Cuadernos 8: En el camino del amor/Contemplativos en medio del mundo

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CONTEMPLATIVOS EN MEDIO DEL MUNDO


Todos los fieles, cualquiera que sea su estado y condición (...), están llamados por Dios, cada uno en su camino, a la perfección de la santidad, por la que el mismo Padre es perfecto 1. Y al llamarnos el Señor a su Obra, sabemos muy bien que nuestro trabajo profesional es la materia que hemos de santificar, la que nos santifica y la que hemos de emplear para santificar a los demás 2. Como cristianos corrientes, nos pertenece por propia vocación buscar el reino de Dios, tratando y ordenando según Dios los asuntos temporales 3.


Contemplativos en la vida ordinaria

Vivimos en el mundo, con una ocupación profesional, y es allí donde el Señor nos ha llamado, y donde nos ha dejado para que nos santifiquemos. Nuestro fin último no está en el trabajo en sí ni en las realizaciones temporales: obrad -nos dice el Señor- no por el alimento que perece sino por el que perdura hasta la vida eterna 4. En efecto, como fin de todos nuestros trabajos y como eterna perfección de las alegrías se nos promete la contemplación 5: amar y gozar de Dios, viéndole direc-

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tamente, sin mediación de nada creado. Todos los hombres estamos llamados a esta contemplación amorosa de Dios, que será perfecta en la vida futura, cuando veamos a Dios "cara a cara" (1 Cor. XIII, 12) y con esta visión nos haga perfectamente bienaventurados. Pero ahora, aunque de modo imperfecto -"a través de espejo y en enigma" (Ibid.)-, nos corresponde contemplar la verdad divina, por la que se nos da como un adelanto de la bienaventuranza, que se inicia aquí y alcanzará su perfección en la vida futura 6.

Dios no niega esta gracia, que supone una preparación para la visión del Cielo, a quienes se esfuerzan por alcanzarla. La gracia de la contemplación -dice San Gregorio- no se da sí a los grandes y no a los pequeños; sino que muchos grandes la reciben, y también muchos pequeños; y tanto entre los que viven retirados como entre las personas casadas. Luego, si no hay estado alguno entre los fieles que quede excluido de la gracia de la contemplación, el que guarda interiormente el corazón puede ser ilustrado con la gracia de la contemplación 7.

Esta es la enseñanza, de raigambre evangélica, que nuestro Fundador difundió desde el 2 de octubre de 1928, por querer divino. La contemplación no es cosa de privilegiados. Algunas personas con conocimientos elementales de religión piensan que los contemplativos están todo el día como en éxtasis. Y es una ingenuidad muy grande. Los monjes, en sus conventos, están todo el día con mil trabajos: limpian la casa y se dedican a tareas, con las que se ganan la vida. Frecuentemente me escriben religiosos y religiosas de vida contemplativa, con ilusión y cariño a la Obra, diciendo que rezan mucho por nosotros. Comprenden lo que no comprende mucha gente: nuestra vida secular de contemplativos en medio del mundo, en medio de las actividades temporales. Nuestra celda está en la calle: ése es nuestro encerramiento. ¿Dónde se encierra la sal? Hemos de procurar que no haya nada insípido. Por eso nuestro retiro han de ser todas las cosas del mundo 8.

Debemos trabajar en las tareas humanas. Cuando nuestra mente se

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ocupa de las cosas temporales como para encontrar allí su fin, se rebaja a ellas; pero cuando se ocupa en orden a la bienaventuranza, lejos de rebajarse a ellas, las eleva 9 las convierte en instrumento de santidad y de apostolado.

Por nuestra vocación, todos los afectos, intenciones y realizaciones se integran en unidad de vida. Unir el trabajo profesional con la lucha ascética y con la contemplación -cosa que puede parecer imposible, pero que es necesaria, para contribuir a reconciliar el mundo con Dios-, y convertir ese trabajo ordinario en instrumento de santificación personal y de apostolado. ¿No es éste un ideal noble y grande, por el que vale la pena dar la vida? 10.

El espíritu de la Obra nos quiere contemplativos en el trabajo y en el descanso, en la calle y en la vida de familia.

En todas las ocupaciones, en cualquier actividad, se nos levanta el alma hasta Dios -con todo su corazón alabó al Señor; y amó a Dios, su Hacedor (Eccli. XLVII, 10)-, manteniendo un coloquio, una conversación amorosa con Nuestro Padre Celestial y con la Virgen Santísima, nuestra Madre 11.

Hemos de ser contemplativos, repetía nuestro Fundador. Y si vivimos de amor, este modo de comportarse sale solo 12.

Un camino de oración y de trabajo

Con la ayuda de Dios, cada uno ha de transformar su profesión y el cumplimiento de las obligaciones propias de su estado en oración cada vez más continuada, hasta llegar a una contemplación habitual en todas las acciones.

Esa es nuestra meta. Nuestra vida es trabajar y rezar, y al revés, rezar y trabajar. Porque llega el momento en el que no se saben distinguir estos dos conceptos, esas dos palabras, contemplación y acción, que termi-

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nan por significar lo mismo en la mente y en la conciencia.

Mirad lo que dice Santo Tomás: cuando de dos cosas una es la razón de la otra, la ocupación del alma en una no impide ni disminuye la ocupación en la otra... Y como Dios es aprehendido por los santos como la razón de todo cuanto hacen o conocen, su ocupación en percibir las cosas sensibles, o en contemplar o hacer cualquier otra cosa, en nada les impide la divina contemplación, ni viceversa (S. Th., Suppl. q. 82, a. 3 ad 4) 13.

Este modo de contemplación, del que habla Santo Tomás refiriéndose a los bienaventurados en el Cielo, puede darse también de alguna manera, mientras vivimos en la tierra. El trabajo puede incluir la contemplación, un continuo diálogo de amor con el Señor, porque para el que trabaja en gracia y con plena rectitud, Dios es toda y la última razón de su actividad. Servid a Jesucristo con tal delicadeza -escribe nuestro Padre-, que el mismo servicio que le prestáis sea ya contemplación. En mi tierra, a un trato que no es pródigo en delicadezas, se le llama así: no andarse con contemplaciones 14.

Si trabajamos enteramente para Dios, podemos tenerle presente y recordarle amorosamente, en íntimo coloquio. Nuestro trabajo se hace así ejercicio de amor. Andamos con contemplaciones con nuestro Dios. En nuestro trabajo hecho cara a Dios -en su presencia-, oramos sin interrupción, porque, al trabajar como nuestro espíritu lo pide, ponemos en ejercicio las virtudes teologales en las que está la cumbre del vivir cristiano.

Actualizamos la fe, con nuestra vida contemplativa, en ese diálogo constante con la Trinidad presente en el centro de nuestra alma. Ejercitamos la esperanza, al perseverar en nuestro trabajo, semper scientes quod labor vester non est inanis in Domino (I Cor. XV, 58), sabiendo que vuestro esfuerzo no es inútil ante Dios.

Vivimos la caridad procurando informar todas nuestras acciones con el amor de Dios, dándonos en un servicio generoso a nuestros hermanos los hombres, a las almas todas 15.

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La contemplación, ese trato con Dios que enamora y sacia, no requiere largos razonamientos, ni grandes esfuerzos de la imaginación ni de las demás potencias, porque es Dios quien la concede: les darás a beber el torrente de tu gozo 16.. Y esa acogida en el alma no impide el trabajo. Al contrario: te dejarás absorber por la actividad sólo para divinizarla, porque con nuestro espíritu lo terreno se hace divino, lo temporal se hace eterno. Nosotros miramos al Cielo, aunque la tierra, salida de las manos de Dios, es bonita y la amamos. No somos mundanos pero hemos de amar el mundo, queremos estar en él. Ni separamos tampoco la contemplación de la acción: contemplo, porque trabajo; y trabajo, porque contemplo. Nuestra vida interior infunde así en nuestra tarea fuerzas nuevas: la hace más perfecta, más noble, más digna, más amable. No nos aleja de nuestras ocupaciones temporales, sino que nos lleva a vivirlas mejor 17.

Pero, al mismo tiempo que pasiva, porque es un don de Dios, la contemplación supone una tensión, un esfuerzo, como lo supone, en el plano natural, cualquier actividad del espíritu: una ocupación intelectual, la tensión de una espera. Además exige de nuestra parte una tarea incansable de purificación de los sentidos y de las potencias, para apartar de nosotros todo lo que no es de Dios. Hace falta que nos convirtamos continuamente a Dios, que demos muerte al hombre viejo, para poder recibir la luz y el amor del Señor. Es una tarea que dura toda la vida, que deberá progresar indefinidamente, porque las virtudes teologales, que nos unen a Dios, pueden crecer siempre más y más 18. Hace falta tiempo y lucha; y el Señor va llevando al alma por caminos de luz y de amor.

Empezamos con oraciones vocales, que muchos hemos repetido de niños: son frases ardientes y sencillas, enderezadas a Dios y a su Madre, que es Madre nuestra (...). ¿No es esto -de alguna manera- un principio de contemplación, demostración evidente de confiado abandono? (...).

Primero una jaculatoria, y luego otra, y otra... hasta que parece insuficiente ese .fervor, porque las palabras resultan pobres...: y se deja paso a

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la intimidad divina, en un mirar a Dios sin descanso y sin cansancio. Vivimos entonces como cautivos, corno prisioneros. Mientras realizamos con la mayor perfección posible, dentro de nuestras equivocaciones y limitaciones, las tareas propias de nuestra condición y de nuestro oficio, el alma ansía escaparse. Se va hacia Dios, como el hierro atraído por la fuerza del imán. Se comienza a amar a Jesús, de forma más eficaz, con un dulce sobresalto 19.

Sentido sobrenatural en el trabajo

Pero no viviríamos bien la unión con Dios en las ocupaciones ordinarias, y no podríamos ser contemplativos, si descuidásemos la perfección humana del trabajo mismo o si lo cumpliésemos con egoísmo, con un dejo de propia complacencia.

Como condición indispensable para llegar a la contemplación, nuestro espíritu exige la realización de un trabajo profesional de calidad humana, bien terminado hasta en sus más pequeños detalles, con todo el empeño en la práctica de las virtudes que este esfuerzo lleva consigo. De este modo, el mismo trabajo, aun naturalmente considerado, refleja las perfecciones divinas y puede ser objeto de contemplación. Nos lo enseña de modo gráfico nuestro Padre, cuando nos habla de aquellas subidas a las torres de la catedral de Burgos, para enseñar a quienes le visitaban la crestería, un auténtico encaje de piedra, fruto de una labor paciente, costosa. En esas charlas les hacía notar que aquella maravilla no se veía desde abajo. Y, para materializar lo que con repetida frecuencia les había explicado, les comentaba: ¡esto es el trabajo de Dios, la obra de Dios!: acabar la tarea personal con perfección, con belleza, con el primor de estas delicadas blondas de piedra. Comprendían, ante esa realidad que entraba por los ojos, que todo eso era oración, un diálogo hermoso con el Señor 20.

También la falta de rectitud de intención en el trabajo haría impo-

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sible el espíritu contemplativo. Si la intención no fuera recta, la voluntad quedaría sin purificar y, por tanto, incapaz de recibir el amor de Dios. Hemos de procurar, pues, la efectiva rectitud de nuestra vida y de nuestro trabajo, sabiendo que Dios lo contempla: laborem manuum mearum respexit Deus (Genes. XXXI, 42). Ha de ser la nuestra, por tanto, tarea santa y digna de El: no sólo acabada hasta el detalle, sino llevada a cabo con rectitud moral, con hombría de bien, con nobleza, con lealtad, con justicia. De ese modo vuestro trabajo profesional no sólo será recto y santo, sino que, también por este título, será oración 21.

De acuerdo con el designio divino para nosotros, la tarea profesional tiene en sí misma una dimensión apostólica, que nos lleva a ejecutar el trabajo con deseos de ganar almas, santificando las relaciones humanas que lleva consigo. Vivid vosotros, e infundid en los demás, ese espíritu. Manifestadlo en mil detalles de vuestra vida: en la atención con que escucháis a quien, tomando ocasión del trabajo, os hace partícipes de sus propios problemas; en la ayuda callada, que pasa incluso inadvertida, a quien se en­contraba agobiado por no poder acabar su tarea; en el consejo desinteresado, que ayuda a vuestro compañero a mejorar su actividad 22

Buscar la perfección humana en el trabajo requiere espíritu de mortificación y es una constante ocasión para acordarse de Dios y de las almas, para olvidarse de sí mismos. Os he enseñado siempre que no es verdadera mortificación, porque es un desorden, mortificarse cuando esa mortificación impide o retrasa el trabajo, o produce daño al cumplimiento de vuestros deberes profesionales y sociales.

La mortificación que nos pide el Señor está en el orden, en la puntualidad, en el cuidado de los detalles de la labor que realizamos; en el cumplimiento fiel del más pequeño deber de estado, aun cuando cueste sacrificio; en hacer lo que tenemos obligación de hacer, venciendo la tendencia a la comodidad.

No perseveramos en el trabajo porque tengamos ganas, sino porque hay que hacerlo; y entonces lo hacemos con ganas y con alegría 23.

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Cumplimiento fiel de las Normas

En este es fuerzo por identificarse con Cristo -escribió nuestro Padre-, he distinguido como cuatro escalones: buscarle, encontrarle, tratarle, amarle. Quizá comprendéis que estáis como en la primera etapa. Buscadlo con hambre, buscadlo en vosotros mismos con todas vuestras fuerzas. Si obráis con este empeño, me atrevo a garantizar que ya lo habéis encontrado, y que habéis comenzado a tratarlo y a amarlo, y a tener vuestra conversación en los cielos (cfr. Philip. III, 20) 24.

Las diversas etapas del camino espiritual no presentan en la complejidad vital de cada persona diferencias nítidas. Están íntimamente unidas; entrelazadas de tal modo, que siempre hay ocasión de volver a ganar otra vez en humildad, de quitar los obstáculos de la sensualidad y de la soberbia, de perfeccionar las virtudes, de prestar mayor docilidad a la acción del Espíritu Santo en el alma. Es preciso encaminar las potencias a Dios una y otra vez. Siempre es necesario meditar las verdades de la fe y la vida del Señor, ayudándonos también con la imaginación, y con industrias humanas, si conviene. Son necesarios ratos especialmente dedicados a la oración. Es menester reencaminarse siempre. Con la oración, Dios nuestro Señor pretende inflamar nuestros deseos, de tal modo que podamos comprender lo que nos tiene preparado 25.

Escribía nuestro Padre: con la misma fuerza con que antes os invitaba a trabajar, y a trabajar bien, sin miedo al cansancio; con esa misma insistencia, os invito ahora a tener vida interior. Nunca me cansaré de repetirlo: nuestras Normas de piedad, nuestra oración, son lo primero. Sin la lucha ascética, nuestra vida no valdría nada, seríamos ineficaces, ovejas sin pastor, ciegos que guían a otros ciegos (cfr. Matth. IX, 36; Matth. X V, 14).

Hijas e hijos míos, si alguna vez el trabajo -aun disfrazado de celo apostólico- os impidiese cumplir con amorosa fidelidad las Normas de

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nuestro plan de vida, ya no estaríais haciendo el Opus Dei: lo vuestro entonces sería obra del demonio, opus diaboli 26. E insistía nuestro Fundador: no olvidéis una cosa todos, que el arma del Opus Dei no es el trabajo: es la oración. Por eso convertimos el trabajo en oración y tenemos alma contemplativa 27.

Para lograrlo tenemos un camino muy concreto. ¿Medios? Las Normas. El cumplimiento de las Normas. Cuando un hijo mío lucha por cumplir las Normas, tiene vida interior, tiene -más o menos- presencia de Dios, va por camino de ser alma contemplativa, si no ha llegado ya a serlo 28.

Especialmente en los primeros años -y muchas veces también después- es preciso que, para vivir la presencia de Dios en el trabajo, nos esforcemos en multiplicar las industrias humanas, en recitar interiormente oraciones vocales. Todo esto puede ayudarnos a mantener vivo el trato con Dios. Usamos por temporadas -sobre todo en los comienzos- de industrias humanas para hacer más activo el trato con Dios, pero no olvidéis que no es necesario llevar siempre las muletas. Cuando no se está cojo, no hace falta esa ayuda, que sería más bien impedimento 29.. Pero serían poco eficaces las industrias humanas, si descuidásemos el cumplimiento de las Normas: la Misa, los ratos de oración... Y al contrario, cuando nos esforzamos por vivirlas, con tesón, amorosamente, el diálogo con el Señor será una consecuencia lógica de nuestro deseo de tratar a Dios, de un auténtico afán de amarle y de contemplarle: será un trato más sencillo y espontáneo.

Hemos de encontrar nuestro alimento en la Misa, que es el centro de nuestra vida interior, en el encuentro con Cristo en el Evangelio y en la Sagrada Eucaristía, en la confianza amorosa con María Santísima, en la docilidad a las inspiraciones del Espíritu Santo, en, el trato filial con nuestro Padre Dios. En una palabra: en el cumplimiento de nuestras Normas de vida, con el espíritu peculiar de la Obra 30.

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Buscar la presencia de Dios

Hacer del trabajo oración, contemplación, diálogo con Dios, no es cuestión de técnicas ni de métodos, sino de amor, entregado y generoso. El amor os llevará a cuidar delicadamente las cosas pequeñas, y eso no es cuadricular la vida. Estaréis en los detalles, con el vigor del hábito ya formado -de la virtud cristiana- y, a la vez, con la espontaneidad jugosa de lo que está vivo, de quien busca ocasiones inéditas de manifestar que cree y ama 31.

De ahí que procurar el trato con Dios durante el trabajo, no se reduce a fórmulas, más o menos eficaces. Debéis mantener -a lo largo de vuestro día- un diálogo constante con el Señor, que se alimente de las mismas incidencias de vuestra tarea profesional. Id con el pensamiento al Sagrario, y ofreced al Señor la labor que tengáis entre manos; acudid a nuestra Madre del cielo y a nuestro Padre y Señor San José, para que os ayuden a superar las pequeñas contradicciones que puedan presentarse; encomendad a vuestros compañeros y colegas a sus Angeles Custodios; reavivad la intención apostólica, aprovechando las pausas en la labor; pedid luz al Espíritu Santo, para resolver de manera adecuada los problemas con que os enfrentéis 32.

Las Normas de siempre nos darán el pulso de nuestro afán por vivir la vocación contemplativa, porque son una necesidad para un alma enamorada de Dios. Son medios que han salido con naturalidad, como una necesidad, para pedir ayuda al Señor, para tratar a la Virgen. No hay ninguna cosa artificial; todo es fruto de la vida -primero hemos vivido, y después hemos hecho la norma-; no hay nada que no sea natural: todo es divino y, al mismo tiempo, humano, porque la .falta de humanidad estorba para ir a Dios 33.

Nuestro Fundador aseguraba que no se puede llegar a tener vida interior si no se pasan varios años con la preocupación de hacer muchos actos de amor de Dios, y tantas mortificaciones, y jaculatorias. Y, para esto,

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como yo decía a los primeros hermanos vuestros, es un buen medio consagrar cada día de la semana a una devoción sólida: a la Santísima. Trinidad, a la Eucaristía, a la Pasión, a la Virgen, a San José, a los Santos Angeles Custodios, a las benditas ánimas del purgatorio 34. Tenemos que esforzarnos recurriendo, cuando haga falta, a las industrias humanas -despertadores, las llamaba algunas veces nuestro Padre-, que nunca se pueden desechar definitivamente. Hijos, ¿me cumplís las Normas? ¿Cuidáis la presencia de Dios? ¿Procuráis decir jaculatorias, actos de amor y también actos de contrición? Tienes que preguntar a tu Director qué industrias humanas has de poner en práctica para buscarla. Es una cosa personal; es como una medicina: la dosis depende de la persona 35.

Cuando nos esforzamos por trabajar bien, por amor a Dios y para acercarle almas, llega un momento en que es imposible establecer una diferencia entre trabajo y contemplación: no se puede decir hasta aquí se reza, y hasta aquí se trabaja. Se continúa siempre rezando, contemplando en la presencia de Dios. Siendo hombres de acción en apariencia, vamos a parar a donde fueron a parar los místicos más altos: volé tan alto, tan alto, / que le di a la caza alcance, hasta el corazón de Dios. Pierde si quieres ganar. / Baja si quieres subir. / Sufre si quieres gozar. / Muere si quieres vivir. En la calle, nel bel mezzo della strada, se llega a eso: volé tan alto, tan alto... Se es contemplativo, se está en trato constante con Dios. Por eso no me cabe en la cabeza que un hijo mío se aburra. Todos tenemos un diálogo divino. Por eso nos duelen tanto los errores, y enseguida vamos cuanto antes a pedir perdón a Dios. Y ¿qué es eso, sino vida contemplativa? 36.

Su consecuencia es la unidad de vida, que supone una lucha constante, para que tú, según tu conciencia, te ajustes, cada día, cada hora, cada momento, a lo que piensas. Y si no te sientes contento, debes saber que cada día lo haces mejor. Es la inquietud del artista, cuando ve terminada la obra, y dice: ¡no es exactamente lo que quería! ¡Todavía falta algo! 37.

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El hombre fue creado para que levantase su mente a la altura de la contemplación, y ninguna distracción le apartase de su camino de amor 38. Nuestra vocación la exige de tal manera, que no podemos perseverar en nuestra vocación si no somos contemplativos, si no convertimos nuestra vida en Amor 39. La luz será tinieblas, si tú no eres contemplativo, alma de oración continua; y la sal perderá su sabor, sólo servirá para ser pisada por la gente, si tú no estás metido en Dios 40.

El camino es trabajar con perfección, por amor a Dios. La realidad maravillosa de nuestra vocación, que nos lleva a buscar al Señor a través de la perfecta realización del trabajo ordinario, hace que recibamos las gracias necesarias para convertir nuestra vida entera en una continua oración 41. Como en Cristo, no habrá distinción entre la vida activa y la contemplativa. Cuando nuestro Redentor vino, encarnándose, al vivir las dos, las asoció en Sí mismo 42. Nosotros le seguimos con nuestras Normas y nuestras Costumbres. Cúmplelas -repite nuestro Padre-, y llegará un momento en el que podrás decir, sintiendo esta verdad en lo más íntimo de tu alma: no soy yo el que vivo, sino que Cristo vive en mí (Galat. II, 20) 43.

Seremos entonces verdaderamente contemplativos, tendremos una prenda segura del Cielo, porque la contemplación comienza aquí y se completa en la Patria celestial (...). Jamás se acaba la contemplación, porque, desaparecida la luz del presente siglo, llega a su perfección 44.

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(1) Concilio Vaticano II, Const. dogm. Lumen gentium, n. 11.

(2) De nuestro Padre, Instrucción, 8-XII-1941, n. 128.

(3) Concilio Vaticano II, Const. dogm. Lumen gentium, n. 31.

(4) Ioann. VI, 27.

(5) San Agustín, De Trinitate 1, 8.

(6) Santo Tomás, S. Th. II-II, q. 180, a. 4 c.

(7) San Gregorio, In Ezechielem homiliae 2, 5, 19.

(8) De nuestro Padre, Tertulia, 30-X-1964.

(9) Santo Tomás, S. Th. q. 83, a. 6 ad 3.

(10) De nuestro Padre, Instrucción, 19-III-1934, n. 33.

(11) De nuestro Padre, Carta, 29-VII-1965, n. 1.

(12) De nuestro Padre, Crónica, 1967, p. 592.

(13) De nuestro Padre, Carta, 9-I-1932, n. 14.

(14) De nuestro Padre, Carta, 29-VII-1965, n. 44.

(15) De nuestro Padre, Carta, 15-X-1948, n. 24.

(16) Ps. XXXV, 9.

(17) De nuestro Padre, Tertulia, 2-XI-1964.

(18) Cfr. Santo Tomás, S. Th. II-II, q. 24, a. 7 c.

(19) Amigos de Dios, n. 296.

(20) Amigos de Dios, n. 65.

(21) De nuestro Padre, Carta, 15-X-1948, n. 26.

(22) De nuestro Padre, Carta, 15-X-1948, n. 27.

(23) De nuestro Padre, Carta, 15-X-1948, n. 25.

(24) Amigos de Dios, n. 300.

(25) San Agustín, Epistola 130, 8, 17.

(26) De nuestro Padre, Carta, 15-X-1948, n. 21.

(27) De nuestro Padre, Crónica, 1967, p. 594.

(28) De nuestro Padre, Instrucción, mayo-1935, 14-IX-1950, nota 9.

(29) De nuestro Padre, Carta, 29-IX-1957, n. 70.

(30) De nuestro Padre, Carta, 15-X-1948, n. 21.

(31) De nuestro Padre, Carta, 29-VII-1965, n. 62.

(32) De nuestro Padre, Carta, 15-X-1948, n. 22.

(33) De nuestro Padre, Crónica, 1967, p. 597.

(34) De nuestro Padre, Tertulia, 12-I-1955.

(35) De nuestro Padre, Crónica, 1967, p. 597.

(36) De nuestro Padre, Tertulia, 30-X-1964.

(37) De nuestro Padre, Crónica, 1967, p. 598.

(38) San Gregorio Magno, Moralia 8, 10, 18.

(39) De nuestro Padre, Instrucción, 8-XII-1941, n. 130.

(40) De nuestro Padre, Meditación La oración de los hijos de Dios, 4-IV-1955.

(41) De nuestro Padre, Carta, 29-VII-1965, n. 1.

(42) San Gregorio Magno, Moralia 28, 13, 33.

(43) De nuestro Padre, Meditación, 12-IV-1954.

(44) San Gregorio Magno, In Ezechielem homiliae 2, 2, 9.