Cuando tus padres te roban la infancia

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Por Merlin, 24.06.2011


Hola, mis padres son supernumerarios, tres de mis hermanos del opus también, por cierto nunca nos han dicho ni mis padres ni mis hermanos que son de la obra, ni del opus. La mayoría de los hermanos no “entendemos” la obra y será por eso por lo que nunca nos han hablado ni abiertamente ni por señas del tema.

Que mis padres pertenecen a la obra lo sé a ciencia cierta porque fueron ellos quienes lo dijeron, pero no a sus hijos, nos enteramos (al menos los que no comulgamos con su fe y logramos escabullirnos de las redes que nos tendieron ) por la prensa. A mi padre lo están preparando para ser santo del opus y por eso – supongo – se dio el paso de salir a la luz publica como matrimonio modelo del opus, como socios del opus que no tienen nada que ocultar.

Y la verdad es que hay mucho que ocultar...

Todos sufrimos el acoso en casa : recuerdo con odio los obligados rosarios, las broncas a cuenta de la televisión, el tener que salir por la noche por una ventana (nunca tuvimos las llaves de casa) ya que no podíamos estar en la calle después de las diez (era la hora mágica, siempre me imaginé que después de las diez las calles se llenaban de sátiros y gentes de mala vida), el aporreamiento de la puerta de la habitación para que nos levantáramos, el aporreamiento de la puerta del baño para que saliéramos ya. El tener que ir los veranos a campamentos de adoctrinamiento, y supuestos cursos de idiomas en el extranjero, los llamados clubs donde se intentaba hacerse con nuestro cerebro numerarios bastante mayores que nosotros (desigual batalla).

Recuerdo el increíble drama que se montó cuando a una de mis hermanas le encontraron en el fondo del armario una minifalda, por supuesto tampoco podían llevar pantalones y toda su ropa tenia que tener el visto bueno de mi madre: era justo la ropa que mis hermanas no querían, pero qué remedio les quedaba.

A los chicos nos aburrían a costa de indirectas sobre tocarse, estar en el baño más de la cuenta (te cronometraban el tiempo que pasabas en el retrete), ducharse rápido y no usar la bañera, salir de la cama en cuanto nos despertábamos, incluso estar en pijama era una ocasión de peligro. Todo lo que se acercara remotamente al sexo era caca, cochinadas y marranadas.

Recuerdo como me levantaba sigilosamente cuando todos estaban dormidos (por lo menos encerrados cada uno en su habitación ) y ponía la televisión para ver alguna de esas películas pecaminosas de dos rombos. Dios estaba conmigo ya que nunca me pillaron.

Con mis hermanos nunca hemos tenido una relación fraternal, vivíamos como en estado de sitio y cada uno hacia su vida, unos intentando mantener a distancia a todo el aparato opusino que nos acosaba con momentos de distinta intensidad todos en algún momento estuvimos a punto de caer en sus redes) y otros metiéndose de lleno en la boca del lobo opusino ganándose así la aprobación y el aplauso de mis padres. Mis hermanos numerarios – ya digo ellos nunca hablaron del tema – se fueron a estudiar y a vivir a residencias del opus y dejamos de tener trato con ellos, ni siquiera en Navidad que era otra época odiosa donde el sinfín de rosarios, nacimientos, misas en locales del opus y ataques por todas partes no compensaban con una cena especial que duraba unos veinte minutos y un día de reyes austero y santo.

Lo hermanos que no “entendemos” el opus nos fuimos de casa en cuanto pudimos y que yo recuerde nunca mis padres se han interesado por nosotros. Sus llamadas y sus preocupaciones siempre fueron interesadas según sus prioridades, primero presiones para bautizar a mis hijos (no digo sus nietos porque nunca han ejercido de abuelos, lo cual no es extraño ya que tampoco hicieron de padres), luego para la primera comunión, luego para llevarlos a colegios de Fomento, nunca se cedía bastante. Ellos tienen la verdad absoluta, actúan asesorados, en grupo, es el fanatismo y la soberbia total, se arrodillan y llaman padre a un extraño pero no es humildad, en su rebajarse cogen fuerzas para violentar a propios y extraños, y sobre todas las cosas a su familia de sangre.

Nunca se han interesado por nada nuestro que no fuera la vida espiritual. En las raras ocasiones en que mi padre me llamaba y quedábamos para tener una charla me invadía el desasosiego porque sabia que el fin de la charla era chantajearme emocionalmente para que creyera en lo que no creía . Esto ha hecho que considere a mis padres unos extraños que solo viven para mayor gloria del opus dei, cuyas acciones están siempre calculadas para conseguir sus fines y sin pizca de amor, ni respeto, ni consideración con los semejantes, ni siquiera con sus hijos. Por poner un ejemplo si por la calle los veo (también lo hacen algunos de mis hermanos ) procuro cambiar de acera.

Al cabo de los años el recuerdo es de inmensa tristeza y desasosiego, el sentimiento de haber sido violado y robado. De no haber tenido infancia, ni padres, ni familia. Sé que no siempre es así, he oído de casos de hijos de supernumerarios que se han sentido queridos y parte de una familia, lamentablemente no es mi caso.

Otra parte muy importantes en una familia del opus es el asunto económico. Contare mi experiencia otro día.


Se ha hablado mucho del daño que el opus dei ha ocasionado a muchos de sus socios, sobre todo a los numerarios y a las auxiliares, debido sobre todo al régimen de vida que llevaban que en cierto modo les imposibilitaba para ver la realidad y poder sacudirse el yugo que les atenazaba. Su controlada vida, la captación a edades tempranas, el totalitarismo de sus modus vivendi en las residencias, etc., les mermaba capacidad de decisión y les mantenía en cierto modo enajenados y sin voluntad. Un día y otro día y todos los días eran el mismo día y aunque muchos de ellos ya no fueran adolescentes, unos grilletes invisibles les impedían abrir la puerta e irse...

Resulta para los de afuera quizás difícil de comprender que gente adulta, con trabajos y estudios en muchos casos de gran cualificación y que tratan con compañeros de trabajo, se mueven en ambientes y tienen relaciones con el mundo real, padezcan luego de una incapacidad que les impide ver las cosas con claridad, les impide ver su absurda situación personal y les impide liberarse de esos lazos invisibles. Baste un caso como el de Miguel Fisac para, aunque no acabe de entender como funciona el mecanismo que aprisiona a estas personas en el opus dei, no dudar de que este mecanismo es muy efectivo. Miguel Fisac es un caso meridiano, un arquitecto, que toda su vida dijo que nunca había querido estar en el opus dei y que le costó sangre sudor y lagrimas lograr salirse. Incluso después de salirse se vio acosado y presionado de mil y una maneras. No, no parece que sea fácil salirse del opus dei, las puertas están abiertas para entrar si reúnes ciertas condiciones – inteligencia y medios económicos sobre todo – pero se considera una falta grave y un desaire el querer irse y hace falta mucha decisión y valentía para hacerlo. De esto se ha hablado ya en muchas ocasiones y hay muchos testimonios.

De lo que creo que no se ha hablado lo suficiente es de otros damnificados, víctimas totalmente inocentes, del fanatismo del opus dei, que en muchos casos sufren secuelas de por vida: me refiero a los hijos de los supernumerarios. Aquí ya no es que hablemos de adolescentes a los que se anima a pedir la admisión en el opus dei, hablamos de niños indefensos que en manos de sus padres – y de los consejeros y guías de sus padres - sufren desde que nacen el totalitarismo fanático del opus dei. Han sido engendrados para servir al opus dei, y sus padres intentarán por todos los medios convertirlos en munición a disposición del opus. Pediría a las personas que generosa y valientemente aportan sus testimonios dediquen algunas de sus consideraciones a estos asuntos.

Como hijo de supernumerarios que no ha tenido padres ni familia, que ha vivido en un hogar opusino sin cabida para una infancia, me gustaría entender o conocer qué instrucciones o mecanismos recibieron mis padres acerca de cómo manipularnos y hacernos ir por el camino marcado y cómo se consigue que un padre se desnaturalice de tal forma que pase a considerar a sus hijos como algo secundario y que, en el caso de que sus hijos no cumplan las expectativas para las que fueron engendrados, sea capaz de rechazarles, de herirles, de renegar de ellos. Y Sea capaz de chantajearles con todo tipo de armas, desde la negación de recursos económicos hasta la brutal manipulación emocional, sin olvidarse de la desigualdad del trato –llegando a fomentar la división y el rencor entre ellos - siempre con el objetivo de conseguir acercarlos, entregarlos, al opus. Sus deseos, sus imposiciones, que a su vez les han sido sugeridas e impuestas con guante de seda, con mano de hierro: es conveniente para tus hijos, seria bueno para lo obra que tus hijos, etc...

No lo tomen como un reproche pero seguramente muchos de ustedes han sido los directores, coordinadores, directores espirituales, llámenlo x, que dirigieron a supernumerarios como mis padres y les enseñaron los mejores métodos para que sus hijos encontraran la verdad y la felicidad del opus bien como numerarios, cooperadores, etc... También les habrán enseñado las mejores maneras para doblegar a aquellos hijos díscolos, para evitar que llevaran una vida (cuántas veces me lo ha dicho mi padre) pagana, para evitar la perdición de su alma y la correspondiente condenación eterna.

Por lo que he leído la dirección espiritual de los supernumerarios no es muy distinta a la de los numerarios, con sus círculos, convivencias, charlas y correcciones fraternas. Me gustaría conocer con mayor detalle casos concretos o pautas, cómo se consigue en suma que unos padres pasen de sus hijos, cómo se vivía desde dentro de la obra los casos en que algunos hijos eran poco más que repudiados por causa de su no “entender” y estar en contra de la obra. Quizás este conocimiento me haga ver de otra manera los años pasados, los años oscuros, la vida infeliz de la infancia, en una familia aparente donde cada uno tenia asignado un sitio como si de un mueble más se tratara, donde uno no era sino un burro más en la fila de burros que decoraba el salón, de barro pero con mil y una angustias y remordimientos por ser un mal hijo.

Nosotros no hemos sufrido la enajenación ni el control mental y bestial que han padecido muchos de los socios del opus dei, lo nuestro – si me lo permiten – ha sido mucho peor: hemos sufrido en muchos casos una infancia y una adolescencia traumática, donde nuestros padres en lugar de ser un refugio eran el enemigo. Creo que muchas de las personas que están colaborando para limpiar telas de araña y suciedades ocasionadas por la actuación del opus dei como institución, quizás podrían arrojar también luces sobre los mecanismos que hacen que unos padres consideren a sus hijos como carne de cañón, que ofrecen sin pudor al opus y en cierta medida nos ayude a entender – quizás perdonar – el comportamiento salvaje que algunos de nosotros hemos sufrido a manos de nuestros propios padres, y de sangre. Y quién sabe, quizás así nos ayuden a que al volver la vista atrás encontremos algo positivo detrás de tantas carencias y frustraciones.


Después de haber vivido esa vida, visto ahora con cierta perspectiva no es extraño que haya acabado con problemas psíquicos, lo mismo que casi todos mis hermanos. Los que no hemos sido nunca del opus dei, por las heridas recibidas procedentes del fuego amigo que por nuestro bien sufríamos, y los que están dentro, porque también tienen sus problemas: tienen doble familia, aunque en realidad tienen doble carencia de familia. Mis padres no, mis padres siempre han sido de hierro, impasibles asisten como espectadores a los dramas de las vidas de sus hijos. Todo lo bueno es gracias al plan de vida cristiana del opus. Todo lo malo es consecuencia del mal vivir, de la vida pagana que nos convierte en extraños y en enemigos. Y además no hay problema, las desgracias son pruebas de cariño que les envía Dios para ayudarles en su santificación; qué más se puede pedir...

Cuando íbamos a campamentos nos sentíamos abandonados allí y veíamos con envidia como algunos compañeros conseguían marcharse antes de finalizar el turno. Nosotros jamás de los jamases, ni estando enfermos conseguimos trastocar el plan establecido para nuestras vacaciones. Y aunque a ratos lo pasáramos bien, el hecho de tener que ir año tras año obligatoriamente junto con las - muchas veces - deficientes e improvisadas instalaciones, hacían que deseáramos que aquello acabara cuanto antes. Nada que ver con las películas de campamentos de Disney. No íbamos a pasarlo bien, íbamos a ser puestos a disposición de los voluntariosos numerarios que lo que querían era hacer méritos y pescarnos: ir encauzándonos en planes de vida, vocaciones, etc... Y eran campamentos que no cumplían ninguna norma, ni de seguridad, ni sanitaria, ni nada de nada. Se juntaban dos curas y dos numerarios y en cuatro coches prestados llevaban a treinta chavales. Y además no importaba, allí se iba a lo que se iba.

De la misma época es un viaje que hicimos a Roma en tren conducidos por numerarios. Recuerdo mi nerviosismo al pasar las fronteras, debido a que junto a nuestros equipajes fueron añadidos paquetes que no nos pertenecían, - regalos para el padre, nos dijeron -, con la evidente intención de pasarlos camuflados. Tengo borrosos los detalles pero sí recuerdo que era el primer padre y supongo que serian objetos que se pasaban de contrabando para la domus aurea que se estaba construyendo en Roma, esto es Bruno Bocchi. Sobre esta acción solo diré lo siguiente: sin comentarios y quizás alguien pueda corroborar estos viajes organizados para – quiero creer que no sólo para esto – enviar mercancías de contrabando utilizando a niños de mulas.

Cuando éramos un poco mayores viajamos al extranjero para, supuestamente, practicar idiomas. Dublín en Irlanda era un destino habitual para el ingles y Suiza y Francia para el francés. Eran otros tiempos, no había móviles y ahora reconstruyo aquella época a través de postales enviadas y recibidas. No tengo ni una carta, siempre eran postales, y me asombra la tranquilidad con que se dejaba en manos del destino – de Dios supongo – a adolescentes que viajaban solos. Recuerdo una vez en Suiza, perdido entre trenes y autopistas y totalmente despistado por estar los rótulos en flamenco. Finalmente logré llegar a mi destino con bastante retraso, sin que nadie me hubiera echado de menos. Fue un curso de idiomas muy interesante: en un piso estábamos como ocho españoles que nos pasamos el día allí encerrados hablando por supuesto en español, durmiendo en colchonetas, con un par de horas de clases de francés y el resto del día sufriendo el acoso de siempre. Leyendo postales de esta época veo varias de mi madre enviadas preguntando si llegué bien ya que todavía no había recibido noticias mías. Pero sin ninguna preocupación, estaban acostumbrados a tenernos en danza de un sitio a otro; estábamos super encomendados y si pasaba algo es que era una prueba, así que porqué preocuparse o interesarse. Además ellos tenían sus propias obligaciones y círculos, meditaciones, citas y cafés para hacer apostolado y cuando eran convivencias pasaban varios días fuera de casa.

Recuerdo una vez en especial en la que acudí a buscar a mi padre a su despacho porque me encontraba mal. No sabia lo que me pasaba. Luego lo he vuelto a vivir muchas veces, pero la primera vez que tienes un ataque de pánico es la peor, ya que no sabes lo que te está pasando. Pues me dejó plantado porque había quedado con un amigo, y es que ni lo dudó siquiera. Era una cita para hacer apostolado: lo primero es lo primero. Además a mi ya me evitaba desde que una de las veces en que me acosaba con las charlas preparadas por él y sus asesores espirituales, le había replicado que cómo podía decir que lo primero era la familia, si él tenia otra familia aparte de la nuestra. Con el tiempo comprendí que no había contradicción ninguna, lo primero era realmente la familia, pero la otra.

No tuve respuesta ni replica aquel día pero luego he comprendido que aquello fue cruzar una frontera sin retorno y que mi padre, detrás de su máscara de bondad, nunca lo olvidaría. Desde aquel día, además de no tratarme como hijo desde el punto de vista emocional, comenzó a discriminarme económicamente y poco a poco a marginarme y alejarme de los asuntos familiares. Si sus actividades siempre habían estado rodeadas de secretismo (discreción lo llaman ellos aunque al opus se lo cuentan todo), desde entonces este secretismo se extremó y aunque era pública y notoria su actividad económica, nunca contó nada de sus negocios en casa y de hecho yo me fui enterando de muchas de sus actividades a través de terceras personas. Todo tiene su porqué y es que muchos bienes y propiedades eran traspasados a sociedades y fundaciones, por lo que cuánto menos supiéramos los miembros de la familia que no “entendíamos” la obra, mejor y más seguro que estaría el botín.

Leyendo en opuslibros he visto descritas muchas de las cosas que hacían y que ahora veo que no eran espontáneas, sino que tenían que hacerlas y luego poner la x correspondiente en su casilla del “plan de vida”: así la “visita” al santísimo, las romerías en mayo – si vas obligado son un tostón – la misa dominical todos en ayunas, – ni agua –, horas antes, y el ver a mis padres quedarse en sus asientos una vez que la misa ya había acabado. ”Qué santos son”, pensaba de pequeño. Se ve de otra manera cuando te enteras que es una cosa que hacen todos los que pertenecen al opus dei; no era algo natural sino una obligación, hasta creo que hay un tiempo estipulado. Supongo que lo hacen para escenificar su superioridad sobre los demás fieles de la Iglesia que asisten a misa, los de la tropa de la tropa vamos “Dan pena esos hombres «piadosos» que no saben asistir a misa"

Ellos son los que dan pena con su histriónico exhibicionismo.


Como ya conté, todos los hermanos tuvimos momentos de mayor y menor cercanía al opus dei. Yo tuve una época en la que estuve a punto de caer en sus redes, recuerdo que bien temprano acudía a un piso de la obra a oír misa con los numerarios que vivían allí y luego por la tarde, después de clase, iba al club de estudio donde te halagaban personas mayores demostrando su admiración por tu personalidad y arrojo y te trataban como si fueras uno de mas de ellos. Allí empecé a fumar, fumar no es que te animaran a ello pero tampoco estaba mal visto aunque fueras un crío, era una prueba de lo macho que eras. No podías mirar a las chicas pero si fumar...

No tengo muy claro por qué finalmente no escribí la carta, supongo que sería porque la persona que me manejaba desapareció de pronto – nunca supe nada más de ella – y además porque tuve suerte. Afortunadamente nunca fui farolillo rojo y aquel tren se fue sin mí y aunque se lo trabajaron con tesón, nunca volví a estar tan a punta de caramelo.

Me llamaban constantemente por teléfono, me iban a buscar a casa, me esperaban a la salida del colegio, cambiaban de persona de acoso para ver si daban con quien me supiera llevar y me presentaban gente nueva. De aquella cogí la costumbre – mala costumbre, lo sé – de cuando se me presentaban y me decían con esa alegría opusina: -“Hola, qué tal, me llamo Gabriel ¿y tú?" les contestaba: “Yo no". Eso les dejaba un poco desconcertados de momento y aprovechaba para escabullirme.

Mi padre, que yo haya visto, nunca ha tenido amigos, supongo que sí los tendría antes de ser supernumerario y que se desprendería de ellos para que no interfirieran en su santidad y dedicación al apostolado. Le encantaba ir a entierros y a visitar a gente enferma, - gente importante claro -, supongo que son buenas ocasiones para pillar a posibles victimas con las defensas bajas. Por el contrario no solía acudir a las bodas. Hacia un buen regalo y procuraba excusarse. Es una persona muy austera, vive la austeridad con verdadera ostentación. Siempre he pensado que hay un tipo de gente en el opus dei cuya secreta vanidad es presumir de no utilizar los grandes recursos de que disponen-. También tienen un gran poder basado sobre todo en que no lo utilizan nunca en provecho propio y mucho menos para favorecer a su familia. Nunca ayudó ni recomendó a ninguno de sus hijos ni familiares y eso le daba prestigio y fama de persona entera y honrada. Y así no debía favores a nadie y podía ayudar y recomendar a su verdadera familia : el opus dei. Para él mucho más importante que ayudar a un hijo era captar a una persona con medios que pudiera aportar recursos a la obra.

Otra vez cometí la imprudencia de contestar en una de sus charlas de acoso y le dije que el opus no era para gente como él, que el opus era para gente vanidosa, amante del lujo y clasista. Tampoco tuve respuesta, supongo que después de tantas correcciones fraternas estaba super entrenado para contenerse ante cualquier tipo de crítica. De todas formas el hecho de no contestar a una cuestión tan directa y a un hijo, es ya de por sí una respuesta muy clara. Para mi es como si me hubiera dicho: me importa una mierda lo que pienses hijo, en realidad me importas una mierda tú, solo estoy cumpliendo mi deber del llevarte al buen camino, para que no seas motivo de escándalo.

Escándalo como el que él ocasionó a unos familiares cercanos que habían perdido un niño de corta edad y su consuelo en el tanatorio a los padres del fallecido, fue decirles con una enorme sonrisa “alegraros de esta prueba que os envía Dios y de que ya hay un ángel más en el cielo". Y lo peor de todo es que él estaba alegre de verdad. "Bendito sea el dolor. -Amado sea el dolor. Santificado sea el dolor... ¡Glorificado sea el dolor!"

En fin, la vida en estado constante de angustia, con gritos silenciosos dentro de pesadillas de día y de noche, sentimiento de culpa y pecado, honrarás a tu padre y a tu madre, la muerte vista como un bálsamo que cura, como una solución, como una liberación. Al final la vida continúa y se abre paso, se cierran heridas en falso y el día a día impone un equilibrio inestable: no se puede cambiar el pasado solo soñar el futuro. A mí me parece que a mi padre lo están preparando para ser santo del opus dei. Supongo que siendo gente tan concienzuda tratarán estos asuntos con al menos la misma previsión y conciencia que dedican a asuntos de menor enjundia. El opus para consolidarse y rivalizar con otras ordenes religiosas necesita santos, o por lo menos causas de santificación abiertas. Necesitan gente que muera en olor de santidad y que hayan llevado una vida santa y eso no se puede dejar al azar. Hay que planificarlo y documentarlo ya en vida del elegido para agilizar el papeleo. Por otra parte no me extraña que consideren a mi padre una persona santa, si a mí me hubiera dedicado la décima parte del tiempo y de los recursos que ha dedicado a la obra yo también intentaría santificarle.


Mis padres y el opus dei, o el opus dei a través de mis padres, al final el resultado fue que me estropearon y me amargaron la vida. Para mi tengo muy claro y no puedo dejar de constatar que mis padres son también el opus dei, parte necesaria de la maquinaria y de la maquinación. Han sido hijos y hermanos en su familia privada y sobrenatural olvidándose de ser padres en su familia pública y de sangre. Les he visto tratar con crueldad, incluso violencia, a personas de su entorno, a familiares, cuyas faltas eran – por ejemplo - tener hijos que hacían vida marital sin estar casados por la iglesia...

Otra de sus actividades preferidas era visitar enfermos y sin importarles la gravedad ni sus sentimientos, presionarles, forzarles a confesarse y prepararse para la muerte, llegando en ocasiones a provocar conflictos y rupturas entre los familiares, que ya bastante tenían con la desgracia de la enfermedad. Qué decir de su actitud ante casos de aborto, solo les faltaba pegar un par de tiros a los culpables en esa obsesión por gobernar la vida de los demás. Es encomiable la defensa que hacen del no nacido, pero es una pena que una vez que el niño ha nacido se despreocupen y sean insensibles ante tanta miseria y explotación infantil en el mundo. Hoy mismo hay un titular espeluznante en la prensa : “Un millón de niños desnutridos, al borde de la muerte en el Cuerno de África”. Pues no creo que ni mis padres, ni nadie del opus dei ponga el grito en el cielo. No creo que organicen manifestaciones, ni campañas orquestadas en los medios, ni que constituyan asociaciones y fundaciones ad hoc; tampoco es fácil que destinen ni una mínima parte de sus cuantiosos recursos a ésta causa. Ni a ésta ni a ninguna otra causa que no sea su causa. Y además lo tienen estipulado: es el apostolado de No dar.

Recuerdo unas pocas ocasiones especiales en las que por diversos motivos tuve la oportunidad de asistir a veces en familia a varias reuniones y tertulias con el Padre, su Padre. Cómo les embargaba la emoción, totalmente infantilizados: como en una nube, como drogados o abobados, tal parecía que se les fuera a caer la baba. Se mostraban sumisos y como niños, hacían preguntas que a pesar de llevarlas preparadas eran lugares comunes, preguntas sin sustancia y banales. Todo era irreal y falso como de algodón de feria, incluso el tono con el que hablaban era infantil, imitando a un niño pequeño que habla con su padre. El Padre les seguía el juego y contestaba a sus preguntas con el tono que un padre usaría para explicar algo a un hijo de corta edad, con vaguedades y tópicos que ellos recibían y memorizaban como si fueran palabras de oro. Oro que solía estar presente y cuando la reunión era de carácter reservado, adornar algún detalle significativo, a veces un crucifijo nada discreto ni infantil. Me daba vergüenza verles cómo se desnudaban ante un extraño, con su emotividad a flor de piel suplicando una mirada, una palmadita en la espalda, rubricando de nuevo el pacto, la promesa, de vivir sólo por y para la obra. Vergüenza y envidia de ver como se entregaban en cuerpo y alma y en exclusiva a su familia verdadera. Y detrás de sus rostros extasiados yo también veía la violencia, la determinación y el fanatismo contra todos aquellos que pusieran en duda su verdad, toda esa gente pagana que está en contra de la obra o sea en contra de dios y que tratan de romper el encantamiento de sus vidas, el cuento y la ilusión en las que viven. Todas esas gentes que no entienden la obra y que no muestran ni respeto ni devoción. A esas gentes, con decisión y sin dudas hay que doblegarlas, neutralizarlas, incluso a veces destruirlas. Y no importa si son tus hijos.

Mis estudios fueron una serie frustrante de malos tragos casi siempre en centros y bajo la supervisión y el control de gentes del opus, del enemigo. Mi vocación intelectual quedó truncada. A pesar de que ya había dejado claro que no quería llevar la vida que mis padres y la obra me habían preparado, siguieron intentando forzar mi voluntad una y otra vez y de una y mil maneras. El resultado fue una mayor radicalización por mi parte en contra de todo lo que representa el opus dei y una pérdida de ilusiones y energías que fueron minando mis ganas de vivir, mi salud y mis creencias en dios, en la religión, en la familia y en el futuro. El sentimiento de culpa por defraudar a mis padres me llevó a ideas suicidas, incluso fantaseaba con envenenarles y después matarme para que no tuvieran que vivir la decepción de un hijo que no podía vivir la vida que ellos le habían preparado. La neurastenia y la depresión se apoderaron de mí y llegué a realizar un acto suicida – un ensayo dejando al azar el resultado – que no tuvo consecuencias ni secuelas físicas pero que para mi supuso un alivio y un escape, al ver que en un momento dado no era tan difícil acabar con todo.

Mi remordimiento por fallar a dios y a mis padres era tal que investigaba sobre tipos de venenos y planeaba muertes accidentales, que no dejaran rastro para poder desaparecer del mapa sin escándalo: para que mi muerte no les avergonzara aun más. Me imaginaba mi entierro y a mis padres mostrar públicamente su pena y dedicándome – por fin – unas pocas palabras y sentimientos, aunque sabia que incluso en este momento su fe y sus hermanos harían que mi desaparición no les supusiera, si acaso, apenas un leve inconveniente en su visión sobrenatural de la vida. Incluso mirándolo con verdadero amor y entrega ciega y total podía ser tomado como un regalo que dios les enviaba para ayudarles a ser más santos y dando ejemplo de alegría lograr ser mas eficaces en su labor apostólica.

Cuánto más hubiera preferido tener unos padres con menos ocupaciones sobrenaturales y que en lugar de esforzarse tanto para ser santos fueran más humanos. Que en lugar de delegar sus funciones ejercieran de padres con sus hijos y - puestos a pedir - también de abuelos con sus nietos. Que me hubieran dejado recuerdos familiares en lugar de ejemplo de plan de vida e intransigencia.

Poco a poco he ido recomponiendo mi infancia y adolescencia, buscando las claves, las piezas mal colocadas, rescatando vivencias y recuerdos enterrados por necesidad en las sombras y el olvido. Nuestra mente tiende a parchear las heridas y seguir adelante pero hay veces en las que esto no es suficiente. Para mí en muchos aspectos ya es demasiado tarde y sólo intento comprender lo que pasó para así admitir e intentar dejar atrás los traumas y carencias que arrastro. Y también, por si pudiera servir de algo a alguien, dar testimonio del daño que el opus dei puede causar a una familia a través de los supernumerarios y en nombre de dios.

Hay momentos de gran ira, de rencor, incluso de odios. En esos momentos recuerdo a San Agustín : "Como si el hombre pudiese tener enemigo más pernicioso que el mismo odio ..... o pudiera causar a otro mayor estrago persiguiéndole que el que causa a su corazón odiando".



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