Cuadernos 12: Apostolado de la opinión pública/La verdad os hará libres

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LA VERDAD OS HARÁ LIBRES


Hay unas palabras de Nuestro Señor, pronunciadas durante el interrogatorio en el Pretorio, que establecen un principio rector para la vida y el apostolado de los discípulos de Cristo. A una pregunta de Pilato, Jesús respondió: para esto he nacido y para esto he venido al mundo, para dar testimonio de la verdad; todo el que es de la verdad escucha mi voz 1. Como explica nuestro Padre, esas palabras del Señor, son una promesa de la gran fecundidad que debe tener la labor de las hijas y de los hijos míos que trabajan profesionalmente en los campos de la información, de la doctrina y de las diversiones. Para que deis abundante testimonio de la verdad, rezo cada día con interés particular por nuestro Apostolado de la Opinión Pública 2.


Buscar la verdad

Conocer la verdad es un anhelo radical del corazón. Dios ha dado inteligencia y libre albedrío al hombre: «por la razón es capaz de comprender el orden de las cosas establecido por el

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Creador. Por su voluntad es capaz de dirigirse por sí mismo a su bien verdadero. Encuentra su perfección en la búsqueda y el amor de la verdad y del bien» 3. Es una fuerte exigencia antropológica, que la sabiduría cristiana no deja de recordar: «todos los hombres, conforme a su dignidad, por ser personas (...), se ven impulsados, por su misma naturaleza, a buscar la verdad y, además, tienen la obligación moral de hacerlo, sobre todo con respecto a la verdad religiosa» 4.

Esta tensión hacia lo que es verdadero ha impulsado el progreso de las ciencias, de la técnica, de la cultura en general. Gracias a que conocemos las realidades presentes en la naturaleza y, en cierta medida, las leyes a que obedecen, podemos analizar las causas de los distintos fenómenos, preverlos, buscar remedios y, en definitiva, cumplir la tarea marcada para el ser humano por el Creador: dominar la tierra 5. Esta capacidad de conocer la realidad objetiva, situada fuera de nuestro entendimiento, y descubrir unas leyes que no dependen de nuestra opinión, es premisa indispensable para avanzar en cualquier ramo del saber. Por ejemplo, no se podría calcular un puente, sin conocimientos verdaderos sobre la resistencia de los materiales. Sería temerario pensar que en estos campos sólo existen opiniones y que, opinión por opinión, todas valen lo mismo. Correría un grave riesgo quien se metiera a proyectar esa obra desoyendo las leyes físicas, fiado sólo de sus propias impresiones subjetivas.

Aunque el ejemplo es limitado, puede resultar gráfico para explicar a tanta gente que, en el plano moral, también existen verdades objetivas, leyes que señalan cuál es el comportamiento propio de la naturaleza humana, no meras opiniones u opciones personales. Su descubrimiento ayuda inmensamente al hombre:

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esas verdades dan las pautas para ser mejores, más libres, más humanos. Enseñan a realizar el bien y evitar el mal; a vivir felices y en armonía con los demás. Y sobre todo, llevan a Dios, fuente de toda verdad. Conocer estas verdades no es siempre fácil, pero tampoco es sencillo investigar la naturaleza: se precisa estudio, rectitud en la voluntad y algunas precauciones metodológicas. Concretamente, en las materias relativas al comportamiento humano hay que saber que podemos engañarnos con más facilidad y adherirnos a lo que se presenta cómodo o placentero, dejando de lado lo verdadero. Pero esto no quiere decir, ni mucho menos, que la verdad moral o religiosa sea inalcanzable. Además, para descubrirla no contamos sólo con la luz de nuestra inteligencia. Los cristianos conocemos las verdades más importantes gracias a que el mismo Verbo divino se ha hecho hombre y nos ha revelado los misterios de nuestra salvación.

La complejidad científica y social, la abundancia de información no siempre fidedigna, la disparidad de opiniones que circulan sobre cualquier tema, de ningún modo justifican el escéptico ¿qué es la verdad? 6, con que Poncio Pilato replicó a Jesucristo en aquel interrogatorio. Desde luego, se requiere esfuerzo y entereza para superar los engaños de la demagogia. Porque, a menudo, resulta difícil descubrir la sustancia de los problemas, formarse un criterio para distinguir lo objetivo de lo subjetivo, lo importante de lo secundario. Un motivo más para evitar la petulancia, la precipitación al juzgar, los dogmatismos ingenuos: hemos de ser conscientes de las propias limitaciones, reconocer nuestra ignorancia o suspender el juicio, cuando es necesario, sin pensar que podemos opinar de todo, magnificando ingenuamente la propia libertad de expresión. Son razones que subrayan la importancia del estudio y de la formación personal.

Hemos de buscar la verdad con valentía y humildad, sin de-

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jarnos llevar por actitudes más o menos escépticas, y enseñar a los demás la maravilla de ese encuentro con la verdad que nos hace libres 7.

Adherirse a la verdad

Quienes buscan sinceramente la verdad la encuentran siempre. Pero, una vez encontrada, no es posible detenerse: la verdad compromete. Los hombres «están obligados asimismo a adherirse a la verdad conocida y a ordenar toda su vida según las exigencias de esa verdad» 8. La condición humana encierra la grandeza y la miseria de poder decidir libremente si acepta o rechaza la verdad que ha encontrado. Porque no siempre son agradables los hallazgos del entendimiento: algunas verdades son duras; otras entorpecen proyectos personales menos rectos; no faltan situaciones en las que adherirse a la verdad limita la eficacia técnica de la propia actuación. A veces, la tiranía de las modas y los climas de opinión conducen casi inconscientemente al rechazo de verdades sólo porque parecen escasamente novedosas o no dan una imagen agradable.

Las facetas del cristianismo que pueden resultar más costosas se han deformado en ocasiones hasta el punto de considerarlas no como verdades que liberan, sino como frenos, barreras que impiden al hombre modelarse a sí mismo, o ejercer su libertad. Así, se ha difundido la idea de que es mejor vivir poniendo algunos aspectos de la fe entre paréntesis: Certeramente lo advertía nuestro Padre cuando se preguntaba: ¿Cuántos son en el mundo los que buscan realmente la verdad? ¡Cuántos son, en cambio, los que quieren permanecer en el error, porque alimenta su soberbia, porque les da facilidades para la sensualidad, para vivir vida de brutos! 9

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Según esa mentalidad, parece más sencillo considerar que todo es relativo, que no hay leyes inmutables, valores intangibles o derechos inalienables. El ser humano se erige como patrón o medida de las cosas olvidando que «la libertad depende fundamentalmente de la verdad. Dependencia que ha sido expresada de manera límpida y autorizada por las palabras de Cristo: conoceréis la verdad y la verdad os hará libres (Ioann. VIII, 32)» 10.

Adherirse a la verdad, en efecto, nos da alas. La verdad libera a la razón y a la voluntad, nos permite vivir con autenticidad, sin hipocresía, con sinceridad interior. Incluso desde el punto de vista de su aceptación social, la verdad es más atractiva que la mentira. Lo auténtico, lo genuino, lo transparente, son valores muy apreciados en los tiempos que corren. La hipocresía, la falsificación o el enredo se cuentan entre los vicios más reprobados, incluso por personas que se definen muy tolerantes en otras materias.

La búsqueda y la adhesión práctica a la verdad serán siempre punto de referencia fundamental en el apostolado, porque, como nos hacía considerar nuestro Padre, lo peor del mundo, hijos míos, es que la gente haga barbaridades y no sepa que las hace. Proclamad la verdad sin descanso, opportune, importune (II Tim. 1V, 2), aunque algunos no nos crean o no nos quieran creer 11.

Adherirse a la verdad y proclamarla enaltece a cada persona, porque la hace partícipe de la libertad de los hijos de Dios. Pero además, es un bien para toda la sociedad. Allí donde reinan la sinceridad y la veracidad son posibles las relaciones auténticamente humanas entre las personas y los pueblos. Si faltan, la comunidad humana se disgrega: «no es posible convivir sin darse crédito mutuamente, sin creer que los demás mani-

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fiestan la verdad» 12. El error no sólo oscurece las inteligencias, escribió nuestro Padre, sino que divide las voluntades. Sólo cuando los hombres se acostumbren a decir y a oír la verdad, habrá comprensión y concordia. A eso vamos: a trabajar por la Verdad sobrenatural de la fe, sirviendo también lealmente todas las parciales verdades humanas; a llenar de caridad y de luz todos los caminos de la tierra 13

Como recuerda el Catecismo de la Iglesia Católica, la mentira «es una verdadera violencia hecha a los demás. Atenta contra ellos en su capacidad de conocer, que es la condición de todo juicio y de toda decisión. Contiene en germen la división de los espíritus y todos los males que ésta suscita. La mentira es funesta para toda sociedad: socava la confianza entre los hombres y rompe el tejido de las relaciones sociales» 14. El Magisterio de la Iglesia no exagera: podemos pensar, por ejemplo, en los millones de seres humanos que han sufrido en el siglo XX la propaganda de los sistemas totalitarios, construidos radicalmente sobre el desprecio a la verdad 15.

Las sociedades auténticamente libres se forjan si existe información verdadera en los medios de comunicación. Sabemos que la mentira puede frecuentemente camuflarse en la desinformación: omitiendo un aspecto, ocultando un hecho que influye decisivamente en la valoración de la realidad... Es lo que señalaba nuestro Padre: de acuerdo, dices la verdad ‘casi’ por entero... Luego no eres veraz 16. Una verdad a medias permite tantas posibles interpretaciones, que puede calificarse de... mentira 17.

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Con prudencia, justicia y caridad

Es necesario recordar que «una afirmación contraria a la verdad posee una gravedad particular cuando se hace públicamente» 18. A la vez, la difusión de la verdad está moderada por la prudencia, la justicia y la caridad. «El derecho a la comunicación de la verdad no es incondicional» y. No todos tienen derecho a saber todo: «el bien y la seguridad del prójimo, el respeto de la vida privada, el bien común, son razones suficientes para callar lo que no debe ser conocido, o para usar un lenguaje discreto. El deber de evitar el escándalo obliga con frecuencia a una estricta discreción. Nadie está obligado a revelar una verdad a quien no tiene derecho a conocerla» 20. Todos los ciudadanos, y especialmente los profesionales de la comunicación, «deben mantener un justo equilibrio entre las exigencias del bien común y el respeto de los derechos particulares» 21.

Como predicaba nuestro Padre, un mínimo sentido de la justicia exige que, incluso en la investigación de un presunto delito, se proceda con cautela y moderación, sin tomar por cierto lo que sólo es una posibilidad. Se comprende claramente hasta qué punto la curiosidad malsana por destripar lo que no sólo no es un delito, sino que puede ser una acción honrosa, deba calificarse como perversión 22

Nuestro Fundador defendía la dignidad de cada persona, la legítima decisión a ser uno mismo, a no exhibirse, a conservar en justa y pudorosa reserva sus alegrías, sus penas y dolores de familia; y, sobre todo, a hacer el bien sin espectáculo, a ayudar por puro amor a los necesitados, sin obligación de publi-

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car esas tareas en servicio de los demás y, mucho menos, de poner al descubierto la intimidad de su alma ante la mirada indiscreta y oblicua de gentes que nada alcanzan ni desean alcanzar de vida interior, si no es para mofarse impíamente 23.

El derecho a la fama

En muchos países ha proliferado en las últimas décadas una cierta agresividad de los medios de comunicación, que han visto acrecentada su función crítica ante hechos delictivos o ilícitos de personas o instituciones de relieve público. Para evitar la murmuración y la maledicencia, la moral cristiana enseña a no comentar ni divulgar los defectos ajenos, aun verdaderos, si no existe razón o causa proporcionada. Aquí se inscribe el consejo de nuestro Padre: no hagas crítica negativa: cuando no puedas alabar, cállate 24.

A la vez, existe también la responsabilidad social de no ocultar ciertas noticias y circunstancias de quienes ocupan o pueden ocupar puestos de gobierno: sería ilícito sustraerlas al conocimiento de la opinión pública en una sociedad democrática. Pero quien recibe ese tipo de informaciones de los medios de comunicación, debe formarse un juicio ponderado: ha de ver si están bien fundadas; escuchar a la parte interesada; y, si guarda silencio, no admitir que quien calla otorga, porque la carga de la prueba corresponde a quien acusa o afirma. El derecho al honor es muy importante. Santo Tomás dice que quien despoja a otro de la buena fama «es ocasionalmente un homicida, por cuanto con sus palabras da a otro ocasión para odiar o despreciar al prójimo» 25. Además, priva de una condición

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muy necesaria para hacer el bien a los demás 26.

Hemos de estar prevenidos contra los riesgos de las apreciaciones parciales o injustas. No queramos juzgar. -Cada uno ve las cosas desde su punto de vista... y con su entendimiento, bien limitado casi siempre, y oscuros o nebulosos, con tinieblas de apasionamiento, sus ojos, muchas veces (...). ¡Qué poco valen los juicios de los hombres! -No juzguéis sin tamizar vuestro juicio en la oración 28

Defender la verdad sin herir

El espíritu positivo lleva a resaltar lo bueno, lo recto, lo seguro. Pero el trabajo o la colaboración en los medios de comunicación social exige muchas veces comentar y valorar, positiva o negativamente, las actuaciones y posturas de los demás, también en materias opinables. De nuevo hemos de esmeramos entonces en vivir la prudencia y la justicia. Sin duda, el pluralismo, consecuencia lógica de una libertad responsable, es manifestación de buen espíritu; pero hay modos de enjuiciar comportamientos ajenos que, por la brusquedad en la forma o la falta de matices, pueden resultar injustos al poner en entredicho, aun involuntariamente, la honradez o la rectitud de esas personas.

También viviremos la prudencia y la justicia cuando, por circunstancias de la vida pública, social, política, artística o científica, tengamos que referimos a gente de conducta moralmente escandalosa: no podemos difamar nunca, pero sí evitar que alabanzas excesivas a una actividad determinada de esas personas induzcan a juicios equivocados sobre otros aspectos de su vida, con el riesgo de cooperar en una relativa difusión del mal o de provocar confusiones en quienes están menos informados.

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Nuestra actitud ha de ser, hijos míos, de comprensión, de amor. Nuestra actuación no se dirige contra nadie, no puede tener nunca matices de sectarismo: nos esforzamos en ahogar el mal en abundancia de bien. Nuestro trabajo no es labor negativa: no es antinada. Es afirmación, juventud, alegría y paz. Pero no a costa de la verdad 28.

Los cristianos somos testigos del Evangelio, amantes y propagadores de la verdad, con el ejemplo y con la palabra, también cuando resulta más exigente. Debemos tener una caridad maravillosa, «veritatem facientes in caritate», defendiendo la verdad, sin herir 29. Y añadía nuestro Padre: No se puede ceder en lo que es de fe: pero no olvides que, para decir la verdad, no hace falta maltratar a nadie 30. Es la fe en la verdad lo que nos disuade de la vana pretensión de imponerla por la fuerza: sabemos que la verdad se impone por sí misma, y que una verdad sin caridad sólo puede ser una caricatura de la verdad. El fundamentalismo no es cristiano, porque no es humano.

Esto no significa que permanezcamos pasivos ante el error. Al revés. La comprensión hacia los demás y la intransigencia con uno mismo ayudan a superar los obstáculos que frenan la defensa de la verdad: el miedo al qué dirán, la cobardía ante el riesgo de no ser popular en un determinado ambiente, la comodidad de no complicarse la vida, y tantas otras muestras de pereza o desidia que dificultan el hablar, escribir, o participar en la transmisión de una información justa y necesaria. Nuestro Padre nos invitó a recurrir a la intercesión de una santa que supo decir la verdad con caridad y sin respetos humanos. Tengo una especial devoción a Santa Catalina de Siena -¡aquella gran murmuradora!-, porque no se callaba y decía grandes verdades por amor a Jesucristo, a la Iglesia de Dios y al Romano Pontífice 31.

1. Ioann. XVIII, 37.
2. De nuestro Padre, Carta 30-IV-1946, n. 74.
3. Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1704.
4. Concilio Vaticano II, Decl. Dignitatis humanae, n. 2.
5. Cfr. Genes. 1, 28.
6. Ioann. XVIII, 38.
7. Cfr. Ioann. VIII, 32.
8. Conc. Vaticano II, Decr. Dignitatis humanae, n. 2.
9. De nuestro Padre, Carta 19-III-1967, n. 38.
10. Juan Pablo II, Litt. enc. Veritatis splendor, 6-VIII-1993, n. 34.
11. De nuestro Padre, Carta 9-I-1959, n. 45.
12. S. Th. II-II, q. 109, a. 3 ad 1.
13. De nuestro Padre, Carta 2-X-1939, n. 5.
14. Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2486.
15. Cfr. Juan Pablo II, Litt. apost. Tertio millennio adveniente, 10-XI-1994, ni]. 22, 27 y 35-37.
16. Surco, n. 330. 17. Ibid. n. 602.
18. Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2476.
19. Ibid. n. 2488.
20. Ibid. n. 2489.
21. Ibid. n. 2492.
22. Es Cristo que pasa, n. 69.
23. Ibid.
24. Camino, n. 443.
25. S.Th. II-II, q. 73, a. 3 ad 2.
26. Cfr. Ibid. a. 2.
27. Camino, n. 451.
28. De nuestro Padre, Carta 9-I-I959, n. 25.
29. Forja, n. 559.
30. Ibid. n. 959.
31. De nuestro Padre, Carta 29-IX-1957, n. 49.