Cuestión jurídica, pertenencia y falsedad ideológica

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Por E.B.E., 11.05.2005


Hablar del estatuto jurídico de los laicos en la Obra no es una cuestión lateral o "del pasado" que nada tiene que ver con nuestras vidas hoy.

De hecho, hablar hoy del pasado es una forma de situarnos en el presente. Saber dónde estamos parados.

Cada vez más, me convence menos la categoría de «ex miembro» aplicada a aquellas personas que «pasaron por la Obra» y hoy, por ejemplo, se encuentran en Opuslibros dando su testimonio. Todo depende, en última instancia, de con qué uno se identifica.

No me convence porque, por un lado, veo que la Obra nunca fue lo que dijo ser (ni lo que yo consideré que era basándome en lo que ella decía que era). Por lo cual, como le comentaba a unos amigos de la web, algo o alguien es «ex» en relación a algo que sigue «siendo» o al menos fue (continuidad histórica). Pero, ¿cómo ser «ex» de algo que «no fue»?

Por otro lado, cada vez me convence menos la categoría de «ex» porque veo que...

«nunca pertenecí» a lo que «la Obra realmente es». Lejos de ser un juego de palabras, implica una realidad profunda.




Para ser «ex» se necesita mantener alguna relación con lo que «es». Un ex presidente de un país ya no es presidente pero sigue perteneciendo a la institución presidencial como «ex». La relación cambió, pero continúa. No hay un corte, no hay un divorcio. Hay una continuidad diferente.

No creo que en Opuslibros se quiera construir algún tipo de continuidad en relación a la Obra. Pienso que más bien aquí muchos intentan lograr la ruptura definitiva del vínculo (que perdura mientras hay trauma, y el trauma a su vez es no poder cortar con el vínculo, lo cual puede transformar el problema en una verdadera obsesión y angustia).

Por un lado, hay una necesidad de dar un corte a esa etapa de nuestra vida, pero al mismo tiempo el hecho de ser «ex miembros» implica una continuidad. ¿Cómo solucionar semejante dilema?

Reiniciar una nueva vida es dar fin a otra. Terminar con el velorio y enterrar de una buena vez el cadáver.

Pero antes, es necesario que nos cercioremos de la identidad de ese cadáver: quién es y a quién le pertenece. Porque me parece que, no pocos, estamos en el velorio equivocado.

Se trata de «revisar el pasado», pues hay demasiadas cosas que no han quedado claras y necesitan serlo para dar el corte e iniciar la nueva vida. Y en ese revisar el pasado uno puede descubrir que «nunca perteneció» (cfr. el escrito de Compaq y tantos otros, sobre del estatuto jurídico de los laicos), o que la Obra como tal posiblemente esté plagada de «falsedad ideológica»[1] (al respecto, me gustaría saber la opinión de los especialistas en derecho).

Esto cambia totalmente la perspectiva personal. No sería necesaria ninguna ruptura y podría en cambio vincular el pasado de una manera menos traumática.

Por alguna razón la Obra nos endilgó el peso del trauma: ella quería deshacerse de lo que le correspondía a ella llevar. Es hora de devolverle «el obsequio».

No es que nosotros pasamos a ser «ex». Es que la Obra «nunca fue». En la medida en que nosotros nos identificamos como «ex», de alguna manera estamos permitiendo que la Obra «sea» algo que nunca fue.

¿Qué relación hay entre lo que la Obra íntimamente «es» y lo que muchos de nosotros «fuimos»? Me aventuraría a afirmar que ninguna.

No es necesario el divorcio donde nunca hubo vínculo. Ciertamente sí hubo fraude, y lógicamente hubo o hay trauma. Pero desde esta nueva perspectiva, pienso que es un trauma que se puede resolver, que se puede desanudar y superar, sin que sea necesaria la colaboración de la Obra.

Es necesario volver a ese pasado y transitarlo de otra manera. Es esencial para liberarnos de lo que no nos corresponde llevar. No nos corresponde cargar con «el peso» de ser «ex» sino que es a la Obra a la que le corresponde llevar el peso de «no haber sido nunca». El fracaso y la condena que la Obra traslada a los denominados «ex», es en realidad el propio fracaso de la Obra de «no haber sido».

La Obra nos hizo creer (no de cualquier manera sino mediante santa extorsión) muchas cosas falsas y, una más, fue que "el problema" estaba en la gran mayoría de nosotros y nos correspondía, entonces, cargar con las traumáticas consecuencias.

Este «criterio general», además de ser injusto, es mentiroso.

Cuánto más si a esto se agrega el hecho de que jurídicamente «nunca pertenecimos». De confirmarse, sería profundamente revelador. Paradigmático.

De hecho, los que pertenecen realmente son los que permanecen, son los que nunca podrían imaginar que su paso por la Obra pudiera tener «los días contados». Son los «corporativos», los que viven para la institución y jamás dejarían que una «amistad particular» (la fraternidad concreta) se interpusiera entre ellos y la Obra. No les afecta que alguien se vaya o sea expulsado por «el sistema».

Si hoy estamos afuera es muy probablemente porque nunca hemos pertenecido, nunca hemos «formado parte».

Si hoy la Obra nos parece un fraude es muy probablemente porque nunca estuvimos de acuerdo con lo que la Obra realmente «es».

Hemos estado muy metidos adentro, pero no lo suficiente. Hemos llegado a sentirnos como «uno de ellos» pero finalmente no lo fuimos. Por eso estamos afuera.

No se trata de años o de antigüedad. Se trata de una «conversión», vender la propia alma a la Obra. Solamente de esa forma se «pertenece» realmente a ella. Quien no da ese paso –por las razones que sean-, termina afuera.




¿Qué sucedería si hoy la Iglesia decidiera disolver la Obra? ¿Todos seríamos «ex miembros» en un sentido unívoco?

No existen propiamente los «ex miembros». Existen solamente los miembros, que nunca dejan de pertenecer[2]. El resto, «gracias a Dios», pienso que nunca fuimos, nunca llegamos a serlo (por eso lo de «los días contados») aunque hayamos estado diez, veinte años o más.

«Ex miembros» surgirán, en todo caso, cuando la Obra misma pase a ser «ex Opus Dei», ya sea por vía de una transformación radical (no reforma) o por vía de la disolución. Recién entonces se podrá hablar verdaderamente de «ex miembros» porque ellos sí pertenecieron y son responsables de lo que fue y es la Obra.

No es lo mismo dejar la Obra hoy –por considerarla un fraude- que dejarla cuando finalmente caiga por su propio peso. Los que hayan permanecido hasta ese momento van a transformarse verdaderamente en «ex miembros»[3] y su condición se volverá la condena, la carga, el estigma que hoy la Obra proyecta sobre los que pasaron y no permanecieron.

Recuerdo las fuertes palabras del Evangelio que Jesús cita de Isaías: «Oír, oiréis, pero no entenderéis, mirar, miraréis, pero no veréis. Porque se ha embotado el corazón de este pueblo, han hecho duros sus oídos, y sus ojos han cerrado; no sea que vean con sus ojos, con sus oídos oigan, con su corazón entiendan y se conviertan, y yo los sane» (Mt, 13, 14-15). A quienes hoy dirigen la Obra y no prestan atención alguna a los reclamos, su cerrazón se les vendrá contra sí mismos.

Desde esta perspectiva aquí analizada, no me siento ex miembro de algo a lo cual nunca pertenecí. En cambio, sí me siento profundamente vinculado a un pasado que me pertenece y que me vincula con un ideal y con una gran cantidad de personas que pasaron por la Obra, al igual que yo. Pero eso no se asemeja a lo que es la Opus Dei, ni por asomo.


Notas

  1. «La falsedad ideológica comprende la mentira escrita en ciertas condiciones que se enumeran en los varios supuestos punibles. A diferencia de la falsificación, en que lo cuestionado es la autenticidad, en la falsedad ideológica siempre la realización externa es real y el documento esta confeccionado por quien corresponde y en la forma que es debida. La contradicción punible resulta porque esa correcta exteriorización genera una desfiguración de la verdad objetiva que se desprende del texto. Se ve entonces que, además de tratarse de un tipo de falsificación de suyo mas complejo que los materiales, es preciso que se delimiten, asimismo, las otras condiciones para que esa mentira merezca sanción. Esta falsedad se encuentra en un acto exteriormente verdadero, cuando contiene declaraciones mendaces; y se llama ideológica precisamente porque el documento no es falso en sus condiciones esenciales, pero si son falsas las ideas que en el se quieren afirmar como verdaderas, resultando un documento auténtico en su forma pero falso en su contenido» (diccionario jurídico argentino).

    Cabría preguntarse acerca de la falsedad ideológica en tantos documentos y enseñanzas escritas de la Obra, cuyo autor ha sido generalmente el mismo fundador o sus representantes. A modo de ejemplos:

    • «Nunca he tenido secretos, ni los tengo ni los tendré. Tampoco los tiene la Obra» (del fundador, Carta, 11-III-1940, n. 58);
    • «En el Opus Dei no está coaccionado nadie. La perseverancia depende de cada uno de nosotros» (del fundador, Meditación, 4-III-1960);
    • «Si sois sinceros, pase lo que pase seréis fieles y seréis felices» (del fundador, tertulia, 2-X-1969);
    • «Al suscitar el Señor su Obra, nos ha dado una ascética, un espíritu plenamente secular y unos medios que no son como una adaptación de los métodos de las familias religiosas» (del fundador, Meditaciones, VI, pág. 345);
    • «Os he dicho innumerables veces que nadie pierde su personalidad al venir a la Obra; que la diversidad, el sano pluralismo, es manifestación de buen espíritu. Pues haced por vuestra cuenta, que nadie os lo impedirá» (del fundador, Meditación El licor de la sabiduría, junio 1972);
    • «…ese amor a la libertad es sincero y no un mero enunciado teórico, nosotros amamos la necesaria consecuencia de la libertad: es decir, el pluralismo» (del fundador, Conversaciones, n. 67);
    • «No somos una institución cerrada, en la que todos parecen obligados a pensar lo mismo, a ir como en manada, sino una peculiar organización divina, [en la] que se potencia la personalidad de cada uno» (del fundador, Instrucción, 8.XII-1941, nota 12);
  2. De alguna manera así como existen los bienaventurados y los condenados (los «ex miembros» según la mentalidad de la Obra), pero no existen los «ex bienaventurados». Entiendo que esto pueda resultar complejo, porque estoy analizando las cosas por dos perspectivas, cómo se ven desde fuera y cómo desde dentro de la mentalidad de la Obra, y esos cruces pueden resultar confusos.

  3. Pienso especialmente en «los corporativos», los que vendieron su alma a la Obra y dejo de lado al gran número de personas inocentes que no conocen gran parte de lo que sucede en la Obra, como es el caso de la mayoría de l@s supernumerari@s.

    Dentro de la mentalidad de la Obra, los que permanecen son «los elegidos» y los que «no perseveran» son unos pobres «desgraciados». Para la mentalidad de la Obra, a estas personas se denomina «ex miembros». Y creo que denominarse a sí mismo como «ex miembro» es seguir pensando «como en la Obra».

    Pienso que se sigue «formando parte» de la Obra en la medida en que se piensa que por haber pasado por la Obra uno es «ex miembro». A la Obra se pertenece como «bienaventurado para siempre» o como «desgraciado para siempre»:

    «El que se nos queda por ahí, agarrado a las zarzas del camino, se queda porque quiere, porque desea ser desgraciado, porque no quiere amar a Cristo» (del fundador, Meditaciones IV, pág. 537).

    «No encontraréis la felicidad fuera de vuestro camino, hijos. Si alguien se descaminara, le quedaría un remordimiento tremendo: sería un desgraciado. Hasta esas cosas que dan a la gente una relativa felicidad, en una persona que abandona su vocación, se hacen amargas como la hiel, agrias como el vinagre, repugnantes como el rejalgar» (del fundador, Meditaciones VI, págs. 97-98).

    Bajo esta mentalidad (de la Obra) no existe la posibilidad de haber pertenecido «temporalmente» a la Obra, como una etapa más de nuestra vida: es una marca «para siempre». Considerarse ex miembro es aceptar el lugar de «rechazo» en el que la mentalidad de la Obra ubica a quienes «no siguen adelante». Pensarse de esta manera es una forma de «obediencia al fundador», encarnando sus enseñanzas. En algún sentido, aplicarse a sí mismo ese nombre es aplicarse esa desgracia.

    Existen personas que se consideran orgullosamente ex miembros, pero se trata de una actitud singular que no responde a los contenidos propios de la mentalidad de la Obra, para la cual «la pérdida de la vocación» es una desgracia fatal (condición esencial para ser ex miembro, según esa concepción).

    El «mundo mental» de Obra se compone de «bienaventurados» y «condenados», de «miembros» y «ex miembros». Irse definitivamente de la Obra implica necesariamente dejar de «pertenecer» también bajo la categoría de «ex miembro». De lo contrario, creo que se sigue adentro de ese «cosmos» y en el peor lugar, el del «rechazo para siempre».


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