De cómo entré en el Opus Dei/Se me cae la venda de los ojos

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DE CÓMO ENTRÉ EN EL OPUS DEI
(y otras tribulaciones)


Se me cae la venda de los ojos

Ese fue el detonante.

No fue la ropa en sí: fue el descubrir que mi madre llevaba razón. Que mis padres llevaban razón desde el principio. Fue el descubrir que en la Obra me habían contado una mentira tras otra y que me las había tragado todas. Fue descubrir que habían estado jugando con mi inocencia.

Así fue como empecé a verlo todo con recelo y a pensar en cosas que me habían dicho mis padres durante esos diez días: "hija, tu piensa que lo que no da paz no es de Dios". "Si en algún momento te falta paz interior es que eso no es para ti". "Si no te da paz no es bueno para ti -aunque pueda serlo para otros-"

Y se me cayó la venda. Y empecé a pensar. Y empecé a ser crítica. Y me empezó a repugnar la vida falsa y hueca que llevaba allí.

Me daba asco todo lo que se decía en las meditaciones, charlas... me sonaba a falso.

Empecé a revelarme:

En la charla lloraba y lloraba y lloraba. No perdoné a mi directora espiritual lo de la ropa: nadie estaba en posición de meterse dentro de mí y saber si era apego insano. Les debía bastar con mi palabra.

Lo que me dolió de verdad fue descubrir que en la Obra sí te obligan y te coaccionan a hacer lo que no quieres.

(Supongo que, con esa ropa, pagada por mis padres, tenían pensado vestir a todas las del Colegio Mayor sin que yo rechistara, siempre sumisa, callada, moldeable, siempre rindiendo mi entendimiento ante sus explicaciones, siempre aceptando y asumiendo que, lo que yo veía claramente "blanco", fuera "negro" -o a la inversa-. Sencillamente porque así me lo decían.)

Empecé a ver a mi directora espiritual de otra forma. Ante mí había perdido toda credibilidad.

Le decía a mi directora al derecho y al revés, en inglés, en portugués, en alemán, en chino, en francés... que me quería ir, que no tenía vocación, que eso no era para mí, que no estaba a gusto...

Mientras, ella se quedaba ahí parada, mirándome con ojos inexpresivos, viéndome sufrir, sin hacer nada, sin una palabra de aliento, sin piedad -la misma frialdad, glacial, que yo tuve con mis padres el día que me fui de su casa-. Se limitaba a decirme que lo que necesitaba era "unos días de descanso y un buen psiquiatra."

Yo le decía abiertamente que yo le importaba una mierda (perdón por la expresión) a ella y a todo el Opus Dei. Que no eran mi familia porque una buena familia arropa, cobija y comprende a sus miembros siempre. Que todo me sonaba a hueco, que nada tenía sentido...

Empecé a dejar de hacer aquello que me repugnaba: duchas frías, cilicio, disciplinas... Por supuesto, inmediatamente, dejé de hacer apostolado: ¿cómo iba a traer a mis amigas a un sitio tan horrible?. Si no lo quería para mí tampoco lo quería para ellas.

Me dijeron que procurara "que no se me notara la crisis", "que intentara hacer lo que hacían todas" "que sonriera"...

Eso era todo lo que les preocupaba: Que las demás no lo supieran. Mientras, me dejaban sufrir y sufrir, retorciéndome, entre dudas y angustias que uno tiene que pasar para comprender.

Está claro cuánto les importaba yo.

Muchas veces urdía en mi mente un plan para escaparme, claro, tenía que ser con lo puesto pues a la entrada del colegio siempre había una cogiendo los nombres de las que entraban o salían y a dónde iban.

Mi sufrimiento parecía ser indiferente a todas.

Como me mantenían en ascuas, en un estado anímico deplorable durante días y semanas, como no me daban su bendición para irme o para quedarme, como estuve sola, abandonada, obviada durante largo tiempo, empecé a dejar de usar "el vocabulario" del Opus Dei. Mi psique me pedía utilizar mis propios términos. Términos en los que se hacía patente el distanciamiento que estaba experimentando hacia todo lo que fuera Opus Dei. Así la Obra dejaba de ser algo mío:

"Escrivá de Balaguer" en vez de "Nuestro Padre" "Alvaro del Portillo" (ni siquiera era ya "Don") en vez de "El Padre",

"en el Opus Dei", "del Opus Dei"... en vez de "en casa", "de casa"...

Fue entonces que empezaron a sonar las alarmas entre las directoras: ya no estaba dispuesta a seguir disimulando ante mis "hermanas".