual nosotros creíamos que podía desempeñar un ministerio importante, y que por lo demás, le aconsejábamos no decidir nada prematuramente, y tratar de acabar el año. Si le hubiese hablado de laicado, se hubiese marchado a los ocho días. Decepcionado de momento por mi respuesta, la aceptó. Creo que rogué mucho por él en aquellos momentos, pero no para que se hiciese sacerdote, sino para que hiciese realmente lo que Dios quería de él. Dos meses después vino de nuevo a verme, sereno, y me dijo que comenzaba a superar sus dificultades y que estaba dispuesto a continuar el año próximo si nosotros le aceptábamos; lo cual estaba fuera de duda.

He acabado esta larga exposición. Para resumir lo esencial, diré que lo que domina el conjunto, como cada uno de los detalles, incluso los detalles que quizás os han parecido consideraciones humanas, son un supuesto de fe, la convicción de que es Dios quien da la vocación: cuando llama a un joven a su servicio en el sacerdocio, dispone para ello su corazón y le hace capaz de serlo. Nosotros no somos más que colaboradores suyos para iluminar y formar esta intención recta y estas aptitudes.