Cuatro años en el Opus Dei como numeraria auxiliar/Capítulo 1

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4 AÑOS EN EL OPUS DEI COMO NUMERARIA AUXILIAR


Tras escribir "El día a día de una numeraria auxiliar", han sido muchas las personas que se han interesado en saber más cosas sobre mi historia dentro de la Obra, por lo que he decidido (cambiando mi nombre por el de Amapola; el del pueblo donde vivía por el de Basape; y el de algunos amigos y compañeras por el de sus iniciales), intentar relatar lo que viví.


La ilusión de poder seguir estudiando

Cuando cumplí 14 años (justo cuando empezaba a entender lo que se me enseñaba, cuando prestaba atención, cuando no me costaba trabajo asistir a la escuela), mis padres decidieron, por mí, que debía dejar de estudiar y me colocaron en una tienda de ropa y otros artículos.

Un día, cuando llevaba nueve meses en ese establecimiento, la cajera me envió a un banco cercano, como otras muchas veces, a conseguir cambio monetario. Fue allí donde me encontré a F. U., una vecina mía, un año menor que yo, que me contó que se iba a Barcelona, pues la directora de la escuela donde habíamos estudiado le había conseguido un lugar donde, por limpiar la residencia de unas señoritas, le darían estudios...

-¿De verdad que no tendrás que pagar nada?
-Claro que no, al contrario, ellas me pagarán a mí.
-¡¿Sí?! -exclamé asombrada. -¿Crees que me admitirán a mí también en esa residencia?
-No lo sé, habla con doña M. M. -dijo-, ella es la que me ha buscado ese trabajo.

Primero convencí a mis padres y luego subí al colegio con una desmedida ilusión latiéndome en el pecho. No fue dificil conseguir un puesto en aquel desconocido y fantaseado lugar. Todo fue fácil. Mis padres no indagaron, yo, que estaba a punto de cumplir quince años, no indagué, y doña M. M. no sé si indagó, pero desde luego no me puso al corriente de que no eran nada corrientes las personas a las que les iba a confiar mi ignorancia.

Una tarde de aquellas de la ilusión, me encontré a C. S. (otra vecina y amiga mía), y le transmití mi entusiasmo de tal forma que, automáticamente, se apuntó a venir conmigo al "país de jauja". Así que cuando, Marta Sevilla, la directora del lugar a donde íbamos a ir, vino a buscar a F. U., nos prometió que unos días más tarde nos vendría a recoger. Regresó a por nosotras el 20 de junio de 1966. Recuerdo la fecha exacta porque sólo hacía cinco días que había cumplido 15 años.

C. S., dos días antes, se echo para atrás (¡ojalá hubiese echo yo lo mismo!), por lo que Marta, que venía a por dos peces, sólo pudo llevarse uno. ¡Que Dios perdone a esa pescadora ("A mí me gusta le pesca, pero pesca SUBMARINA, que perseguir a los peces, es una cosa divina...", con el tiempo me enseñarían estas estrofas y el resto de la canción), a ella y a toda su dañina secta!

El viaje

Un autobús nos llevó a Micast y allí tomamos un tren que nos conduciría a Barcelona. Yo, hasta entonces, siempre había viajado en ferrocarriles de duros asientos de madera, pero Marta, sin duda, debía de ser una mujer rica, pues pudo costearnos unos mullidos y cómodos pasajes en el Talgo y, en el año 66, eso era un verdadero lujo. Durante el trayecto me pidió que cuando fuese a llamarla o mencionarla, dijese SEÑORITA primero.

Recuerdo que ante ella me sentía cohibida, era mi superiora y yo no tenía ningún tema de conversación que compartir con alguien que no era de mi mismo nivel, ni siquiera con mis padres había mantenido una charla normal, ellos sólo me hablaban para reñirme, para criticarme o para darme órdenes.

También viene a mi mente el nudo de mi garganta y el deseo tan apremiante de llorar por lo que dejaba atrás (había dos chicos que me gustaban, Carlos y Juan, sobre todo el primero, y una amiga: Isabel, con la que había disfrutado de agradables paseos, tardes de cine y alegres confidencias de nuestra recién estrenada juventud. Adiós Isabel, adiós Juan, adiós Carlos), pero necesitaba que ella pensara que yo ya era mayor y no una mocosa llorona. Sonándome constantemente la nariz conseguí disimular mi congoja.

Ya oscurecía cuando llegamos a Barcelona.

Primera sorpresa: Antes de salir del tren se me puso al corriente de que en Barcelona sólo dormiría una noche, la residencia a la que iríamos al día siguiente, se hallaba en San Cugat del Vallés.

Segunda: Marta, nada más entrar en el piso donde yo creía que pasaríamos la noche, fue hasta una puerta, la abrió y, arrodillándose, hizo la genuflexión. Desde el lugar donde me hallaba no podía ver lo que había dentro de aquel cuarto, por otro lado, lo que ella estaba haciendo sólo lo había visto hacer ante un Sagrario y, en aquellos momentos, jamás hubiese imaginado que dentro de un domicilio particular pudiese encontrar uno.

¿Qué estaba pasando? ¿Con qué extrañas personas había ido a parar?

-Ven Amapola -me dijo-, saluda al Señor.

La habitación era un oratorio y, sí, había un Sagrario allí dentro.

Tercera: Apareció F. U. vestida con un uniforme de sirvienta y, en lugar de regocijarse saltando y riendo de alegría al verme, a mí: a su vecina, a su amiga, a su paisana, a alguien que hacía casi un mes que no veía y podía contarle cosas de su pueblo..., de su familia... En vez de eso, me saludó fríamente como si fuese la primera vez que nos veíamos.

Cuarta: Después de los saludos se me comunicó que en aquella vivienda no había cama para mí, por lo que Marta me acompañó a otra de sus casas, se llamaba Monterols, y me dejó en manos de la "señorita" que salió a abrir la puerta, que, evidentemente no sabía que yo iba a llegar pues ni siquiera me había preparado cena.

Íbamos, la extraña y yo, en el ascensor que nos conduciría al piso donde estaba mi cama (¡todo el bloque era suyo!), cuando me empezaron a hacer ruido las tripas, y entonces, gracias a Dios, cayó en la cuenta de que yo no había cenado.

Las camarillas

Yo entonces no sabía que Monterols era un Colegio Mayor de estudiantes (sólo chicos), y que las "señoritas" se dedicaban desde la administración (se llamaba así a la parte, aislada del colegio, donde estaba la servidumbre), a dirigir a las sirvientas de aquella institución. También desconocía que el colegio y las "señoritas" pertenecían al Opus Dei, no había oído hablar nunca de esa secta (ellos niegan ser una secta, pero lo son), tampoco había oído mencionar a José María Escrivá de Balaguer, hoy san Josemaría.

En ese colegio y entre esa gente me encontraba en aquellos momentos, pero yo desconocía totalmente esas circunstancias, no sabía que aquel edificio era un Colegio Mayor y jamás hubiese creído que alguien estuviese al acecho para captar personal que les hiciesen de criados gratuitamente.

-¿No has cenado? -Me preguntó amablemente la señorita.
-No. -Contesté con timidez.

En este momento no recuerdo si aquel día, al medio día, había comido, supongo que mi madre me habría puesto algún bocadillo para tomar en el tren, pero no me viene a la memoria. Cuando paró el ascensor, la señorita volvió a presionar un botón del rectángulo de mandos y éste comenzó a descender.

-Vayamos a la cocina -comentó la extraña-, no creo que quede nada hecho pero te prepararé una tortilla.

Nunca había visto una cocina tan gigantesca, ni unos fogones tan..., grandes, ni unas ollas tan inmensas.

Me dio vergüenza de que la señorita a quién se suponía yo debía de hacerle los trabajos, se molestase en prepararme la cena. Charlamos, no sé de qué, mientras comía, y a continuación me acompañó de nuevo al ascensor. Subimos al piso más alto y, después de un tramo de escaleras, llegamos a un pasillo donde no encontró el interruptor de la luz y chocamos con unas escobas y fregonas dejadas a la vuelta de una esquina. La señorita me mostró la cama donde dormiría y, dándome las buenas noches, desapareció por donde habíamos venido. Me quedé sola en una extraña habitación con muchos tabiques que no llegaban al techo y que formaban unos diminutos cubículos donde sólo cabía un somier empotrado de pared a pared.

En lugar de puerta, cada alcoba estaba flanqueada con una floreada cortina. Aquella noche descubrí lo que era una camarilla.

Supongo que mirado desde arriba, aquel lugar (quizás sí hubiese alguien observado y estudiando por un agujero -como si fuésemos ratoncitos de laboratorio-, el comportamiento de las chicas), parecería un laberinto para roedores.

Tardé en conciliar el sueño, tenía ganas de desandar todo el trayecto y todos los pasos que me habían conducido hasta aquel lugar. Mis fantaseadas imágenes sobre aquella casa donde estudiaría para hacerme una mujer de provecho, no coincidían con lo que estaba viendo y viviendo. Se empañó mi mirada pero no quería derramar lágrimas ni chemecar. Sería valiente. Era necesario evitar que alguien pudiera oírme. ¿Habría alguien detrás de las cortinas de las otras camarillas? Dejé de tomar aire un momento para poder escuchar las respiraciones de las posibles compañeras de alcobas, pero sólo se oía un abrumador silencio.

Estaba sola.

Cerré los ojos permitiendo que dos tibios arroyos de líquido salado recorrieran mis mejilla y se introdujeran en mi boca. Pensé en Carlos, en Juan, en Isabel... Me dormí llorando.

Aún no eran las ocho de la mañana cuando un desacompasado rumor de perolas y otros enseres me sacó de los brazos de Morfeo. Salté de la cama.

¡Dios! ¿Qué se suponía que debía de hacer yo? Nadie había venido a despertarme. ¿Estarían pensando que yo era una dormilona que no se presentaba a su hora en su lugar de trabajo? Pero..., ni Marta ni la otra señorita me habían dicho mis cometidos en aquel lugar. Me aseé y esperé sentada en la cama. Nadie me venía a avisar, ni para desayunar, ni para nada.

Me atreví a salir al pasillo que daba a la escalera. Desde allí se escuchaba más nítidamente el ruido de platos. ¿Qué hago?, ¿bajo aunque no me hayan llamado?, ¿estarán esperando a que me presente sin ser llamada? Bajé un tramo de escaleras, luego otro y, donde vi una puerta abierta, entré.

Me encontré a una chica de lánguida mirada y marchita sonrisa, que estaba cortando lonchas de jamón de yorck en una máquina. Calculé que tendría un año o dos más que yo. Me extrañó su seriedad.

-Buenos días -dije acercándome a ella.

Me devolvió el saludo pero no me preguntó "¿Quién eres?, ¿qué haces aquí?", o cosas por el estilo, se suponía que ella no debía de saber que yo estaba en aquella casa, pero no se inmutó. Le pregunté si la podía ayudar e, inmediatamente, me encomendó la tarea de llenar con mermelada unos pequeños boles. Después hicimos unas bolas de mantequilla que íbamos poniendo en unos platos, preparamos tostadas y otros manjares, lo trasladamos todo en un carrito hasta un gran comedor vacío de personas y lo fuimos distribuyendo por las enmanteladas mesas ya preparadas con sus tazas, platos, servilletas y cubiertos.

Después de dejar listo el comedor para el desayuno de quienes quiera que fuesen las personas que lo iban a tomar (hoy sé que eran chicos universitarios residentes de aquella casa: Colegio Mayor Monterols, pero en aquellos momentos desconocía para quién era el esmerado trabajo de la "triste muchacha" a la que había ayudado), pasamos a otro comedor que había junto al office y comenzamos a prepararnos el nuestro, de repente, sin saber de donde, empezaron a aparecer en él unas muchacha con impecables uniformes a los que no les faltaba su delantal de sirvienta.

Me extrañó que nadie me preguntará que de dónde era, o qué hacía yo entre ellas, o si estaba de paso, o...

Ahora conozco que, en esa institución, aparecen y desaparecen las asociadas, por órdenes de sus superioras, sin dar ningún tipo de explicación a las demás compañeras, por lo que debía de ser muy normal ver caras nuevas a las que, por discreción, no les hacían ningún tipo de preguntas.

Estaba desayunando cuando llegó Marta y me llevó con ella. Nos montamos en un tren de cercanías que abandonamos en un apeadero (ahora es una estación, y creo que se llama San Juan), que, con sus influencias, habían conseguido para el colegio Viaró sito en las afueras de San Cugat del Vallés. Los profesores de dicho colegio eran miembros del Opus Dei y moraban en una bonita residencia a cuya administración estaba siendo conducida.

-La casa es totalmente nueva -me comentaba Marta-, todavía tenemos a los pintores pululando por algunas dependencias. Queda mucha tarea que hacer para poner la administración a punto, así que le aseguro que no se aburrirá.

Me percaté de que me estaba llamando de usted.

-Prefiero que me tutee -le dije-, nadie hasta ahora me había tratado de usted.

No dijo nada y continuó con el usted diferenciador de clases. No lo hacía sólo conmigo, sino con todas las demás chicas que habitábamos aquella casa. Era una norma: a las que hacían de señoritas y vestían con bata blanca, teníamos que ponerle el señorita antes de su nombre y tratarlas de usted. Y ellas, a las que llevábamos uniforme y delantal de criada, no nos llamaban señoritas pero tampoco podían tutearnos. Ellas entre si, sí se tuteaban, y nosotras entre nosotras, naturalmente que también. Entendí enseguida que aquello era una especie de parapeto para que no se mezclaran "las churras con las merinas".


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