Cuadernos 12: Apostolado de la opinión pública/Tiempo de hablar

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TIEMPO DE HABLAR


El largo peregrinar por el desierto está llegando a su fin. En los campos de Moab, los israelitas reciben, a través de Moisés, un mensaje divino de aliento. Dios les entrega de nuevo su Ley, la misma que les había dado antes en el Sinaí, y les recuerda los bienes que de su fidelidad se han seguido a lo largo de los cuarenta años del éxodo, así como los males que la infidelidad ha traído consigo.

El mensaje de Yavé contiene indicaciones exigentes, pero también el anuncio cierto de la retribución. Pondrás por obra lo que es recto y lo que es bueno a los ojos del Señor, para que seas dichoso y entres y tomes posesión de la hermosa tierra conforme a la promesa del Señor a tus padres 1. Como siempre, Dios da mucho y pide poco. Si observas estas normas, las guardas y las pones por obra (...), serás el más bendecido de todos los pueblos 2, promete el Señor por boca de Moisés.

Las palabras que las doce tribus escuchan antes de entrar en Canaán encierran una llamada a la fe y una promesa de salva­ción. Son palabras consoladoras y a la vez apremiantes, e incluyen una solemne exhortación a conservar y transmitir fielmente las maravillas de las que Yavé ha hecho partícipe a su Pueblo.

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Que estas palabras que yo te dicto hoy estén en tu corazón. Las repetirás a tus hijos, y hablarás de ellas cuando estés sentado en casa y al ir de camino, al acostarte y al levantarte. Las atarás a tu mano como un signo, servirán de recordatorio ante tus ojos. Las escribirás en las jambas de tu casa y en tus portones 3.

El Pueblo de Dios, la Iglesia, de la que la Prelatura del Opus Dei forma parte, es portador, como el antiguo Israel, de un mensaje de salvación que es a la vez su alimento y su misión.

El don de la fe y la llamada a la Obra son grandes tesoros que el Señor nos ha concedido. Nada hemos hecho para merecerlos, y lo único que está en nuestras manos es dar gracias a Dios y, secundando su voluntad, hacer todo lo posible no sólo para conservarlos en buen estado, sino para difundirlos, de modo que muchas personas participen y se beneficien de ellos.

Sería mala cosa quedarse esos dones y no compartirlos. Conocemos la parábola de los talentos y la sentencia que recibe aquél que enterró su dote: quitadle el talento y dádselo al que tiene diez 4 . Nuestra misión consiste en proclamar la Buena Nueva, obedeciendo al mandato de Jesús: id al mundo entero y predicad el Evangelio a toda criatura 5.

Conocemos que la Obra tiene entraña evangélica 6, que su espíritu es viejo como el Evangelio (...) y, como el Evangelio, nuevo 7; sabemos, por tanto, que hablar del Opus Dei es llevar a los hombres el gozo y la paz de la Buena Nueva. Damos a conocer la Obra por un motivo sobrenatural: por amor a Dios, por amor a la Iglesia y por amor a las almas.

La única ambición, el único deseo del Opus Dei y de cada uno de sus hijos es servir a la Iglesia, como Ella quiere ser ser-

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vida 1 Este servicio -escribió don Álvaro-, que Dios mismo nos ha encomendado, se traduce en difundir por todos los senderos de la tierra la llamada universal a la santidad, enseñando a innumerables personas a buscar a Dios en el trabajo profesional y en las circunstancias ordinarias, en medio del mundo. Cooperamos así eficazmente en la realización del fin de la Esposa de Cristo: la salvación, la santificación, de todos los hombres, de todas las mujeres. Pero no olvidéis, hijas e hijos míos, que podemos participar en la acción redentora, corredimiendo, precisamente porque somos Iglesia, pues sólo el Cuerpo Místico de Cristo es signo e instrumento de la unión de las criaturas con Dios y entre sí (cfr: Concilio Vaticano II, Const. dogm. Lumen gentium, n. 1) 9. El Opus Dei, como nos ha recordado el Padre, es Iglesia, una partecica de esa Iglesia que peregrina hacia la Patria eterna 10: la Obra sólo puede explicarse y comprenderse en el contexto de la Iglesia.

En primera persona

Hoy como ayer, lo habitual es que se entiendan con más facilidad los ejemplos que los discursos abstractos, y que sea más convincente una experiencia vivida que un conjunto de definiciones.

También en este aspecto, como en tantos otros, nuestro Padre es maestro para nosotros. Si el mensaje que Dios le confió era novedoso, también fue innovadora su manera de difundirlo. Su catequesis era directa, gráfica, incisiva; y, a la vez profunda, precisa, con peso.

Pero, sobre todo, nuestro Padre es maestro porque su vida es, en sí misma, encarnación de la Obra y de su espíritu. Por eso, una de las maneras más eficaces de dar a conocer el Opus

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Dei es hablar de nuestro Padre. Desde los inicios de la Obra, tenemos testimonios de la fuerza arrolladora que, por gracia de Dios, ha tenido la vida de nuestro Fundador. Millones de personas se han sentido movidas a acercarse a Dios y al Opus Dei después de haberle conocido, personalmente o a través de sus escritos o de las películas que recogen parte de su predicación. Estos instrumentos se han convertido en un tesoro, y en una ayuda formidable para el apostolado, tanto personal como de la opinión pública.

Junto a la vida y las enseñanzas de nuestro Padre, por la gracia de Dios, nuestra propia vida reflejará el mensaje que tratamos de encarnar. Un relato en primera persona en el que, con naturalidad y sencillez, se procura expresar la paz que supone vivir cara a Dios, y el optimismo que se deriva de la certeza de tener un Padre que nos ama y que nos hace sobrellevar animosamente dificultades profesionales o de salud, será, tantas veces, una manera práctica y atractiva de presentar a la Iglesia y a la Obra.

Ayuda mucho ir por delante, tener previsto que habrá ocasiones en las que estos temas surgirán, incluso hablando sobre cuestiones personales, de carácter profesional, político, artístico... Será el momento de explicar en un tono distendido y con lenguaje vivo, concreto, actual, adecuado a la persona a la que nos dirigimos, con datos y anécdotas, cómo procuramos encarnar y vivir la doctrina de Cristo en las propias circunstancias, con responsabilidad personal.

El esfuerzo por exponer las coordenadas espirituales de nuestra propia vida nos ayudará a profundizar en la realidad del Opus Dei y nos hará descubrir nuevos modos de decir, formas frescas y eficaces de escribir y hablar sobre la Obra. Las enseñanzas del Beato Josemaría serán siempre nuestro punto de referencia, pero a esta guía segura cada uno tiene que añadir luego su empeño personal por interiorizar cada vez más el espíritu de la Obra. Seguramente habremos hecho mucho ya,

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pero siempre podemos hacer más, hasta que lleguemos a hablar, en nuestro ambiente y a nuestros contemporáneos, con la profundidad y el atractivo con que lo hacía nuestro queridísimo Fundador y, a la vez, con nuestro propio lenguaje y con la convicción de lo vivido y pensado personalmente.

Servir es anunciar

Aunque no pregonamos la pertenencia al Opus Dei -somos ciudadanos corrientes, sin secretos ni afán de exhibicionismo-, es natural que se note nuestra lucha por vivir de forma coherente con la fe que profesamos. También es lógico que las personas que nos tratan, y muchas veces incluso los medios de comunicación, tengan interés por conocer mejor qué es la Obra, para qué la ha querido Dios en su Iglesia, qué hacen los fieles de la Prelatura... Quizá ese interés se manifieste a veces de un modo informal o demasiado directo; pero nuestra actitud ante las preguntas o interpelaciones sobre la Obra que nos dirijan nuestros amigos y conocidos, o quienes se acercan a las labores apostólicas, así como -si se presenta el caso- los periodistas deseosos de informar a la opinión pública, debe ser siempre positiva. Es justo, escribió nuestro Padre, que de buena fe y hasta con deseos de ayudar, nos hagan preguntas que, en no pocas ocasiones, parecen o son agresivas 11. De cualquier modo, hemos tener presente este principio fundamental que nos daba nuestro Fundador: todos debéis sentir la responsabilidad de aprovechar las oportunidades que se os presenten -también de buscarlas, porque nuestro espíritu nos mueve a obrar- para hacer llegar la luz y la verdad: emitte lucem tuam et veritatem tuam (Ps. XLII, 3) 12.

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Una primera idea que debe presidir esta tarea se podría resumir en aquella frase que oyó nuestro Padre siendo sacerdote joven: obras son amores y no buenas razones. Más que las declaraciones y las palabras, lo que realmente convence son los hechos. En el apostolado, el ejemplo precede todo: por sus frutos los conoceréis 13, enseñó Jesucristo. Nuestro Padre es conocido y querido por los frutos de su vida santa. Hombres y mujeres de todo el mundo se benefician de sus escritos, reciben favores a través de su intercesión, han encontrado a Dios por medio de sus enseñanzas. Del mismo modo, la Prelatura es comprendida y amada cuando la gente percibe los frutos que su espíritu produce: cuando ve que el centro de gravedad de la vida de tantas personas se desplaza hacia Dios y hacia los demás por Dios. Servir, por lo tanto, es darse a conocer, es enseñar con las obras. Y poner de manifiesto tantas realidades positivas en las que ha fructificado el espíritu del Opus Dei -por ejemplo, tantas labores apostólicas que contribuyen a mejorar las condiciones de vida de los hombres y las mujeres y ayudan a que el mensaje cristiano vivifique todas las estructuras de la sociedad- permite que se conozca la Obra de modo más claro que a través de muchas explicaciones. Hemos de repetir a las personas que nos rodean la enseñanza de Jesús: creed en las obras, aunque no me creáis a mí 14.

Naturalidad y humildad colectiva

El espíritu de la Obra se entiende bien cuando se ve encarnado, hecho vida, en personas, iniciativas apostólicas...: en realidades concretas. Por eso, en el trato personal con amigos y conocidos lo normal será presentar la Obra como una realidad

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compenetrada con su medio, a través de la propia existencia o del apostolado que los fieles de la Prelatura llevan a cabo con naturalidad.

Por otra parte, sabemos que la fe y la vocación a la Obra son dones estupendos, pero ni somos ni nos creemos superiores a nadie. Cada uno palpa diariamente su personal indignidad -equivocaciones, fragilidades, pecados- en la lucha interior, en el trabajo profesional, en las relaciones familiares y de amistad.

Esta experiencia nos lleva a vivir con rectitud de intención y humildad colectiva. Al transmitir a otras personas la maravillosa realidad de la Obra, convencidos de que somos pobres hombres, pobres mujeres ¡qué sería de nosotros si Él no nos sostuviese!- 15, evitamos siempre gloriarnos de nada: toda la gloria ha de ser para Dios. Nuestra ambición más grande -la verdadera gloria de la Obra- es vivir sin gloria humana, para que sólo a Dios vaya la gloria, soli Deo honor et gloria (I Tim. 1, 17) 16.

Desde luego, también al informar sobre la Obra a través de los medios de comunicación es preciso atenerse a los criterios de naturalidad y humildad colectiva. En vez de presentar el Opus Dei en abstracto, por lo general será más útil mostrar cómo se encarna naturalmente el espíritu de la Obra en una labor apostólica, en la vida de un fiel de la Prelatura fallecido en olor de santidad, en el trabajo, en la familia, en la atención a los necesitados... Y la certeza de nuestra personal miseria nos llevará a prestar atención al modo de hablar o escribir, para evitar que inconscientemente -a veces por falta de discernimiento para identificar expresiones que producen esa falsa percepción- podamos dar la impresión de pretender dar lecciones, cuando, en realidad, partimos del convencimiento de que hay tantas cosas que debemos aprender de los demás.

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Todo esto exige esfuerzo. Si hacer llegar un mensaje al público nunca ha sido labor fácil, hacerlo de manera que el resultado refleje la dimensión trascendente del hombre lo es menos aún. Esa tarea requiere mucho afán de almas, una adecuada formación doctrinal, el conocimiento de las leyes propias de la comunicación y cierta dosis de creatividad.

Unas palabras de nuestro Padre nos dan luces sobre este aspecto: Lo nuestro -lo que Dios nuestro Señor nos pide- es vivir con naturalidad, con humildad personal y colectiva, sin hacer jamás ostentación, pero dándonos a conocer cuando es oportuno, también a través de los medios de comunicación social (...). Esta tarea exige -algo os he dicho ya- sentido sobrenatural, talento práctico, y mucho afán de servir a las almas. Porque es necesario conjugar la humildad colectiva con el carácter abierto de nuestro modo de obrar; con el celo apostólico por atraer a las almas a la luz del espíritu, que hemos recibido por la vocación divina; con la prudencia, que impedirá que, de lo que es realidad sobrenatural, hagamos nunca noticia periodística 17.

Siguiendo las huellas de nuestro Padre

Gracias a Dios, se ha recorrido mucho camino en la comprensión del fenómeno espiritual y teológico que supone el Opus Dei. Los grandes temas de la enseñanza del Beato Josemaría: la llamada universal a la santidad, el sentido de la filiación divina, la unidad de vida, el amor al mundo, la santificación de las realidades terrenas desde dentro, la responsabilidad apostólica de todos los cristianos, forman ahora parte del Magisterio de la Iglesia. Además, la culminación del camino jurídi-

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co de la Obra y la beatificación de nuestro Padre han supuesto un nuevo punto de partida en la tarea de dar a conocer el Opus Dei.

Sin embargo, hay aspectos que, aunque claros en la teoría, no han calado aún en algunas mentalidades, ni han llegado a todos los ambientes. Por eso conviene seguir insistiendo, no sólo con palabras, sino sobre todo con hechos, en la libertad de los fieles de la Obra, el pluralismo, la secularidad, la conexión esencial de la Obra con la Iglesia, la identidad cristiana...

Hemos de tener paciencia: la Obra es todavía joven y es innegable la novedad de algunos rasgos de su espíritu. Gracias a Dios, hay infinidad de personas -incluso no católicas, o ni siquiera cristianas- que nos comprenden y aprecian y que cooperan con las labores apostólicas. Se puede decir sin jactancia que la Prelatura está rodeada de afecto, admiración y cariño, gracias a la labor de nuestro Padre y de nuestros hermanos mayores. Justamente esa realidad nos mueve a poner los medios para llegar a quienes no nos conocen aún y pueden participar más o menos inconscientemente de climas de opinión que no reflejan simpatía.

Nuestro Padre señalaba el motivo de algunas posibles incomprensiones -malas entendederas, les llamaba- cuando decía: Nunca hemos pretendido que todos nos quieran y nos tengan simpatía (...), ni tampoco que todos nos comprendan perfectamente, porque hay quien no ha recibido esta gracia; pero -añadía- tenemos también el derecho de que se nos respete, de que no se propaguen mentiras, de que nos dejen trabajar por Cristo 18.

En algún momento, sin embargo, Dios puede permitir que se abata sobre la Obra no ya la incomprensión, sino una verdadera y propia contradicción. No nos ha de sorprender la apa-

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rición de algunas noticias falsas y tendenciosas, nos advierte nuestro Padre. Es inevitable que haya murmuradores: los han sufrido y los sufrirán todas las personas y las entidades que, con rectitud de intención y deseo de eficacia, han trabajado por la Iglesia y por las almas. Esas falsas informaciones suelen ser fruto de falta de ideas claras, de ignorancia; o consecuencia quizá de manejos, hechos con poca o ninguna buena fe, por gentes apasionadas y fanáticas 19.

Nuestra actitud debe ser la propia de los hijos de Dios: agrandar el corazón para perdonar enseguida, ahogar el mal en abundancia de bien y restaurar la verdad. Es decir, no amilanarnos: al revés, convertir esas circunstancias en ocasiones de mayor apostolado. Bienaventurados si os insultan por el nombre de Cristo, porque el Espíritu de la gloria, que es el Espíritu de Dios, reposa sobré vosotros. Que ninguno de vosotros tenga que sufrir por ser homicida, ladrón, malhechor o entrometido en lo ajeno; pero si es por ser cristiano, no se avergüence, sino que glorifique a Dios por llevar este nombre 20. Sería una falta de caridad tener resentimiento contra quien es víctima de la ignorancia o carece de formación. Esas personas deben inspirarnos compasión: es muy triste vivir odiando sin motivo, oponerse al bien -sobre todo de modo consciente-, soportar los pesados yugos del error y del pecado.

Por lo demás, sabemos que esas falsedades son unas pocas pinceladas oscuras en el cuadro luminoso de la opinión pública sobre la Obra de Dios; así resaltan más los tonos claros, espléndidos, de tantos testimonios de aprecio, de comprensión y de cariño, que es lógico que reciba una Obra que es de Dios, y que trabajará en todo el mundo para servir eficazmente a la santificación de todas las almas 21.

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Tenemos por delante una estupenda labor. Nada hay en el mundo tan hermoso como los bienes que Dios nos ha confiado y que nosotros deseamos compartir. A través de nosotros, Dios tiene algo que decir a los hombres y mujeres que pueblan la tierra. Y efectivamente lo dirá si cada uno se decide seriamente a ser altavoz de Dios, portavoz de la Buena Nueva que llevamos en el corazón, de la que hablamos cuando estamos en casa y cuando nos encontramos en camino.

1. Deut. VI, 18.
2. Ibid. VII, 12-14.
3. Ibid. VI, 6-9.
4. Matth. XXV, 28.
5. Marc. XVI, 15.
6. De nuestro Padre, Carta 17-VI-1973, n. 19.
7. De nuestro Padre, Carta 11-III-1940, n. 31.
8. De nuestro Padre, Carta 31-V-1943, n. 1.
9. Don Álvaro, Cartas de familia (3), n. 153.
10. Del Padre, Carta, 28-XI-1995, n. 13.
11. De nuestro Padre, Carta 30-IV-1946, n. 65.
12. Ibid.
13. Matth. VII, 16.
14. Ioann. X, 38,
15. Del Padre, Carta, 1-VIII-1994.
16. De nuestro Padre, Carta 9-I-1932, n. 81.
17. De nuestro Padre, Carta 30-IV-1946, n. 64.
18. Ibid. n. 27.
19. Ibid. n. 62.
20. I Petr. IV, 14-16.
21. De nuestro Padre, Carta 30-IV-1946, n. 30.