Delimitar el carisma del Opus Dei y desmitificar su organización

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Por Doserra, 16.10.2006


Comentando los interesantísimos estudios que ha publicado recientemente esta Web sobre la labor fundacional de Mons. Escrivá, un amigo me exponía su preocupación porque un desarrollo del carisma, tan poco recto y lleno de engaños, vendría a poner en cuestión la supuesta sobrenaturalidad del mismo. A mí me parece justo lo contrario.

En mi opinión, lo que ha atraído a tantos miles de personas no es lo organizativo, donde aparecen tantas contradicciones, que el fundador procuró ocultar en sus dimensiones canónicas. Lo que atraía era un discurso, lleno de vigor y originariedad cristianas, que proclamaba las virtualidades santificadoras de lo secular, junto con diversas consecuencias como la importancia de la libertad y la dignidad de la persona.

Esto me parece que sí es algo recibido de Dios, porque fue un discurso que, más o menos elaborado teológicamente, siempre supo exponerlo con similar coherencia y fuerza; y porque, examinando la historia de la espiritualidad del siglo XX, se encuentran otros muchos carismas de promoción eclesial y apostólica del laicado pero con estilos completamente diferentes y que no ensombrecen la originalidad del núcleo espiritual de la enseñanza de José María Escrivá.

Lo que sucede es que, a la hora de plasmarlo institucionalmente, entra en juego la compleja personalidad del Fundador (con unos traumas que pienso que ofuscaron su percepción de los errores que cometió), que dio lugar a abundantes incongruencias, a la ingenua ocultación de las fuentes de inspiración de muchas de sus decisiones organizativas y a la inadmisible pretensión de que éstas fueran consideradas como parte del carisma divino recibido.

Pero todas estas flaquezas, que no faltan en toda la historia de la Iglesia, ponen aún más de manifiesto la condición eclesial normal del Opus Dei (en contra de cómo lo presentaba Escrivá), según la cual las flaquezas humanas no consiguen anular la acción santificadora del Espíritu. No es que el Opus Dei no responda a un querer expreso de Dios, sino que en la plasmación organizativa de ese carisma existen, como en las demás instituciones de la Iglesia, muchos elementos caducos, circunstanciales, además de algunos errores que responden a las limitaciones de su Fundador, así como a las carencias culturales de la sociedad en que vivió.

De ahí que hará falta es una tarea rigurosa de decantación, impedida hasta ahora por los Directores de la Obra, que permita reconocer las adherencias espurias que el Fundador permitió, evidenciar lo perenne y genuino de la institución, y despojarla de cuantos elementos caducos deban desprenderse de ella.

Los cimientos históricos y metodológicos se están poniendo ya en esta Web, tanto mediante la publicación de la documentación secreta de la institución, como a través de los estudios que ya se han publicado, tan imponentes si se considera la escasez de medios con que han sido elaborados. Entre ellos, me vienen ahora a la memoria los de Oráculo sobre “Lo perenne y lo caduco en el Opus Dei” y “La devoción al mito de José María Escrivá”; los de Marcus Tank sobre “Pedro Poveda y José María Escrivá”, y “La acción fundacional del Opus Dei”; el de S.C., sobre la “Relación ente Josefa Segovia (co-fundadora de la Institución Teresiana) y el padre Escrivá (fundador del Opus Dei)”; los de Manuel Mindán Manero, “Mi compañero José María Escribá” y “Por la verdad, por la justicia y por el honor”; el de Ricardo de la Cierva, “La falsificación del marquesado de Peralta”; o el de Ottokar sobre “La santificación del trabajo. Un texto de Teilhard de Chardin”.

Sin embargo, pienso que, habida cuenta de la reticencia de los directores a esta labor, esa purificación no va a recibir el pistoletazo de salida dentro de la misma institución hasta que la Jerarquía eclesiástica declare que determinadas praxis, tenidas por válidas en la institución, son eclesialmente inadmisibles y que por tanto no tienen ningún origen divino ni pueden considerarse incluidas en el carisma reconocido y aprobado institucionalmente por la Iglesia. A partir de ese momento, la omnímoda infalibilidad actual del Fundador caerá y los dirigentes de la institución se verán obligados a afrontar la tan necesaria tarea de discernir el grano de la paja.



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