Cuadernos 8: En el camino del amor/Amor a la Obra y humildad colectiva

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AMOR A LA OBRA Y HUMILDAD COLECTIVA


Desde el primer momento de la llamada divina se abrieron paso en nuestra vida -con evidencia sobrenatural creciente- aquellas palabras de nuestro Fundador: Carísimos: en mis conversaciones con vosotros repetidas veces he puesto de manifiesto que la empresa, que estamos llevando a cabo, no es una empresa humana, sino una gran empresa sobrenatural, que comenzó cumpliéndose en ella a la letra cuanto se necesita para que se la pueda llamar sin jactancia la Obra de Dios (...).

La Obra de Dios no la ha imaginado un hombre, para resolver la situación lamentable de la Iglesia en España desde 1931.

Hace muchos años que el Señor la inspiraba a un instrumento inepto y sordo, que la vio por vez primera el día de los Santos Angeles Custodios, dos de octubre de mil novecientos veintiocho (1).


La Providencia amorosa de Dios con el Opus Dei

Muchas veces nos manifestó nuestro Padre que toda la historia de la Obra es una historia de las misericordias de Dios (2) . El Señor ha dirigido personalmente la construcción de este edificio sobrenatural, teniendo a nuestro Fundador como instrumento fidelísimo, y continúa diri-

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giendo ahora su desarrollo y expansión por todo el mundo, sirviéndose del Padre, que vive y hace todo en plena unión con el espíritu de nuestro Fundador.

Este es el modo divino de hacer las cosas: una primero y otra después, guiando los pasos, utilizando causas segundas, mediaciones humanas. Mirad lo que nos cuentan los Hechos de los Apóstoles, al narrar la conversión de Saulo. Después de que el Señor lo ha herido con su gracia, él dice: Domilie, quid me vis facere?; Señor, ¿qué quieres que haga? Y oye la respuesta divina: surge et ingredere in civitatem et ibi dicetur tibi quid te oporteat facere (Act. IX, 6); levántate, entra en la ciudad, y allí te dirán lo que conviene que hagas. ¿Veis?, una gracia primero, un encargo después: con una divina selección de tiempos, de modos y de circunstancias. Así ha ido el Señor haciendo su Obra: primero una Sección, después otra, y después -nuevo don- los sacerdotes. Y en cada aspecto de nuestro camino, en cada frente que había que ganar en esta hermosa guerra de paz, el Señor me ha tratado siempre así: primero esto, después aquello. Por eso, os repito, agradeced conmigo esta continua providencia amorosa que nuestro Padre Dios ha manifestado.

La consideración de esta bondad del Señor me mueve a contrición -seguía escribiendo nuestro Padre-, por cuanto yo no haya sabido corresponder a tan grande misericordia. Y porque, a lo largo de este caminar, he hecho padecer a otros, por mis errores -no sé soportar sin protesta y sin lágrimas la injusticia: venga de donde venga y se haga a quien se haga-, por mis errores, digo, y porque Dios Nuestro Señor tenía que prepararme: parece que daba una en el clavo y ciento en la herradura..., quizá porque me dolía más el dolor de los otros.

Pero, hijos míos, con la contrición está el Amor: ninguno de estos trabajos, ninguna pena me ha hecho perder el gaudium cum pace, porque Dios me ha enseñado a amar, y nullo enim modo sunt onerosi labores amantium (San Agustín, De bono vid. 21, 26); para quien ama, el trabajo no es nunca carga pesada. Por esto, lo importante es aprender a amar, porque in eo quod amatur, aut non laboratur, aut et labor amatur (San Agustín, Ibid.): donde hay amor, todo es felicidad. Y ésta ha sido la gran misericordia de Dios: que me ha conducido como a un niño pequeño, en-

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señándome a amar. Cuando apenas era yo adolescente, arrojó el Señor en mi corazón una semilla encendida en amor, y esa semilla es hoy, hijas e hijos míos, un árbol frondoso, de esbelto tronco, que restaura con su sombra a una legión de almas (3).

Amor a la Obra y fidelidad a la vocación

Han transcurrido los años -pocos aún, para una institución destinada a durar mientras haya hombres sobre la tierra-, y los frutos de aquella siembra divina en el corazón de nuestro Fundador son ya abundantes y maduros en tantos puntos de la tierra. Y a medida que pasa el tiempo, tenemos más y más motivos para dar gracias a Dios, que nos guía con mano paterna por las sendas del cumplimiento de su Santísima Voluntad.

Cuando contemplo el sendero que hemos recorrido desde 1928, me veo, hijos míos, como un niño pequeño delante de un Padre buenísimo. A un niño pequeño no se le dan cuatro encargos de una vez. Se le da uno, y después otro, y otro más cuando ha hecho el anterior. ¿Habéis visto cómo juega un chiquillo con su padre? El niño tiene unos tarugos de madera, de formas y de colores diversos... Y su padre le va diciendo: pon éste aquí, y ese otro ahí, y aquél rojo más allá... Y al final ¡un castillo! Pues así, hijos míos, así veo yo -escribe nuestro Fundador- que me ha ido llevando el Señor: ludens coram eo omni tempore: ludens in orbe terrarum (Prov. VIII, 30y .31), como en un juego divino. Y al final de este maravilloso juego, ¿no veis qué fortaleza más hermosa ha salido?: opus sanctum, bonum, pulchrum, amabile!; una Obra suya, con todo este colorido, con toda esa variedad de formas y perfiles, que son reflejo de la Bondad de Dios (4).

A medida que conocíamos la Obra descubríamos, cada día con más claridad, su profunda belleza, su hermosura sin mancha. A su lado,

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¡qué claras aparecen nuestras deficiencias personales! Pero Dios nos ha elegido precisamente para hacer el Opus Dei en la tierra: non vos me elegistis, sed ego elegí vos (5), no me elegisteis vosotros a mí, sino que Yo os he elegido a vosotros. Y si a la vista de nuestra debilidad, de nuestros errores personales, se alza un sentimiento de impotencia -¿siendo yo como soy, puedo consagrar el mundo?-, habéis de oír enseguida ron sí terminante, que resonará en vuestra cabeza y en vuestro corazón: sufficit tibi gratia mea! (II Cor. XII, 9), te basta mi gracia (6). La gracia de Dios, la vocación divina que hemos recibido es la garantía más segura de que podemos hacer la Obra de Dios en nosotros mismos, en las otras almas, en el mundo; unidos al Señor, lo podemos todo: omnia possum in eo qui me confortat (Philip. IV, 13); todo lo podremos en Aquél que nos confortará. Aunque tengamos equivocaciones y errores, si luchamos para no tenerlos (7).

Así, poco a poco, con la gracia de Dios y luchando por corresponder, seremos cada uno Opus Dei; porque ¿qué busca el amor sino adherirse al que ama y, si es posible, fundirse con él? (8). Fundirse, identificarse, ser una misma cosa: cada uno de nosotros, con su vida de entrega al servicio de la Iglesia, debe ser Opus Dei -es decir: operatio Dei-, trabajo de Dios, para hacer el Opus Dei en la tierra (9).

Siendo fieles a la llamada que hemos recibido, somos instrumentos del Artífice divino, que labra esta joya maravillosa: Dios realiza su Obra en la tierra, santificándonos y sirviéndose de nuestra poquedad para santificar el mundo. El alma se endiosa: ¡su vida nueva contrasta tanto con la de antes, y con la que a su alrededor encuentra cantas veces! (10). Es un endiosamiento bueno, que nace conjuntamente de la correspondencia a la gracia y de la humildad del propio conocimiento; un endiosamiento que no ha de consentir que nos atribuyamos jamás lo que sólo es de Dios: ¿endiosamiento sin humildad?, ¡malo! -nos advierte

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nuestro Padre-. Y si el endiosamiento es corporativo, ¡peor! Porque Tú, Señor, salvas al pueblo humilde, y humillas al soberbio (Ps. XVII, 28) (11).

Amar la humildad colectiva

Para preservar nuestra humildad, el Señor ha querido que en la Obra vivamos una característica -la humildad colectiva-, que nos lleva a evitar el peligro de ser colectivamente soberbios. Os he enseñado siempre -ha escrito nuestro Padre- que es fundamento de nuestra peculiar espiritualidad la humildad colectiva. No entiendo por qué, si Juan y Pedro y Andrés, tomados particularmente, tienen el deber de ser humildes, todos juntos han de considerarse en cambio con el derecho a ser soberbios como víboras (12).

La humildad colectiva hunde sus raíces en la humildad personal, se alimenta de la verdad del propio conocimiento. ¿Tú..., soberbia? -¿De qué? (13). Somos sólo instrumentos de Dios, que es quien obra maravillas. Por eso rehuimos el aplauso y la alabanza; y con el servicio que queremos prestar a la Iglesia y a las almas, no pretendemos el agradecimiento de los hombres. La virtud teologal de la esperanza nos da un aprecio tan grande del premio que nos ha prometido nuestro Padre Dios, que no estamos dispuestos a correr el riesgo de perderlo por falta de humildad colectiva; no queremos que a nosotros se nos apliquen, por haber buscado el aplauso de los hombres, aquellas otras palabras de Jesús: amen, dico vobis, quia receperunt mercedem suam (Matth. VI, 16); recibieron va su galardón. ¡Triste negocio!

Por eso no queremos que se nos alabe, ni que se nos pregone: queremos trabajar calladamente, con humildad, con alegría interna -servite Domino in laetitia (Ps. XCIX, 2)-, con entusiasmo apostólico que no se desvirtúa precisamente porque no se desborda en ostentación, en manifestaciones aparatosas. Queremos que haya en todas las profesiones, en todas

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las tareas humanas, grupos escogidos de hombres y de mujeres que, sin banderas al viento ni etiquetas llamativas, vivan santamente e influyan en sus compañeros de trabajo y en la sociedad, para el bien de las almas: ése es el afán exclusivo de la Obra (14).

Esta es la razón de que queramos pasar inadvertidos, trabajar silenciosamente, pero sin misterios ni secreteos, que nunca hemos empleado y nunca emplearemos: porque no se necesitan para servir a Dios, y además repugnan a las personas que tienen claridad en la conciencia y en la conducta. Silenciosamente: con una humildad personal tan honda, que os lleve necesariamente a vivir la humildad colectiva, a no querer recibir cada uno la estimación y el aprecio que merece la Obra de Dios y la vida santa de sus hermanos.

Esta humildad colectiva -que es heroica, y que muchos no entenderán- hace que los que forman parte de la Obra pasen ocultos entre sus iguales del mundo, sin recibir aplausos por la buena semilla que siembran, porque los demás apenas se darán cuenta, ni acabarán de explicarse del todo ese bonus odor Christi (II Cor. II, 15), que inevitablemente se ha de desprender de la vida de mis hijos (15).

Sería completamente ajeno a nuestro espíritu querer atribuirnos -personal o colectivamente- lo que sólo es de Dios. No podemos admitir ni por un instante ningún pensamiento de soberbia, por cualquier servicio nuestro a Dios: porque, en ese mismo momento, dejaríamos de ser sobrenaturalmente eficaces (16). No divulgamos estadísticas de labores, o del número de miembros, o de datos de eficacia, cuando sólo sirven para satisfacer la curiosidad o disponer a un sentimiento de autosatisfacción. Cuando tuviésemos esa debilidad, comenzaríamos a perder la humildad colectiva, y estaríamos en peligro de caer en el espíritu de cuerpo, que es poco ecuménico, porque divide (17).

No queremos considerarnos ni que alguien nos considere en más, por ser instrumentos de una labor maravillosa, divina. El espectáculo de los prodigios que obra Dios por nuestras manos debe ser una ocasión

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para humillarnos, para alabar a Dios y reconocer que todo viene de El, y que nosotros no hemos hecho más que estorbar o, a lo más, ser pobres instrumentos en las manos del Señor (18). La gloria de toda esa eficacia corresponde al Señor: ni el que planta es nada, ni el que riega, sino el que da el incremento, Dios (19). Al dedicarnos al servicio de Dios, sólo nos mueve a nuestra entrega el deseo de dar a Dios toda la gloria, sirviendo a la Iglesia y a todas las almas, sin buscar gloria para la Obra y sin buscar nuestro provecho personal (20).

Propagar la verdad

La humildad nos lleva, a la vez, a reconocer y a amar la hermosura sobrenatural de la Obra, que es un instrumento de salvación positivamente querido por Dios -en el seno de su Iglesia-, y debe ser conocida y amada tal como es, como una manifestación de la infinita misericordia del Señor, como un beneficio hecho a la humanidad entera. Por eso queremos que el error o la ignorancia no oscurezcan su hermosura, queremos que la conozca y ame, y se beneficie de su espíritu, el mayor número posible de almas.

Callar ante afirmaciones erradas sobre la naturaleza, los fines o los medios del Opus Dei, permitir que la mentira o la equivocación de alguno impidiese a otros conocer la Obra u obstaculizase recibir su espíritu, sería despreciar la gracia y la misericordia del Señor; sería una ingratitud, una injusticia que, como dice San Jerónimo, es fruto de la soberbia: nadie hay tan soberbio como el que se muestra ingrato (21)..

A la humildad pertenece que el hombre, considerando sus defectos, no se enorgullezca; pero no es propio de la humildad, sino de la ingratitud, que alguien desprecie los bienes que proceden de Dios (22) . La humildad colectiva no tiene por misión moderar el amor sobrenatural a

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nuestra Madre Guapa, que no puede ser excesivo por tener en Dios su origen y su término. Lo que la humildad colectiva hace es impedir que se introduzca con sutil disfraz el amor propio: amor de uno mismo en cuanto individuo o en cuanto parte de un grupo. Y amor propio sería también preferir la comodidad de callar, o el secreto orgullo de una falsa ecuanimidad, cuando a consecuencia de determinadas circunstancias, pudiera quedar empañado a los ojos de algunos el carácter sobre­natural de la Obra, sus rasgos divinos.

El amor a la verdad, a la Santa Iglesia y a la Obra nos lleva en ocasiones -procurando siempre no ser noticia- a tratar de hacer entender a otros las características de nuestro espíritu (23). Así, según las circunstancias, haremos más hincapié en sus características, en su universalidad, en el amor a la libertad, en sus fines exclusivamente sobrenaturales, en su espíritu de comprensión y de convivencia... En esta tarea -precedida y acompañada siempre por la oración: porque si el Espíritu no asiste en su corazón al que oye, inútil es la palabra del que enseña (San Gregorio Magno, Super Ev. hom. 30, 3)- hemos de usar, insisto, de una gran prudencia. De ahí que os haya recomendado continuamente la necesaria precisión terminológica, porque un descuido en las palabras puede originar un error en los conceptos, y ocasionar a nuestra labor apostólica un daño positivo y hasta grave (24). Para evitarlo, debemos conocer el significado exacto de esos términos, fruto de la oración y del trabajo de nuestro Padre, que expresan plenamente, con sentido para todos inteligible, la realidad teológica, ascética y jurídica del Opus Dei, y pedir al Señor que nos dé luces para hacerlos entender a los demás, con don de lenguas.

El amor a Dios y a las almas exigirá, en algún caso, una actuación proporcionada, enérgica cuando sea preciso. Hemos de rechazar el mal con comprensión y caridad, tenemos que comprender incluso que no nos comprendan (25) Entendemos que hay quienes no se dan cuenta del mal que hacen, y sabremos disculparles; pero la misma caridad con ellos exige darles a entender la calificación moral y las consecuencias de sus

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actos, para impedir que alguien cometa verdaderos crímenes y labre su propia ruina: odiar lo malo de alguno y amar su bien son una misma cosa, por lo que también el odio perfecto pertenece a la caridad. Este es el odio santo del que se dice en el salmo: "con odio perfecto los odié" (Ps. CXXXVIII, 22) (26). Cuando el que fue corregido, advierte después su error y reacciona, se siente comprendido en aquella aparente falta de comprensión. Porque los justos se muestran indignados, pero sin indignación; se muestran desconfiados, pero no desconfían; parecen perseguir, pero aman (27)

Nuestro amor a la Obra se ha de manifestar en hechos concretos; la humildad colectiva exige reconocer la verdad, dar a Dios toda la gloria. Siguiendo las indicaciones del Padre y de los Directores mostraremos, con el testimonio y con la palabra, la belleza de nuestra Madre Guapa a todas las gentes. Con nuestra vida de entrega al servicio de Dios y de todas las almas, contribuiremos a que todos conozcan, agradezcan y se beneficien de los dones del Señor.

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(1) De nuestro Padre, Instrucción, 19-III-1934, nn. 1, 6-7.

(2) De nuestro Padre, Carta, 25-I-1961, n. 1.

(3) De nuestro Padre, Carta, 25-I-1961, nn. 2-3.

(4) De nuestro Padre, Carta, 25-I-1961, n. 2.

(5) Ioann. XV, 16.

(6) De nuestro Padre, Carta, 31-V-1954, n. 27.

(7) De nuestro Padre, Carta, 24-III-1931, n. 58.

(8) San Agustín, De ordine II, 18, 48.

(9) De nuestro Padre, Carta, 14-II-1960, n. 4.

(10) De nuestro Padre, Carta, 24-III-1931, n. 3.

(11) De nuestro Padre, Carta, 24-III-1931, n. 4.

(12) De nuestro Padre, Carta, 31-V-1954, n. 13.

(13) Camino, n. 600.

(14) De nuestro Padre, Carta, 9-I-1932, n. 65.

(15) De nuestro Padre, Carta, 9-I-1932, n. 64.

(16) De nuestro Padre, Carta, 9-1-1932, n. 88.

(17) De nuestro Padre, Carta, 31-V-1954, n. 13.

(18) De nuestro Padre, Carta, 9-I-1932, n. 89.

(19) I Cor. III, 7.

(20) De nuestro Padre, Carta, 9-1-1932, n. 21.

(21) San Jerónimo, Epístola 148.

(22) Santo Tomás, S. Th. II-II, q. 35, a. 2 ad 3.

(23) De nuestro Padre, Carta, 19-III-1954, n. 3.

(24) De nuestro Padre, Carta, 19-III-1954, n. 3.

(25) De nuestro Padre, Crónica V-66, p. 11.

(26) Santo Tomás, S. Th. II-II, q. 25, a. 6 ad 1.

(27) San Gregorio Magno, In Evangelio homiliae 2, 34, 2.