Cuatro años en el Opus Dei como numeraria auxiliar/Capítulo 2

From Opus Dei info
Jump to navigationJump to search

4 AÑOS EN EL OPUS DEI COMO NUMERARIA AUXILIAR


Los primeros días

Los primeros días fueron sólo de trabajo, trabajo y más trabajo. Éramos muy pocas chicas (luego fue llegando alguna más), y la tarea era infinita. Me hacían madrugar como nunca lo había hecho en mi vida, y acostarme muy tarde.

No tenía día libre y, para lavar mis cosas, o escribir una carta, o lo que fuese, me concedían tan solo lo que llamaban "media hora de personales". Ah, y no tenía SEGURIDAD SOCIAL...

Mis primeras compañeras eran de un pueblo de Gerona, aunque solo me acuerdo del nombre de una de ellas, se llamaba Pilar Masmiquel. Recuerdo que a una paisana suya, le sentaba mal beber leche, o no le gustaba, pero, las "señoritas" la obligaron a que la bebiera cada día.

De Basape sólo estábamos F. U. (que se portaba como si no fuese amiga mía), y yo, pero unos días más tarde llegaron algunas más pero no todas se quedaban, ya que cuando las tanteaban y veían que no tenían vocación, o que no estaban sanas..., no se qué les decían pero se largaban a sus casas. Así que, unas se iban y venían otras. También acudían a trabajar unas cuantas chicas externas, a las que envidiaba porque cada tarde podían volver a sus hogares y los domingos no tenían que venir.

LOS DOMINGOS, ¡Dios mío, qué tristeza me entraba, los domingos y días de fiesta, recordando a mis amigos! Para variar un poco del resto de la semana, cuando llegaba un día festivo, nos sacaban en grupo (acompañadas de una señorita), a pasear por una solitaria carretera. ¡Qué aburrido era dialogar sólo con chicas!, no veíamos a un muchacho ni por equivocación.

¡Qué locura había cometido abandonando mi ciudad precisamente en los momentos en que empezaba a sonreírme la vida!

Mi alma languidecía pero, ni por un momento me planteé regresar a mi casa, ¿qué hubieran dicho de mi comportamiento mis padres?, sin duda me hubiesen llamado "culo de mal asiento", de ninguna manera podía volverme atrás. Necesitaba madurar, hacerme fuerte, no podía comportarme como una mocosa a la que la primera contrariedad le hace abandonar la empresa comenzada y regresa llorando a los brazos de su madre. No, no me rendiría, ahora ya era mayor, ya tenía quince años, ya no era una niña.

Las asignaturas

Cuando comenzaron las esperadas clases, comprendí que no eran lo que yo andaba buscando. El nivel de las asignaturas que nos impartían era más bajo que el de los conocimientos que adquirí en la escuela. Además, la mayor parte del tiempo dedicado a nuestra formación, se cubría con clases de religión, de cocina, de limpieza y mantenimiento de los muebles, de maneras de colocar apropiadamente los platos y cubiertos en una mesa, de la forma correcta de presentarle al comensal la bandeja con la comida, de como retirarle a dicho comensal los platos usados, etc...

Descripción del internado donde me había metido

En el internado de Viaró (que, como he contado, era de reciente construcción y habíamos inaugurado nosotras), no dormíamos en camarillas (pero dos años más tarde me mandarían a Molinoviejo, donde sí las había). En lugar de éstas, se habían dispuesto unas mini habitaciones ¡con ventana!, aunque por supuesto, éstas, no daba a la calle, sino, unas al jardín, y otras a una luna del edificio. Dicho edificio se encontraba ubicado en medio de una gran parcela, y ésta a su vez estaba rodeada por una tapia lo suficientemente alta como para no poder ver el exterior (campo y carretera), que lo circundaba.

Además de la ventana, lo que diferenciaba a estas habitaciones de las camarillas, era su puerta de madera y su luz individual. Por lo demás, también tenían como cama un somier, empotrado de pared a pared, con un colchón encima. No había en ellas más muebles que un pequeño armario, y, como mesa, un mármol redondeado, adherido a la pared, debajo de la ventana. Los waters, lavabos, bidés y duchas estaban en una gran sala al final del pasillo.

Las señoritas, cuyas habitaciones estaban en la planta baja, no carecían de baño completo, ni de mesa escritorio, ni de cama, aunque he de decir que (para mortificarse), ésta no tenía colchón sino una simple tabla de madera. Ya hablaré de las mortificaciones, rezos y otras excentridades de aquellas personas que, aunque presumían de ser gente corriente, LO ÚNICO CORRIENTE QUE TENÍAN ERA EL AGUA QUE SALÍA POR LOS GRIFOS, "dime de qué te alabas y te diré de que careces".

Aquella casa (administración) era descomunal, recuerdo que en la segunda planta había un pasillo embaldosado con gressite en tonos blancos, tan inmenso, que cuando lo fregábamos -de rodillas, con cepillo y jabón-, nos colocábamos tres chicas en hilera horizontal, para abarcar su anchura.

Me llamaba la atención que en la puerta del despacho de la directora hubiese un semáforo para indicar cuando estaba ocupada charlando con otras señoritas, o con alguna chica. También me admiró el almacén de suministros de aquella casa, había allí más alimentos que en algunas tiendas de mi barrio. Y lo que más me sorprendió fue descubrir que, aunque la vivienda era de reciente construcción, tuviese un pasadizo secreto.

El pasadizo

Durante mucho tiempo, me intrigó saber qué habría tras la bien cerrada puerta de aquel sótano, hasta que un día, sin que se lo hubiésemos pedido, la señorita Marta nos condujo (a las que ya habíamos pitado), hasta aquel lugar y abrió el acceso a un pasillo, de tierra, largo, largo, largo..., tan largo que nos dimos la vuelta sin llegar al final del mismo. Se trataba de un pasadizo secreto.

Yo me pregunté que para qué necesitarían unas "personas normales" un pasadizo como aquel. ¿Tantos enemigos tenían?

Ocupaciones

No recuerdo la hora, pero me imagino que nos levantaban a las 7 de la mañana, ya que a las 8 teníamos la santa misa diaria y, antes de asistir a ella, ya nos habíamos hecho la cama, nos habíamos duchado y aseado, y, mientras unas preparaban los desayunos de los numerarios, otras, pasábamos a limpiarles las dependencias de la parte inferior (durante este tiempo, ellos tenían prohibido bajar a esta planta).

Luego acudíamos "voluntariamente" a misa, comulgábamos y, por fin (qué hambre tenía a esas horas), íbamos a nuestro comedor a desayunar. A continuación comenzábamos los trabajos que se nos habían encomendado.

Yo, por ejemplo, debía asear las habitaciones de las señoritas y, luego, con una enceradora, sacarle brillo al vestíbulo (no sabía el lujo que era disponer de aquella máquina, me enteré de ello -dos años más tarde-, en Molinoviejo cuando, para sacarle brillo a las baldosas, tenía que utilizar dos bayetas de lana y la fuerza de mis pies). Naturalmente, antes de pulirlo, previamente lo había encerado de rodillas (la enceradora, que también podía realizar esa tarea, no les gustaba a las señoritas, pues, debido a que sus cepillos eran circulares, no llegaba bien a los rincones). Suerte que la cera no tenía que extenderla diariamente, me bastaba pasar la enceradora para mantener el suelo brillante durante..., por lo menos una semana. Menos mal, porque el vestíbulo era más grande que todo el piso de mis padres.

Después ayudaba en la cocina, comíamos, y, como la tarea de servirles la mesa a los numerarios se me había encargado a mí, iba a mi habitación a cambiar mi uniforme por otro de color negro, al que le añadía un delantal blanco con puntillas, y una cofia.

Por la tarde se nos daba alguna clase, y luego acudíamos al planchero, o al lavadero.

A la hora de la cena volvía a servirle la mesa a los señores. Y, después de recoger, teníamos que asistir a una tertulia con las señoritas, donde, en alguna ocasión, encendían la televisión.

Entre unas cosas y otras, creo que nos acostábamos alrededor de las 12 de la noche. Así que por las mañanas, cuando sonaba el artilugio-timbre que habían colocado en todas nuestras habitaciones, me levantaba más zumbada que un zombi.

Las tareas encomendadas eran rotatorias. De vez en cuando se nos reunía y se nos leían los cambios de ocupación. Recuerdo que una de las mías fue, durante mucho tiempo, el mantener limpios los sótanos, asear y reponer de productos los cuartitos de la limpieza, y fregar los cubos de basura, los cuales, por cierto, debía de forrar con papeles de periódico.

Pasaba mucho tiempo en solitario fregando las alargadas baldosas rojas de los pasillos de aquel sótano, pero me entretenía cantando a grito pelado. Me gustaba cantar, en mi periodo escolar gané un troféo con un Villancico, por eso en alguna ocasión pensaba: "Quizás entre los señores del otro lado haya alguno que se dedique a buscar artistas y, si me escucha, igual me propone hacer una película del estilo de las de Rocío Durcal o Marisol". Qué ignorante era.

Cierto es que todavía no me había dado cuenta de donde me había metido. Ana, la subdirectora, se hartaba de decirme que no cantara, pero yo, obedecía su petición hasta que ésta se me olvidaba por completo. Había tantas cosas que no quería recordar..., y cantando, simplemente no pensaba en ellas.

En uno de aquellos cambios de tarea, se me trasladó al planchero. Había allí un tocadiscos y alguien trajo un disco con el Tema de Lara de Doctor Zibago ¡Cómo me hubiese gustado poder escuchar aquel tema en compañía de Carlos o de Juan! ¡Qué romántica era aquella melodía! ¡Qué bonita!

Marcar, con aguja e hilo, la ropa sucia

En el lavadero, había una tarea que todas odiábamos, pero que hacíamos sin protestar: Cuando llegaban tandas de numerarios (solía ser en verano), para hacer ejercicios espirituales o convivencias, su ropa sucia que acompañaban con un papel con las iniciales, teníamos que semibordarlas, para reconocer las prendas de cada cual una vez limpias. No podéis imaginar lo duro que era introducir, varias veces, la aguja y el hilo en aquellos calcetines, o slip sudados.

Las añoradas cartas

El único contacto que tenía con mi familia y mi amiga Isabel era la correspondencia (jamás me llamaron por teléfono). Pero ello, debido a que no había cambiado su modo de vivir, su día a día. Desconocían la urgencia, la ansiedad con que esperaba sus cartas y se demoraban demasiado en contestar las mías, no sabían que sus letras eran mi mayor ilusión de aquellos momentos.

Recuerdo que cuando el cartero entregaba el correo, hubiese deseado dejar la tarea que estuviese realizando para ir corriendo a ver si, entre el montón recibido, había una carta para mí. Pero eso lo teníamos rigurosamente prohibido. Las cartas se nos daban durante la tertulia de la tarde o (lo que era peor), la de la noche.

¡Cuántas desilusiones! Me pasaba la mañana pensando: "hoy me escribirá Isabel, seguro que recibo noticias suyas", o "ya hace más de un mes que escribí a mis padres, así que hoy tengo que tener una carta suya, seguro, seguro que hoy dirán mi nombre a la hora de repartir el correo". Sin embargo, casi siempre obviaban mi nombre en la distribución de aquellos tesoros.

Pero un día me llevé una grata sorpresa. La señorita Marta estaba leyendo los nombres de las destinatarias: Conchita..., Pilar..., Mari Carmen..., Amapola... "¡Dios, alguien me ha escrito!", pensé dando un bote y alargando la mano hasta alcanzar el premio. Miré automáticamente el remite: Juana. Mi madre se llama Juana, pero nunca ponía su nombre en el remite sino el de mi padre, el cabeza de familia, por otro lado, aquella no era su letra.

Rasgué nerviosa el sobre y me deleité con la bonita caligrafía de la remitente, mejor dicho, del remitente, ya me había dado cuenta de quién era el tal "Juana". Mi corazón rebosaba alegría. Estaba allí aislada, encerrada, forzada a trabajar duramente, pero, en esos momentos, aquel pedazo de papel en el que Juan me había transmitido sus pensamientos, me hacía la mujer más feliz del mundo. Me contaba que me echaba de menos, que se acordaba mucho de mí, y..., las suficientes cosas como para llenar cuatro carillas.

Fueron muchos los días en que leí aquella misiva, quizás hasta que recibí su segunda y última carta (que también releí infinitamente), tras ésta, no hubieron otras de "Juana". El mundo en el exterior no se detenía y Juan era un apuesto joven, y había cantidad de chicas a su alcance. Lo dicho: ¡Cuántas desilusiones! Isabel me mandó una foto acompañada de sus nuevas amigas.

Las fiestas de Basape

En Basape se celebran las fiestas patronales del 4 al 8 de septiembre. Mi añoranza, a esas alturas, ocupaba toda la cavidad de mi pecho. No se podía sentir más dolor. Era como si se me hubiese introducido un roedor en el estómago. Por aquellos días me puse a recordar las fiestas del año en que había conocido a Juan. En esa época aún no sabía su nombre y entre mis amistades me refería a él por su apellido, que una compañera me había comunicado: Gil.

Bien, pues una tarde, me encontraba en la carpa de los coches de choque, viendo como se divertían los muchachos que disponían de dinero para montarse en un coche de aquellos, cuando de pronto vi venir a Gil hacia aquella feria. Subió el escalón metálico de la atracción donde me encontraba y me miró sin decir nada. Me percaté de que llevaba un descomunal helado de los que se les llamaba 'corte' porque los cortaban de una barra de nata, de chocolate, de vainilla, etc., y te los daban emparedados en dos galletas cuadradas. Podía ser éste del tamaño de un corte, de dos o de diversos cortes, según el dinero que quisieras o pudieras gastar. El de Gil, de ser más grande, no lo hubiese podido abarcar con su gran mano.

Vi que aquello era una buena excusa para iniciar un diálogo con el muchacho, así que me acerqué a él -¡No había visto un helado así, tan inmenso!, -dije señalando su manjar.

-¿Quieres un poco? -Dijo él.
-Oh, no, no gracias.

Creo que ya no hablamos más. Después, no sé si se fue él o si me fui yo, aunque sospecho que ninguno de los dos quería hacerlo. Pero así eran las cosas en aquella época: "los chicos con los chicos, y las chicas con las chicas".

Aquel día había sido muy feliz: ¡Lo había visto!, ¡Él se había percatado de mi presencia!, ¡Nos habíamos dirigido la palabra! ¿Estaría pensando él en mí como yo estaba pensando en él? ¿Habría dibujado algún corazón con nuestras iniciales?: G x A. ¿Conocía mi nombre para poder hacerlo?

Ahora, mientras recordaba aquellas fiestas y aquellas sensaciones, me entraban ganas de llorar. Este año todo iba a ser distinto, no vería a Juan, ni a su prima y amiga mía Isabel, ni a mi añorado Carlos. Cuatro, cinco, seis, siete y ocho de septiembre, cuatro días de morriña. No, no sólo cuatro, la pena se extendió, todos los días rojos del calendario se habían vuelto negros. Daba igual un día que otro, ninguno era festivo, había que trabajar diariamente. Alguien había manipulado los mandatos de Dios: "Y el domingo se hizo para descansar".

Es verdad que un poco se variaba en los días de fiesta. En éstos paseábamos por una aburrida carretera, vigiladas y acompañadas por una señorita. Tampoco se nos daba clases. Pero igual había que limpiar, hacer la comida, fregar los platos, asistir a misa y comulgar como todos los días.

El descanso de las señoritas

No recuero cuantas señoritas había en la casa. Sé que estaban: el triunvirato compuesto por la directora, la subdirectora y la secretaria, pero, a parte de éstas y una que se llamaba Marisol, no consigo recordar quienes eran las otras, ni su número. Claro que teniendo en cuenta que algunas venían solo a descansar y después de unos días regresaban a su residencia..., es dificil, después de tantos años, precisar ese dato.

Había una cosa que me chocaba extraordinariamente: ¿Cómo podía ser que siendo, la mayoría de las señoritas, unas chicas tan jóvenes (y, teniendo en cuenta que la faena dura la realizábamos nosotras, sus criadas), pudieran cansarse tanto como para necesitar venir a reposar por unos días?

También me llamaba la atención observar que en su comedor hubiese un casillero para sus medicinas; cada cual tenía su dosis de pastillas ¿Es que estaban todas enfermas?


Capítulo anterior Índice del libro Capítulo siguiente
Capítulo 1 Cuatro años en el Opus Dei como numeraria auxiliar Capítulo 3