De fines y de medios

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Por E.B.E., 08.02.2006


Muchas veces en este sitio web se ha hablado de cómo la Obra hace uso de la doctrina el fin justifica los medios. Comentando esta idea con un amigo, llegamos a la conclusión de que la Obra ha reformulado esa doctrina, dando un paso más adelante (no sé si ha sido invento de esta institución o si lo ha copiado de algún caso histórico).

Uno se pregunta cómo es posible llevar adelante acciones malas sin ningún tipo de remordimiento, cuando se trata de una institución supuestamente dedicada al servicio de Dios, sin ningún tipo, por decirlo de alguna manera, de obstáculo moral a vencer...

¿Cómo es posible esa continuidad entre medios y fines tan contradictorios entre sí? ¿Cómo se hace invisible la grieta que divide a ambos? ¿Cómo decir que «es por tu bien» y a continuación, de manera esquizofrénica, provocar un daño directo?




A la Obra no le gusta llamar la atención, por eso elige medios que no son visibles y sin embargo son eficaces para su interés.

1) El engaño, un medio para hacer que las personas se movilicen en base a expectativas que la Obra no piensa colmar en absoluto. ¿Cómo puede ser esto posible? Pues ya no es simple mentira asilada, es planificación o al menos hábito adquirido. De entrada la Obra sabe qué cosas no son verdad, pero recurre a ellas sin ningún tipo de escrúpulos, como si no hubiera obstáculo alguno. Pensemos simplemente en el carácter laical de la vida de l@s numerari@s, religios@s sin hábito, por no hablar de la falta de libertad.


2) El miedo es un medio muy efectivo para lograr sometimiento y especialmente para silenciar a quienes de otra manera podrían hablar libremente. No importa si las amenazas sobrenaturales tienen la firma de Dios, lo que importa es que contribuyan a establecer una fuerte obediencia.

No importa si es verdad o no, que Dios haya dado la vocación o que castigue a quien deja la Obra. Lo que importa es que las personas tengan miedo de hablar acerca de lo que han visto dentro de la Obra, de modo particular si han estado en altos puestos de gobierno. Que sientan que si lo hacen traicionan a Dios y serán castigados para siempre. No importa si es verdad, lo esencial es que se lo crean.

Porque lo que importa es la Obra. El resto son medios, puros medios.

La relación de los medios, para que sean legítimos, no es con respecto a la verdad sino al fin. La verdad misma es un medio.


3) la coacción es un tercer recurso que se pone en acción una vez que el miedo ha dado resultado, porque sin miedo no hay coacción. Si no se teme a las severas advertencias espirituales que hace la Obra, difícil es que la coacción haga efecto, porque se monta sobre aquellas advertencias.

Como en la Obra uno no tiene el control sobre qué es verdad y qué no, la confusión, y luego la depresión, son consecuencias previsibles. Uno tiene miedos, pero no sabe bien por qué los dejó entrar (por la puerta del engaño, pero no lo sabe) y uno se deja coaccionar pero tampoco sabe por qué (jamás pone en cuestionamiento la legitimidad de los miedos).

Todo esto va mas allá de una visión cínica, porque el cínico trasgrede a conciencia.

Esta visión propia de la Obra, en cambio, es un autoconvencimiento absoluto, radical, que lleva a poner en igualdad los fines y los medios, en una misma categoría moral, siempre y cuando los medios sirvan para hacer el Opus Dei. Se trata de una deformación profunda de la conciencia moral, que no percibe la diferencia que el cínico sí distingue al actuar de manera irreverente.

Lo único que importa y que no se somete a ningún otro medio es la Obra, que es el fin en sí mismo de toda esta visión. Todo el resto, son simples medios.

Hasta podríamos decir que el servicio a Dios es un medio para darle sentido a la Obra, pero en realidad el fin de la Obra es ella misma.




La fórmula el fin justifica los medios parecía demasiado cruda como para adjudicarla al modo de actuar de la Obra.

Tendría que existir una cinismo colectivo para ello y en general sólo el príncipe o sus lugartenientes practican el cinismo a conciencia. El resto de las personas no podría asimilar ese principio de manera pacífica en sus conciencia.

Era necesario, por lo tanto, reformular ese principio, de manera tal de suavizarlo y así lograr un estándar válido para todos. ¿Con qué función?

Que todos lo adopten de manera tal de lograr una forma de obediencia y de eficacia corporativa al mismo tiempo.

Obedecer lo que se manda sin juzgar la moralidad de los medios y obtener mayor eficacia sin tener en cuenta su adecuación moral al fin. Doblemente beneficioso.

Había una solución.

Ya no se trataba de usar medios malos para fines buenos. El problema de justificar moralmente su uso ya no tenía cabida. ¿Cómo se lo había eliminado, entonces?




La doctrina que establece la Obra podría resumirse diciendo que el fin dignifica los medios, de manera tal que ya no es necesario pensar en ningún tipo de justificación o transición entre los medios y los fines. Son todo lo mismo, desde el momento en que un medio se pone al servicio de la Obra, y especialmente, desde el momento en que la Obra lo aprueba, le da el visto bueno y lo pone a su servicio.

De esta manera, también podría decirse que la Obra dignifica los medios que utiliza, legitimándose a sí misma, sin que nadie esté por encima de ella ni de su juicio.




Los medios tienen la dignidad que le otorga el fin o los fines. En realidad, uno sólo es el fin: hacer el Opus Dei, en el caso de los miembros; y para la Obra, el fin es ella misma.

El fin (la Obra) es el que decide qué es bueno y qué no lo es. Por eso es necesario consultarlo todo en la Obra.

Esta moral interna tiene sus límites: los que le fija la sociedad en la cual la Obra convive, de tal forma que los directores pueden decidir qué es bueno y qué es malo relativamente, pues no les interesa provocar rechazo social. De esta manera, evitan la violencia visible pero no ahorran en manipular las conciencias, siempre a puertas cerradas, sin que la sociedad lo pueda percibir.

Es necesaria la sutileza (frente a la sociedad) y, conjuntamente, el aislamiento mental de los miembros, para que así ellos no puedan comparar ni consultar con nadie de afuera acerca de los juicios morales que dicta la Obra.




De este modo, la mentira ya no es más mentira: es algo distinto, bueno y necesario, que no se denomina mentira porque sería «una contradicción», ya que la mentira es mala y «lo que practica la Obra» es algo bueno.

Haciendo una comparación un tanto arriesgada, podríamos decir –recordando el catecismo- que esa forma de administrar la verdad propia de la Obra, guarda una relación con la mentira sólo en su apariencia «accidental», pero no «sustancial», de tal manera que «parece» una mentira pero en su más íntima realidad no lo sería.

En esa «adaptación» de la verdad a la conveniencia de la Obra, no hay ningún obstáculo moral. Se ha llevado a cabo una especie de disparatada «transubstanciación», en la cual una gran mayoría de los miembros de la Obra cree. De lo contrario se haría insostenible la permanencia en esa institución.

Este mismo principio es el que permite ver la coacción como algo bueno, porque en la medida en que se trata de hacer el Opus Dei nunca puede tratarse de algo malo.

No hay conciencia de trasgresión sino todo lo contrario, conciencia de virtud. Como el fin dignifica los medios, hacer uso de esos medios es meritorio (motivación positiva).

Hay una autorización implícita para seguir adelante y una exhortación a no rendirse hasta haber conseguido la meta de la que se trate. Hacer uso de esos medios también es un deber (motivación negativa).

Esta moral posiblemente pueda ser una explicación para el rápido crecimiento y expansión de la Obra, porque lo que era deuda se convierte en ganancia bajo esta visión. Lo que era reprensible, ahora es meritorio. Lo que implicaba un largo camino (la vocación), ahora se logra por un atajo (la coacción). Una moral que permite acortar tiempos y acelerar plazos.




El fin vendría a ser como una especie de piedra filosofal, todo lo que toca lo convierte en bueno, por arte de magia.

Así las conciencias de las personas de la Obra quedan totalmente tranquilas y al mismo tiempo anestesiadas moralmente. Lo cual puede ser una explicación para entender cómo pudimos llegar a hacer cosas que hoy no admitiríamos.

Como si hacer el bien fuera un resultado inevitable para todo miembro de la Obra que se digne obedecer a lo mandado (de ahí la máxima «el que obedece no se equivoca nunca», otra forma de dar a entender que el fin dignifica los medios).

Cuanto mayor sea el grado de compenetración ideológica, mayor será la capacidad de dignificar los medios y de transgredir límites morales sin dolor de conciencia. No es extremo pensar que los escándalos financieros protagonizados por personas de la Obra sean consecuencia de esta visión (junto con cierta probable dosis de avaricia personal).

No hay manera, entonces, de hacerle entender a un miembro de la Obra, que esté mentalmente absorbido por esta ideología, del daño que produce esta institución. Si los medios son buenos y los fines son buenos, es imposible que surja nada malo de todo aquello. Es el convencimiento absoluto.

Por eso no existe ni es concebible ningún tipo de autocrítica en la Obra.




Finalizando aquella conversación, este amigo me decía que él pensaba que el 2 de octubre era simplemente una fecha fraguada, un invento, que en realidad nunca existió como tal. Simplemente era un medio necesario para hacer la Obra y en tal caso, y por el bien de las almas y la gloria de Dios, resultaba algo muy bueno «crear» el 2 de octubre. O sea, nada de romperse la cabeza interpretando qué quiso decir el fundador con ese «vio la Obra»: se le ocurrió la idea (la vio) y le dio «un retoque» de reinterpretación sobrenatural, ambigua y misteriosa.

Además, ese 2 de octubre da fundamento indiscutible a todo y, especialmente, a la autoridad extraordinaria de su fundador.

Después de tantas ambigüedades y tanta dignificación de los medios por parte de la Obra, me resulta bastante sugestiva esta opinión frente al 2 de octubre. Hay demasiadas pruebas que atentan contra la veracidad del discurso oficial y el 2 de octubre podría ser una más de las mentiras de la Obra.


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