De cómo se me fue endureciendo el corazón

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Por Pitable, 11/09/2015


Proselitismo y cosificación de las personas

Cuando era numerario, lográbamos que pitaran muchos jóvenes porque seguíamos el iter trazado por el santo fundador y repetido una y otra vez por los directores.

Primero, invitábamos a un compañero de la Universidad (a quien según la nomenclatura interna llamábamos amigo), para que asistiera a una actividad de esas que en el comercio se suelen llamar “actividades gancho”, consistentes en atraer a la clientela con algún señuelo de rebajas u oportunidades, aunque nosotros las llamábamos actividades de ampliación de base. Su objetivo: conocer gente...

Este tipo de actividades consistía en inventar un tema gatillo de esos que jalaban personas, como la globalización, la ecología, el liderazgo y ese tipo de cosas. Normalmente invitábamos a un supernumerario que fuera taquillero, y luego, de ahí empezaba un proceso de dobles mensajes para ir envolviendo al amigo y atraerlo hacia nuestra organización.

Dobles mensajes y dobles verdades, pues aunque éramos numerarios jóvenes, muy pronto nos hacíamos bilingües. Esto es, teníamos un lenguaje para los amigos y otro para los hermanos, uno exotérico y otro esotérico. El primero era el castellano normal, por ejemplo, decíamos globalización, valores éticos, Iglesia o apostolado, con un sentido normal. Pero por otro, teníamos un lenguaje interno cargado de connotaciones ideológicas e incluso de claves lingüísticas. Por ejemplo, en la medida en que nuestro supuesto amigo, se iba poniendo nervioso al compararse con los numerarios y ver que él… quizá… entonces decíamos –internamente–: “éste ya está tocado” o peor aún y de un modo más coloquial: “Fulano anda tocadón”. Eso quería decir que ya se sentía de algún modo interpelado, o quizá deberíamos decir trastornado por el encanto de las tertulias, la amabilidad de los residentes, la liturgia y los cantos gregorianos entonados por jóvenes normales como él… Había iniciado el proceso de cooptación.

La disociación entre lo que decíamos y lo que pensábamos

A partir de ese momento, sabíamos que debíamos actuar con la cautela de un felino antes de atacar su presa: pasos lentos, suaves, casi imperceptibles, para no espantarla, avanzábamos y nos deteníamos, retrocedíamos y poco a poco íbamos conduciendo a los muchachos por un plano inclinado, es decir, por un sendero bastante bien conocido y probado en la obra, que garantizaba buenos resultados: meditaciones, visitas a enfermos, catequesis, normas de piedad, círculo, convivencia de arreglos, retiro espiritual, convivencias para pitables y, finalmente, ponerlo en crisis hasta que reventara y pitara o huyera como presa desconfiada.

Todo, con una frialdad tremenda, como quien sabe que todo aquello era por el bien de la Iglesia, de las almas, del Sumo Pontífice y de la expansión del Reino de Cristo. Por ello no escatimábamos medios, delaciones, traiciones a sus confidencias, pues aunque ellos no lo sabían y creían que éramos amigos de verdad, es decir, de los que saben guardar un secreto y respetar la intimidad de sus amigos, en un momento dado el Consejo local nos daba la señal de ataque, el primer ataque: una sutil invitación a “tomar un café”.

¿Un café? Sí, un café… aquí en la esquina, vamos a tomar un descanso y luego continuamos estudiando!

Íbamos hacia el café en una supuesta charla amistosa, normal, pero los numerarios sabíamos, allá en el fondo de nuestras conciencias, que debíamos cumplir una indicación, pues en el apostolado no hay desobediencia pequeña –decían–, así que en aquel café debíamos asestar un golpe fatal, por ejemplo, plantearle la dirección espiritual.

Mi experiencia en los primeros años de los muchos que estuve ahí, fue ésta: normalmente, de camino a la cafetería o restaurante, mi amigo hablaba de cosas normales, de deportes, del tráfico, de una exposición… pero yo iba pensando en la manera sutil de tenderle la red sin que fuera demasiado obvio, pues nos decían que en el apostolado debíamos actuar con naturalidad. Así que intentaba concentrarme en lo que mi amigo (sic) decía, pero no lo conseguía, pues eran mis pinitos en el arte de envolver a las personas y temía que me sucediera como a los cachorros de los felinos cuando empiezan a hacer sus primeras cazas, que suelen espantar a la presa.

Por fin, lograba forzar la conversación y cumplir la consigna y mi verdadero objetivo. Le planteaba la dirección espiritual con un discurso que luego repetí por años, como si fuese una fórmula sacramental. Al menos yo, siempre echaba mano del símil del atleta que se prepara para la competencia y el coach. No fallaba.

Lográbamos así que el cura de la casa hablara con el muchacho que andaba “tocado”. Al poco tiempo, el cura daba la luz verde, con frases dirigidas al numerario encargado de dar seguimiento a su amigo tocado, como por ejemplo, “tu amigo Fulano es muy buen tipo, ponte listo, podría tener vocación, pero hay que seguirlo”.

Así empezaba la persecución, el acoso disfrazado de caridad apostólica desinteresada, la presión creciente.

Los movíamos a pitar, es decir, a entregar la vida como numerario del Opus Dei, con argumentos tan pueriles como aquel de Escrivá de que “si sientes miedo ante la posible vocación, es señal clara de que te están llamando”. Con ese argumento casi metafísico, muchos jóvenes caían y escribían su carta. Muchos jóvenes. Miles de jóvenes mexicanos. Todo era superficialidad, automatismo.

Cuando era joven y vivía en el CIES en la Ciudad de México, aprendí, como todos, a comportarme de ese modo tan inhumano. Digo inhumano porque nunca reparé en los posibles daños espirituales y físicos que ocasionaba con ese modo de actuar y de enfandangar a unos pobres chavos que ni la debían ni la temían.

Retumbó por años en mi memoria aquella frase de don Florencio Sánchez Bella: “uno y otro, y otro más… que piten… la mayoría se irá, pero con los que queden sacaremos adelante las labores”. Fue así como, sin darme cuenta, aprendí a instrumentalizar a las personas, esto es, a verlas como pitables. Con los años dejé de valorarlas por lo que eran y aprendí a valorarlas en razón de su “utilidad”.




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