Cuatro años en el Opus Dei como numeraria auxiliar/Capítulo 5

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4 AÑOS EN EL OPUS DEI COMO NUMERARIA AUXILIAR


Viajes de recreo

Desde Molinoviejo nos llevaron de excursión a Ávila y Toledo (se me hizo una foto con el Alcazar de fondo, en la que estoy sujetando una guitarra que, ni era mía, ni sé tocar), y, en otra ocasión, al Valle de los caídos y al Escorial, pero el paseo dominical era siempre la caminata hasta "La Granja". No me hacía ninguna ilusión ver, cada semana, el mismo trayecto y los mismos árboles que, en el invierno, desmochados y desmembrados de sus ramas, sus copas se asemejaban a desangelados muñones...

Cartas abiertas y leídas

¡Echaba tanto de menos a mis amigos!, sin ellos el recorrido se me hacía lánguidamente aburrido.

Ya no me llegaban cartas de Isabel ni de "Josefa", de todas formas me daba igual, yo tampoco les escribía, no les hubiese podido transmitir mis verdaderos pensamientos, ya que, las cartas que mandaba tenía que entregárselas abiertas a la directora (que las leía antes de enviarlas), y las que recibía, también me las daban leídas.

En cuanto a los libros y revistas, aunque allí no había a nuestro alcance ninguna de estas lecturas, se nos explicó que siempre tendríamos que consultar con la directora todo lo que quisiéramos leer.

Permiso para lavarse el pelo

En aquella casa ya no tenía la media hora para cosas personales de la que disfrutara en Viaró, allí, solo en la tarde de los domingos, siempre y cuando no te tocase guardia, era el único tiempo que podía emplearse para escribir una carta, o, para algo tan necesario como lavarse la cabeza. Operación que, por cierto, no podíamos realizar sin haberle pedido permiso a la directora. Recuerdo que en más de una ocasión no la pude localizar a tiempo, para que me diera ídem de lavármela y tuve que esperar, estoicamente, a la semana siguiente para ver si en ésa tenía más suerte y ella no estaba ocupada. Y, para colmo, yo, como muchas otras, no tenía secador de pelo, y allí el invierno era muy frío y muy largo, por lo que a veces recurría a ponerme debajo de los secadores de la ropa.

Estaban éstos en una sala cerrada y provista de cuerdas, donde siempre había ropa tendida, pero, como se hallaban sujetos del techo, debía de subirme a un taburete, para que su aire me llegara a la cabeza. Si alguien hubiese entrado en aquellos momentos seguro que hubiera estallado en carcajadas: debía de ser todo un número verme haciendo equilibrios entre sábana y sábana u otras ropas.

Tampoco había allí máquinas para sacar brillo a la cera, ahora, como he contado anteriormente, pulíamos el suelo frotando, enérgicamente, con dos bayetas puestas en los pies.

Agobio

El "plan de vida" (rezos, rezos; trabajo, trabajo; estudio, estudio), no me dejaba ni un segundo libre, cualquier contratiempo que me robara un instante, me hacía añicos el apretado horario.

De siete y media a ocho..., de tal a tal..., de diez y cuarto a once: lectura del libro espiritual y jaculatorias; de once a once treinta: clase de religión y jaculatorias; de once treinta a doce: oración mental en el oratorio y jaculatorias; a las doce: el ángelus y jaculatorias; a continuación: ir corriendo a por un abrigo (jaculatorias) y marchar, con otras compañeras, al pabellón de retiros y convivencias; limpiar allí hasta no sé que hora, había que salir con el suficiente tiempo para llegar a la clase de la una; a la una y media, poner la mesa de las señoritas y jaculatorias; a la..., ¡uf!

Por la tarde ídem de ídem, sin descanso, sin tiempo para pensar. Día tras día, semana tras semana, mes tras mes...

"Ayúdame Señor, aparta de mí este cáliz".

Nadie se apiadaba ni sentía pena de los sacrificios que había que hacer para seguir aquel plan de vida, nadie te agradecía nada. Cada cual tenía que ser tan severa consigo misma que, sin quererlo, exigías que las demás lo fueran con ellas mismas, sin que nadie, ni ellas ni tú mereciésemos una sonrisa por los logros conseguidos.

"Dios, ¿de verdad te sirven para algo mis mortificaciones? ¿Te sientes más feliz cuando me ves sufrir porque tú sufriste? ¿Acaso te dolieron menos los azotes que te dieron porque sabías (Tú conoces el futuro) que hoy me azotaría por Ti?".

Necesitaba ver urgentemente resultados. No me sentía feliz dando mi vida por nada, para nada, para nadie. Todo el mundo precisa, en los trabajos arduos, de un aplauso que le estimule a seguir adelante. Pero allí no había recompensas, si rezaba mil jaculatorias, se me pedía que la próxima semana fuesen dos mil, y si (batiendo todos los récords), llegara a cinco mil, se me pedirían diez mil. Era agotador, no había metas.

Además, me parecía aquel un trabajo ¡tan inútil! ¿Para que servían mis mortificaciones? ¿Para qué mis rezos? ¿Morirían menos niños por ellos? ¿Habría menos hambre en el mundo? ¿Más paz?

Una labor inútil

Tiempo después (una vez fuera) me hizo llorar un personaje mitológico representado en dibujos animados. No recuerdo cómo se llamaba, pero en la escena había un griego, dentro de lo que parecía ser el cráter de un volcán, elevando, con mucho esfuerzo y sudor, una enorme piedra circular que, al llegar a la cima, los dioses empujaban de nuevo al precipicio para que él volviese a subirla una y otra vez, y otra, y otra. Eternamente.

Recuerdo que el patente dolor del personaje, sus incesantes quejas, se debían a la comprobación de la inutilidad de su trabajo.

Recordando, la inutilidad del mío durante mis años en el Opus, me emocionó hasta el llanto aquel episodio.

La hacedora de cilicios

En el planchero, mientras unas repasábamos, cosíamos, o planchábamos la ropa, otra numeraria auxiliar, ¿cómo se llamaba...?, sólo recuerdo que era gallega y muy mayor (ella no estaba haciendo el curso de preparación), pertrechada de rollos de alambre y de unos alicates, se dedicaba, con mucha maña, a hacer cilicios.

Había otra numeraria auxiliar, también mayor, aunque no tanto como la anterior, que era la encargada de hacer hostias, lavar a mano, planchar y preparar los manteles y paños del altar, cuidar que las velas estuviesen en perfecto estado, en fin todo lo relacionado con el cuidado del oratorio.

Alguna vez le ayudé en esas tareas y, tanto ella, como la gallega, me parecieron tristes y amargadas. ¿Se habrían dado cuenta de que habían desperdiciado su vida haciendo de criadas (sin sueldo, sin seguridad social y sin aprecio por lo realizado), para unas señoritas que, aunque también padecían lo suyo, serían para siempre sus dueñas?

La pulsera

En Navidad se nos permitió pedir un regalo. Había que hacer una lista con lo que deseáramos, poniendo el objeto preferido en primer lugar y, tras él, el segundo, el tercero etc., en orden de apreciación.

Yo, teniendo en cuenta de que se acercaba la comunión de mi hermana (iba a ser ese año), y conociendo que, a los del Opus, no se nos permitía hacer regalos (recibirlos sí), creí oportuno pedir una pulsera, que pensaba no estrenar, para regalársela a Margarita cuando asistiera a su ceremonia. Me engañé pensando que, como ya no habría que comprarla, admitirían que me desprendiera de ella en favor de mi hermanita. Más tarde comprobé que esa estrategia no me sirvió de nada.

Cómo la puse en el primer lugar de la lista, los Reyes Magos me concedieron la pulsera.

La guardé.

La comunión de Margarita

Pasaron los días y, cuando se acercaba la fecha de la comunión, hablé con la directora contándole que tenía un documento en el que constaba que podía asistir al evento.

Me contestó que no se harían excepciones conmigo. Los del Opus no podíamos asistir a comuniones, bodas, bautizos, reuniones familiares, etc...

-¡Pero, mis padres me dejaron ser de la Obra con la condición de que fuese a esa comunión! -Dije excitada.
-No importa -contestó ella-, las normas son las normas y no se las puede saltar uno a la torera.
-Pero, la señorita Marta dijo...
-No insistas, te digo que no irás, y no irás.

Me fui de allí con la sensación de que alguien me había tomado el pelo.

Aquella noche, lloré hasta quedar dormida. Estaban pisoteándome la pequeña ilusión que había permitido florecer en medio de un desierto carente de todo estímulo. Le negaban el agua a la flor de mi alegría.

No me rendí. Las promesas se cumplen. Yo las estaba cumpliendo toditas, dejándome, para ello, tiras de piel de felicidad en cada púa de las mortificaciones.

Insistí un día, y otro, y otro, y otro... Y lloré en silencio cada noche en mi cuarto. Lloré, lloré, lloré...

Una mañana, me llamó la directora a su cuarto y me comunicó que podría asistir a la comunión de mi hermana acompañada de una señorita. Se me iluminó la cara con una sonrisa, le di las gracias y me fui de su despacho más feliz que un niño en una feria.

Recibir y no dar

Unos días más tarde le comuniqué a la directora que tenía intención de regalarle a mi hermana la pulsera que había pedido a los Magos. Hubiera podido llevársela en secreto, nadie sabía ya de aquella pulsera, jamás se fijaron si lucía o no la joya en mi muñeca. Pero, había que consultarlo todo, era ése el buen espíritu de la Obra, y yo era una buena hija del Padre.

Y, naturalmente, ella me pidió no hacerlo. En vano fue contarle que no habría que comprarla, que era mía y quería dársela a mi hermana como regalo de comunión.

-Tú no tienes nada tuyo -me recordó-, las cosas que usas, incluso esa pulsera, pertenecen a nuestra familia. Ya sabes que somos pobres y los pobres no podemos hacer regalos.

No entendía su postura, la pulsera existía, fuera yo pobre o no, la pulsera ya estaba comprada, entonces..., ¿qué más daba si la llevaba yo o mi hermana? No suponía ningún gasto extra.

Dijo no, y fue no. Y en ésto no me atreví a insistirle demasiado no fuera a ser que perdiera el otro privilegio concedido.

El no regalo

Me presenté en mi casa, mejor dicho, en casa de mis padres, acompañada por (para ellos) una extraña, pero a mi hermana no le importó, lo que ella deseaba era...

-Mira Amapola -me dijo ilusionada-, esta medalla me la ha regalado la abuela Dolores; este anillo: fulanita; este..., y, ahora, me falta tu regalo.

Yo me quedé de mármol. ¿Qué podía decirle?

El banquete se celebró en un restaurante. Pensé en cómo habían cambiado mis padres desde mi comunión, ya no les importaba gastar lo necesario en aquel evento. Tampoco le privaron a mi hermana de los dineros que le dieron cuando, de casa en casa, fue entregando los recordatorios. En su día, los que me dieron en mi comunión los empleó mi madre para comprarse una plancha eléctrica.

Al día siguiente, sintiendo nuevamente la sensación de que mis padres ya me habían dado por perdida, regresamos a Molinoviejo.

La flor de mi antigua ilusión ya había dado su fruto, y ahora ya no quedaban más flores que regar. El panorama que tenía ante mis ojos era árido y estéril.

Dios era para mí algo etéreo y distante, no podía hablar con Él. Mejor dicho, era Él el que no podía hablar conmigo, y yo necesitaba dar amor, estaba ansiosa de poder dar mi cariño a alguien.

Cumpleaños

Llegó el 15 de junio y cumplí 18 años. No se me hizo ninguna fiesta, tampoco tuve regalos, pero ya estaba acostumbrada. Fue un día como otro, no esperaba más. Si lo sentí, si tuve alguna pena, seguro que me sirvió como una mortificación más para ofrecer en aquella jornada, quizás a cambio de ella pude comerme la pieza de fruta que más me apeteciera. O, quizás no la comí tampoco aumentando así el número de mortificaciones.

La almohada de mi cama volvió a empaparse de agua salada y tibia aquella noche.

Algunas tardes, en el tiempo destinado a la tertulia, salíamos a pasear por la parcela que había junto al internado. Un día de aquellos, trajeron un burrito de no sé donde, con el que nos divertimos un rato, y en el que, subida a su lomo, me sacaron una fotografía. En ella (donde aparezco rodeada de unas cuantas compañeras y con la granja de animales detrás), se pueden apreciar los delantales que llevábamos. No bastaba con lucir un uniforme distinto al de las señoritas (ellas llevaban una bata blanca), para recordarnos que éramos criadas. Además del usted entre las de carrera y las que no, nos distinguían nuestros delantales.

Me ponía muy triste pensar que yo siempre tendría que llevar aquella indumentaria. No era para eso para lo que había dejado a mis padres, a mis amigos, y la tienda donde trabajé. Alguien me había engañado, quizás me engañé a mí misma: "me voy para estudiar", ¿por qué no indagué más antes de dar aquel paso?, ¿hubiese tenido capacidad de aprendizaje en el caso de que me hubiesen dado estudios como creí que iban hacer?

"Dios, todo ha desembocado en mi entrega total a Ti. Sin duda Tú lo habrás planeado todo para que sucediera ésto".

Las flores

Cuando pasábamos a limpiar la zona residencial, entre otros cometidos, tenía a mi cargo la limpieza del despacho y la habitación de don Octavio, el sacerdote que venía a nuestro oratorio a celebrar la misa, nos confesaba y, también, nos daba alguna clase.

Además de hacerle la cama, limpiar su aseo, encerar y sacar brillo al suelo, o, igualmente, encerar y sacar brillo a los muebles que eran de estilo castellano, a veces (provista de lija, nogalina y cera), reparaba algún cerco, de la huella de un vaso dejado la mesilla.

Me gustaba que, como se me había enseñado, quedara todo perfecto, ordenado y pulcro, y, una vez acabada la faena, echaba un último vistazo para quedarme satisfecha de la labor cumplida. No obstante..., aquellos muebles tan oscuros..., aquella decoración tan austera..., aquella mortecina luz..., me hizo pensar un día que, en aquel ambiente, faltaba algo..., un toque femenino, algún detalle que alegrará el ánimo en lugar de ensombrecerlo más de lo que la vida de mortificaciones ya le proporcionaba al morador de aquel lugar.

Así que tomé una decisión. No la consulté por no perder mi limitado tiempo en buscar a la directora, de todas formas sabía que ella aprobaría mi idea, al fin y al cabo no iba a costar dinero, no me podría decir: "No, porque somos pobres".

Por la mañana, antes de pasar a la residencia, sacando tiempo de no sé donde, salí al jardín de nuestro lado.

Junto a un gran árbol de hoja perenne, habían brotado unas florecillas de color lila semejantes a las violetas que, si bien carecían de su olor, eran incluso más lindas que éstas.

Me agaché y, con premura, fui cortando las delicadas flores hasta obtener un pequeño ramillete. Luego, con ellas en la mano, volví a la fila de las chicas que esperaban para pasar a limpiar (nadie preguntó nada, vivíamos la discreción hasta el máximo extremo), y, una vez dentro, busqué un vaso, coloqué en él las florecillas y las puse adornando la mesilla del cura.

Quizás fueron dos días, tres..., los que repetí aquella operación, luego fui requerida a la habitación de la directora y se me prohibió radicalmente y sin ninguna explicación que siguiera pasando flores para aquel cuarto. Pensé que quizás se hubiese interpretado mal mi procedimiento. "Tal vez -me dije-, han creído que me había enamorado del sacerdote o algo por el estilo".

En el jardín seguían brotando flores que nadie disfrutaba. Eso me traía a la memoria los ramos que una señorita de Viaró colocaba el los cuartos de las "solo" numerarias; en los pasillos; en las salas...

En primavera o verano ponía rosas, y en otoño e invierno, salía al campo y traía lo que consiguiera por allí. A veces eran ramos de verdes hojas y otras, ramas retorcidas que, bien puestas, conseguían un bonito efecto. No recuerdo el nombre de aquella señorita, pero sí lo feliz que se la veía cuando canturreando, sabe Dios qué canciones, iba por los pasillos con sus adornos florales.

Volví a robarle tiempo a mi apretado "plan de vida" y flores al jardín. Pero esta vez, para adornar los cuartos de las señoritas (en nuestras camarillas, además de ser muchas, no había lugar donde colocarlas). "Que felices se pondrán cuando vean que alguien les ha premiado con un pequeño detalle".

A la señorita Valentina, mi directora de "confidencias", le elegí las mejores: unas aterciopeladas rosas de extraordinario olor e intenso color rojo.

Pero, nuevamente sin explicaciones, se me prohibió seguir con aquella iniciativa.

Deterioro intelectual

La inútil y agobiante rutina cotidiana, comenzó desgarrar mi malogrado ánimo.

No sabía precisar qué me pasaba. Notaba un tembleque interior, un nerviosismo que me impedía concentrarme en las clases o entender todo el contenido de las palabras que me dirigiesen.

En lugar de aprender, estaba desaprendiendo. La ortografía, que no había conseguido perfeccionar en mis interrumpidos años de escuela (durante mi niñez mis padres viajaron, por su oficio, a muchos pueblos), era ahora mi duro caballo de batalla: dudaba de las uves, las haches, y las jotas. No lograba poner las tildes en su sitio. Y, en vez de progresar..., olvidaba, olvidaba...

Mi señorita de "confidencias" me reprendió por no recordar las jaculatorias rezadas.

El elefante rosa

Mis compañeras se rieron un día de mí en una clase, cuando, a la pregunta que me hicieron de: "¿De qué color es un elefante?", pensando en que éste era como un cerdo grande pero con trompa, contesté que el animal era de color de rosa.

"Necia, necia -me dije, una y mil veces-, no sirves para nada, ¿tú eres la que querías estudiar?"

¡Qué razón tenía mi padre cuando me decía que yo era una inútil!

En vano le pedía continuamente a mi "ángel custodio" que me ayudara con la memoria, que me echara una mano para que se me quedara lo que aprendía.

En lugar de aprender: olvidaba, olvidaba...


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