Cuatro años en el Opus Dei como numeraria auxiliar/Capítulo 3

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4 AÑOS EN EL OPUS DEI COMO NUMERARIA AUXILIAR


Plan de vida

Una tarde estábamos en el lavadero, unas cuantas chicas, marcando iniciales en la ropa sucia, cuando llegó Marta y le dijo a P. que se fuese con ella. La muchacha estuvo ausente al rededor de medía hora. Otro día vi que otra señorita se llevaba a M. C. Yo estaba intrigada, pero si les preguntaba solo me decían que habían estado charlando con las señoritas. ¿Por qué se las llevaban si durante ese tiempo no podían realizar sus tareas que, por cierto, recaían en el resto de nosotras? ¿De qué podrían hablar? Estaba deseando que me llamaran a mí para esas extrañas charlas...

"Cuidado con lo que deseas que puede hacerse realidad".

-Amapola, deje lo que está haciendo -me ordenó Marta-, y véngase conmigo.

Todo cambió para mí desde ese instante.

-"Yo no quiero ser monja". -"Nosotras no somos monjas, somos gente corriente que nos santificamos con el trabajo bien hecho".

Recuerdo que nunca encontraba las palabras adecuadas para replicar las suyas. Además las señoritas me pagaban (sí, ganaba 1.300 pesetas, trescientas más que en el comercio de Basape, pero aquí no tenía seguridad social, ni me daban el sueldo, ellas me lo guardaban, descontando de él las cosas de uso personal que les compraba) y , como eran mis patronas, creía que debía obedecerlas en todo, me intimidaban.

Marta me preparó un "plan de vida", así le llamaban a una lista de normas espirituales que había que cumplir puntualmente: Hasta la hora de la misa, rezar el mayor número posible de jaculatorias. A las 8, la misa y la comunión. Luego más jaculatorias. A las 12, el ángelus. A la 1 menos cuarto, un cuarto de hora de lectura piadosa. Más jaculatorias. Por la tarde el rezo del santo rosario. Más jaculatorias. Mortificaciones, como la de no comerse la pieza de fruta que te gusta, eligiendo la que menos te apetece, ducharse con agua fría... Cuidar los detalles pequeños, por ejemplo, agacharse a recoger un papelito del suelo. Ofrecer a Dios el trabajo de cada día. Y ofrecerle también cada dolor o sufrimiento, evitando quejarse de las molestias.

Una vez a la semana nos daban una charla, en el oratorio o en una salita, de cualquier modo cerraban todas las ventanas y apagaban todas las luces, dejando encendida únicamente la del flexo que había en la mesa de la oradora. Cada mes nos preparaban un retiro espiritual.

Debía de confesarme todas las semanas con el sacerdote de la casa y, a la vez, volverme a "confesar", igualmente cada semana (en el día y hora que me habían asignado), con mi directora espiritual.

Una de mis directoras, durante un tiempo, fue la señorita Marisol, hasta que enfermó. Permanecía en la cama durante todo el día. Me dijeron que tenía hepatitis. Quizás sí tuviese esa enfermedad, pero también tenía alguna relacionada con los nervios, porque... Un día, cuando fui a limpiar el despacho de la directora, encontré un boquete en el armario donde guardaba con llave los papeles importantes. Me llamó la atención, pero, por discreción, jamás hubiese preguntado nada al respecto, sin embargo, fue la propia señorita Marta la que me explicó que "Anoche la señorita Marisol se puso nerviosa y me tiró un zapato a la cabeza, me aparté y fue a impactar contra el armario".

Mi dormitorio estaba justo encima de dicho despacho y, ahora que mencionaba aquello, caí en la cuenta de que había oído mucha bulla la noche anterior, pero nunca me hubiese imaginado que aquellas personas que pretendían ser santas, llegaran a perder la cabeza de aquella manera. Por otro lado, ¿como podía un zapato hacer un agujero en un armario? Pienso que a lo sumo, hubiese dejado la marca del impacto antes de rebotar hacia otro lugar. Pero..., ¿por qué iba a mentirme Marta?

Con el tiempo, la señorita Marisol empeoró y la cambiaron de residencia. No obstante, le permitían que viniese a confesarse con el cura de Viaró. Me llamaba mucho la atención aquella venia. Decían que eran pobres y sin embargo, a pesar de que en todas las residencias tienen a un sacerdote, le permitían gastar en los viajes de ida y vuelta, tan solo para confesarse en nuestra casa.

No fue la única cosa que me chocó.

Unos días de ilusión

Antes de la Navidad se me concedieron unos días para viajar a casa de mis padres y la alegría volvió a mi corazón. Planeé el viaje con mucho entusiasmo. Compré un cuento para mi hermanita Margarita, recuerdo que era una historia sobre un conejo que vivía en un hoyo subterráneo y que, de repente, le cayó dentro de su hogar el huevo de una gallina descuidada que había permitido que éste rodara hasta su agujero y..., en fin, una bonita historieta, sabía que le gustaría tanto como el regalo que le mandé, por su sexto cumpleaños, el cuatro septiembre. Si no recuerdo mal creo que fue una balanza con sus pesas y todo.

Como todavía no había pitado, las señoritas me dieron el dinero que había ganado con mi trabajo, que resultaron ser siete mil y pico pesetas. Ese fue todo el capital que me pagaron durante los 4 años que permanecí con ellos, ya que (como contaré), consiguieron que me hiciese del Opus y, a partir de entonces, no me dieron ni un céntimo más. Tampoco pude hacer ningún regalo más, ya que éramos pobres.

En el tren estaba segura de ser la mujer más feliz de todos los vagones, por fin podría ver a mis padres y a mis tres amores: Isabel, Juan y Carlos. ¡Qué ganas tenía de llegar! Cuando me apeé en Micast, desde donde un autobús me llevaría a mi pueblo, el corazón no me cabía en el pecho.

Mis padres se alegraron de verme, sobre todo cuando les entregué todo mi dinero. Pero luego..., hubieron momentos en que pensé que ya se habían acostumbrado a estar sin mí y que casi les molestaba mi presencia. Era un piso muy pequeño para tantas personas. Sesenta metros cuadrados para: mi padre, mi madre, mi abuela, mi hermanita y yo. A mí (después de vivir en la gigantesca casa de Viaró), se me antojaba diminuto.

Durante mi ausencia de allí, había olvidado sus continuas disputas, pero éstas existían, eran el acíbar que amargaba todos los otros dulzores.

Fui a casa de Isabel y le di la sorpresa de mi llegada. Cuando salió de su asombro, nos abrazamos ilusionadas. Luego le conté algunas cosas de mi nueva vida y, por último, quedamos para vernos y salir el domingo. Recuerdo que ese día, paseábamos por el coso en compañía de su cuñada Rufina y de Juan, cuando acertó a pasar por allí Carlos. El corazón me dio un vuelco. Recordaba que Juan había trabajado con él en un taller, así que le sugerí que lo invitara a ir con nosotros a casa de Rufina, ya que, estábamos planeando ir a bailar allí. Pienso ahora que a Juan no le gustó mucho mi petición, pero, de todas formas, se acercó al muchacho y le pidió que nos acompañara.

Hacía demasiado tiempo que yo no hablaba con él, creo que desde el día en que le reclamé un anillo de plata que le había prestado, con la romántica intención de que me lo devolviese después de haber estado una temporada en su poder, y, cuando se lo pedí me dijo que ya no lo tenía, por lo que me enfadé bastante. Ni siquiera me despedí de él cuando me fui a "estudiar". Cierto que no tuve oportunidad de hacerlo, el chico ya no trabajaba en mi calle y, nuestra falta de comunicación, impedía que fuera a buscarlo para comunicarle lo del viaje. Ya en casa de la cuñada de mi amiga, comprendí que había cometido un error al invitarlo. No le vi ningún interés por sacarme a bailar, creo que ni siquiera hablamos. Lo achaqué a su timidez. Y Juan..., si no hubiese estado Carlos tal vez se hubiera atrevido a bailar conmigo alguna pieza, pero..., ¿había herido sus sentimientos? Quizás fuera por mi forma de vestir, por mi recatamiento, por mi ñoñería... Suerte que en aquel guateque había otro chico. Fue él el que me acompañó a casa cuando decidí marcharme.

¡Todos aquellos meses pensando en mis amores...! ¿Tanto había cambiado? ¿En qué se habían convertido aquellos sueños míos tan románticos?

Vuelta a mi futuro

Antes de regresar a Viaró, aproveché para ir a la peluquería y arreglarme el pelo. Sin embargo, la peluquera no logró, con aquel moderno y bonito peinado, iluminarme el rostro. Mis ojos estaban tristes, algo dentro de mí minaba mi alegría.

Al día siguiente, el tren me devolvió a mi futuro.

Llegué la víspera de año Nuevo y pude celebrar con mis compañeras el cambio de año. Recuerdo que aquella noche, durante la cena, bebimos champán y, no sé por qué, Rosa vertió su copa en mi cabello arruinándome el peinado. "Hay que poner la otra mejilla", pensé, y no derramé la mía en el suyo. "Tienes sangre de horchata", hubiese dicho mi padre.

Debía pasar a servirles la cena a los numerarios, por lo que no me daba tiempo de lavarme la cabeza, aún así hice lo que pude para salir airosa de aquel trance.

Pero, aquella noche, me compadecí muchísimo de mi misma. No sería la primera vez. Hasta hoy, recordándome, me compadezco de aquella niña que fui.

A las 12 comenzó el año 1967. Nada que celebrar. ¿Habría alguien en ese instante que estuviese pensando en mí? ¿Me quería alguna persona? ¿Dios sí lo estaba haciendo? "Dios sí me quiere, así que qué más da si los demás me olvidan".

Me dormí llorando.

Sin saberlo, aquellos acontecimientos estaban siendo el arado y la semilla de mi vocación.

La visita de mis tíos

Una hermana de mi madre, vivía en Granollers, población cercana a San Cugat del Vallés, así que una tarde, ella, su esposo y mis primos: Rosa Mari y Jesús, vinieron a verme.

Por la expresión de la cara de Ana, la subdirectora, cuando me comunicó que mis tíos habían llegado sorpresíbamente a verme, interpreté que éstos no eran bien recibidos. No era habitual que alguien de nosotras recibiese visitas de sus familiares.

Se me permitió verlos en la salita que hay junto a la puerta de entrada, y, desde luego, ellos no pudieron pasar de allí. Yo, por mi parte, al creer que mis tíos eran un incordio para las señoritas, mis jefas, me porté con ellos algo distante. De todas formas, no tenía muchos temas de conversación con los que entretenerlos, así que no les quedaron ganas de volver a visitarme.

Excursiones

Aquel encierro de internado sólo se interrumpía con los paseos dominicales por la carretera y con, eso sí que era divertido, alguna excursión como la que hicimos a la montaña de Montserrat. Recuerdo que, gran parte del camino de ascenso, lo realizamos a pie por una escalera que no tenía fin. Suerte que, una vez arriba, repusimos nuestras extenuadas fuerzas con un queso tierno empapado en miel, que nos vendió una mujer que había allí.

También nos llevaron, en alguna ocasión (creo que no pasaron de dos), a Llar, una casa de..., como la llamaría, de caza y captura de chicas estudiantes; donde disponían de un salón de proyección de películas. A mí me parecía abusivo el precio que nos cobraban por ver una peli, sobre todo porque no nos daban opción a asistir a otros cines, tampoco podíamos elegir el día: "Hoy como es domingo me voy a Llar a ver una película", no, eran ellas las que nos decían: "Esta tarde iremos a Llar a ver tal película".

Acostumbrada como estaba a no pagar más de un duro por ver una sesión doble en un cine de Basape, me parecía un robo el pase para aquella sala. En estos momentos no recuerdo cuanto era el importe, pero sí que me parecía carísimo, por lo que creo que costaría mucho. Además, en una ocasión... Nos habían llevado a ver una película sobre la muerte de Jesucristo, no recuerdo el título, sólo sé que era en blanco y negro; no por que fuese antigua, sino porque el director había tomado esa opción para darle más..., he olvidado lo que argumentaron, más realismo o algo así. Se habían rodado las escenas en lugares resecos y pedregosos, y el argumento me parecía poco atractivo, por lo que, como tenía a la señorita Marta sentada junto a mí, le comenté, varias veces, que no valía la pena haberse gastado el dinero de la entrada para ver semejante rollo. Ella se molestó, se molestó tanto que me pidió que abandonase el cine; cogiese el tren de cercanías con el dinero que me puso en la mano; me presentara en Viaró; y comenzase a preparar la cena.

Totalmente injusto. Yo había pagado mi entrada, así que nadie tenía derecho a (aunque protestara), impedirme permanecer en el salón, como mucho, se me podía haber pedido que no hiciese comentarios. Además, si el resto de las chicas disfrutaban de aquellas horas libres ¿por qué se me mandaba a mí a trabajar?

Sencillamente se me estaba dando una lección de hipocresía, tendría que haber dicho que la película era maravillosa.

En la charlas, confesiones, homilías, retiros, tertulias, etc., se exponían unos ideales que a veces veía como contradecían ellas mismas.

Contradicciones

Recuerdo que en una ocasión, llegaron a nuestra parte de la casa, un grupo de chicas (desconozco si eran numerarias, criadas, o posibles pitantes), para hacer un día de retiro. Cuando llegó la hora de la comida, ésta se les sirvió en el aula donde se nos daba las clases. Bien, pues a la hora de saldar el gasto alimenticio, hubo un rifirrafe entre la directora de Viaró y la encargada de aquel retiro espiritual, increíble de encajar en el espíritu de la Obra. ¿No se suponía que eran "hermanas"? ¿No estaba ya estipulado en cada casa el gasto del cubierto? ¿Por qué se quejaban las visitantes de precio excesivo?

Para colmo, cuando ya se habían marchado, la señorita Marta comentó conmigo aquel desacuerdo con las del retiro. ¿Dónde estaba su discreción? ¿Dónde su caridad? ¿Por qué una persona como ella criticaba a sus correligionarias? Si yo, una persona que todavía no pertenecía a la Obra, cuidaba con especial esmero todas sus enseñanzas piadosas ¿por qué ella, una directora del Opus Dei, no ponía en practica sus propias lecciones?

Mentiras

Había otra cosa que me intrigaba: la chica de la centralita tenía permitido mentir.

En muchas ocasiones, aún sabiendo que la persona (por la que venían a preguntar, o requerían por teléfono), estaba en casa, debía de coraborar la mentira de dicha persona, diciendo que se encontraba ausente. ¿Dónde estaba la "sinceridad salvaje" de la que hacían gala?, ¿dónde la honradez?

Otra cosa chocante, para mí, era la hoguera que me hacían hacer, en la parcela destinada a un futuro jardín. En dicha hoguera, además de quemar el contenido de los contenedores de los cuartos de aseo de las señoritas, se incineraban también unos papeles que, previamente, había hecho añicos la directora.

¿Qué habría escrito en aquellos documentos? ¿Por qué se deshacían de ellos de aquella manera?

Datos de las empleadas

Un día, cuando fui a hacer la limpieza de la habitación de la subdirectora, me llamó la atención ver la foto de una de las cocinera del pabellón del comedor autoservicio del colegio. Dicho comedor, destinado a los alumnos, no era de nuestra incumbencia, lo atendían personas externas, pero, en alguna ocasión me habían mandado a llevar o traer alguna cosa, y conocía a las cocineras. La foto que menciono estaba sujeta con un clip a unos folios en los que se detallaba la vida y milagros de la persona del retrato. ¿Para qué necesitaban tantos datos de una empleada?

Olvidada

A medida que pasaban los días me iba sintiendo más y más sola, las cartas de mis padres se espaciaban más de lo deseado, y mi amiga Isabel..., bueno, ella seguro que se acordaba de mí pero seguramente tendría muchas cosas que hacer.

Ahora era mi directora espiritual mi única confidente, no en vano se le llamaba "confidencias" a ese rato de diálogo semanal que se me había "impuesto", con mi consentimiento, naturalmente.

Necesitaba sentirme apreciada, así que pensé que si me hacía de la Obra, todas ellas me considerarían su hermana y me darían ese afecto que estaba necesitando. Era muy triste sentirse olvidada por todos tus seres queridos.

Sin saberlo, desde la primera "confidencia", habían estado sembrando en mí la vocación. Con el tiempo descubrí que aquella casa, como todas las suyas, estaba destinada para hacer proselitismo. Pero entonces desconocía muchas cosas, demasiadas.

Y..., PITÉ

Una mañana (después de uno de aquellos retiros espirituales mensual, en el que se nos había insistido que, ya que Jesucristo había dado la vida por nosotros, nuestro deber era hacer otro tanto por Él), decidí que ya era hora de pedir mi admisión en la Obra.

Además del sacerdote, mi directora de "confidencias" me había estado presionando lo indecible para conseguir aquel resultado y, por fin podrían conglaturarse por su pesca.

Yo soy una persona de palabra, me puede costar dar el sí, pero una vez que sale de mi boca, cumplo con lo prometido aunque me deje la vida el ello.

Creo que aquello fue pera mí como una especie de suicidio, sabía que a partir de aquel día no tendría que pensar jamás en los chicos, ni en formar una familia, ni ser libre para decidir, bueno, esto último todavía no había tenido oportunidad de experimentarlo. Nunca había sido libre, primero debía hacer lo que mis padres querían y ahora debería hacer lo que los del Opus quisieran. En cuanto a los chicos..., nadie me había dado un beso de amor, si he de decir la verdad, como en el cine cortaban esas escenas y en la vida real nadie se besaba por la calle, los besos en la boca eran totalmente desconocidos para mí, no me había percatado de que existieran.

Era un suicidio porque sabía que aquello no tenía vuelta atrás, había dado mi palabra y ya no me podría arrepentir.

F. U., C. B. y Pilar Masmiquel, vinieron a abrazarme llenas de alegría. Fue entonces cuando me enteré de que (aunque lo llevaban en secreto, cosa que a mí también se me había pedido), ellas eran igualmente de la Obra.

"Ahora llevas el farolillo rojo", me dijo la señorita Marta. "¿Qué es eso?", pregunté. "Es el recordatorio de que tenemos que vigilarte constantemente porque tu vocación es recién nacida y necesita de nuestros cuidados. Pero también es una carga que debes pasar cuanto antes a la vocación nueva que tú consigas para la Obra. El Padre pide que cada una de sus hijas le consiga, por lo menos, tres vocaciones anuales".

Una vez escrita la carta al Padre, pidiéndole que me admitiera en su Obra, mi "plan de vida" fue aumentado considerablemente. Ahora tenía que rezar diariamente unas preces en latín que leía en una octavilla doblada, de color amarillo, que me dieron; rezar más jaculatorias; asistir a una reunión a la que llamaban "Circulo"; hacer la "corrección fraternal" a mis hermanas, etc., y lo más doloroso: llevar dos horas al día el cilicio. "La disciplina" te las darán en tu centro de estudios², me dijo mi directora.

CILICIO: Cadenillas de hierro con puntas, ceñida al cuerpo junto a la carne, que para mortificación usan algunas personas.

DISCIPLINA: Instrumento, hecho ordinariamente de cáñamo, con varios ramales, cuyos extremos o canelones son más gruesos, y sirve para azotar.



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