Cuadernos 12: Apostolado de la opinión pública/El don precioso de la libertad

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EL DON PRECIOSO DE LA LIBERTAD


Cuando comenzaron las Convivencias de Pascua en Roma, a finales de los años sesenta, se estaba produciendo una verdadera revolución ideológica en numerosos ambientes culturales y estudiantiles occidentales. Durante una tertulia que tuvo nuestro Fundador con universitarios de varios países, participantes en la Convivencia de 1974, le preguntaron qué podía decir en esos momentos a los intelectuales. Nuestro Padre contestó de una manera que a más de uno debió de sorprender: habló de libertad. El otro día, fueron sus palabras, tuve un rato de conversación con un grupo grande de hijos míos, intelectuales de verdad, de los que quieren edificar, construir, resolver, sembrar la paz, la alegría y el bienestar; de los que agitan las aguas, no para revoluciones estériles, sino para dar solución a los conflictos humanos de una manera llena de justicia y de caridad. Pues se me escapó decirles que en el siglo pasado, nuestros abuelos -los míos, digamos vuestros bisabuelos- eran tan encantadores que luchaban de verdad por la libertad personal (...). Tenían toda una ilusión romántica, se sacrificaban y luchaban por alcanzar esa democracia con la que soñaban, y una libertad personal con responsabilidad personal 1.

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El último de los románticos

Nuestro Padre llevaba muchos años hablando apasionadamente de libertad, con una visión abierta, audaz y clarividente. Sabía lo que significaba luchar y sufrir, de verdad, por defender esa prerrogativa humana. Y por eso comentaba que, a diferencia de bastantes rebeldes contemporáneos, las generaciones idealistas del siglo pasado querían la libertad para todos -no para ellos solos- y se sacrificaban hasta morir 2. Llegaba a considerarse, en este sentido, el último de los románticos, aunque de su romanticismo cristiano hubieran podido aprender mucho aquellos héroes decimonónicos. ¡Somos libres, libres, con la libertad de los hijos de Dios! ¡Qué alegría! ¡Yo siento un gozo grande cuando hablo de la libertad! Y me duele cuando no la encuentro en el mundo. Soy amigo de la libertad como nadie, y quiero que vosotros lo seáis también y defensores de los derechos inalienables de todos los hombres 3.

¿A qué se debía ese amor a la libertad? Nuestro Padre lo explicaba así: Amo la libertad de los demás, la vuestra, la del que pasa ahora mismo por la calle, porque si no la amara, no podría defender la mía. Pero ésa no es la razón principal. La razón principal es otra: que Cristo murió en la Cruz para darnos la libertad, para que nos quedáramos in libertatem gloriar filiorum Dei (Rom. VIII, 21) 4. Es un bien radicalmente cristiano que sólo podemos comprender y valorar plenamente a la luz de la vida, muerte y Resurrección del Verbo Encarnado. Los cristianos no tenemos que pedir prestado a nadie el verdadero sentido de este don, porque la única libertad que salva al hombre es cristiana 5.

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San Pablo nos da ejemplo de amor a la libertad cuando, frente a las imposiciones de algunos doctores de la ley y en contra de una mentalidad pagana fuertemente influida por el determinismo, proclamaba: vosotros, hermanos, fuisteis llamados a la libertad 6. ¡Cuánto tuvo que batallar el Apóstol, en los albores de la Iglesia, para defender este maravilloso don de Dios! Nuestro Padre nos animaba a seguir su ejemplo: Jesucristo nos ha ganado esa libertad. ¿Os acordáis de lo que dice San Pablo?: qua libertate Christus nos liberavit (Galat. V, 1). Amad y defended la libertad personal. Hemos de defender la libertad de todos, no sólo la nuestra (...). Vosotros, como ciudadanos de vuestros países, debéis procurar que haya esa libertad, que todos los hombres se sientan libres y responsables; no puede sentirse libre, quien no se siente responsable. Si me falta la responsabilidad, no vivo bien mi libertad. No temáis la libertad de Cristo, la libertad del hombre 7.

La libertad y las libertades aparentes

La libertad es necesaria para realizar el bien, para darse a los demás y, sobre todo, para amar al Señor. Sin libertad no podemos agradar a Dios; sin libertad no podemos obtener el cielo; sin libertad no podemos amar; sin libertad somos como una cosa 8.

Pero no hablamos de una libertad cualquiera. Ya San Pablo tenía que prevenir de una deformación: habéis sido llamados a la libertad, pero no la toméis como pretexto para servir a la carne, sino servíos por amor unos a otros 9. La libertad es para amar, para servir, y está esencialmente vinculada con la verdad, según las palabras de Nuestro Señor: conoceréis la

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verdad, y la verdad os hará libres 10. «Estas palabras, comenta Juan Pablo II, encierran una exigencia fundamental y al mismo tiempo una advertencia: la exigencia de una relación honesta con respecto a la verdad, como condición de una auténtica libertad; y la advertencia, además, de que se evite cualquier libertad aparente, cualquier libertad superficial y unilateral, cualquier libertad que no profundiza en toda la verdad sobre el hombre y sobre el mundo. También hoy, después de dos mil años, Cristo aparece ante nosotros como Aquél que trae al hombre la verdad, como Aquél que libera al hombre de lo que limita, disminuye y casi destruye esta libertad en sus mismas raíces, en el alma del hombre, en su corazón, en su conciencia» 11.

La Iglesia, que tiene en depósito la Verdad revelada, señala autorizadamente qué planteamientos son errados, pues «no todo lo que los diversos sistemas y las personas singulares consideran y propagan como libertad es la verdadera libertad del hombre» 12. Además, en virtud de su misión divina, la Iglesia «se convierte en custodia de esta libertad que es condición y base de la verdadera dignidad de la persona humana» 13. Todos los cristianos podemos y debemos cooperar en esta tarea, en las circunstancias de cada día. Defendemos la libertad cuando procuramos ser coherentes con la verdad de nuestra vocación cristiana -con la llamada a la santidad- y nos esforzamos por luchar contra la esclavitud de las pasiones, sin dejarnos condicionar por el qué dirán. También la defendemos cuando no queremos acostumbrarnos a la degradación moral, a la mentira, a los atentados contra la vida humana inocente, sino que procuramos mantener la fe y la conciencia recta 14 y tratamos de despertar a los demás. La defendemos, en fin, cuando en nuestra labor apostólica diaria -y todo puede ser ocasión

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de apostolado- procuramos difundir la verdad, con la pasión de transmitir a quienes nos rodean la doctrina que libera.

Existen muchos modos de luchar por la libertad. El genuinamente cristiano -como ha recordado Juan Pablo II, hablando de la misión apostólica- «nunca es una destrucción, sino una recuperación de valores y una nueva construcción» 15.

Los medios de comunicación, instrumentos de libertad

No se concibe hoy la posibilidad de una participación responsable de los ciudadanos en la vida social -que tiene una complejidad muy superior a lo que el individuo puede abarcar con la visión directa-, sin la existencia de medios de información adecuados, que sigan de cerca los acontecimientos de interés general 16. Estos medios cumplen una función social importantísima y son -en potencia- verdaderos instrumentos al servicio de la libertad, en la medida en que transmiten la verdad.

Asimismo, actúan también decisivamente en favor de la libertad cuando ejercen correctamente su papel de creadores y difusores de opiniones: Han venido a ser, en parte, afirmaba nuestro Padre, como la voz de los ciudadanos frente a los poderes públicos, estén o no libremente elegidos y controlados por el pueblo. Y siendo tan poderoso hoy el Estado -que tiene la tendencia a entrometerse hasta en las manifestaciones de vida más personales y privadas-, nada más legítimo que ese deseo, que tienen los grupos intermedios y las personas particulares, de poder manifestar las propias opiniones y ejercer en la sociedad una fuerza que sirva para equilibrar la de los poderes públicos 17.

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A la vez, gracias a su función recreativa, proporcionan una mayor libertad de vida, una liberación del cansancio físico producido por un trabajo que suele ser duro, y lo es mucho más cuando se hace sin ilusión profesional o con poco amor de Dios.

Las fuerzas corporales se recuperan fácilmente con el descanso físico, dejando de actuar; pero las energías del alma necesitan además divertirse, aplicarse a otros objetos que atraigan su atención, y que de alguna manera produzcan agrado 18.

Los medios de comunicación son, en definitiva, vehículos formidables de apostolado y de promoción operativa de la libertad de la persona, además de realidades en las que se reflejan las dotes que Dios nos ha proporcionado al crearnos a su imagen y semejanza: creatividad, afán de conocer, dinamismo, sensibilidad artística, inventiva, dominio sobre las leyes físicas, naturaleza social y comunicativa... Estos instrumentos, insistía nuestro Fundador, pueden y deben tener una naturaleza y unas funciones radicalmente positivas. A esos medios -como a las demás realidades creadas que forman las estructuras temporales-, se les puede aplicar lo que tantas veces os he enseñado: las cosas creadas, que los hombres cultivan desarrollando las virtualidades inherentes en la naturaleza, son todas buenas, si no se desvían maliciosamente del recto orden querido por Dios 19.

Esa parcela de la creación que constituyen los medios de opinión pública está confiada, de algún modo, a todos, porque todos tenemos una responsabilidad ineludible. Algunos como promotores de esos medios, o profesionales de la información, y otros, la gran mayoría, como usuarios que pueden influir activamente por diversos cauces. Hemos de tener el noble deseo de recristianizarlos desde dentro -también para humanizarlos- y por esto queremos perfeccionarlos, según las posibili-

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dades de cada uno, tanto en el terreno técnico como en el ético.

Para que vuelvan a respirar aire puro

Es justo, por tanto, reaccionar cuando los medios de comunicación se desvirtúan y se convierten en canales de opresión al servicio de intereses egoístas. Y opresión no es sólo la tiranía política: es igualmente contrario a la libertad -porque se opone a la verdad- ofrecer una visión reductiva del ser humano. Se promueven formas de opresión cuando se intenta convencer a la gente de que sólo es libre en la medida que adquiere más bienes de consumo; cuando se explotan las tendencias desordenadas; cuando se bombardea con lo morboso o escandaloso o se presentan como únicos puntos de referencia comportamientos anómalos o antinaturales... Son formas de opresión, porque se ofrecen como el único horizonte vital posible, como el molde al que todos debemos adaptarnos. Y ese molde, como es fácil imaginar, resulta enormemente estrecho y agobiante.

Ante esa realidad, los cristianos hemos de trabajar para que los medios informativos cumplan la noble función que tienen asignada. Abomino de toda tiranía y violencia, escribió nuestro Padre. Nos interesan las almas, una a una. Por eso tenemos que acudir en defensa de tantas conciencias oprimidas, para que vuelvan a respirar aire puro 20. Debemos explicar a otros que protestar contra la inmoralidad y denunciar a quien la promueve no es ser enemigos de la libertad de nadie, ni estar atrincherados en principios intransigentes o retrógrados, como algunos quieren suponer. Rechazamos la inmoralidad porque es una ofensa a Dios, y también porque constituye una falta de respeto a la dignidad humana. Si un mecánico, un médico, un funcionario... nos prestan un mal servicio, o incluso nos perju-

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dican, sabemos exigir nuestros derechos. De igual modo, hemos de reaccionar ante la actuación deficiente o perniciosa de escritores de novelas, periodistas, productores de juegos informáticos, guionistas de televisión o de cine, locutores de radio... cuando no informan, no ayudan honestamente a formar opiniones, no entretienen o divierten como exige la dimensión espiritual o el desarrollo de las facultades intelectuales y morales de la persona. Amamos la libertad de todos, pero exigimos responsabilidades. Quienes trabajan en un medio de comunicación no pueden decir que la injusticia, la falta de ética o la simple incompetencia son modos de ejercer su libertad de expresión. Nos interesa que los profesionales de esos campos mantengan alta su dignidad profesional y comprendan el gran servicio que están llamados a desempeñar como difusores de la verdad y constructores de libertad.

El apostolado de la opinión pública es siempre una acción positiva, que busca adelantarse, en la medida de lo posible, tomar la iniciativa, sin limitarse a la mera defensa. Pero cuando algunos medios de comunicación difunden ideas y comportamientos inhumanos, la labor en este campo lleva también a levantar muros de contención que impidan la catastrófica devastación de esas riadas.

Ciudadanos con iniciativa y empuje

Al señalamos la necesidad de no permanecer indiferentes en esta importante tarea, nuestro Fundador nos animaba a recordar, para que nos sirviera de acicate, la queja del Señor: los hijos de las tinieblas son más prudentes que los hijos de la luz 21. Es un fracaso monstruoso para los católicos, comentaba el Beato Jo-

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semaría, que, después de veinte siglos de cristianismo, no se haga casi nada en este terreno (...). Hoy puede decirse que no hay prensa, que son muy pocas las publicaciones en las que se trabaje con mentalidad auténticamente cristiana; donde se respete a los demás, amando y defendiendo también la libertad de todos los hombres; donde se sepa comprender, disculpar, unir 22.

Con espíritu de iniciativa y responsabilidad, tenemos que pensar cómo podemos contribuir a la difusión de la luz de Cristo. Sois vosotros -libremente- quienes habéis de estar sensibilizados por la formación que recibís, de tal manera que reaccionéis espontáneamente ante los problemas humanos, ante las circunstancias sociales inciertas que precisan ser encauzadas con criterios rectos. A vosotros, con vuestros conciudadanos, os toca correr con valentía ese riesgo de buscar soluciones humanas y cristianas -las que en conciencia veáis: no hay una sola- a las cuestiones temporales que surjan en vuestro camino 25. Y añadía nuestro Padre: cumplid vuestra misión con audacia, sin miedo a comprometeros, a dar la cara (...). La Obra os forma para que, con valentía, seáis -cada uno en su ambiente- hombres o mujeres de iniciativa, de empuje, de vanguardia 24.

Los fieles de la Prelatura tratamos de contribuir a la solución de tantos problemas humanos y cristianos trabajando abiertos en abanico, es decir, colaborando con otras muchas personas y evitando formar guetos o ambientes cerrados. Probablemente surgirán divergencias, pero lo importante es subrayar los puntos de acuerdo, las ideas compartidas, los objetivos comunes, las iniciativas capaces de constituir centros de cooperación entre personas variadísimas: la unidad en lo fundamental, dentro de una posible diversidad de criterio en tan-

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tas cuestiones. La Obra de Dios -no lo olvidéis- es lo más opuesto al fanatismo, lo más amigo de la libertad. Y estamos convencidos de que, para llevar a los demás a la verdad, el procedimiento es rezar, comprender, tratarse; y luego, hacer discurrir y ayudar a estudiar las cosas 25.

La doctrina de Cristo es siempre positiva. Apoyándonos en la ayuda que proporciona la gracia, nos esforzamos por ser signo más, por tratar de arrastrar a todos con el ejemplo de una vida sacrificada y alegre: sabremos así despertar a muchos de su modorra, de su comodidad, para que afronten la responsabilidad de ser también ellos Cristo que pasa en su ambiente de trabajo. Hemos de saber suscitar abundantes iniciativas, involucrar a muchas personas en esta pelea de amor y de paz, siguiendo el ejemplo santo de nuestro Padre.

1. De nuestro Padre, Tertulia, 7-IV-1974.
2. De nuestro Padre, Tertulia, 18-V-1974.
3. De nuestro Padre, Meditación, 2-XI-1958.
4. De nuestro Padre, Tertulia, 7-IV- 1974.
5. Amigos de Dios, n. 35.
6. Galat. V, 13.
7. De nuestro Padre, Tertulia, 27-III-1970.
8. De nuestro Padre, Tertulia, 10-IV-1974.
9. Galat. V, 13.
l0. Ioann. VIII, 32.
11. Juan Pablo II, Litt. ene. Redemptor hominis, 4-III-1979, n. 12.
12. Ibid.
13. Ibid.
14. I Tim. I, 19.
15. Juan Pablo II, Litt. enc. Redemptor hominis, 4-III-1979, n. 12.
16. De nuestro Padre, Carta 30-IV-1946, n. 6.
17. Ibid. n. 7.
18. Ibid. n. 10
19. Ibid. n. 12
20. Ibid. n. 13.
21. Cfr. Luc. XVI, 8.
22. De nuestro Padre, Tertulia, 12-III-1960.
23. De nuestro Padre, Carta 9-I-1959, n. 36.
24. Ibid. n. 59.
25. De nuestro Padre, Carta 16-VII-1933, n. 13.