Diez años de haber dejado el Opus Dei: diez años de felicidad

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Por Nacho Fernández, 29 de octubre de 2008


Hoy 28 de octubre (29 para el lector) hace diez años que pisé por última vez un centro del Opus Dei. Fue el de Amaniel, en la calle Doctor Federico Rubio i Gali de Madrid, cuyo nombre a efectos internos era Amaniel, denominación del puente que existe delante del edificio. Han sido diez años de felicidad. En los tribunales de Justicia a los condenados se les suele imponer una pena de tantos años y un día. Para mi ha sido gloria y, con palabras del fundador del Opus Dei, me he repetido muchas veces: 'vale la pena', 'vale la pena', 'vale la pena'. Alguien le preguntó a San Josemaría que por qué valía le pena, y el respondió que lo decía para que sus hijos espirituales se enteraran de que valía la pena. A los que leeis Opuslibros os digo: Irse, vale la pena. El día que decidí irme era domingo. No se me olvida…

Después de haber participado en mi última tertulia y de hacer mi última charla-dirección espiritual, sin que comentara nada, fui al Señor en el oratorio del centro Amaniel y le dije: 'Aquí se van treinta y cuatro años de mi vida. Todo se ha acabado'.

Hice un balance de mi vida entre los veinte y los cincuenta y tres años --ese fue el tiempo que estuve en la Obra de Dios-- y me di cuenta que había habido felicidad, pero también mucha tristeza. Desde ese momento me tracé la meta de partir desde cero, sin saber lo que me esperaba en el futuro. Acepté lo que pudiera venir y le pedí ayuda a Dios y a su Madre la Virgen María.

También me despedí hasta de las cosas más materiales de aquel centro de agregados y entregué mi último sueldo de trabajo. No dije que me iba. Yo entonces poseía automóvil. Recogí el vehículo donde lo tenía aparcado y fui al encuentro de mi madre, que había acudido a casa de una amiga. Cuando salió por la puerta, le comenté: 'Mamá, mi pertenencia al Opus Dei se ha acabado'. Ella me preguntó: '¿Lo has pensado bien? Respondí que sí. 'Pues si lo has pensado bien, lo que a ti te parece bien, a mí me parece bien. Yo no te decía nada, pero a mi no me gustaba la Obra', comentó. Son hechos que no se me olvidan. Hasta internamente notaba que a medida que me alejaba de Amaniel me alejaba de la prelatura que había sido parte de mi vida durante casi treinta y cuatro años.

Hasta pasados unos catorce o dieciséis días no hubo reacción en el centro. La primera fue una llamada telefónica nocturna que me hizo Enrique, el agregado celador que llevaba mi dirección espiritual y sabía lo que yo le contaba, pero no todo de mi, pues me lo había guardado. Nueve meses antes, había expresado mi malestar a Rafael, el director del centro de agregados, por todo lo que sucedía en ese centro. Ellos decían que eran mi familia, pero no lo eran. No se corrigió nada de lo que dije.

En Opuslibros se ha comentado que hablar no sirve para nada y en mi casa concreto así fue. También me acosaban con llamadas a mi sitio de trabajo, hasta el punto que se enteró una compañera mía, pues oía todo lo que yo hablaba. No era la primera vez que intentaba irme del Opus Dei. Dos años antes, después de unos días de descanso en La Manga del Mar Menor, decidí que aquello se había acabado. Pasados unos catorce días y tras muchas conversaciones con Enrique, me convenció para volver. El dicho popular es 'A la tercera va la vencida'. En mi caso concreto fue a la segunda. No quise que me volvieran a engañar con falsas promesas, que luego no se cumplían. Yo me dije: 'Esto es para siempre, para siempre, para siempre'. Y no me he vuelto atrás. Por eso fui drástico a la hora de dialogar con los directores de la Comisión y de la Delegación de Madrid Oeste. De Comisión Regional hablé con Emilio, entonces el vocal de agregados y hoy director de estudios, muy gravemente enfermo. Le expliqué las razones por las que me iba. Puntualicé que no veía al Opus Dei como mi familia, pues el ambiente que había en el centro Amaniel no era precisamente bueno, con unos pocos que parecían llevar la voz cantante. También hablé con Antonio, el secretario de la Comisión, que había sido mi auténtico amigo, al que conté todo hasta los más mínimos detalles. Durante unos tres meses seguí haciendo la dirección espiritual o confidencia con él. Pasaron tres meses y él falló.

Ya no volví a hacer la charla. Era lo último que me quedaba de mi vida de agregado. Otro día hablé con Gonzalo, el encargado de agregados en la delegación de Madrid Oeste. Me hizo preguntas que yo antes había respondido a Emilio y Antonio. Le indiqué que hablara con ellos, pues ya se lo había explicado. Me fui con el corazón. Yo no deseaba que el mío estuviera en una familia como esa. Todos ellos me decían que no había motivos para irme. Yo quería seguir en contacto con la Obra. Me confesaba semanalmente en la iglesia de Caballero de Gracia, que llevan sacerdotes de la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz, pero me presionaban para que volviera al redil. Lo mismo sucedió con otro sacerdote de la sss+ que estaba en una parroquia de mi barrio. Ese fue el último. No he vuelto a confesarme con sacerdotes de la Obra.

El director de mi centro fue un cobarde y hasta pasados seis meses no me hizo llegar que quería verme. El primer artículo que escribí en Opuslibros lo dediqué a él y el conjunto de los más de 50 artículos que escribí a continuación, la titulé “El buen pastor”, también por él. Al cabo de un año me indicaron que había que tomar una decisión y escribir al padre (el obispo prelado) para pedir la dispensa. Así lo hice. El día que fui a hablar en la delegación, me dieron plantón. Dejé un aviso diciendo que iba a remitir mi carta por correo. Gonzalo, del que antes hablé, se puso muy nervioso y me pidió que se la diera a él. Eran los primeros días de diciembre de 1999. En mi petición de dispensa no quise ahondar en nada, diciendo que me lo había pensado. Pasados cuarenta y cinco días, me llamó de nuevo y me comunicó que el padre había accedido a mi petición y me concedía la baja. Yo la acepté y no me volví atrás. Lo que sí le comuniqué es que me había tocado el segundo premio de la lotería de Navidad. Fue una buena ayuda. Se quedó sorprendido. La sensación de no ser del Opus Dei después de casi treinta y cuatro años fue de felicidad, como llegar a la libertad después de tanto tiempo. Yo salté el muro del Opus Dei, que se parece al de Berlín, solo que sin metralletas. Era la salida de un túnel, al que nunca debí entrar.

No obstante asumo lo vivido. He sido muy feliz en estos diez años. Solo me queda un amigo en la Obra, Antonio. Sigue siendo mi amigo. Muchos otros me dan la espalda cuando me los encuentro. Hace cuatro años dejé de trabajar. He trasladado mi residencia a Playa del Inglés en la isla de Gran Canaria. Os adjunto una fototografía de mi quehacer diario. Yo ahora santifico el descanso, pasando cada día por las dunas de Maspalomas. Que tengais la misma suerte que yo he tenido.



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