Cuadernos 12: Apostolado de la opinión pública/La formación doctrinal del alma apostólica

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LA FORMACIÓN DOCTRINAL DEL ALMA APOSTÓLICA


Durante su vida en la tierra, Jesucristo se entregó incansablemente a la predicación de la Verdad salvadora: recorría ciudades y aldeas predicando y anunciando la buena nueva del Reino de Dios 1. En esta tarea le ayudaban los Apóstoles, a quienes había elegido y formado personalmente para que continuaran su misión más allá de las fronteras de Israel: id, pues, y haced discípulos a todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo; y enseñándoles a guardar todo cuanto os he mandado 2. Estas palabras resuenan en los oídos de todos los bautizados, invitados por Cristo, como aquellos primeros discípulos, a colaborar en la realización del designio salvador de Dios en la tierra. Para hacer posible el cumplimiento de este encargo, el Señor, amorosa y libérrimamente, ha querido hacernos partícipes del conocimiento que tiene de Sí mismo y de los planes de su paternal Providencia, y por eso la Iglesia, Madre y Maestra, prolonga entre todos los hombres, a lo largo de los siglos y hasta el fin de los tiempos, aquella labor deformación y enseñanza que Jesús entregó a los primeros Doce 3.

Quien ha recibido esta luz sobrenatural -necesaria para or-

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denar según el plan divino todas las realidades- posee la sabiduría, el más preciado tesoro: Bienaventurado el que alcanza la sabiduría y adquiere inteligencia: porque es su adquisición mejor que la plata y es de más provecho que el oro. Es más preciosa que las perlas y no hay tesoro que la iguale 4.


Para dar más fruto

Toda obra formativa encuentra su punto de apoyo y su razón de ser en la misión personal a la que Dios ha interpelado a cada hombre. La formación doctrinal-religiosa, desde el nivel más elemental hasta la enseñanza de la teología, debe ayudar al fiel cristiano a reconocer el riquísimo contenido de la Revelación y a transmitirlo con don de lenguas, para fecundar con el proyecto divino de salvación todos los ámbitos de la vida humana.

El conocimiento básico de la doctrina de Cristo es imprescindible para que el cristiano cumpla su misión de confesar, defender y difundir la fe. De ahí los esfuerzos de la Iglesia, en todos los tiempos y de modos diversos, para educar a sus hijos en la verdad. De ahí también el empeño de la Obra -parte viva del Cuerpo Místico de Cristo- por dar a sus miembros una profunda formación doctrinal-religiosa. Sin ella sería inimaginable cualquier apostolado sólido y eficaz; y, en particular, la labor de difusión de la verdad que procuramos llevar a cabo a través de los cauces de la opinión pública resultaría inútil y vana, como una tetera en la que, en vez de té, hubiera sólo agua.

La santidad y el apostolado: ésos son los fines que nos proponemos, repetía una y otra vez nuestro Padre. Y para lograr estos fines necesitamos, por encima de todo, una formación. Para nuestra santidad, doctrina, y para el apostolado, doctri-

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na 5. El estudio serio de la doctrina cristiana hace al alma más segura (...). Por lo tanto, me interesa mucho que vosotros no tengáis sólo la fe del carbonero. Adquiriendo la doctrina, podrás meditar, podrás darte cuenta de que Dios te mira, y de que tú le miras, y sentir el amor y la urgencia de buscar almas 6.

Nuestro Fundador resumió la misión del Opus Dei y de cada uno de sus miembros en dos palabras: dar doctrina. Una misión y una responsabilidad tanto más urgente cuanta más oscuridad hay en el mundo, cuanta más desorientación se observa entre los fieles, cuanto más degradada se muestra la sociedad civil. Hoy, ayer y siempre, la ignorancia religiosa es el mayor enemigo de Dios. Para combatirlo con eficacia, necesitamos asimilar muy bien la formación doctrinal-religiosa que la Obra nos proporciona.

Doctrina segura

Al impartirnos esta enseñanza científico-religiosa, la Obra no hace suya más que la doctrina de la Iglesia, obligatoria para todo fiel. Como sabemos bien, el Opus Dei carece en absoluto de opiniones propias en todo lo que la Iglesia deja a la legitima discusión de los teólogos, y no se adhiere a escuelas particulares de pensamiento. Además, como en el aprendizaje de cualquier ciencia rigurosa, no nos dejamos llevar por modas pasajeras ni por superficial curiosidad. Seguimos las enseñanzas del Doctor Común de la Iglesia, tantas veces recomendadas por el Magisterio eclesiástico 7. Pero guiarse por el pensamiento de Santo Tomás no significa limitarse a repetirlo. Debemos ciertamente cultivar la doctrina del Doctor Angélico -escribió nues-

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tro Padre-, pero del mismo modo que él la cultivaría hoy si viviese. Por eso, algunas veces habrá que llevar a término lo que él mismo sólo pudo comenzar; y por eso también, hacemos nuestros todos los hallazgos de otros autores, que respondan a la verdad 8.

En cualquier caso, hemos de saber distinguir lo que es doctrina de la Iglesia de lo que se opone a la verdad cristiana, lo que es verdad definida de lo que es opinión teológica común más o menos fundada. No es la misma la autoridad del dogma definido por el Magisterio de la Iglesia, que la de una sentencia defendida por alguno o por algunos teólogos; ni se puede confundir la actitud ortodoxa, que lleva a custodiar la tradición de la Iglesia, con el cerrilismo de quien se niega a aceptar todo progreso 9.

En definitiva, lo que nos interesa es la verdad. Y es también la verdad, más que las sutilezas o los prejuicios de tal o cual autor, lo que interesa a las personas con quienes nos relacionamos, porque «la sed de verdad está tan radicada en el corazón del hombre que prescindir de ella comprometería la existencia» 10. Por eso daríamos muestra de una frivolidad irresponsable y necia si, en vez de atender esas expectativas, defraudáramos a las almas con malabarismos intelectuales que obscurezcan la verdad.

El estudio, medio indispensable

Los estudios institucionales de filosofía y de teología tienen por fin procurar un conocimiento profundo de las verdades reveladas, que sea alimento de la vida espiritual y nos haga efica-

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ces para imbuir de espíritu cristiano toda la cultura humana 11. Para que esta formación sea fructífera, el estudio es medio necesario e insustituible. Ha de ser el nuestro un trabajo intelectual bien realizado, en el que pongamos en juego todas nuestras potencias; un estudio que no se contente con consideraciones superficiales, que no rehúya los problemas reales; que, sostenido por un gran afán apostólico, lleve a convicciones profundas, a la adquisición de un modo atractivo de exponer la doctrina, en consonancia con las necesidades del momento. La tarea de cristianizar desde dentro la sociedad y las estructuras temporales exige un bagaje intelectual que no se improvisa y que requiere tiempo y sacrificio. Es necesario concederle la dedicación oportuna, y no recortar -por una malentendida urgencia apostólica- los momentos previstos para el estudio. En realidad, el tiempo dedicado a la propia formación es tiempo dedicado al apostolado: «cuanto más nos formamos, más sentimos la exigencia de proseguir y profundizar tal formación; como también cuanto más somos formados, más nos hacemos capaces deformara los demás» 12.

Como manifestación concreta del deseo de mejorar nuestra propia preparación, todos hacemos lo posible para asistir con puntualidad y regularidad a los Semestres y Cursos de formación doctrinal-religiosa. Lógicamente, nos esforzamos por dar la importancia debida al aprovechamiento de las clases, así como por formular preguntas para aclarar lo que sea necesario y por ahondar con particular empeño en aquellas cuestiones que, por estar más inmediatamente conectadas con la propia profesión, por ser más candentes en el ámbito en que nos movemos, por convocarnos más directamente a ser creadores de opinión y de criterio, proporcionarán mayores ocasiones de apostolado. Con personal responsabilidad, estaremos atentos a

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las sugerencias e indicaciones que los Directores nos hagan, para aumentar la dedicación, para poner más esfuerzo, o incluso para mejorar en el método de estudio. Y así, procuraremos cumplir los plazos fijados y evitar interrupciones o retrasos a la hora de presentar los exámenes.

Cuando hayamos completado el ciclo de los estudios filosófico-teológicos, repasaremos las materias de acuerdo con los planes previstos, porque nuestra formación no termina nunca 13, tampoco en el aspecto doctrinal-religioso. Yo lo que quiero -afirmaba nuestro Padre- es tener fijos y claros todos los argumentos de la buena doctrina; por eso repaso los tratados tradicionales de teología 14.

Al profundizar en las materias ya cursadas, con humildad y constancia, nuevas luces se irán encendiendo en nuestra inteligencia, fruto de la gracia de Dios y del hábito de la reflexión y del estudio, y de este modo mantendremos siempre frescos los principios fundamentales, que nos ponen en condiciones de comprender y juzgar rectamente los sucesos y doctrinas de actualidad. Tenéis que dar claridad sobre todos los asuntos temporales, sobre todos los aspectos de la vida de los hombres: la familia, la sociedad civil, las profesiones, las diversiones, los deportes, la ciencia, la enseñanza, el arte, la moda... 15, escribió nuestro Fundador. Y considerando -al plantearnos la necesidad de llevar a cabo esta exigente labor- las enormes posibilidades con que cuentan los medios de comunicación social para difundir eficazmente ideas claras, nuestro Padre ponía un particular énfasis al hablar de ese gran enemigo de Dios que es la ignorancia -sólo la ignorancia puede permitir a un hombre cometer un crimen, sin saber que lo comete-, y de la responsabilidad que tienen en contrarrestarla los medios de comuni-

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cación colectiva, y de la gran labor de doctrina que podemos hacer utilizándolos bien. Para eso es necesario tener doctrina, que se aprende estudiando, aprovechando esos medios de formación que la Obra pone en nuestras manos 16..

Doctrina y piedad

Además, don Álvaro nos advirtió que, para que la formación doctrinal-religiosa dé todo el fruto que Dios espera, hay que realizar esos estudios con seriedad y empeño humano, y también con un gran espíritu de fe, pues -como escribía San Agustín- intellectui fides aditum aperuit, infidelitas clausit (San Agustín, Epistola 137, 15), la fe abre la puerta a la inteligencia de los misterios, la infidelidad la cierra. Pedid al Señor que aumente en vuestra alma las tres virtudes teologales, progresando constantemente en los caminos de la oración, que es el complemento indispensable para sacar (...) el fruto que Dios quiere 17.

Para esto es necesario fundir la doctrina con la piedad, en unidad de vida, siguiendo el consejo de nuestro Fundador: que hagáis los estudios internos con mucho cariño, y que llevéis a vuestra oración personal esos conocimientos que, vais adquiriendo.

No os lo mando, no os obligo a nada; ¡viva la libertad! Pero os repito que es buena cosa llevar a la meditación personal los conocimientos teológicos, dejando que -como consecuencia de esa luz oscura, o de esa oscuridad luminosa que hay en tantas cosas de nuestra fe- se vengan al corazón y a la boca afectos, actos de esperanza, la confesión de que creemos y de que queremos hacer creer. Sabiendo que la fe, la esperan-

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za y el amor no son cosas nuestras, sino virtudes infusas, dadas gratuitamente por Dios.

Si estudiáis bien la teología, descubriréis muchos aspectos maravillosos en ese contenido riquísimo de la doctrina revelada. Y la teología se estudia bien cuando la materia de estudio se hace materia de oración. Imagino que eso haría Santo Tomás, de quien se afirma que decía que su libro era el Crucifijo. Así llegaba a tener luces, que con la cabeza sola no se adquieren 18.

Una gran catequesis

Conocer y vivir con toda la profundidad de que seamos capaces las verdades de la fe nos permitirá llenar de luz los saberes humanos y, a la vez, dar razón de nuestra esperanza 19.

El apostolado de la doctrina adquiere particular urgencia en los momentos actuales, en los que enteros sectores de la sociedad se mueven según patrones de conducta abiertamente contrarios a las enseñanzas de Jesucristo. Sin ignorar que el panorama de dificultades puede parecer abrumador, pienso que hemos de reaccionar como nuestro santo Fundador: ¡contentos, muy contentos, de los tiempos que nos ha tocado vivir! Nos ha traído el Señor al mundo en esta época, y quiere que cerremos filas a su lado, para demostrar a la gente, a la historia, que el poder del rey de las tinieblas es una nadería, en comparación con la Omnipotencia de Dios, de nuestro Dios 20.

Y si, en ocasiones, se insinúa la tentación del desánimo, escuchamos también la voz de nuestro Padre que nos llena de optimismo y esperanza: tened presente que en los momentos de crisis profundas en la historia de la Iglesia, no han sido nunca

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muchos los que, permaneciendo fieles, han reunido además la preparación espiritual y doctrinal suficiente" los resortes morales e intelectuales, para oponer una decidida resistencia a los agentes de la maldad. Pero esos pocos han colmado de luz, de nuevo, la Iglesia y el mundo. Hijos míos, sintamos el deber de ser leales a cuanto hemos recibido de Dios, para transmitirlo con fidelidad. No podemos, no queremos capitular 21.

Con decisión firme secundamos el querer de nuestro Padre, siguiendo el consejo de don Álvaro: En toda esta tarea apostólica, acogeos a la poderosa intercesión de la Santísima Virgen Sedes Sapientiae, y buscad también la ayuda de nuestro santo Fundador, que desde el Cielo sigue empeñado en que sus hijas y sus hijos hagamos por todo el mundo una siembra cada día más extensa e intensa de buena doctrina 22.

1. Luc. VIII, 1.
2. Matth. XXVIII, 19.
3. De nuestro Padre, Carta 6-V-1945, n. 3.
4. Prov. III, 13-15.
5. De nuestro Padre, Obras, IV-64, p. 10.
6. De nuestro Padre, Dos meses de catequesis, II, p. 654.
7. Cfr. Juan Pablo II, Litt. enc. Fides et ratio, 14-IX-1998, n. 78.
8. De nuestro Padre, Carta 9-I-1951, n. 22.
9. De nuestro Padre, Carta 24-X-1965, n. 28.
10. Juan Pablo II, Litt. enc. Fides et ratio, 14-IX-1998, n. 28.
11. Cfr. Ratio Institutionis, n. 41.
12. Juan Pablo II, Exhort. apost. Christifideles laici, 30-XII-1988, n. 63.
13. De nuestro Padre, Crónica, 1972, p. 861.
14. De nuestro Padre, Crónica, 1969, p. 589.
15. De nuestro Padre, Carta 30-IV-1946, n. 69.
16. Ibid. n. 70.
17. Don Álvaro, Homilía, 15-X-1984.
l8. De nuestro Padre, Crónica, 1971, p. 363.
19. I Petr. III, 15.
20. Don Álvaro, Cartas de familia (2), n. 486.
21. De nuestro Padre, Carta 28-III-1973, n. 18.
22. Don Álvaro, Cartas de familia (1), n. 145.