De cuando fui numerario 'Modelo'

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Por BDM, 1 de agosto de 2007


Aprovecho estos días de verano para contar una curiosidad biográfica que compartí con otros cinco o seis compañeros de “centrodestudios”, hace más de treinta años.

Corría, en efecto, la década de los setenta. No recuerdo la fecha con precisión, pero esto debió de suceder poco antes o poco después del fallecimiento del fundador de la obra. Un buen día, fui llamado discretamente por el subdirector correspondiente y me dijo que, junto con otros, debíamos prepararnos para hacer “un encargo de la comisión”. Sólo la mención de tan alta instancia nos electrizó. Poco a poco se fue formando un misterioso y selecto grupito de jóvenes colegiales. La misión: acudir, bien vestidos, a una dirección de Madrid en donde se nos indicaría lo que debíamos de hacer.

No eran frecuentes paseos como el que nos dimos desde el colegio mayor hasta la casa en cuestión. Como no estaba lejos, fuimos a pie, haciendo cábalas acerca del inusual tipo de colaboración para el que se nos requería con tanto sigilo. Quiero recordar que alguno, algo más informado, dijo que, según sus noticias, nos encaminábamos... ¡al estudio de un afamado pintor! El resto, que desde el principio intuimos que aquello tenía un aspecto muy raro, comenzamos a sentir auténticos “barruntos” de que nos estábamos metiendo en un jardín...

Resultó que el menos desinformado estaba en lo cierto. Ingresamos en un amplio estudio de pintura, repleto de cuadros a medio hacer y de todos los utensilios propios del oficio. Los cinco o seis recién llegados no sabíamos qué cara poner. Eso sí, éramos conscientes de que el momento era trascendental: ¡ni más ni menos que la comisión estaba detrás de todo aquello! Por el estudio trajinaba el artista y rondaban por allí una o dos chicas que luego supimos que eran hijas suyas. También tenían asignado un papel en todo aquello.

El pintor nos pidió que nos quitáramos las corbatas y las americanas; luego insistió en que debíamos desabrocharnos los botones superiores de la camisa, de modo que resultasen bien visibles los músculos del cuello. Como puede suponerse, la tensión iba en aumento. Más tarde, el artista o uno de sus ayudantes, cámara fotográfica en ristre, fue inmortalizándonos uno a uno. Para más inri, debíamos posar en curiosas posturas: subidos a los primeros peldaños de una escalera, en mitad de inverosímiles torsiones, mirando al infinito... Aquello duró un buen rato. También las jóvenes presentes fueron pasto del objetivo fotográfico.

Recompuesta la figura, que no el ánimo, salimos a la calle. Uno contó que durante la sesión había podido enterarse de algunos detalles: el pintor, que ya había hecho un conocido retrato al fundador, tenía ahora el encargo -de la comisión, ciertamente- de llevar a cabo un cuadro especial que iría destinado a Torreciudad. Representaría al Corazón de Jesús y la mayor parte del lienzo estaría destinada a recoger figuras de Ángeles que rodearían el motivo central. Pues bien, ¡las caras y demás partes visibles de tan celestiales seres serían las nuestras, recién depositadas en el archivo fotográfico del artista! Y, por si acaso lo nuestro no resultaba del todo, atendiendo además a un legítimo afán de padre, también sus hijas encontrarían un hueco en la composición.

Aún en la calle, de regreso al colegio, nos conjuramos para no contar nunca a nadie aquella experiencia: nos movía a ello un pudor natural derivado de la insólita peripecia que acabábamos de protagonizar. Por otra parte, comenzamos a mirarnos disimuladamente unos a otros mientras valorábamos internamente hasta qué punto el criterio estético de la comisión había sido acertado... En honor a la verdad he de decir, modestia aparte, que también en estos temas la comisión sabía lo que se hacía.

Desde hace muchos años el cuadro luce en la denominada “sala-capilla” del Santuario. Se trata de una estancia situada debajo del altar mayor, separada por una gran verja y una cortina del pasillo que se recorre al besar los medallones de la Virgen. Tiene dos alturas y, me temo, muy escaso uso. En la parte inferior del cuadro aparece una vista de Torreciudad. Y dos ángeles sostienen unas cartelas en las que se dan detalles sobre el motivo por el que se realizó la pintura.

Los numerarios “modelo” no supimos nunca nada al respecto. Únicamente nos llegó el comentario de que el pintor sólo había utilizado las fotografías de sus hijas. Personalmente, y con todas las licencias artísticas que son del caso, creo reconocer en el cuadro a casi todos los que posamos aquel día. Sé que al hacerlo público falto a aquel compromiso de silencio. A cambio, espero despertar la memoria de alguno de aquellos compañeros de casting, hoy bien dispersos, que al leer esto esbozarán una sonrisa, más o menos melancólica. Después de todo, ¡no quedamos tan mal! Aquí está la prueba:

Cuadro torreciudad.jpg



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