Dónde está la novedad del supuesto carisma de Escrivá?

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Por Guillaume, el 13.01.2012


El 10 de enero de 1918 moría la almeriense María Dolores Rodríguez Sopeña (1848-1918), una seglar que promovió en la segunda mitad del siglo XIX la promoción cristiana de la familia trabajadora, a través de tres fundaciones: el Instituto Catequistas Dolores Sopeña, el Movimiento de la Laicos Sopeña y la Obra Social y Cultural Sopeña. Instaurare omnia in Christo era su lema, como recuerda la oración colecta de su Misa: “Oh Dios, que hiciste a la beata María Dolores, virgen, testimoniar con su vida el misterio de amor que tu hijo reveló al mundo con su muerte y resurrección, concédenos, por su intercesión, que aceptando de corazón tu mensaje de paz, cumplamos tu voluntad de instaurar todas las cosas en Cristo. Por nuestro Señor Jesucristo…”.

Poco después, san Pedro Poveda (1874-1936) fundaba la Institución Teresiana en 1911, que fue aprobada por el Papa Pío XI en 1924 como Pía Unión de Fieles a nivel internacional, para que hombres y mujeres, desde sus diversas profesiones y especialmente en el ámbito de la educación y la cultura, trabajasen por la transformación humana y social, según el Evangelio. Una especie de Institución Libre de Enseñanza en cristiano, en la que se inspiraría ocultamente Escrivá para su apostolado. Las teresianas ayudarían mucho a Escrivá, también económicamente, hasta que éste se peleó con ellas; igual que hizo con las Damas Apostólicas (que le habían permitido tener un oficio pastoral, con su consiguiente remuneración, al llegar a Madrid en 1927); o con los jesuitas, que fueron quienes le proporcionaron estipendios de misas en la Iglesia rectoral de san Pedro Nolasco de Zaragoza, además de apoyo humano y dirección espiritual, cuando Escrivá abandonó su cargo de Regente Auxiliar de la parroquia de Perdiguera, al mes y poco de ser nombrado, quedando sin oficio ni beneficio diocesanos hasta que, dos años después, se marchó a Madrid para hacer la tesis en Derecho civil.

San Pedro Poveda era conocido de Escrivá, quien, como aquél, acudía a un piso matritense para dirigirse con el Beato Manuel González (1877-1940), obispo malacitano que, por ser diputado en Cortes, viajaba habitualmente a Madrid y atendía en dirección espiritual a diversos sacerdotes. Según puede comprobarse en sus aportaciones periódicas en la revista el “Granito de arena”, este obispo poseía ese estilo de predicación novedoso y directo que luego adoptaría el joven sacerdote José María Escrivá. Don Manuel siempre hablaba de las “obras de Dios”. Y en él debió de inspirarse Escrivá para poner nombre a su obra. Y él debió de ser quien le comentó que lo del 14 de febrero de 1930 era tan de Dios como lo demás; y no el P. Sánchez, S.I., en contra de lo que afirma Vázquez de Prada, pues al P. Sánchez no lo conocería hasta el último trimestre de 1930.

Magdalena Aulina Taurina (1897-1956) nació en el seno de una familia cristiana en Bañolas (Gerona). En 1916 inició una actividad apostólica con las familias y juventud de su barrio, con el deseo de llevarles a un mayor conocimiento de Dios y respuesta a su gran Amor. Así, tan sencillamente, nacían las Operarias parroquiales, que luego se convertirían en Instituto Secular. Consciente del alcance del compromiso bautismal, quiso para el Instituto una vida de entrega y de servicio a Cristo y a la Iglesia, sin frontera alguna y en medio del mundo, para mejor conocer y escuchar sus necesidades, y para atenderlas, en lo posible, practicando la caridad de Cristo. Así, Magdalena Aulina tendió un puente hacia el futuro juntando, con maestría espiritual, una y otra orilla: secularidad y plena consagración a Jesucristo. Ofreció una síntesis nueva de presencia del Evangelio y de la Iglesia en la sociedad, con particular atención a los signos de los tiempos. Fue «pionera del laicado consagrado».

Por otra parte, el 26 de enero de 1923, el papa Pío XI publicaba la Encíclica Rerum Omnium Perturbationem, sobre la espiritualidad de san Francisco de Sales, con motivo de su centenario, hablando de la importancia -en aquellos momentos en que la Jerarquía de la Iglesia había perdido su influencia política- del apostolado de los laicos, en términos de: “Ésta es la voluntad de Dios, vuestra santificación”, “Sed perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto”, “Regnare Christum volumus”. Según puede verse en el Boletín Oficial de la Archidiócesis cesaraugustana, el cardenal Sodevila, entonces arzobispo de Zaragoza, obligó a los seminaristas de la diócesis, entre los que se encontraba Escrivá, a leer la encíclica.

Podríamos seguir citando ejemplos del ambiente que existía en esos momentos en relación a la promoción de la vocación de los laicos en la Iglesia y en el mundo. Y uno se pregunta: ¿dónde está la novedad del presunto carisma de Escrivá? Y, ¿por qué se nos han ocultado todas estas cosas? Es probable que la respuesta explique por qué Escrivá puso tanto empeño en distanciarse de esas personas. En concreto, explique por qué se puso frenético un día en una tertulia en Villa Tevere en los años 60, cuando uno de sus hijos le preguntó por el P. Poveda; o por qué escribió una carta al Vicario General de Palencia, siendo obispo de esa diócesis don Manuel González, para pedirle que pidiera a don Manuel que apoyara la candidatura al episcopado de don Antonio Rodilla, Vicario General de Valencia, en la que daba a entender que no se había dirigido espiritualmente con don Manuel González; o por qué un día, almorzando en Roma en la casa generalicia de las Operarias parroquiales con un cardenal, llegó hasta la falta de educación de afirmar ante las superioras del Instituto que tenía el gusto de no conocer a su fundadora.




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