Daniel se ha ido

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Por Karel, 12.04.2006


Daniel era uno de esos numerarios, cómo diría, que se habría tatuado el sello de la obra en el omóplato, rosa de Rialp incluida, si le hubiesen dejado. Bueno, en realidad no lo habría hecho porque desdeciría del cargo y posición que ocupa, pero seguro que la idea estaba entre sus (pocos) sueños inconfesables.

Seguro que todos habéis conocido algún Daniel, uno de esos numerarios que siempre llega con 20 minutos de antelación a la oracion de la mañana, una de esas personas para el que cada minuto de su vida en la Obra supone una ocasión de orgullo y crecimiento personal; que no ve en el plan de vida una serie de obligaciones de difícil encaje en un día ocupado, sino una verdadera ocasión de crecer para adentro, afianzar el espíritu de la obra en su interior y encontrarse con Dios.

Recuerdo cuando Daniel llegó al centro, después de pasar unos años en Cavabianca y no ordenarse. Apareció con sentido de misión: impregnar de vibración apostólica y corporativa a una casa más bien mortecina. A los pocos días sacó una pizarra velleda y nos dio una tertulia sobre "cómo es realmente Villa Tevere", con aspectos tan interesantes y esenciales de nuestro espíritu cómo con qué dependencias conectan exactamente el Cortile Vecchio y la Galleria de la Campana...

Daniel era así: notabas que no se le escapaba una imagen de la Virgen a la que mirar cuando entraba en una habitación; creo que hasta echaba de menos que no hubiese imagen ante la que cuadrarse en el cuarto de baño (aunque siempre había una estampa en la repisa del lavabo, dejada por algún numerario piadoso que quería exprimir el tiempo de la noche). Presumía discretamente de que hacía correcciones fraternas al cura por no prepararse bien las meditaciones y su porte reflejaba la seguridad y el orgullo mal contenido de quien cada año provocaba aplausos al releer la lista de San José porque, a él sí, le habían pitado dos tíos.

Cuando daba el círculo breve era tan previsible como un tomo de Meditaciones y durante años gozó de la estima de la Comisión, del placer de estar en el cogollito, tocando pelo, pues trabajaba en una de esas fundaciones que se dedican a administrar la propiedad de los centros y obras corporativas. Oyes, que tenía hilo directo con Diego de León, que estaba al tanto de esas cosas que sólo unos pocos pueden saber porque los demás no lo entenderían, que era de fiar al mil por mil...

Daniel instrumentalizaba la amistad como cualquier otro numerario. Recuerdo que en una de las empresas en las que trabajó conoció a un chaval joven -de esos que deciden currar en lugar de estudiar-, que desempeñaba tareas de correveidile (en el sentido más neutro y noble de la expresión). El muchacho no había hecho la Primera Comunión. Daniel volcó enseguida toda su cordialidad con él, intimaron y le preparó para el sacramento, que recibió unos meses más tarde. Hasta aquí, todo formidable y ejemplar, como era Daniel. Lo que me dejó ojoplástico fue escuchar cómo, logrado el objetivo, le dijo a un numerario más joven: "Oye, a ver si quedas con este chico y te haces su amigo, que yo no pego, a mi edad, en ese papel...". Que tenía cosas más importantes que hacer, vaya.

Pero Daniel se ha ido. Ignoro la secuencia exacta de los acontecimientos. Sé que hace unos años cesó en la fundación de marras y de inmediato notó cómo perdía la confianza de la Comisión: la invitación mensual a almorzar se tornó en una indiferencia creciente.

También sé que a partir de determinado momento comenzó a pesarle mucho comprobar que el espíritu había sido sustituido por modos de hacer. Y, en particular, que los números importaban más que las personas. Le dolió escuchar al Consiliario que "lo importante es que piten diez, aunque sólo perseveren dos" y su corazón se encogió cuando a la pregunta de uno de los asistentes a aquella reunión selecta -¿"pero qué pasa con los ocho que se van, a los que hemos asegurado que tienen vocación y que en ocasiones sufren heridas tremendas en el alma?"- el consiliario respondió encogiéndose de hombros y sin perder la sonrisa.

Daniel veía que en España hay, por cada numerario, nueve ex-numerarios; que a la Obra le está ocurriendo en 70 años lo que a los Escolapios en 300: se está convirtiendo en una organización donde unos poquísimos tienen que administrar un patrimonio enorme en colegios, universidades, centros, colegios mayores, casas de retiros...; que la mitad de los residentes de los centros de san gabriel están empastilllados; que tres de cada cuatro círculos en esos centros se dan a supernumerarios mayores y sólo uno a jóvenes; que la ascética de la Obra se torna insufrible a base de dar la misma importancia a cerrar bien una puerta que a la Santa Misa; que el perfil de los directores es cada vez más bajo, al primar la docilidad sobre cualquier otro talento...

Daniel amaba a la Obra y transmitía estas señales inquietantes a las instancias correspondientes, pero quienes antes le habían recibido como uno de los nuestros le empezaron a mirar ya con patente desconfianza: tanto espíritu crítico rayaba en la falta de unidad... y eso no se puede consentir.

Al tiempo, comenzó a sentirse cada vez más solo. Sus éxitos profesionales -casi la única cosa que puede llenar lícitamente la vida de un numerario- importaban un bledo a los que convivían con él, excepción hecha del sustancioso cheque que ingresaba el día 1 de cada mes. Por otra parte, cualquier sintonía especial con otro numerario era censurada como una amistad particular. Imagino que el día que cierto numerario -amigo, colaborador ocasional suyo y tan cerebral como él, de los que encarnaban la praxis de la Obra esféricamente, sin fisuras- se marchó con una mano delante y otra detrás, se le terminaron de romper los esquemas.

No ha habido ninguna mujer por medio. Daniel se ha ido por razones intelectuales, como creo recordar -por la vaga memoria que guardo de algunos escritos suyos- que le ocurrió a Jacinto Choza.

En Opuslibros abundan las propuestas para parar los pies a las prácticas abusivas que la Obra ha convertido en institucionales.

No creo que hagan falta. Historias como la de Daniel revelan que la Obra quedará reducida a pavesas en diez o quince años. Me consta que no es un caso aislado; es sólo uno que he conocido más de cerca. Es patente, como hacía notar E.B.E., que el imperio está pasando de su apogeo a la contracción; luego vendrá el desmoronamiento. No sé qué ocurrirá entonces: es dudoso que haya una refundación o reforma, pero lo que es seguro es que su capacidad de hacer daño se verá muy reducida.

La crisis es incontestable, según ponía de relieve Alberto Moncada al comentar el fallecimiento de Luis Valls. La Obra optó por recristianizar el mundo de arriba abajo: pescar a los mejores para permear así la entera sociedad. Se puede estar de acuerdo o no con esta concepción; se puede incluso objetar que no fue así cómo se extendió el cristianismo; pero el hecho es que la estrategia no está funcionando: ¿cuántos personajes públicos o influyentes -de esos que deben ser caudillos y arrastrar a los demás- conocéis hoy en España?

Daniel, si ahora lees Opuslibros, no puedo sino enviarte ánimos y asegurarte que cuentas con mi oración, que es lo importante. No puedo ofrecerte mi simpatía porque nunca la tuviste: representabas todo lo que me hizo huir de la Obra; y eso es difícil que la compasión lo cambie: la amistad es demasiado libre y peculiar como para sustituirla por otro sentimiento, por noble que sea.

Pero sí puedo enviarte un abrazo.

Karel



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