Cuadernos 8: En el camino del amor/Para comulgar con fruto

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PARA COMULGAR CON FRUTO


Ardientemente he deseado comer esta pascua con vosotros, antes de mi Pasión (1). Con estas palabras, la noche de la Ultima Cena, el Señor manifestó a los Apóstoles el amor extremado que le llevaba a instituir el Sacramento de la Eucaristía, en el que -bajo las especies del pan y del vino- quiso ofrecerse El mismo, con su Cuerpo, con su Sangre, con su Alma y con su Divinidad, como alimento para nuestras almas. Y con esos mismos sentimientos invita ahora a cada cristiano a acercarse a la Sagrada Comunión.

La consideración del inmenso amor de Jesucristo en la Eucaristía ha ayudado siempre a las almas de vida interior a prepararse lo mejor posible para la recepción de este sacramento, y a dar luego gracias por la Comunión. Nuestro Padre experimentó temprano esta fe viva y amorosa, que nos legó con su encendido amor al sacramento del Altar.

Desde pequeño he comprendido perfectamente el porqué de la Eucaristía: es un sentimiento que todos tenemos; querer quedarnos para siempre con quien amamos. Es el sentimiento de la madre por su hijo: te comería a besos, le dice. Te comería: te transformaría en mi propio ser.

El Señor nos ha dicho eso también: ¡toma, cómeme! Más humano no puede ser. Pero no humanizamos nosotros a Dios Nuestro Señor cuando lo recibimos: es El quiere nos diviniza, nos ensalza, nos levanta. Jesucristo hace lo que a nosotros nos es imposible: sobrenaturaliza nuestras vidas,

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nuestras acciones, nuestros sacrificios. Quedamos endiosados. Me sobran razones: aquí está la explicación de mi vivir.

Gracias, Jesús, gracias por haberte rebajado tanto, hasta saciar todas las necesidades de nuestro pobre corazón: el pobre corazón humano, que puede llegar a límites insondables de traición y de vileza (2).


El vestido nupcial

El eterno Verbo de Dios, que es alimento y sustento de la criatura racional, haciéndose carne, se dio también en comida al hombre (3). Para este banquete de vida eterna, el Señor mismo señala que es preciso acercarse al altar revestidos con la vestidura nupcial de la gracia santificante (4). Y San Pablo amonesta, a propósito de este sacramento: quien lo come y bebe indignamente, come y bebe su propia condenación (5). La Iglesia ha renovado insistentemente a lo largo de los siglos esta ley de adoración y lealtad: para que tan gran sacramento no sea sumido indig­namente y, por eso, para muerte y condenación, este santo Sínodo establece y declara que aquellos a quienes pesa la conciencia de pecado mortal, por muy contritos que se consideren, necesariamente deben realizar antes la confesión sacramental (6).

Es lógico que sea así, porque el Pan que recibimos es Santo, y no debe echarse a los perros (7). Privada de la gracia, el alma está muerta a la vida sobrenatural; es como un cadáver, incapaz de recibir el alimento. Por eso, nuestro Padre insistía en su predicación: amad a Jesús en el Sacramento Santísimo de la Eucaristía. Y una manifestación será confesaros bien, para que podáis acercaron a El sin la menor preocupación. Antes confesar que recibir al Señor con una sombra. ¿Está claro? Si oís otra doctrina, estad seguros de que es mentira (8).

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Además de la pureza de alma, la recepción fructuosa de la Comunión sacramental requiere el conocimiento debido de la doctrina de fe, y concretamente de lo que se refiere a este augusto Sacramento. También la Iglesia exige, como señal de respeto al alimento del alma, un tiempo de ayuno -una hora, salvo casos de enfermedad, según la disciplina vigente- que ayuda al recogimiento exterior y significa la prioridad del Pan del cielo entre nuestros deseos.

Vive de tal manera que puedas recibirlo cada día, exhortaba San Agustín (9). Pensando sobre todo en quienes comulgan con frecuencia, incluso cotidianamente, el Magisterio insiste en extremar las disposiciones del alma: recta intención y devoción sincera (10). Ciertamente, la Comunión no es un premio a la virtud, sino alimento para el cristiano que aún camina por la tierra; y por eso mismo, nuestra Madre la Iglesia exhorta a recibirla frecuentemente. Pero no debemos permitir que la rutina o la vanidad desnaturalicen la participación en la Sagrada Eucaristía, privándonos de gran parte de sus frutos.

En rigor, nadie es digno de recibir al Santo de los Santos; además, aunque -por gracia de Dios- se mantenga habitualmente en estado de gracia, nadie puede evitar todos los pecados veniales. Como el centurión de Cafarnaún, el cristiano se hace digno, reconociéndose indigno: Señor, no soy digno de que entres en mi casa, pero una palabra tuya bastará para sanarme (11). El Señor nos conoce y nos pide sólo lo que está a nuestro alcance: la contrición por esas faltas leves, y el deseo de evitarlas. Comulga. -No es falta de respeto. -Comulga hoy precisamente, cuando acabas de salir de aquel lazo.

-¿Olvidas que dijo Jesús: no es necesario el médico a los sanos, sino a los enfermos? (12)..

Para nutrir la piedad eucarística disponemos, entre otros medios, del tiempo de la noche; cuya finalidad principal es ayudarnos a preparar la oración y la Misa del día siguiente. Muchos consejos nos ha dejado nuestro Padre, para prepararnos lo mejor posible.

¿Has pensado alguna vez cómo te prepararías para recibirle si se pu-

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diera comulgar sólo una vez en la vida? Cuando yo era pequeño, y no estaba tan extendida la práctica de la Comunión frecuente, la gente se preparaba con gran cuidado para comulgar. Primero, con una buena confesión; con un traje, si se podía, nuevo; limpios de los pies a la cabeza. Disponían el alma y el cuerpo, como enamorados. Hemos de agradecer al Señor la facilidad que tenemos ahora para acercarnos a El; pero hemos de agradecérselo, preparándonos muy bien a recibirle (13).

Con adorno y limpieza en el alma y en el cuerpo, en la memoria, en la imaginación y en los afectos, nos acercamos a Jesús en la Sagrada Comunión. Hijo: dile al Señor que en lo sucesivo, cada vez que celebres o asistas a la Santa Misa, y administres o recibas el Sacramento Eucarístico, lo harás con una fe grande, con un amor que queme, como si fuera la última vez de tu vida. ¡Que vivas las palabras y las acciones! ¡Que te identifiques con ese Jesús Hostia que se ofrece en el altar! ¡Que te sientas muy cerca de todos tus hermanos! Y no habrá nada en la tierra que nos pueda apartar de Dios (14).

La Comunión espiritual

En el tiempo de la noche, como también a lo largo de todo el día, las Comuniones espirituales son un buen modo de prepararse para el encuentro sacramental con Cristo en cada jornada. ¡Qué fuente de gracias es la Comunión espiritual! -Practícala frecuentemente y tendrás más presencia de Dios y más unión con El en las obras (15).

El deseo sincero de recibir con fruto la Sagrada Comunión nos lleva a participar de sus efectos, prolongando también los frutos de la anterior Comunión eucarística. La Comunión espiritual expresa con mil matices nuestra fe y nuestro amor, la esperanza y el desagravio por las veces en que quizá hemos recibido al Señor con frialdad o negligencia, por los que comulgan sacrílegamente, por cuantos ignoran u olvidan a Cristo en el Sacramento del Altar.

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Tened mucho amor a Jesús en la Eucaristía. Así ejercitamos la fe en su presencia real, que nos llevará a hacer muchas Comuniones espirituales, de modo que aumente la virtud de la caridad. Y al mismo tiempo nos llenamos de esperanza. Ya están en juego las tres virtudes teologales. Dios, que es tan bueno, está esperándonos -como escribió nuestro Padre en Camino- desde hace veinte siglos: esperando que naciésemos y que llegase la hora de recibir la Primera Comunión; y sigue esperando, hasta el final de los siglos, a cada alma. ¡Es una maravilla de amor! (16).

Procuremos superarnos cada día, porque nuestra expectación nunca podrá igualar a la de Cristo, que nos aguarda lleno de amor en el Tabernáculo. Nuestro Padre, entre otros consejos repletos de su experiencia personal y de su celo, nos invitaba a no poner coto a la audacia en el amor de Dios; podemos pedir a Jesús: enséñame a recibirte como Tú quieres. Y sigue por ahí. Poco a poco irás aprendiendo a tratarlo muy bien, porque tu Comunión surtirá efecto durante todo el día (17).

El primero y el último pensamiento de cada jornada, que procuramos dirigir al Señor, muchas veces se referirá de modo explícito a la Eucaristía: un pensamiento de amor, de gratitud, de contrición, que puede repetirse también durante la noche, cuando el sueño se interrumpe. Tú duermes de un tirón por la noche, ¿verdad? Pero hay gente joven también, que no duerme de un tirón, sino que se despierta cuatro, cinco o seis veces, y comienza ya a prepararse para recibir la Comunión del día siguiente. Es un buen sistema, un sistema excelente para cualquier estado que uno tenga: soltero, casado, viudo, sacerdote. ¡Para todos va bien! De modo que, si quieres prepararte y dar gracias mejor, hazlo así (18).

La acción de gracias

Es lógico que, cuanto más delicadas sean nuestras disposiciones, más indignos nos sintamos de recibir tanto bien. Nuestro Padre, que lu-

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chaba firmemente para evitar hasta la más mínima falta, percibía -como todas las almas santas- la infinita distancia entre la Santidad del Salvador y la bajeza de la criatura. Y esto mismo le llevaba a encenderse en la acción de gracias después de la Comunión.

En una ocasión nos decía: ayer, después de celebrar la Santa Misa, recé de rodillas algunas oraciones. No están mandadas; son ad libitum, voluntad del sacerdote, pero en Casa solemos recitarlas. Luego me senté y comencé la acción de gracias.

Señor -le decía-, aún no he aprendido a darte las gracias. ¿Será que me he acostumbrado a tenerte conmigo, y no me doy cuenta de quién eres Tú y de lo que soy yo, un muladar...? Y ahí me quedé, porque... ya no hice más consideraciones (19).

Esta contemplación, hecha con matices personales, nos situará en nuestro lugar, ciertamente ínfimo, pero que es el más adecuado para que en el alma reverberen los rayos de la gracia. A veces, expresaremos esto a Jesús sin palabras, o balbuceando un diálogo en el que nunca somos suficientemente elocuentes. Así hice ayer la acción de gracias: diciéndole que no sabía, que no había aprendido aún. Se lo repito de nuevo ahora, todo avergonzado.

Hijos, mirad que el Señor está siempre en el Sagrario. Parece que no nos oye, pero nos escucha amorosamente, con el cariño de un padre y de una madre, escondiendo su Divinidad y su Humanidad. Es un Señor que habla cuando quiere, cuando menos se espera, y dice cosas concretas. Después calla, porque desea la respuesta de nuestra fe y de nuestra lealtad (20).

Indignos de recibirle, incapaces de agradecerle como es debido, faltos de méritos y virtud...: así nos hemos de ver ante el Redentor. "No valgo nada, no puedo nada, no tengo nada, no soy nada..."

Pero Tú has subido a la Cruz para que pueda apropiarme de tus méritos infinitos. Y allí recojo también -son míos, porque soy su hijo- los merecimientos de la Madre de Dios, y los de San José. Y me adueño de las virtudes de los santos y de tantas almas entregadas...

Luego, echo una miradita a la vida mía, y digo: ¡ay, Dios mío, esto es

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una noche llena de oscuridad! Sólo de vez en cuando brillan unos puntos luminosos, por tu gran misericordia y por mi poca correspondencia... Todo esto te ofrezco, Señor; no tengo otra cosa (21).

El cariño a Jesús Sacramentado nos hará encontrar modos personalísimos de darle gracias, aunque nos encontremos áridos. Al menos, ha de impulsarnos a poner esfuerzo en la acción de gracias, y a acudir a los intercesores del Cielo, siguiendo también en esto el ejemplo de nuestro Fundador. Después de la Santa Misa -nos contaba en cierta ocasión-, no sabía cómo dar gracias. Invoqué a mi Ángel Custodio y a mi Arcángel ministerial, para que hicieran en mi nombre una gran adoración al Señor, que había bajado a este muladar de mi pecho.

Después acudí a San José, y acudí a nuestra Madre, que es Madre de Dios, siempre pura, sin mancilla, para que ellos dieran las gracias por mí. Yo estaba allí como tonto: ¿qué te voy a decir?, si no sé decirte nada, si no sé... Y me vino a la memoria un recuerdo de cuando tenía cuatro o cinco años.

Mis abuelas, tanto la paterna como la materna, murieron muy viejas: una con ochenta y seis años, y la otra con ochenta y tantos también. Esta última, la madre de mi padre, cuando no tenía visitas, estaba siempre rezando el Rosario. Y ayer mismo me acordé de algo que me había enseñado, y así pude dar gracias, decir una cosa ingenua, que parece de niño pequeño. Yo era pequeñín, cuando la aprendí, pero mi abuela debía de sentirse pequeña, porque lo decía también. Repetía: tuya soy, para ti nací, ¿qué quieres, Jesús, de mí?

Me quedé muy tranquilo, con esta especie de aleluya, muy tranquilo: había hecho la acción de gracias (22).

Hemos de servirnos hasta de las distracciones, para mejorar la acción de gracias. Tus comuniones eran muy frías: prestabas poca atención al Señor: con cualquier bagatela te distraías... -Pero, desde que piensas -en ese íntimo coloquio tuyo con Dios- que están presentes los Ángeles, tu actitud ha cambiado...: "¡que no me vean así!", te dices...

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-Y mira cómo, con la fuerza del "qué dirán" -esta vez, para bien-, has avanzado un poquito hacia el Amor (23).

Si hay amor verdadero, se nos hará corto el tiempo de la acción de gracias después de la Misa. Por eso hemos de exprimirlo al máximo, sabiendo que en esos momentos, cuando el Señor se halla sacramentalmente dentro de nosotros, los frutos de la Eucaristía llegan copiosamente al alma. Y nos sentiremos impulsados, como nuestro Fundador, a transformar el día entero en una acción de gracias por haber recibido a Cristo, y en una preparación para la Comunión siguiente. Nos lo sugería en cierta ocasión, comentando un texto de la literatura medieval. Aquí tengo unas palabras de un villancico, de una copla que se escribió entre los años 1200 y 1300: ¿A quién contaré mis quejas, mi lindo amor? / ¿A quién contaré mis quejas, sino a Vos? Y ya os estoy diciendo cómo tenemos que hacer nosotros la acción de gracias después de la Comunión, que parece breve -a veces son diez minutos raspados-, pero que dura todo el día, porque estamos siempre en la presencia de Dios (24).

Diálogo de amor

El Señor espera un diálogo confiado por parte nuestra, cuando le recibimos en la Santa Comunión. Cuando no sepamos qué decirle, podrán sernos muy útiles las oraciones que la Iglesia recomienda para después de la Misa, que han salido -más que de la pluma- de los corazones de almas encendidas en el amor a la Eucaristía. Esta era la recomendación de nuestro Padre, que también solía servirse de esas plegarias para su acción de gracias. Y, dependiendo de las necesidades personales de cada momento, nos esforzaremos por seguir aquel otro consejo de nuestro Fundador.

Yo veo a Jesús en la Eucaristía como Rey, como Médico, como Maestro y como Amigo.

Es Rey, y quiere reinar en tu corazón de cristiano, de hijo de Dios. Di-

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le que sí, que quieres servirle con toda el alma. Pero hemos de recibirle como a los grandes de la tierra: con adornos, luces, trajes nuevos. Y si preguntas qué limpieza, qué adornos y qué luces has de tener, te contestaré: limpieza en tus sentidos, uno por uno; adorno en tus potencias, una por una; luz en toda tu alma.

Es Médico, y viene a curar tus dolencias, tus enfermedades. Pero tienes que decirle la verdad: tengo esta inclinación, siento estos síntomas... No podemos ocultar nada al Médico divino. Has de mostrarle tus llagas, y si notas que la soberbia te susurra que ocultes algo, dile: ¡Señor, que has curado tantas almas, haz que yo te vea en la Hostia corno Médico divino!

Es Maestro. Dile: enséñame a amar. ¿Has visto cómo, cuando éramos niños, el maestro nos cogía de la mano, para hacer palotes? Dejándonos guiar, ¡qué bien nos salían! Dile: Jesús sacramentado, ayúdame a escribir, que estoy en los primeros palotes de esta historia divina; que yo me deje conducir.

Y es Amigo. Un amigo que da la vida, por amor. Hijo mío: tu vida no es tuya, no te pertenece, no nos podemos quedar con ella. Eres de Jesús. Siente el orgullo de ser su amigo, y como a un amigo ofrécele confiadamente todo lo que tienes. El te entiende. El, que lloró por Lázaro, te comprende. Dile: Jesús, yo no quiero hacerte llorar (25).

Si cultivamos estas disposiciones, los frutos de la Comunión serán abundantes, en nosotros y a nuestro alrededor. La Eucaristía llenará, presidiéndola, toda nuestra existencia, prolongando el paso de Cristo por la tierra.

En la Sagrada Eucaristía -de ordinario, no digo la Eucaristía, sino la Sagrada Eucaristía- está realmente presente la Segunda Persona de la Santísima Trinidad, que se ha hecho Hombre por nosotros: Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad. Lo recibimos así, pero nuestra naturaleza destruye enseguida las especies sacramentales y, desde este momento, desaparece esa presencia eucarística de Jesús Sacramentado.

Aun entonces Dios permanece con nosotros, si no lo echamos por el pecado mortal. Por medio de la gracia, el Espíritu Santo hace su morada dentro de nosotros y, por tanto, la Trinidad entera, porque no hay más

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que un solo Dios en tres Personas distintas. Donde está una Persona actuando, está presente la Trinidad Beatísima, único Dios (26).

Tendremos vida contemplativa y gozaremos de la presencia- y acción de la Trinidad, que inhabita en el alma en gracia, con una inhabitación que, reforzada por cada sacramento, alcanza su cumbre con la donación del Paráclito, que permanece en nosotros después de haber recibido la Eucaristía. Esa acción del Espíritu Santo en nosotros hace posible que llevemos una vida sobrenatural, y que mantengamos encendida la luz de la vida cristiana. Sin El llevaríamos una vida animal, con El llevamos vida de hijos de Dios. Todo lo que hacemos, deseamos, pensamos, se convierte en riqueza para el alma. ¿Te das cuenta de por qué debemos tener devoción al Espíritu Santo? (27).

Santa María, que siempre nos enseña a tratar a Jesús, a reconocerle y a encontrarle en las diversas circunstancias del día (28) será la mejor Maestra de piedad para recibir a Jesús Sacramentado: con aquella pureza, humildad y devoción con que lo recibió Ella en el momento de la Anunciación.

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(1) Luc. XXII, 15; cfr. Ioann. XIII, 1.

(2) De nuestro Padre, Crónica, 1970, p. 491.

(3) Urbano IV, Bula Transiturus de hoc mundo, 11-VIII-1264 (Denz. 847).

(4) Cfr. Matth. XXII, 12.

(5) 1 Cor. XI, 29.

(6) Concilio de Trento, sess. XIII, Decr. De Eucharistia, can. 11: [Denz. 893 (1661)]; cfr. Juan Pablo II, Ep. Dominicae Coenae, 24-II-1980, n. 7.

(7) Secuencia Lauda Sion.

(8) De nuestro Padre, Tertulia, 20-V-1970.

(9) San Agustín, Sermo 4, 1.

(10) San Pío X, Decr. Sacra Tridentina Synodus, 20-XII-1905.

(11) Ordo Missae (cfr. Matth. VIII, 8).

(12) Camino, n. 536.

(13) De nuestro Padre, Meditación, 14-IV-1960.

(14) De nuestro Padre, Meditación, 14-IV-1960.

(15) Camino, n. 540.

(16) Del Padre, Tertulia, 25-XI-1984.

(17) De nuestro Padre, Tertulia, 12-IV-1974.

(18) De nuestro Padre, Tertulia, 21-IV-1973.

(19) De nuestro Padre, Tertulia, 18-VI-1972.

(20) De nuestro Padre, Tertulia, 18-VI-1972.

(21) Vía Crucis, XIII estación, punto 5.

(22) De nuestro Padre, Tertulia, 19-III-1973.

(23) Surco, n. 694.

(24) De nuestro Padre, Meditación, 26-III-1964.

(25) De nuestro Padre, Meditación, 14-IV-1960.

(26) De nuestro Padre, Tertulia, 13-IV-1972.

(27) De nuestro Padre, Tertulia, 27-III-1972.

(28) Es Cristo que pasa, n. 94.