Cuando nos mataron a «Burrito sarnoso», o casi

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Por Luxindex, 6 de junio de 2011


Es asombroso cómo el Opus Dei® ha variado en unos años la forma de contar los supuestos hitos sobrenaturales de la vida de su fundador.

Es el caso, por ejemplo, del episodio quizá más conocido: Burrito sarnoso. Todo un clásico, al menos antes.

Hace 31 años se publicó la primera biografía autorizada de Escrivá, a ésta siguieron alguna docena más. Pero antes de eso, el grueso de sus gestas milagrosas, dejando a parte algunas pinceladas en las publicaciones de uso interno, se recibía oralmente. Recuerdo que, al menos a lo largo de los años setenta, el episodio Burrito sarnoso era uno de los más aplaudidos. Y aunque corrían versiones, ya que cada cual aliñaba la historia a su gusto como si de una ensalada o un chiste se tratara, el resultado era similar al que aún hoy en día se encuentra en la Red:

«Un día, trataron de asesinarlo.
Un hombre con un cuchillo le salió al camino; pero, de pronto, otro más fuerte derribó al primero salvándole la vida. «Vamos, burrito sarnoso», le dijo el salvador. Y desapareció».

Un cuchillo, de improviso, en un camino cualquiera de esos que en esta vida recorremos… ¡huy, qué grima! Menos mal que apareció otro más fuerte, quizá hasta guapetón, y, dieran o no las doce, desapareció no tras decir «¿estudias o trabajas?» sino «vamos, burrito sarnoso». «Burrito sarnoso…». ¡Qué intriga, qué salvador más gallardo a la par que discreto!

Es una narración tan breve como intensa, con suspense concentrado. Pero tal y como está contado cabría, como en las películas de miedo malotas, que, desaparecido el salvador, el del cuchillo (aún derribado pero no inconsciente -pues nada se dice de lo contrario-) alargara una mano para agarrar al fundador por una de sus canillas lanzando éste un gritito… Pero no, la historia en sus distintas versiones acababa ahí. En resumen: un frustrado josemaricidio en toda regla.

Pero si revisamos cómo se ha ido modificando esta historia en la bibliografía opusina a lo largo del tiempo nos llevaremos una sorpresa.

En Al paso de Dios, 1982, François Gondrand (según aclara la página oficial del Opus Dei®: «el autor se ha servido de sus recuerdos personales completados con un estudio sistemático de testimonios y documentos debidamente contrastados»), cuenta una versión que, aún sin cuchillo, es igual o más hiriente que la anterior. Vamos, que corta la respiración. Leamos:

«Aquel individuo se abalanzó sobre él sin que le diera tiempo a defenderse. Don Josemaría es incapaz de librarse de esas dos manos que le atacan con violencia, al mismo tiempo que el agresor le cubre de injurias. Un poco más y no podrá respirar...
Casi en ese mismo instante, alguien le defiende, y la violencia de aquel individuo cede. Don Josemaría respira profundamente mientras el joven que acaba de librarle del atacante murmura, sonriendo: "¡Burrito sarnoso!". Antes de que le dé tiempo a reaccionar, el joven se pierde entre la gente».

En suma, ¡que no nos lo mataron de chiripa! El agresor con una mano le ataca con saña, con la otra le asfixia, ¿con la otra le marca la espalda, con la otra le araña la cara y con la otra ayuda a las anteriores…? Aquello no parecía humano, aquello parecía un pulpo satánico, o peor: una mujer enfadá. Se confirma también que el misterioso salvador antes de perderse entre la gente le murmuró «Burrito sarnoso». «Burrito sarnoso…».

Sigamos. Un año después, en 1983, Andrés Vázquez de Prada publicó El fundador del Opus Dei.

« […] Marchando a mediodía por la calle de Atocha, se le abalanzó un sujeto de aviesa catadura con intención de agredirle. De improviso, se interpuso inexplicablemente otra persona que repelió al energúmeno. Fue cosa de un instante. Ya a salvo, su protector le dijo quedamente al oído: "Burrito sarnoso, burrito sarnoso».

Aquí, el dramatismo de la escena se reduce a una amenaza; desaparecen los cuchillos, los golpes, las asfixias, ¿ataque con napalm, bombas de racimo, acaso nucleares?, de otras versiones. Se mantiene la providencial, «inexplicable», intervención del salvador aunque, ¡lástima!, ya no desaparece tan elegante y cinematográficamente entre la gente. Se mantiene, en cambio, la singular despedida: «Burrito sarnoso, burrito sarnoso». «Burrito sarnoso…».

Pero, el propio Vázquez 14 años después, se corrige a sí mismo y deja el suceso tan pelado de sobrenaturalidad como frondoso de datos:

«A media calle, en un día de mucho sol, sufre un intento de agresión que relatará al día siguiente: “Octava de la Inmaculada Concepción, 1931: En la tarde de ayer, a las tres, cuando me dirigía al colegio de Santa Isabel a confesar las niñas, en Atocha por la acera de San Carlos, esquina casi a la calle de Santa Inés, tres hombres jóvenes, de más de treinta años, se cruzaron conmigo. Al estar cerca de mí, se adelantó uno de ellos gritando: “¡le voy a dar!”, y alzaba el brazo, con tal ademán que yo tuve por recibido el golpe. Pero, antes de poner por obra esos propósitos de agresión, uno de los otros dos le dijo con imperio: “No, no le pegues”. Y seguidamente, en tono de burla, inclinándose hacia mí, añadió: “¡Burrito, burrito!”. Atribuyó el ataque a una acción diabólica y la defensa a su ángel custodio».

Vemos, como hemos dicho, que ha desaparecido todo lo extraordinario quedando la cosa en el simple amago de un arrebatado. El divino salvador ya no aparece «inexplicablemente», ni siquiera «de pronto» sino que, sencillamente, ¡es uno de los dos que acompañan al exaltado!

Definitivamente ya no hay cuchillo, no le asfixian por el gañote ni le cubren (de injurias); el salvador, según se confirma, no desaparece entre la gente; ya nadie dice «sarnoso». En cambio, en esta nueva versión, abunda en datos y nombres de calles: octava de la Inmaculada Concepción; tres de la tarde; colegio de Santa Isabel; Atocha; calle de San Carlos; esquina «casi» con la calle de Santa Inés… ¿Qué pensar de este proceso de desbroce de lo sobrenatural y esta plaga de detalles y nombres de calles tan abundante? Difícil asunto, porque ¿suponer que el objetivo de tantas señas es dar algo de cuerpo a este incidente tan irrelevante sería malintencionado?

En cualquier caso, si alguien ha llegado leyendo hasta aquí se verá recompensado, al menos para mi gusto, con el asombroso texto del fundador que viene ahora. Al día siguiente (16-12-1931) Escrivá añade en sus Apuntes íntimos o Catalinas:

«Ayer estuve como cansado, a consecuencia indudablemente del asalto de la calle Atocha. Estoy convencido de que fue cosa diabólica. (…) El que trató de agredirme tenía una cara de insensato terrible. De los otros dos no recuerdo nada. Entonces –y después tampoco- no perdí la paz. Fue una trepidación fisiológica, que aceleró la marcha de mi corazón y que me di cuenta de que no se manifestó al exterior, ni en un gesto».

(Un detalle, aunque quizá esté yo equivocado o resulte una objeción puntillosa o inoportuna, es que hubiese sido más preciso decir «el asalto que sufrí en la calle Atocha», que no «de la calle Atocha», pues la calle en sí -sus adoquines, farolas, alcorques, árboles, marquesinas, ladrillos, etcétera- dudo que se confabularan contra el fundador, aunque estando por medio el diablo todo puede ser… Pero esto, ya digo, es lo de menos).

Llama la atención, en este y otros muchos pasajes de Apuntes íntimos, el ensimismamiento del autor, los detenidos roces intelectuales que, para su deleite, se procura a sí mismo. Da vergüencita ajena su desvergonzada autocomplacencia: que si fue una «trepidación fisiológica» (acojone), que si la marcha de su corazoncito (¡pum-pum!), que si no lo manifestó «ni en un gesto», que si pese al sobresalto no perdió «entonces -y después tampoco- la paz»… Caramba, vamos a ver: ¡si no pasó nada! ¡Qué remirado! ¡Qué delectación en su personita, en su poquedad, en sus gestos y reacciones!

Otro asunto a analizar es la literalidad de la expresión «burrito sarnoso» que se ha mantenido en todas las versiones excepto en la última, que recorta a «burrito», a secas. La importancia de esto radica en que, según dicen que decía, ésa era la forma que Escrivá tenía de nombrarse a sí mismo y que sólo conocía su confesor. Por lo tanto, esto confirmaría que su defensor fue, nada más ni menos, que su propio ángel de la guarda. Pero, entonces, caramba, eso obliga a situar a su ángel guardián de parranda con el diablo y con otra persona más de la que nada sabemos. ¿Quién sería esta tercera persona: Manuel Azaña, el Abuelo, José Antonio Primo de Rivera, el abuelo de Manuel Azaña, la Abuela haciéndose pasar por Tía Carmen disfrazada del Abuelo vestido de falangista…? Enorme intriga.

Pero, ¿realmente le llamó «burrito»? Recordemos que él quedó tan trepidado por lo sucedido (y, sobre todo, por lo que no sucedió pero pudo suceder de haber sucedido), que al día siguiente, ¡al día siguiente!, aún andaba «como –sic- cansado»; recordemos que aunque el potencial agresor ni le rozó, él, de tan impresionado, dio por recibido el golpe; que Escrivá de los acompañantes del exaltado no recordaba «nada»; que, en suma, se atolondró, se aturdió. Recordemos también que, según las distintas versiones, el salvador lo despidió hablándole quedamente, murmurándole, inclinándose hacia él… ¿Podemos entonces fiarnos de la percepción de alguien desconcertado que, encogido, con las manos protegiéndose la testuz, ojos guiñados y jiñado vivo, entiende que la voz baja, la que apenas se oye, le llama «burrito»? Uf, no sé… Si a «burrito» hubiese acompañado (aunque vemos que ya no es así) «sarnoso» tendríamos algo más sólido. Pero aún así, aún añadiendo «sarnoso» (que, insisto, no es así) e incluso dando por buena la extraña estampa de un ángel de la guarda de correrías con el diablo, se podría pensar en un malentendido. Porque, por ejemplo, podríamos pensar que conociendo su ángel guardián su irrefrenable crespillofilia quizá le llamó cariñosamente cerdito goloso; o, por su malhumor, perrito pulgoso; o, por su insistente forma de copiar o repetir lo de otros, lorito verboso; o, sorprendido por su atildamiento pero compadecido por sus fuertes temblores de aquel momento, gallito medroso o gallito lloroso; o, por su conocido meteorismo (quién sabe si en ese asediado momento dio prueba de ello empleando la no sé si eficaz pero sí desagradable táctica de la mofeta), zorrito ventoso; o, por sus ínfulas de grandeza, pavito fastuoso… Pero no, no conjeturemos, según la última versión sólo le llamó «burrito» (aunque hasta eso habría que ver), nada de «sarnoso».

Sólo «burrito» dicen ahora que dijo que le dijo…

¡Qué deslucida ha quedado la antes sobrenatural anécdota! ¡Qué residuo!

Realmente tienen tarea por delante allá en el Instituto Histórico San Josemaría Escrivá De Balaguer, para de este insustancial pasaje y con sólo «burrito», dándole vueltas y vueltas, llegar a una exégesis que esté a la altura del titán que nos dicen cambió el curso de la Cristiandad, aunque aquel 15 de diciembre de 1931, después de las tres de la tarde, empezara por tener que, modestamente, cambiarse los calzones.



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