Desde el rincón

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Por UnaMás, 22.07.2011


Si contara mi historia con detalle, repasando lo que fui viviendo, pensando, sintiendo, sufriendo… podría escribir muchas páginas. Pero ahora sólo haré el “boceto” de esta historia, la mía, una más.

Estuve más de 13 años en el rincón. Nunca ocupé ningún cargo de gobierno, ni local, ni en ningún curso anual, ni en nada. No recibí ninguna charla. Leí muy pocas páginas de todos esos documentos que se guardaban bajo llave. “De la que me salvé.” Pero siempre me pregunté por qué, cuál era la causa de que no confiaran en mí. Pensé que tal vez me faltaba alguna virtud importante, pero ahora pienso que me sobraba más de una. Si hubiera conocido más, hubiera cuestionado antes y me hubiera marchado al no encontrar respuestas. Pero el hubiera no existe. No conocí (más que lo mínimo), no cuestioné y ahí me quedé todo ese tiempo...

Me fue muy bien en la licenciatura y después en la maestría. En mi trabajo valoraron mis aportaciones, adquirí cada vez más responsabilidades, confiaron en mí plenamente… Pero en “casa” no. Lo único que aportaba era mi voz para cantar en las tertulias e incoar en el oratorio.

Antes de entrar ahí, mi madre era mi gran amiga. Compartíamos muchas cosas y hablábamos con frecuencia de nuestro trato con Dios. Después entré ahí “por voluntad de Dios”. Y la conclusión era entonces que Dios permitía que mi madre fuera mi enemiga.

Antes de entrar ahí, tenía muchas amigas y amigos. Sin proponérmelo realmente, en la convivencia diaria, ayudé (si se puede decir así) a algunos a acercarse a Dios. Después entré ahí y empecé a hacer apostolado de amistad y confidencia. Y la consecuencia fue que perdí inmediatamente a mis amigos (una numeraria no podía “tratarlos”) y después también a muchas amigas. Y dejé de convivir (de estar en medio del mundo) y de ayudar en lo que fuera que necesitaran. Dudo mucho que así haya contribuido realmente a que alguien se acercara a Dios.

Antes de entrar ahí, trataba a Dios. No hacía media hora de oración en la mañana ni media en la tarde, no iba a Misa todos los días, iba a retiros en los que me divertía mucho, no rezaba el rosario diariamente, no… Pero lo trataba a mi manera, lo descubría en las personas, lo disfrutaba. Después entré ahí y empecé a hacer diariamente: ofrecimiento de obras… Y dejé de tratarlo a mi manera y lo oculté a las personas y no lo disfrutaba.

Todo fue un proceso, un “plano inclinado” del que no me di cuenta. Y me impulsaba un deseo sincero de entregar mi vida a Dios. Hasta que entendí que no podía entregarle una vida si no estaba viviendo, si había dejado de ser yo…

Pasé por las pastillas. Empecé al año de haber llegado a vivir a “casa”. Las dejé, las volví a tomar, las volví a dejar, las volví a tomar. No sé cuántas veces. En algún punto intermedio, un médico me dijo que no necesitaba pastillas, sino resolver una circunstancia de vida. Y dejé de verlo. Y fui con otro médico y volví a las pastillas. Y en algún punto otro médico, que fui a ver por mi cuenta, me dijo que estaba intoxicada y dejé de tomar todo. Y eso me ayudó a llegar al punto final.

Pasé desde unos días de descanso en la administración de alguna casa de retiros, hasta unos meses sin trabajar porque estaba agotada (a los 27 años). “Descansé” y me volví a cansar, volví a “descansar” y me volví a agotar. No sé cuántas veces. A ese paso, me acercaba más bien al “descanse en paz”. Tal vez ahora me canso más, pero sí descanso.

Pasé por el “vale la pena” o más bien por la pena, pero sin valor. Leí y volví a leer aquella frase. No sé cuántas veces. Y hasta ahora empiezo a comprender lo que vale el ser feliz, el disfrutar…

Pasé por las lágrimas y por el llanto, dando mal ejemplo a las nuevas vocaciones. Lloré y volví a llorar. No sé cuántas veces. Casi siempre sola, escondiéndome para que no me recordaran que la tristeza es aliada del enemigo. Y Jesús lloró y su dolor fue mayor porque lo dejaron solo. Ahora lloro alguna vez de tristeza, otras tantas de alegría y casi siempre acompañada.

Pasé por la charla fraterna que casi siempre tenía mucho de dirección y poco de espiritual. Dije lo que realmente quería decir y volví a decir lo único que querían escuchar. No sé cuántas veces. Y las veces en que sí abrí el corazón y dije lo que me parecía que Dios me decía, fue como si hubieran recibido “la papa caliente” y la soltaron sin más, por miedo a quemarse, por no saber qué hacer con ella. Ahora abro el corazón a quien quiero y comparto lo que hay en él, lo que Dios ha puesto ahí… y quien me quiere lo sostiene como un regalo.

Pasé por la corrección fraterna. Recibí más de las que hice. Desde un “Pasaste demasiados ratos con tu abuelo ahora que estuvo enfermo” (no estuve cuando murió porque me tocaba hacer la charla) hasta un “No usaste camiseta con aquella blusa que se transparenta”. No sé cuántas veces. Nada de lo que realmente haya aprendido o me haya ayudado a ser mejor. Ahora mis amigos pueden decirme muchas cosas a la cara y puedo enojarme y puedo preguntar por qué y puedo decirles que se equivocan si es así. Ayer mismo un amigo me hizo ver lo dura que he sido con él. Y sí aprendo.

Pasé por las cartas al prelado. Creí que las leía. Le llamé padre y le volví a llamar así. Le abrí mi vida, desde algunas tonterías hasta pensamientos y sentimientos más profundos. No sé cuántas veces. Incluso en esa última carta, larga como muchas otras, en la que pedí la dispensa. Y recibí después de meses una respuesta de formato (que me leyeron en voz alta), un machote con tres razones para “perseverar” que se podían decir a cualquiera, sin necesidad de conocerlo y que resultaban poco razonables. ¿Y todo lo que yo decía en mi carta? ¿Y qué no me conocía?

Ahora vivo sola, pero no aislada. Entonces vivía “acompañada” pero estuve sola. Sola, sola, sola. Hasta que encontré una amiga ahí dentro y empecé a compartir. Y al compartir empecé a conocer. Y al conocer me cuestioné y pregunté… y me marché sin respuestas.

Alguien me dijo al poco tiempo de salir que Dios tomaría en cuenta los años de mi vida que le había entregado. No sé cómo haga Dios sus cuentas. Pero yo ahora le doy a Dios cada instante de mi vida. Hoy sí se la puedo dar porque sí es mi vida y la estoy viviendo con fuerza. Pienso que esa es la manera de alcanzar a Aquel que es Vida.



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