Cuadernos 8: En el camino del amor/Nuestra madre, santa María

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NUESTRA MADRE, SANTA MARÍA


Estaban junto a la cruz de Jesús su Madre y la hermana de su Madre, María de Cleofás, y María Magdalena (1).

Muchas veces hemos considerado esta escena del Evangelio. Jesús se siente confortado, con esa presencia discreta y amorosa de su Madre. No grita María, no corre de un lado a otro. Stabat: está en pie, junto al Hijo. Es entonces cuando Jesús la mira, dirigiendo después la vista a Juan. Y exclama: Mujer, ahí tienes a tu hijo. Después dice al discípulo: ahí tienes a tu Madre (Ioann. XIX, 26-27). En Juan, Cristo confía a su Madre todos los hombres y especialmente sus discípulos: los que habían de creer en El (2).

Con sus desvelos maternales hacia todos los hombres, y de modo especial con los cristianos, la Virgen continúa prestando a su Hijo Jesús los cuidados que le ofreció mientras vivía en la tierra, pues somos miembros del Cuerpo Místico de Cristo. Además, en cuanto Corredentora, la Santísima Virgen siente la urgencia de incorporar definitivamente los hombres a la vida divina. Asunta a los cielos, no ha dejado esta misión salvadora, sino que con su múltiple intercesión continúa obteniendo los dones de la salvación eterna. Con su amor materno se cuida de los hermanos de su Hijo, que todavía peregrinan y se hallan en peli-

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gros y ansiedad hasta que sean conducidos a la patria bienaventurada. Por este motivo, la Santísima Virgen es invocada en la Iglesia con los títulos de Abogada, Auxiliadora, Socorro, Medianera (3).


Con desvelos de Madre

¡Qué experimentada tenemos en la Obra esta protección maternal de Santa María! Decía nuestro Padre, en una fiesta mariana de 1964: he considerado otras veces, hijos míos, y os he hecho considerar, que cada paso en el camino jurídico de la Obra lo hemos dado bajo la protección de la Madre de Dios. Al celebrar ahora su Maternidad divina, recuerdo -no puedo menos de recordarlo- que la primera vez que la Santa Sede puso sus manos sobre la Obra fue en esta festividad, hace tantos años.

Yo era muy joven y nuestro hermano Alvaro, que estaba a mi lado, me dijo: Padre, estará contento, porque mañana es la Virgen del Pilar. Y yo le contesté: fiesta por fiesta, todas las de la Virgen me conmueven, me parecen estupendas; pero, puestos a escoger, prefiero la de hoy, la Maternidad. No sabía entonces que la Madre de Dios había intercedido por esta Obra de Dios, y se había dado la primera aprobación (4)..

La Santísima Virgen se ha mostrado Madre de la Obra en toda circunstancia, hasta el punto de que nuestro Padre pudo afirmar: nuestro Opus Dei nació y se ha desarrollado bajo el manto de Nuestra Señora. Ha sido la Madre buena que nos ha consolado, que nos ha sonreído, que nos ha animado en los momentos difíciles de la lucha bendita para sacar adelante este ejército de apóstoles en el mundo (5).

Bien notamos cada uno en nuestra vida interior, en nuestro apostolado y aun en el proceso mismo de nuestra vocación, la mano amorosa de nuestra Madre del Cielo. Egredietur virga de radice Iesse, et flos de radice eius ascendet (Isai. XI, 1): nacerá un vástago de la raíz de Jesé, y de su tallo brotará una flor. Estas palabras de la Escritura, hijo mío, aun-

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que sean un modo poético de hablar de la Maternidad divina de María, son también un modo real de decir que Ella ha hecho nacer, en el. fondo de nuestro corazón, en medio de la turbulencia de nuestras pasiones, no sólo la flor, sino el fruto de las obras que tienen su raíz en el Amor (6).

Dulce, atento, comprensivo, fidelísimo, es el amor de una madre. Y así, pero elevado por la infinita potencia de la gracia, es el cariño que Santa María dedica a cada uno. Y no sólo en términos vagamente espirituales, como desencarnados, sino con corazón humano y materno. No existe corazón más humano que el de una criatura que rebosa sentido sobrenatural. Piensa en Santa María, la llena de gracia. Hija de Dios Padre, Madre de Dios Hijo, Esposa de Dios Espíritu Santo: en su Corazón cabe la humanidad entera sin diferencias ni discriminaciones. -Cada uno es su hijo, su hija (7).

Yo soy la madre del amor hermoso, del temor, de la ciencia y de la santa esperanza. Venid a mí cuantos me deseáis, y saciaos de mis frutos (8). Son palabras que la liturgia pone en boca de la Virgen. Nuestro Padre nos ha ayudado, de modo gráfico, a comprender cómo es esa maternidad de la Virgen sobre cada uno. Si yo fuera leproso, mi madre me abrazaría. Sin miedo ni reparo alguno, me besaría las llagas.

-Pues, ¿y la Virgen Santísima? Al sentir que tenemos lepra, que estamos llagados, hemos de gritar: ¡Madre! Y la protección de nuestra Madre es como un beso en las heridas, que nos alcanza la curación (9).

Nada revela mejor la abnegación y el desinterés del amor materno como esa nota de misericordia, que socorre al hijo desvalido, cuida con esmero al enfermo, corrige con delicada fortaleza al que yerra, acoge con cariño renovado al que, soberbio, se había alejado del remanso hogareño. Lo mismo hace nuestra Madre del Cielo. Y, puesto que todos sus hijos somos desvalidos, enfermos, errantes, soberbios..., los cristianos se han visto siempre en la necesidad de recurrir al auxilio misericordioso de su Madre Santísima. Así nos lo enseña también nuestro

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Fundador: ¡Madre mía! Las madres de la tierra miran con mayor predilección al hijo más débil, al más enfermo, al más corto, al pobre lisiado... -¡Señora!, yo sé que tú eres más Madre que todas las madres juntas... -Y, como yo soy tu hijo... Y, como yo soy débil, y enfermo... y lisiado... y feo... (10).

En la lucha de cada día

Todos los días, al final de la Liturgia de las Horas, la Iglesia recomienda a la piedad de los sacerdotes, entre otras, esta antífona mariana: Salve, Madre soberana del Redentor, Puerta del cielo siempre abierta, Estrella del mar; socorre al pueblo que sucumbe y lucha por levantarse, Tú que para asombro de la naturaleza has dado el ser humano a tu Creador (11).

Es ésta la condición del hombre sobre la tierra: un constante luchar por sobreponerse al desorden del pecado. Pero en las palabras de esta antífona litúrgica -ha escrito el Santo Padre- se expresa también la verdad del "gran cambio"; que se ha verificado en el hombre mediante el misterio de la Encarnación (...). Es un cambio incesante y continuo entre el caer y el levantarse, entre el hombre del pecado y el hombre de la gracia y de la justicia (12).

Con ocasión del Año Mariano, Juan Pablo II invitaba a los fieles a poner los ojos en estas verdades fundamentales, que miran a lo esencial de la vida humana y cristiana. La humanidad ha hecho admirables descubrimientos y ha alcanzado resultados prodigiosos en el campo de la ciencia y de la técnica, ha llevado a cabo grandes obras en la vía del progreso y de la civilización, y en épocas recientes se diría que ha conseguido acelerar el curso de la historia. Pero el cambio fundamental, cambio que se puede definir "original", acompaña siempre el camino del hombre y, a través de los diversos acontecimientos históricos, acompaña

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a todos y a cada uno. Es el cambio entre el "caer" y el "levantarse", entre la muerte y la vida (13).

Entre caer y levantarse media la gracia divina, que perdona y sana; media la acción del Espíritu Santo. Y todos estos bienes sobrenaturales nos llegan a través de la Medianera de todas las gracias, nuestra Madre Santa María.

Mientras con toda la humanidad se acerca al confín de los dos Milenios, la Iglesia, por su parte, con toda la comunidad de los creyentes y en unión con todo hombre de buena voluntad, recoge el gran desafío contenido en las palabras de la antífona sobre el "pueblo que sucumbe y lucha por levantarse" y se dirige conjuntamente al Redentor y a su Madre con la invocación "Socorre". En efecto, la Iglesia ve -y lo confirma esta plegaria- a la Bienaventurada Madre de Dios en el misterio salvífico de Cristo y en su propio misterio; la ve profundamente arraigada en la historia de la humanidad, en la eterna vocación del hombre según el designio providencial que Dios ha predispuesto eternamente para él; la ve maternalmente presente y partícipe en los múltiples y complejos problemas que acompañan hoy la vida de los individuos, de las familias y de las naciones; la ve socorriendo al pueblo cristiano en la lucha incesante entre el bien y el mal, para que "no caiga" o, si cae, "se levante" (14).

Cada ser humano tiene bien experimentada en su propia alma esa tensión espiritual entre el pecado y la gracia, entre las pasiones malas y las virtudes, entre el deseo de amar a Dios y el atractivo de las cosas mundanas. Pero comprendemos también, por propia experiencia, cómo se facilita esa lucha interior cuando nos acogemos a la protección maternal de la Santísima Virgen. Gratias tibi, Deus, gratias tibi! Gracias a Ti, Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo, porque nos has dado, con la piedad, la con fianza y el amor a la Madre de Dios, una correspondencia, sobrada por parte de nuestra Madre; porque Ella sabe el barro de que estamos hechos, porque comprende nuestros defectos y, después de nuestros errores, nos hace volver a tu amor por ese camino suyo, lleno de delicadeza y de cariño (15).

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Hemos de rogar que no nos falte nunca ese abandono filial, especialmente cuando arrecien las tentaciones. Cuando éramos pequeños, nos pegábamos a nuestra madre, al pasar por caminos oscuros o por donde había perros.

Ahora, al sentir las tentaciones de la carne, debemos juntarnos estrechamente a nuestra Madre del Cielo, por medio de su presencia bien cercana y por medio de las jaculatorias (16).

¡Madre! -Llámala fuerte, fuerte. -Te escucha, te ve en peligro quizá, y te brinda, tu Madre Santa María, con la gracia de su Hijo, el consuelo de su regazo, la ternura de sus caricias: y te encontrarás reconfortado para la nueva lucha (17).

Hay que buscar el amparo de nuestra Madre la Virgen, también en los momentos en que la conciencia de la miseria personal amenaza con abrumarnos. Suele ser una visión poco realista, porque si es verdad que somos pecadores, es igualmente cierto que una vez que llegó al colmo el pecado, sobreabundó la gracia (18): si somos humildes, el saldo es siempre positivo, porque la misericordia de Dios es infinitamente mayor que nuestra capacidad de ofenderle. Todos los pecados de tu vida parece como si se pusieran de pie. -No desconfíes. -Por el contrario, llama a tu Madre Santa María, con fe y abandono de niño. Ella traerá el sosiego a tu alma (19).

Acudiremos a nuestra Madre, con igual confianza, cuando nos sintamos débiles, capaces -si nos deja de su mano- de cometer todos los errores y todos los horrores. La Virgen Santa María, Madre del Amor Hermoso, aquietará tu corazón, cuando te haga sentir que es de carne, si acudes a Ella con confianza (20). Y añade nuestro Padre: Ella te obtendrá gracia abundante para vencer en esta lucha cotidiana. -Y no servirán de nada al maldito esas cosas perversas, que suben y suben, hirviendo dentro de ti, hasta querer anegar con su podredumbre bienoliente los grandes

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ideales, los mandatos sublimes que Cristo mismo ha puesto en tu corazón. "Serviam!" (21).

La vida interior atraviesa también periodos en que parece que las fuerzas faltan. Lo permite el Señor para nuestra humildad, para que aprendamos a fiar todo a su poder. ¡Y cómo progresa en este camino del abandono quien aprende a dejar todas las cosas en manos de María!

Nuestro Padre nos ha transmitido su experiencia de los primeros años de la Obra, hablándonos de la imagen de la Virgen de los besos. No salía o entraba nunca, en la primera Residencia que tuvimos, sin ir a la habitación del Director, donde estaba aquella imagen, para besarla. Pienso que no lo hice nunca maquinalmente: era un beso humano, de hijo que tenía miedo... Pero he dicho tantas veces que no tengo miedo a nadie ni a nada, que no vamos a decir miedo. Era un beso de hijo que tenía preocupación por su excesiva juventud, y que iba a buscar en Nuestra Señora toda la ternura de su cariño. Toda la fortaleza que necesitaba, iba a buscarla en Dios a través de la Virgen (22).

"Volver" a Jesús por María

Si el Señor permite la desgracia de que nos alejemos de El -por tibieza, por abandono o incluso por pecados más o menos graves-, es el momento de recordar que a Jesús siempre se va y se "vuelve" por María (23). El Corazón Dulcísimo de nuestra Madre es el camino más breve, más seguro y más amable para llegarnos de nuevo a Jesucristo, si hemos tenido la desgracia de abandonarle.

Por la insondable misericordia de Dios, el arrepentimiento sincero de nuestras culpas es ocasión de notables beneficios. Felix culpa (Vigilia Pascual, Praeconium), canta la Iglesia, feliz culpa, porque ha alcanzado tener tal y tan grande Redentor. Feliz culpa, podemos añadir también,

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que nos ha merecido recibir por Madre a Santa María. Ya estamos seguros, ya nada debe preocuparnos: porque Nuestra Señora, coronada Reina de cielos y tierra, es la omnipotencia suplicante delante de Dios. Jesús no puede negar nada a María, ni tampoco a nosotros, hijos de su misma Madre (24). Porque un alma que trata y ama a Nuestra Señora sabe descubrir, de la mano de tan buena Madre, nuevas riquezas en la contrición, en el arrepentimiento.

A Santa María, en efecto, se dirige así un Padre de la Iglesia, con palabras que bien podemos hacer nuestras. ¿Quién, después de tu Hijo, se interesa como Tú por el género humano? ¿Quién como Tú nos protege sin cesar en nuestras tribulaciones? ¿Quién nos libra con tanta presteza de las tentaciones que nos asaltan? ¿Quién se esfuerza tanto como Tú en suplicar por los pecadores? ¿Quién toma su defensa para excusarlos en los casos desesperados? (25) Podemos decir que, a través de la Virgen, la misericordia del Señor llena toda la tierra (26).

Recordare, Virgo Mater Dei, dum steteris in conspectu Domini, ut loquaris pro nobis bona. Un propósito personal: no preocuparnos por ninguna cosa humana, por errónea que sea, siempre que vayamos a Dios por medio de la Virgen. Y ya sabéis cómo se va: por la Confidencia y la Confesión. Y habrá un remanso de paz; el Señor sonreirá alguna vez, cuando nos vea obrar de modo humano. A la vez que nos perdona, pensará: ya escarmentó; ahora me será más fiel (27).

Esto requiere humildad, sencillez, infancia espiritual. Si un niño pequeño hace algo mal, si -por ejemplo- rompe algún objeto de gran valor, a veces tiende a escaparse de los brazos de su madre. No se da cuenta de que ella no siempre le busca para darle una azotaina, sino para consolarle, para apretarle contra su corazón y comérselo a besos.

Pues eso es lo que os digo a vosotros: que os llenéis de confianza en Dios y que tengáis un gran deseo de no huir de El. La mejor manifestación de que no huimos será la sinceridad en la Confidencia, la claridad en la Confesión. No os agobiéis -porque el agobio no sería dolor, sino

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soberbia- cuando os hayáis equivocado. Estad serenos y volved a la casa del Padre, donde nos espera siempre la comprensión, la ternura inmensa de nuestra Madre Santa María (28).

De la mano de nuestra Madre

Hemos de tener en nuestra vida interior, como punto de referencia seguro, la finura blanquísima de nuestra Madre del Cielo, que nos bendice. Os quiero decir que, si es parte principal de nuestro espíritu esta manera de tratar confiadamente a la Madre nuestra, de modo continuo, con el paso del tiempo tenemos cada vez más motivos: porque alcanzamos la evidencia de sus intervenciones en favor nuestro, como un milagro, por Providencia ordinaria. Es algo maravilloso, que parece increíble. Y sin embargo es verdad (29). Y nos ha dicho también nuestro Padre: esa suavidad de olor que es la devoción a la Madre nuestra, al fructificar en el alma de todos mis hijos, nos ha de llevar a la confianza en la Madre que ha sabido sonreír, que no deja nunca de sonreírnos (30).

¡Qué seguridad, qué paz, qué equilibrio sobrenatural y humano posee el alma que en toda circunstancia sabe dirigirse a la Santísima Virgen con la sencillez y la confianza de un niño con su madre! Esa es necesariamente un alma enamorada de Jesucristo e identificada con El. En mi pobreza y miseria -dice un Padre de la Iglesia-, yo desearía llegar a ser, para mi reparación, el servidor de la Madre de mi Señor (...). Como un instrumento dócil en las manos del Dios excelso, así desearía yo estar sujeto a la Virgen Madre, íntegramente dedicado a su servicio. Concédemelo, Jesús, Dios e Hijo del hombre; dámelo, Señor de todas las cosas e Hijo de tu Esclava (...). Haz que yo sirva a tu Madre de modo que Tú me reconozcas por servidor; que Ella sea mi soberana en la tierra de manera que Tú seas mi Señor por toda la eternidad (31).

Pero hemos de concretar, hemos de examinarnos, porque también

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la devoción a la Virgen -tan limitados somos- puede sufrir el desgaste del acostumbramiento, de la tibieza, del desorden. Si estás orgulloso de ser hijo de Santa María, pregúntate: ¿cuántas manifestaciones de devoción a la Virgen tengo durante la jornada, de la mañana a la noche? (32).

Pregúntate, hija mía, hijo mío -nos dice el Padre-: ¿cómo cumplo las Normas marianas? ¿Pongo amor nuevo cada día en el trato con la Virgen? ¿Me esfuerzo sinceramente para rezar bien el Santo Rosario, sin atropellos, contemplando cada uno de los misterios? ¿Rezo con atención el Angelus o el Regina Coeli? ¿Saludo filialmente a mi Madre Santa María, cuando entro o salgo de mi habitación y cuando descubro su imagen por las calles de la ciudad? ¿Acudo a Ella a diario, pidiendo la limpieza de las almas? ¿Le encomiendo esa cruzada de pureza que necesita el mundo? ¿Difundo la devoción a la Virgen, aprendiendo de su humildad? ¿Procuro encomendar a nuestra Madre la paz y la unidad de los hogares? (33).

Contra un peligro sutil hemos de estar prevenidos: no trataremos intensa y filialmente a la Santísima Virgen si no estamos dispuestos a examinarnos con sinceridad y a rectificar cuantas veces sea preciso. Si la vida interior no es todo lo vibrante que debería ser, es casi seguro que no estamos tratando a Nuestra Señora como verdaderos hijos. In­voca a la Santísima Virgen; no dejes de pedirle que se muestre siempre Madre tuya.: "monstra te esse Matrem!", y que te alcance, con la gracia de su Hijo, claridad de buena doctrina en la inteligencia, y amor y pureza en el corazón, con el fin de que sepas ir a Dios y llevarle muchas almas (34).

Volvamos a la escena del Gólgota. Después de narrar cómo Jesús le entrega a su Madre por Madre suya, concluye San Juan: y desde aquel momento el discípulo la recibió en su casa (35) . Acojámosla también nosotros con mayor amor en nuestra alma, pues la dimensión mariana de la vida de un discípulo de Cristo se manifiesta de modo especial precisamente mediante esa entrega filial respecto a la Madre de Dios, iniciada con el testamento del Redentor en el Gólgota. Entregándose filialmente

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a María -escribe Juan Pablo II-, el cristiano, como el Apóstol Juan, "acoge entre sus cosas propias" a la Madre de Cristo y la introduce en todo el espacio de su vida interior (36).

Con la Virgen bien presente en nuestra vida, estaremos muy metidos en su amabilísimo Corazón y, por tanto, en el Corazón Sacratísimo de su Hijo Jesús. Y seremos, en consecuencia, más felices, más apostólicos, más eficaces.

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(1) Ioann. XIX, 25.

(2) Amigos de Dios, n. 288.

(3) Concilio Vaticano II, Const. dogm. Lumen gentium, n. 62.

(4) De nuestro Padre, Meditación, 11 -X-1964.

(5) De nuestro Padre, Crónica VIII-64, pp. 9-10.

(6) De nuestro Padre, Meditación, 11-X-1964.

(7) Surco, n. 801.

(8) Eccli. XXIV, 24.

(9) Forja, n. 190.

(10) Forja, n. 234.

(11) Antífona Alma Redemptoris Mater.

(12) Juan Pablo II, Litt. enc, Redemptoris Mater, 25-III-1987, n. 52.

(13) Juan Pablo II, Litt. enc. Redemptoris Mater, 25-III-1987, n. 52.

(14) Juan Pablo II, Litt. enc. Redemptoris Mater, 25-III-1987, n. 52.

(15) De nuestro Padre, Meditación, 11-X-1964.

(16) Surco, n. 847.

(17) Camino, n. 516.

(18) Rom. V, 20.

(19) Camino, n. 498.

(20) Camino, n. 504.

(21) Camino, n. 493.

(22) De nuestro Padre, Meditación, 11-X-1964.

(23) Camino, n. 495.

(24) Amigos de Dios, n. 288.

(25) San Germán de Constantinopla, Homilía in Sanctae Mariae zonam.

(26) Ps. XXXII, 5.

(27) De nuestro Padre, Meditación, 11-X-1964.

(28) De nuestro Padre, Meditación, 11-X-1964.

(29) De nuestro Padre, Meditación, 11-X-1964.

(30) De nuestro Padre, Meditación, 11-X-1964.

(31) San Ildefonso de Toledo, Liber de virginitate perpetua Sanctae Mariae 12.

(32) Forja, n. 433.

(33) Del Padre, Cartas de familia, n. 164.

(34) Forja, n. 986.

(35) Ioann. XIX, 27.

(36) Juan Pablo II, Litt. enc. Redemptoris Mater, 25-III-1987, n. 45.