Cuadernos 8: En el camino del amor/Aprender a querer

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APRENDER A QUERER

En su Providencia amorosa, Dios quiso que el hombre naciese en el seno de un hogar, que su existencia misma fuera fruto del amor. Por eso, una atmósfera de cariño -personal, intransferible- es el clima adecuado para que se desarrolle humana y sobrenaturalmente, y se ha­ga persona adulta.

No me importa repetirlo muchas veces, nos decía nuestro Padre. Cariño, lo necesitan todas las personas, y lo necesitamos también en la Obra. Esforzaos para que, sin sensiblerías, aumente siempre el afecto hacia vuestros hermanos. Cualquier cosa de otro hijo mío debe ser -¡de verdad!- muy nuestra: el día que vivamos como extraños o como indiferentes, hemos matado el Opus Dei (1).


El cariño de Jesús a los hombres

Esta necesidad de afecto es ya una dimensión natural de la vida del hombre, que Jesucristo, perfectus Homo (2) , asumió y realizó plenamente. Jesús nació en el seno de una familia donde el amor era la única razón de vida de sus miembros; creció protegido por el afecto personalísimo de María y de José; y, siendo ya adulto, se rodeó de un grupo de

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amigos a quienes ofreció el cariño humano y sobrenatural que necesitaban.

La vida de Jesús nos enseña a tratar a cada uno según sus circunstancias particulares. El cariño de Cristo no se pierde en el anonimato de la multitud, ni se difumina entre la turba de los que le siguen: se dirige a cada uno, de modo personal e íntimo: al ponerse el sol, todos los que tenían enfermos con diversas dolencias, los traían a El. Y El, poniendo las manos sobre cada uno, los curaba (3).

La preocupación de Jesús por cada persona era más evidente cuanto más próxima a El se encontraba. Y así, como amaba a Marta, a su hermana María y a Lázaro (4), le vemos llorar ante la muerte del amigo querido y conmoverse: Jesús comenzó a llorar. Decían entonces los judíos: mirad cómo le amaba (5). Y comentaba nuestro Fundador: hijos míos: la vida de Cristo, pero especialmente estas escenas de Betania, son una llamada al trato de amistad. Que no os dé vergüenza tener corazón. Si no lo tuvierais, ni seríais humanos, ni, como somos hombres, podríais ser divinos. No tengáis miedo a quereros, con cariño de verdad, poniendo el corazón como Jesucristo (6).

En otra ocasión, el Señor se preocupa con amorosa solicitud del reposo de los discípulos: venid vosotros solos a un lugar apartado, y descansad un poco (7). Y ese mismo cariño le lleva a reprender cuando es necesario -no sabéis a qué espíritu pertenecéis (8)-, y a dar continuo ejemplo de servicio. San Juan resume así, poco antes de la Pasión, la vida de Jesucristo: sabiendo Jesús que había llegado su hora de pasar de este mundo al Padre, como amase a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el fin (9).

No hay nada que arrastre tanto como el cariño. Servid con amor. ¡Cuántos pasajes del Evangelio nos recuerdan que Cristo se deja ganar por el amor! Y .ya sabéis, porque lo hemos meditado muchas veces, que

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cuando quiere señalar la característica que distinguirá a los suyos, les dice: que os améis unos a otros (...). En esto conocerán que sois mis discípulos (Ioann. XIII, 34-35) (10).

Caridad sobrenatural y cariño humano

El amor de Dios por los hombres, manifestado en Cristo, es lo que debemos imitar. Quereos mucho unos a otros -nos repetía nuestro Padre-. Y al decir esto, os digo lo que está en la entraña del Cristianismo: Deus caritas est (I Ioann. IV, 8), Dios es cariño. ¿Os acordáis de aquel Juan, Patrono nuestro, que es también tan buen modelo para aprender a amar a Jesucristo? Cuando estaba ya viejo, viejo, viejo, aunque él se debía sentir joven, joven; cuando quizá, porque el cuerpo ya no respondía, casi ni podía hablar, repetía a sus discípulos: filioli, diligite alterutrum (San Jerónimó, In ep. ad Galat. comm. 3, 6).

Hijos de mi alma, amaos los unos a los otros, que lo demás son pamplinas. Dejaos de simpatías y antipatías; nosotros obramos sobrenaturalmente. ¡Quereos! ¡Quereos de verdad! (11).

El cariño fraterno está particularmente exigido en el Opus Dei porque somos una familia de vínculo sobrenatural, en la que se realizan aquellas palabras de Jesús: ecce mater mea et fratres mei; quicumque enim fecerit voluntatem Patris mei qui in coelis est, ipse meus frater et soror et mater est (Matth. XII, 49 y 50); aquí están mi madre y mis hermanos, porque cualquiera que haga la voluntad de mi Padre, que está en los cielos, es mi hermano y mi hermana y mi madre (12).

Esta familia de vínculo sobrenatural, más fuerte que todos los lazos de la sangre, exige una sobreabundancia de caridad. Si el solo hecho de ser de una misma ciudad -predicaba San Juan Crisóstomo- les basta a muchos para hacerse amigos, ¿cuál tendrá que ser el amor entre nosotros, que tenemos la misma casa, la misma mesa, el mismo

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camino, la misma puerta, idéntica vida, idéntica cabeza; el mismo pastor y rey y maestro y juez y Creador y Padre? (13). Por esto, hijos míos -añade nuestro Padre-, sentid en vuestras almas esta bendita fraternidad, que se traduce en quereros de verdad, más que si tuviéramos la misma sangre: que, además, la tenemos, porque somos hijos de Dios, bañados y purificados por su Sangre misma, y elegidos con idéntica vocación (14).

¿Y cómo poner en práctica este cariño que Dios espera de cada uno de nosotros y al que tienen derecho nuestros hermanos? En primer lugar siendo siempre muy humanos, hijos míos. Para ser muy espirituales, muy sobrenaturales, hay que ser muy humanos, esforzarse por tener un sentido entrañablemente humano de la vida. Dios Nuestro Señor no edifica sobre el desorden de una vida deshumana. Hemos de comprender, hemos de con vivir, hemos de disculpar sin escandalizarnos nunca de nada ni de nadie: porque esto alentará a vuestros hermanos y les animará a buscar vuestra ayuda (15)..

Se trata de hacer agradable la vida a los demás, sacrificando los propios gustos, por legítimos que sean, cuando su realización llevara consigo un desafecto a nuestros hermanos: cuando os digo que hay que hacerse alfombra donde pisen blando los demás -son palabras de nuestro Fundador-, no hago una frase bonita; ha de ser una realidad. Esto es difícil, como es difícil la santidad; pero es fácil, porque la santidad es asequible a todos (16).

Se trata también de disculpar lo que nos desagrada en las personas que tenemos a nuestro lado. Al ser muy humanos -insiste nuestro Padre-, sabréis pasar por encima de pequeños defectos y ver siempre, con comprensión maternal, el lado bueno de las cosas. De una manera gráfica y bromeando, os he hecho notar la distinta impresión que se tiene de un mismo fenómeno, según se observe con cariño o sin él. Y os decía -y perdonadme, porque es muy gráfico- que, del niño que anda con el dedo en la nariz, comentan las visitas: ¡qué sucio!; mientras su madre dice: ¡va a ser investigador!

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Hijas e hijos míos, ya me comprendéis: hemos de disculpar. No manifestéis repugnancia por pequeñeces espirituales o materiales, que no tienen demasiada categoría. Mirad a vuestros hermanos con amor y llegaréis a la conclusión -llena de caridad- de que ¡todos somos investigadores! (17).

Desvelos de Buen Pastor

Cada uno de nosotros, si de verdad amamos a nuestros hermanos, deberá sentir dentro de sí aquella sollicitudo omnium ecclesiarumn que pesaba sobre el corazón de San Pablo: una solicitud amorosa, siempre vigilante, que está pendiente del bienestar espiritual y material de los demás: ¿quién desfallece sin que yo desfallezca? ¿Quién tiene un tropiezo sin que yo me abrase de dolor? (19).

¡Hijos míos!, ¡hijos de mi alma!: no ene olvidéis que cada uno de vosotros ha entrado por la puerta, por el amor de Cristo. Sois ovejas del mismo redil y al mismo tiempo, de algún modo, además de ovejas de ese redil, cada uno de vosotros ha de ser también buen pastor de esas ovejas. Y que, si tiene el deber de dejarse conducir y responder por su nombre, tiene también el deber, no menos fuerte, de contribuir a la santidad y a la perseverancia de sus hermanos (20): con el buen ejemplo, con la corrección fraterna, con el impulso santo de nuestra vida mortificada.

El Buen Pastor -nos lo recuerda Jesucristo en el Evangelio- conoce a sus ovejas una a una, camina delante de ellas y las ovejas le siguen porque conocen su voz (21); su cariño -hecho de mil detalles- se encamina al bien del rebaño entero: vine para que tengan vida y la tengan en abundancia (22). Es ésta la figura que debemos imitar. Recuerdo haber visto de niño a los pastores -escribió nuestro Padre-, envueltas en sus zamarras de piel, en los días crudos del invierno del Pirineo, cuan-

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do la nieve lo cubre todo, pasar por las cañadas de la tierra mía con aquellos perros fidelísimos y aquel borrico cargado hasta lo indecible con los enseres del pastor. Encima de todo, el borrico llevaba un gran caldero, donde el amo preparaba la comida y los potingues que ponía sobre las heridas de sus ovejas. Si apuna se había descalabrado -como dicen allí-, si se había roto una pata, he visto al pastor encarnar la vieja parábola evangélica (cfr. Luc. XV, 1-7), y conducir sobre sus hombros la oveja herida. Como tantas otras veces le veía llevar entre los brazos, amorosamente, un cordero recién nacido.

Hijos míos, esto es hermoso y esto es lo que hemos de hacer: pedir al Señor que nos perdone, y que perdone a los demás; comprender, y tomar sobre nuestros hombros al equivocado, al que se descalabró; y si aquella oveja no tiene sentido de orientación, hacer que vayan delante las que van detrás; y recoger y cuidar a los recién nacidos en la Obra, dándoles el calor de nuestros brazos (23).

Es una obligación de justicia que gustosamente adquirimos al venir a la Obra: Dios cuenta con la ayuda de nuestro cariño para santificar a los demás, para hacerlos felices y fieles. En Casa -nos advierte nuestro Padre-, tenemos obligación de sentir y vivir una honda y continua preocupación por los demás. Este cariño -humano y sobrenatural, porque la vocación nos hace más de Dios y más humanos- viene exigido por la naturaleza misma de la llamada recibida. No podemos santificarnos en la Obra, si no hay una disposición continua de servicio a los demás y, en primer término, a nuestros hermanos (24).

Gracia divina y esfuerzo humano

Sin embargo, no es fácil ser afectuoso en todo momento y con todos, aunque a personas temperamentalmente cordiales quizá les cueste menos. De todos modos, la demostración efectiva de cariño, con sacrificio personal y olvido de sí, exige siempre esfuerzo decidido, porque no

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es sólo tarea del corazón -aunque el corazón tenga su parte-, ni fruto exclusivo del sentimiento.

Un cariño alimentado sólo por la afectividad, además de no estar sobrenaturalizado, encubriría seguramente el amor propio, el deseo de ser correspondido, en lugar de ser un ofrecimiento desinteresado a los demás. Un afecto así ni siquiera sería verdadero cariño, porque carecería de la nota fundamental -entrega de sí mismo al hermano, por amor de Dios-, que debe distinguirlo; no sería otra cosa que manifestación de una amistad egoísta, y podría llegar incluso a constituir un atentado contra la unidad de la Obra y contra el precepto de la caridad.

Tampoco sería cariño verdadero el de quien se contentara con determinadas manifestaciones de afecto, estereotipadas e impersonales, como si la caridad de Cristo fuese producto de técnicas más o menos desarrolladas; el que esto hiciera, convertiría el auténtico cariño -que nace de la propia interioridad- en meras fórmulas de cortesía humana y de urbanidad: habría matado en su alma la raíz de la verdadera caridad.

Por el contrario, el cariño que se nos pide en Casa es universal, abierto a todos, porque procede de un corazón hecho grande por la gracia divina. No nos equivocamos si decimos que el corazón de Pablo abarcaba el mundo entero. Era capaz de acoger ciudades enteras, pueblos y naciones: "mi corazón se ha ensanchado" (II Cor. VI, 11), decía. Y ese amor que agigantaba su corazón, le hacía decir: "os escribo con gran pena y el corazón angustiado, con muchas lágrimas" (Ibid. II, 4). Su corazón llegaba hasta el cielo, era grande como el mundo, lleno de luz como el sol y más ardiente que el fuego, duro como el diamante. Hacía correr ríos: "ríos de agua viva manarán de su corazón" (Ioann. VII, 38). Aquel corazón vivía de una vida nueva, pero de una vida que no era la nuestra: "no soy yo el que vivo, sino que Cristo vive en mí" (Galat. II, 20) (...). Aquel corazón que mereció amar a Cristo como ningún otro lo había amado, que despreciaba la muerte y la gehenna, estaba sin embargo lleno de ternura para sus hermanos (25).

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El cariño que hemos de vivir, brota de un corazón en el que habita el Espíritu Santo. Es la misma caridad que nos hace sentirnos y vivir como hijos de Dios, pues los que son movidos por el Espíritu de Dios, ésos son hijos de Dios (26), y llenarnos de sus frutos: caridad, gozo, afabilidad, bondad, mansedumbre... (30).

Aprender a querer

Si querer a los demás no es cuestión de temperamentos ni de técnicas, sino fruto del esfuerzo personal y de la gracia, la consecuencia clara es que todos podemos y debemos desarrollar esta virtud en nuestra vida. Hemos de aprender a querer a los demás con cariño sobrenatural y humano, como se aprenden todas las virtudes: con hechos concretos, con oración, con preocupación constante por nuestros hermanos, que debe manifestarse en la vida ordinaria: adivinar sus gustos, sus necesidades, sus penas, sus alegrías... Si un hermano o una hermana andan desabrigados y desprovistos del sustento cotidiano -amonesta el Apóstol Santiago-, ¿de qué le servirá que alguno de vosotros le diga: "id en paz, defendeos del frío y comed a satisfacción"; si no le dais lo necesario para el cuerpo? (28).

La preocupación afectiva y efectiva de nuestro Padre por todos es para nosotros ejemplo elocuente. En cierta ocasión, en uno de sus viajes, supo que un hijo suyo iba a ser intervenido quirúrgicamente. Hace pocos minutos -decía entonces-, me han confirmado que operan a un hermano vuestro. Me han dicho que puede quedarse en la operación, y yo no vivo. Querría que os unierais a mi oración, a mi petición, para que el Señor nos lo quiera curar. Insistid una y otra vez, con tozudez, para que el Señor quiera, partiendo siempre de que amamos y aceptamos su Voluntad Santísima, aunque nos cueste.

Esta misma preocupación hemos de vivirla en lo espiritual: hemos de

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desvelarnos para que los hermanos nuestros tengan la vida de Dios; que los demás cuenten con nuestra ayuda, con nuestro cariño, con nuestra corrección fraterna, y así encuentren más amable el camino. Rezad siempre con fe y, cuando pidáis por necesidades concretas, renovad vuestra oración, diciendo al Señor: ¡si te da la gana, puedes!, ¡que quieras, Señor! Rezad, insisto, con fe y con confianza. Ahora, volviendo al caso concreto de antes, por ese hermano vuestro; y siempre por todos. Adquirid el hábito sobrenatural de querer, con hechos, con oración, de verdad, a vuestros hermanos (29).

Este cariño paterno y materno de nuestro Fundador debe ser para nosotros una llamada a la responsabilidad, acicate para querer de verdad, con el corazón y la cabeza, a nuestros hermanos. Hijos de mi alma, Dios Nuestro Señor me hace sentir a mí, más que nunca, la ternura en el corazón. Hace que os quiera a todos con una ilusión, con un empeño, con un deseo que me lleva a ayudaros y -por qué no decirlo- a fastidiarme, a sacrificarme, por vosotros y por Dios (30).

De pocas cosas puedo ponerme de ejemplo. Y, sin embargo, en medio de todos mis errores personales, pienso que puedo ponerme como ejemplo de hombre que sabe querer. Vuestras preocupaciones, vuestras penas, vuestros desvelos son para mí una continua llamada. Querría, con este corazón mío de padre y de madre, llevar todo sobre mis hombros (31).

Querer con obras

No hay señal, no existe marca alguna que distinga mejor al cristiano, que el cuidado que tiene por sus hermanos (32). Así se ha vivido en la Obra desde el comienzo, y así debemos vivir cada uno de nosotros. No quiero detenerme a comentaros -escribía nuestro Padre en 1940- las maravillas de la caridad sobrenatural y del cariño humano verdadero, que con tanta delicadeza estáis viviendo desde el principio de la Obra: no

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son pocas las almas que han descubierto el Evangelio en este calor cristiano de nuestro hogar, donde nadie puede sentirse solo, donde nadie puede padecer la amargura de la indiferencia (33).

El cariño a nuestros hermanos nos impulsará, en primer lugar, a ayudarles a conservar su vocación, que es el tesoro más espléndido que el Señor nos dio. Esa caridad os llevará a contribuir con vuestro es fuerzo, para que cada uno sea santo, para que todos tengan una sólida vida interior (34). En una de las Instrucciones, nuestro Padre nos recuerda que, cuando hay caridad, que es cariño humano y sobrenatural, es muy fácil conocer .y atender las necesidades espirituales y materiales de los que viven con nosotros. Y he añadido en muchas ocasiones que, si se presentase el caso de una defección de la que no supiéramos explicar las causas, no disculparía de pecado -y a veces, de pecado grave- a los Directores y a aquellos hijos míos que hayan convivido con esa persona (35)

Esta preocupación por los demás debe manifestarse en la oración y en la mortificación constantes, en la práctica de la corrección fraterna, en el buen ejemplo, en la palabra de ánimo cuando sea necesario. Si sabéis que algún hermano vuestro viene retrasando la meditación, o se olvida de confesar en el día señalado, ¿por qué no ayudarle?: oye, ¿vamos a hacer la meditación?; ¿vienes a confesarte?: hoy nos toca... Si nos damos cuenta de que a aquél o al otro la mortificación le cuesta, ¿no le podremos allanar el camino, con una palabra cariñosa y buen ejemplo? (36).

La fraternidad no depende de las circunstancias exteriores -simpatía humana, mayor o menor cercanía-, porque, por encima de las diferencias de carácter y de la separación física, nos une el vínculo indisoluble de un cariño santo. Nadie debe estar solo, y si está solo es porque quiere (37), porque no quiere recibir el afecto fraterno de sus hermanos. Nadie nos es indiferente: alegraos con los que se alegran, llorad con los que lloran. Tened los mismos sentimientos los unos hacia los otros (38). Que nadie se sienta solo en Casa; que esté persuadido de que se le

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comprende; y, si tiene una ,flaqueza, se le disculpa y se le da la mano; .y de que, para su debilidad, está la fortaleza de todos los otros. (39).

También se manifiesta el cariño en el cuidado de mil detalles materiales: si ves que aquél necesita ropa y no lo dice -que debe decirlo-, lo dices tú; y si aquél no come, lo adviertes al Director (40). Y en caso de enfermedad o vejez, lo mismo. Desde siempre, cuando algún hijo mío cae enfermo, he dicho a los que tienen que atenderlo: hijos míos, que esta criatura no se acuerde de que tiene lejos a su madre. Quiero indicar con esto que, en esos momentos, hemos de ser nosotros como su madre, para ese hijo mío y hermano vuestro, con el cariño y los cuidados que ella pondría (41).

Pero es en la convivencia cotidiana, donde ordinariamente más ocasiones tenemos de demostrar a los demás nuestro cariño fraterno: rodeándoles de un ambiente grato; cuidando las cosas materiales, el orden y la limpieza del hogar; facilitando su descanso en las tertulias, con la preparación de temas que son de su interés; pasando por alto los roces propios de toda convivencia. Cuando son cosas de poca importancia, decimos lo que pensamos -a veces, ni siquiera lo diremos- y dejamos pasar la opinión contraria sin volver a exponer nuestro criterio. Callamos por prudencia, si no se ocasiona perjuicio, aunque lo que se dice sea equivocado: ¡qué más da, por ejemplo, que alguien sostenga que tenemos veintiocho años, aunque la verdad sea que tenemos treinta! Y así, en tantas otras cosas (42).

Una manifestación especial de cariño, muy propia del espíritu de familia de la Obra, es la celebración del santo o cumpleaños de nuestros hermanos, colaborando en lo que haga falta. En Casa hay una tradición en estos veintiocho años -decía nuestro Padre en 1956-, que no se ha roto jamás: que por alegrar la vida a nuestros hermanos se canta, se baila y se hace lo que sea. Nunca se ha dicho que no se sabe o que no se puede (43).

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No tengáis miedo a quereros como hermanos; quereos de verdad, hijos míos. Protegidos por este amor, por esta caridad de Cristo, no habrá dificultad que no podáis superar, y seréis fieles; os apoyaréis unos en otros, y el que fuera a caer, se sentirá sostenido: alter alterius onera portate, et sic adimplebitis legem Christi (Galat. VI, 2) (44).

Los frutos del cariño fraterno, humano y sobrenatural, que vivimos en el Opus Dei, están bien patentes en la vida santa de nuestros hermanos. Por eso nuestro Padre no cesaba de repetirnos: quereos con amor sobrenatural, con amor eficaz, que ponga a Dios en todos los afectos y sobre todos los amores. Cuanto más os queráis, con ese afecto santo, querréis más a la Obra (45): haremos agradable la entrega a Dios de los demás y seremos cada día discípulos más fieles de Jesucristo, porque estaremos viviendo el mandamiento nuevo del amor.

Si os amáis, cada una de nuestras casas será el hogar que yo he visto, lo que yo quiero que haya en cada uno de nuestros rincones. Y cada uno de vuestros hermanos tendrá un hambre santa de llegar a casa, después de la jornada de trabajo; y tendrá después ganas de salir a la calle, a la guerra santa, a esta guerra de paz (46).

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(1) De nuestro Padre, Tertulia, octubre 1968.

(2) Symb. Athan.

(3) Luc. IV, 40.

(4) Ioann. XI, 5.

(5) Ioann. XI, 33.

(6) De nuestro Padre, Crónica V-65, p. 34.

(7) Marc. VI, 31.

(8) Luc, IX, 55 (Vg.)

(9) Ioann. XIII, 1.

(10) De nuestro Padre, Tertulia, octubre 1968.

(11) De nuestro Padre, Tertulia, 19-III-1964.

(12) De nuestro Padre, Carta, 29-IX-1957, n. 76.

(13) San Juan Crisóstomo, In Matthaeum homiliae 32, 7.

(14) De nuestro Padre, Tertulia, octubre 1968.

(15) De nuestro Padre, Carta, 29-IX-1957, n. 34.

(16) De nuestro Padre, Crónica VII-55, p. 5.

(17) De nuestro Padre, Carta, 29-IX-1957, n. 35.

(18) II Cor. XI, 28.

(19) II Cor. XI, 29.

(20) De nuestro Padre, Meditación, 12-III-1961.

(21) Ioann. X, 4.

(22) Ioann. X, 10.

(23) De nuestro Padre, Instrucción, 31-V-1936, nota 122.

(24) De nuestro Padre, Tertulia, octubre 1968.

(25) San Juan Crisóstomo, Super Epistola ad Romanos homiliae 32.

(26) Rom. VIII, 14.

(27) Galat. V, 23.

(28) Iacob. II, 15-16.

(29) De nuestro Padre, Tertulia, octubre 1968.

(30) De nuestro Padre, Carta, 29-IX-1957, n. 23.

(31) De nuestro Padre, Tertulia, octubre 1968.

(32) San Juan Crisóstomo, Homiliae 6, 3.

(33) De nuestro Padre, Carta, 11-III-1940, n. 7.

(34) De nuestro Padre, Meditación, 29-III-1956.

(35) De nuestro Padre, Instrucción, 31-V-1936, n. 97.

(36) De nuestro Padre, Meditación, 29-III-1956.

(37) De nuestro Padre, Instrucción, mayo-1935, 14-IX-1950, nota 73.

(38) Rom XII, 15-16.

(39) De nuestro Padre, Meditación, 15-IV-1954.

(40) De nuestro Padre, Meditación, 29-III-1956.

(41) De nuestro Padre, Carta, 29-IX-1957, n. 12.

(42) De nuestro Padre, Carta, 29-IX-1957, n. 77.

(43) De nuestro Padre, Crónica, 1969, p. 495.

(44) De nuestro Padre, Instrucción, 31-V-1936, nota 133.

(45) De nuestro Padre, Meditación, 29-III-1956.

(46) De nuestro Padre, Meditación, 29-III-1956.