Cuatro años en el Opus Dei como numeraria auxiliar/Capítulo 6

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4 AÑOS EN EL OPUS DEI COMO NUMERARIA AUXILIAR


Pabellón

En la leñera había una bicicleta vieja que nadie usaba. Y a mí, que jamás había montado en una, me apetecía aprender a llevarla, así que una tarde, cuando nos dirigíamos al pabellón para servir las cenas, la cogí de su rincón y fui haciendo equilibrios por la bacheada senda del trayecto. No sabía que el aparato tuviera frenos, nadie me había explicado el mecanismo de una bicicleta, así que utilizaba mis pies para frenar. De todas formas, éstos (los pies), estaban más en el suelo que en los pedales. A los dos días de haber rescatado la bicicleta de su abandono, volví a dejarla en su lugar, prefería caminar junto a mis compañeras, que ir haciendo malabarismos por el camino sobre aquel trasto...

En la cocina de aquel lugar de retiros y convivencias trabajaban dos chicas que, como la de los cilicios y la encargada del oratorio, no pertenecían al grupo de formación. Por su edad, ya haría algunos años que habían completado su curso sobre el conocimiento de la Obra.

Las dos tenían la mirada triste. Creo que, como yo, ya habrían llegado a esa etapa en la que una cae en la cuenta de que Dios no puede ser un ogro sádico que disfrute con el sufrimiento de sus hijos. Y apreciar que los sacrificios de uno son realmente inútiles, comprobando además de que una vez que se ha caído en la trampa de aquella "telaraña" no puedes escapar..., es descorazonador.

No es que me contaran sus impresiones, nadie de nosotras podíamos intimar con una compañera. Solamente a la directora de "confidencias" que tuviéramos designada era la persona con la que podíamos (y debíamos) hablar sobre nuestra vida interior. Por lo tanto mis deducciones podían estar erradas, sin embargo, estaba claro que aquellas chicas no eran felices.

Antes de pasar al comedor a servir las mesas, mi cometido era ayudar a preparar la cena, así que cuando llegaba me ponía bajo el mando de las dos chicas citadas.

Uno de aquellos días me hice el firme propósito de alegrarles un poco la existencia a aquellas dos almas de Dios, así que cuando se dirigían a mí para darme instrucciones, les miraba a los ojos cariñosamente y les sonreía. Estaba segura de que si veían que alguien se interesaba por ellas, que les tenía afecto, cambiarían su taciturna mirada.

Poco a poco la cordialidad, el cariño que les daba, se fue haciendo recíproco, palpaba su amistad. Algunas noches, cuando regresábamos hacia el internado, volvíamos cogidas de la mano. Era reconfortante sentir la tibieza de la piel de otra persona, te daba la certeza de que no estabas sola en el mundo: en aquel mundo-isla en el que habías caído donde sólo se hallaban personas de tu sexo.

Y, ya que nombro el sexo, creo que debo aclarar que aquello que vivía en esos instantes, no era nada relacionado con el sexto mandamiento. Ya hacía muchos meses que (quizás debido a los castigos de más horas de cilicio cuando tenía un mal pensamiento), mi mente estaba tranquila de deseos impuros, podría decirse que, en ese aspecto, me había vuelto "ángel": no me atraían hombres ni mujeres, ni ningún otro ser, no vayáis a pensar que me gustara algún burro, perro, etc... Yo misma estaba asombrada de que no tuviese que luchar con ese pecado. En mi otra vida, en mi vida normal, cuando no conocido todavía al Opus, un simple chiste verde me excitaba placentera y pecaminosamente. Ahora sin embargo, ni aun los recuerdos de aquellas excitaciones me excitaban.

No obstante, la sensualidad transmitida a través del tacto de aquella mano en la mía, aunque no afectaba a mi sexo, sí lo hacía con mi corazón. Era una sensación cálida en el alma, un estremecimiento, una caricia. He de confesar que a veces me imaginaba que, de no haber sido atrapada por el Opus, quizás en esos momentos aquella mano fuese la de Juan o la de Carlos. Ciertamente no había dejado de pensar en ellos. El apretado "plan de vida" con su montón de jaculatorias y demás, no impedía que en alguna ocasión vinieran a mi memoria mis dos amores perdidos. Pero ese amor por ellos continuaba siendo puro, sin deseo carnal.

Necesitaba sentir afecto y lo buscaba también en la señorita Valentina, mi directora de "confidencias". Recuerdo que, cuando no había sitio en los asientos y muchas de nosotras nos acomodábamos en el suelo, procuraba apoyar mi espalda en sus piernas. Creo que la quería como a una madre, por eso también apreciaba su cálido contacto.

Supongo que ella se dio cuenta y movió los hilos que tuviese que mover para dejar de ser mi directora espiritual. No recuerdo el nombre de su sustituta, son muchas las cosas que he olvidado.

Un día llegó un sacerdote eventual que confesaría a toda aquella que tuviese que confesar algo inusual, aquello que no se atreviese a decirle al confesor habitual de la casa.

Yo, que sabía que en el Opus no se podían hacer amistades especiales, pensé que era el momento de confesar aquella falta. Así que, ni corta ni perezosa, pasé a confesarme con aquel cura.

Quizás no me expliqué bien, la verdad es que me daba algo de vergüenza hablar de aquello y lo hice con timidez, pero, la alarmada voz del sacerdote y el interrogatorio que me hizo a continuación, me hizo pensar que había cometido un pecado terrible. Tal vez cuando le hable de nuestras manos, él pensara que éstas las habíamos puesto en algún lugar secreto del cuerpo de la otra. Intuí que podría estarle pasando por la cabeza algo así, pero no sabía como sacarlo de su error, me daba mucha vergüenza tener que hablar de aquellas cosas. Además, Dios conocía la verdad ¿qué más daba lo que él cura pensara de mí?

Pero él se quedo escandalizado. Me pidió que, en el momento en que abandonara el confesionario, subiese a buscar a la directora de la casa y le contase lo mismo que le había dicho a él. ¿Para qué servía un cura especial si no podías mantener con él un secreto de confesión?

Tal como me recomendó el sacerdote, subí al instante al despacho de la directora y le conté el, ridículo, episodio de la mano. Me sentía realmente culpable pues sabía que en la Obra no se pueden hacer amistades especiales entre nosotras, pero, por otro lado, debido a que no sentía deseo carnal por las mujeres, que no había pecado contra el sexto mandamiento, no consideraba que mi falta fuese tan grave como para ir a contársela a la directora. Sin embargo, allí estaba, con un nudo en la garganta que me impedía hablar, intentando explicarle, lo que (ni yo misma sabía bien) había pasado con esas dos chicas del pabellón.

Me hubiese gustado decirle que no pensara mal, que realmente no había ocurrido nada sucio entre nosotras, pero me limité a relatarle los hechos algo confusamente, quizás incoherentemente, últimamente la memoria me estaba gastando malas jugadas, o quizás fue la timidez o el azoramiento de la situación. La cuestión es que me quedó la sensación de que se estaba haciendo una montaña de un grano de arena.

La directora no opinó, ni me preguntó nada. Me escuchó atentamente, dando cabezazos afirmativos y, sin darme un solo consejo, me dijo que volviera a mis ocupaciones.

Aquella misma semana me cambiaron la faena, ya no tuve que ir más al pabellón.

En cuanto a las chicas implicadas en mi tontería, no supe a donde las habían mandado, solo sé que desaparecieron, por unas semanas de la casa. Me imaginé que a ellas, que tampoco habían cometido pecado alguno, tras un interrogatorio que quizás no supiesen a qué se debía, les habría caído una buena reprimenda y un traslado a..., vaya usted a saber donde.

Soledad

Me sentía desamparadamente sola.

No me bastaba con el cariño que me pudiese tener Dios. Necesitaba una sonrisa, una palabra de aliento, un abrazo...

Por aquellos días, comencé a notar unos temblores internos muy desagradables que no podía controlar.

Tuve que ir al despacho de la directora, esta vez, a contarle mi mal estar físico para el que me entregó (sin consultar a médico alguno), una diminuta pastilla que..., quizás me alivió algo.

Luego, comencé a necesitar aquella ayuda que, por otro lado, a la vez que me calmaba, me impedía la concentración en las clases, por lo que todavía me sentía peor.

"Eres una inútil, inútil, inútil..." hubiera dicho mi padre de poder verme en aquella situación. Y, sí, era una inútil. ¿Era yo la misma chica que destacó tanto en su último año de colegio? No, aquello fue una excepción, yo no era más que una "buena para nada".

La comida me daba náuseas y, aunque no lo notara, había empezado a adelgazar.

Una tarde, desesperada por mi continuo temblor, subí nuevamente al despacho de la directora para que me diese la consabida píldora, pero no la localicé. Estaría recibiendo la "confidencia" de alguna de las chicas o señoritas que tuviese encomendadas, o..., la cuestión es que no di con ella y, no podía aguantar más aquel agobiante estado en que me encontraba, así que, como sabía donde guardaba las pastillas, abrí el botiquín y cogí la que se me administraba, ya le daría cuenta de mi acción cuando la viese. ¡Dios, cómo se puso cuando se lo conté! Prometí, sin entender muy bien el motivo, no volver a coger ningún medicamento que no viniera directamente de sus manos o de las de alguna otra señorita.

Me extrañó encontrar al sacerdote en las camarillas

Una mañana, subí corriendo a mi cuartito para coger la disciplina e ir a azotarme al baño (ya que la cortina no aislaba lo suficiente del acto que iba a realizar), y, al entrar en mi camarilla me encontré al sacerdote y a la directora revisando mi armario. Me quedé de piedra ¿Qué buscaban allí? No recuerdo si se me dio alguna explicación. Ese episodio lo había olvidado, pero hace unos meses, recordando aquellos días, afloró a mi mente, y me pareció algo tan extraño que pregunté a los participantes de un foro al que entraba si a alguien le había pasado algo parecido.

Se me dijo que sí, que se hacían revisiones periódicas a los armarios de las chicas porque, comprobando el orden de éstos, adivinaban el orden mental de cada una de ellas.

Malestar físico

Empeoré y decidieron llevarme a una doctora (del Opus, naturalmente), que tenía su consulta en Madrid. Se me dijo que no tenía nada grave, pero que debía tomarme unas pastillas efervescentes, de sabor a naranja, con la comida principal (cuyo olor me repugnaba y no digamos su sabor), y un vaso le leche con galletas a media mañana.

No sé si me sirvió de algo el tratamiento, yo me sentía fatal.

Una noche, cuando llevaba ya unas horas dormida, me despertó un terrible dolor en el abdomen. Cambié de postura; encogí las piernas; las volví a estirar; le pedí, mil veces, ayuda a mi custodio (para ése y otros menesteres se nos había puesto a nuestro lado el invisible ángel, o ¿no?); recé a Dios..., pero nada, el dolor seguía ahí.

Intenté levantarme para ir al lavabo y..., al incorporarme..., un súbito chorro de detrito salió disparado de mi boca yendo a aterrizar en el pavimento de mi alcoba. ¡Qué bochorno, no tenía nada a mano con qué limpiar el maloliente vómito! Me puse a llorar de impotencia.

-¿Te encuentras mal? -preguntó una de mis compañeras de camarilla.
-Sí.

Al momento descorrió un poco mi cortinilla y asomó la cabeza. -¿Qué ha pasado? -dijo al ver el desaguiso.

-No me dio tiempo de ir al lavabo -dije llorosa-, ni siquiera me di cuenta de que fuese a vomitar, fue tan repentino...
-No te preocupes -comentó-, ahora mismo voy a avisar a una señorita.

Al momento apareció la señorita Valentina y se hizo cargo de la situación. Yo estaba abrumada.

-Ahora voy a buscar algo para limpiar esto-, le dije incorporándome.
-No, eso lo haré yo. -Dijo desapareciendo y, al momento llegó con lo necesario para la operación de limpieza.
-Traiga, señorita -dije avergonzada de que una señorita tuviese que limpiar algo tan asqueroso-, ya lo hago yo.
-Tú tranquila -comentó mientras limpiaba-, ahora descansa, y mañana quédate en la cama. Yo tengo que marcharme a Madrid en el primer tren, pero ya le dejaré a la directora una nota.

Cuando las demás chicas acudían a sus ocupaciones, yo respiré tranquila. Ese día podía quedarme en la cama.

No había estado ni un solo día enferma. Si tuve algún catarro, e incluso alguna gripe, se la ofrecía a Dios, como un sacrificio más, y seguí en pie aguantando como una jabata. Pero hoy la señorita Valentina me había dicho que permaneciese en la cama. ¡Cuanto bien me iba hacer aquel reposo! Lo necesitaba, estaba cansada, agotada, extenuada.

Ahora comprendía por qué mandaban a aquellas jóvenes señoritas a descansar a Viaró y otros internados. Quizás me mandasen a mí también un día de éstos. ¡Que bien se estaba en la cama!

"Yo tengo que irme a Madrid pero le dejaré una nota a la directora para que sepa que estás enferma".

Cuando ésta viera lo que la señorita Valentina le comunicaba en el papel, me enviaría a alguien con el desayuno. Me vino a la memoria la escena de la monja trayéndome chocolate caliente, cuando (en aquellos ejercicios espirituales, los primeros, que hice, recomendados y en compañía de doña M. M.), me mareé en la misa.

Nadie me echó de menos y no me trajeron comida

Fue pasando el tiempo y nadie se acercaba a mi alcoba. Oí los ruidos de los enseres del desayuno y me dije que cuando todas acabaran de desayunar, vendrían a traerme el mío.

Tenía mucho hambre, teniendo en cuenta que la cena la había arrojado por la boca aquella madrugada, era de lo más normal estar famélica.

Se extinguieron los ruidos del comedor sin que nadie apareciera por mi cuarto.

Ahora me encontraba más o menos bien. "¿Y si me atreviese a bajar a desayunar?" No, no podía hacer semejante cosa, la obediencia era uno de los tres votos que había que cumplir a rajatabla. Fui al cuarto de baño y bebí agua, estaba claro que aquello sería mi único desayuno de aquel día. ¿Se habría olvidado la señorita Valen de dejar la nota que me nombró? Nadie venía a interesarse por mí. Estábamos acostumbradas a no hacer preguntas, si alguna vez observábamos que faltaba alguien, suponíamos que estaba en otro lugar que le habían asignado aquel día, quizás para unas horas, para unos meses, o para siempre. Me sentí terriblemente sola. Lloré y le ofrecí mi llanto a Dios.

Llegó la hora de la comida y..., como en el desayuno, nadie me echó en falta, nadie se acercó a mi cuarto, nadie me trajo un trozo de pan.

En Viaró, para dejarme pitar, me habían hecho un concienzudo examen médico. A mí y a todas las posibles pitantes. En aquellos análisis se descubrió que M. C. S., por un problema físico ("corazón grande", me dijo la señorita Marta), nunca podría pertenecer a la Obra, al menos como numeraria auxiliar, como agregada podía estudiarse. Pero de momento no le plantearían la vocación.

En la lectura, que, periódica y gradualmente, nos hacían de los estatutos, habían llegado al capítulo donde se dice que no se admiten en la Obra a los homosexuales ni a los enfermos.

No había duda que todas las chicas estábamos fuertes y sanas. Ninguna nos quedábamos en cama por una tontería. Si yo lo estaba ahora, era por obediencia: "No te muevas de la cama ya avisaré etc..." Me levante nuevamente para ir a beber agua, tenía la boca como el estropajo.

Fueron pasando las horas sin que nadie me viniese a ver.

Aquel día la tertulia la hicieron en una parte de la parcela algo alejada de la casa, y en mi entorno sólo se oía el silencio. No sabía que era peor, si aquel silencio o el ruido estremecedor del silbido de los pinos cuando, en invierno, acostada en una de las mesas del piso superior (por lo de la mortificación de dormir un día a la semana en tabla), me impedían dormir con su quejido.

Tampoco me gustaba el ruido que hacía la disciplina cuando pegaba en mi espalda.

Pero el silencio de aquel día de soledad, era abrumador. Estaba empachada de silencio y hambrienta de comida.

No sé en qué momento se percataron de mi ausencia, tal vez hubiese llegado ya la señorita Valentina de Madrid, no lo recuerdo. La cuestión es, que una auxiliar me trajo un vaso lleno de zumo de naranja, que me supo a gloria bendita. Nunca en la vida había tomado algo tan bueno, aunque..., quizás se le podría comparar el bocadillo de jamón que desayuné en aquella visita relámpago a Pamplona, sí, aquel también había sido vivificante.

La naranjada me devolvió al mundo de los vivos. Me pidieron que me vistiera y, algo tambaleante, bajé a reunirme con las chicas de la tertulia.

Nadie preguntó por mi salud. A nadie le habían informado de la causa de mi ausencia. Escuché callada sus diálogos y risas. Dejé que el sol besara mis mejillas. Y, después de la tertulia, me reintegré a mis obligaciones en el planchero. Mientras veía hacer cilicios, pase la plancha por la prenda que tenía en la mesa. Había muchas batas y delantales que planchar.

A pescar

Me llamó la directora a su despacho y me encomendó una nueva tarea. A partir de aquel día iría, dos días a la semana, con otras dos auxiliares, a Segovia.

Cogeríamos el tren en el apeadero que había al otro lado de la carretera, y nos presentaríamos en una escuela dedicada a manualidades y cocina que, con el fin de hacer proselitismo, habían montado en la capital segoviana. Intento recordar el nombre de la casa pero no me viene a la memoria, era algo así como Pedraza, o Pedralves, o... ¿Pedrosa?, desde luego algo relacionado con piedra.

Nuestro cometido era presentarnos en el aula como si fuésemos unas alumnas más. Y, ni debíamos decir que pertenecíamos al Opus, ni ponernos juntas en la clase. Íbamos allí de cebo. Ha hacer amigas a quienes, poco a poco, iríamos poniendo un progresivo plan de vida, y acercaríamos a la Obra.

Teníamos una canción que cantábamos en las tertulias que decía:

En el mar hay peces GORDOS a millares,
tú lo sabes, tú lo sabes,
hay que hundirse entre las aguas sin pesares,
y meterse por las cuevas sin temor.

Cuando ves un pez te pones a su altura,
con soltura, con finura,
le disparas el arpón con puntería,
lo atrapas luego y se acabó.

A mí me gusta la pesca,
pero pesca SUBMARINA,
que perseguir a los peces,
es una cosa divina.

A mí me gusta la pesca,
sin anzuelo y sin sedal,
que eso de esperar que piquen,
no me va, que no me va,
que eso de esperar que piquen,
no me va, que no me va.

Ésa era ahora una de mis labores, atrapar personas para el Opus Dei: "No tiene buen espíritu de la Obra quien no trae , al menos, tres vocaciones al año".

Las alumnas eran chicas humildes, posibles numerarias auxiliares. ¡Claro que no iban solo tras los peces gordos, necesitaban también criadas!

Una tarde, cuando se sortearon los platos que se habían enseñado a hacer y cocinado aquel día, resultó que uno de ellos, un apetitoso guiso hecho en cazuela, fue a parar a las manos de la chica que se sentaba a mi lado. No recuerdo su nombre (¡cuantas cosas he olvidado!), solo sé que aproveché la circunstancia para comenzar la (interesada) amistad que le condujera, cuando estuviese preparada, a pedir la admisión en la Obra.

Todo lo que hablaba con ella debía de transmitírselo a mi directora, la cual me orientaba en como llevar a cabo el proselitismo. La chica, en cuestión, prometía, iba cumpliendo las (en principio), pequeñas normas que le dictaba.

No sé que idea se hacía del Opus Dei, ni siquiera conozco si sabía que la escuela a la que asistía pertenecía a la Obra, por lo que a veces me pregunto por qué me permitía a mí (una chica normal y corriente), que me metiese en su vida espiritual dándole pautas a seguir de índole religioso.

Yo no estaba convencida de lo que estaba haciendo, me parecía un engaño eso de ir introduciendo poco a poco, a aquellas inocentes chicas, en la boca del lobo. Nunca sabrían (hasta que no estuviesen dentro), nada sobre el cilicio; ni la disciplina; ni la tabla; ni el alejamiento de la familia carnal; ni de la soledad; ni de la obediencia ciega; ni de..., tantas otras mortificaciones.

El cebo tapaba el afilado anzuelo que las atraparía en el primer descuido. Recuerdo que se nos dio una charla, referente al proselitismo, en la que se nos instaba a transmitir la ilusión que "sentíamos" de pertenecer a la Obra.

"Si se os ve felices, si trasmitís alegría, muchas querrán pasar a formar parte de vuestra manera de vivir". Lo malo era que para obedecer esa norma, tenía que fingir. Yo no era feliz, no estaba contenta, pero lo disimulaba muy bien a la hora de hablar con mi posible pitante.

Mi directora y yo estábamos tejiendo la tela de araña destinada a la segovianita. Pobre chica, no sabía lo que le esperaba.


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