Cuadernos 12: Apostolado de la opinión pública/Don de lenguas

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DON DE LENGUAS

Al cumplirse el día de Pentecostés, estaban todos juntos en un mismo lugar. Y de repente sobrevino del cielo un ruido, como de viento que irrumpe impetuosamente, y llenó toda la casa en la que se hallaban. Entonces se les aparecieron unas lenguas como de fuego, que se dividían y se posaron sobre cada uno de ellos. Quedaron todos llenos del Espíritu Santo y comenzaron a hablar en otras lenguas, según el Espíritu les hacía expresarse 1.

A todas las naciones

El ruido del viento impetuoso -spiritus vehementis- se oye en todos los rincones de Jerusalén, y las calles de la ciudad se convierten rápidamente en ríos humanos que convergen hacia el Cenáculo. Concurren hombres y mujeres de todas las edades, de toda condición social y de todas las naciones del mundo. Pedro, lleno del Espíritu Santo, levanta su voz y les habla 2. La gente le escucha, maravillada. La Palabra llega a todos: venciendo las barreras de una infinita variedad, se abre cami-

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no a través del conjunto abigarrado, heterogéneo, de todos aquellos hombres, entra en sus espíritus y va despertándolos a la Verdad. Pedro y los demás apóstoles han recibido el don de lenguas. El Señor les había dicho: Id, pues, e instruid a todas las naciones 3. Ahora el Espíritu Santo les da los medios necesarios para cumplir esa misión. Y asistida por el Paráclito, la Iglesia se presenta ante el mundo, desde el principio, universal en el tiempo y en el espacio.

Al evocar este pasaje de la Escritura, es natural que pensemos en la permanente actualidad de unas palabras de nuestro Padre: No podemos pretender que todos los hombres tengan la misma cultura. Por eso, pido para mis hijos el don de lenguas: que pueda entendernos cualquier clase de gente 4.

Don de lenguas. Lo necesitamos. Es una exigencia de nuestra vocación, de nuestra misión universal: llevad la caridad de Jesucristo, escribió nuestro Padre, a todos los caminos de la tierra 5. Nuestro apostolado, como la Obra misma, se extiende a todas las naciones, a todas las razas -el Señor (...) nos ha dado el mundo por heredad 6-, y dentro de cada país, a todos los hombres: no hay ser humano a quien no llegue el calor de nuestra vida apostólica 7.

Nadie puede quedar fuera de nuestro radio de acción: hemos de llevar a Dios a todas las almas. Pero hemos de tener en cuenta que los hombres no son iguales entre sí. Una infinita riqueza de matices -poder divino manifestado en la creación- diferencia a unos de otros: hay de hecho en los seres humanos una grandísima diversidad en cuanto a temperamento, formación y dotes intelectuales, y sería imposible y absurdo querer destruir esa armonía multiforme que el Señor ha dado a la na-

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turaleza humana. Esa variedad, que es un hecho patente y positivo, nos impone la necesidad de adaptarnos a todas las mentalidades, a la diferente capacidad cultural de la gente. Cada uno de nosotros debe hacerse entender por cualquier clase de personas: filósofos y obreros, universitarios y campesinos, artistas y comerciantes. Todos -más o menos conscientemente- esperan la doctrina de Cristo. Todos tienen derecho a recibirla, y a todos la llevamos con la misma integridad y pureza, acomodándola a sus distintas inteligencias. Nos interesan todos los hombres: somos para la muchedumbre. No hay alma que no amemos, que no tratemos de ayudar y comprender 8.

Repetir la doctrina, renovar el ropaje

Damos, a todos, toda la doctrina, sin mutilaciones ni fragmentos. Esta característica de la actuación apostólica de los cristianos tiene una honda raíz evangélica. Las enseñanzas que Jesús da a los pescadores de Cafarnaum encierran la misma plenitud doctrinal que las palabras del diálogo nocturno con Nicodemo. Pero Jesús emplea, en uno y en otro caso, una exposición distinta. La Verdad, para aquellas gentes sencillas, va revestida del lenguaje coloreado y rico en imágenes de la parábola. Nicodemo, en cambio, recibirá del Maestro frases profundas, misteriosas y abstractas; y cuando demuestra que no penetra su sentido, el Señor se lo reprocha: ¿Tú eres maestro en Israel, y no entiendes estas cosas? 9.

Los hombres esperan la Palabra. La desean ardientemente, aunque no siempre con clara conciencia. Para ayudarles hay que llevarles la doctrina que ignoran, la luz que no tienen. Pero nuestra labor, si queremos que sea eficaz, no puede ser unifor-

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me e indiferenciada. Las distintas características de las personas a las que nos dirigimos nos imponen la forma en que la Verdad debe serles presentada. Debemos tener muy en cuenta esta realidad para que la doctrina dé fruto, para que sea algo vivo, algo que eche raíces en el alma de todos los que nos escuchen.

San Pablo advierte de este peligro -el peligro de la oscuridad, de lo extraño- a los apóstoles de los primeros siglos y a todos los que después habrían de seguirles: Si la lengua que habláis no es inteligible, ¿cómo se sabrá lo que decís? No hablaréis sino al aire 10.

El apostolado requiere flexibilidad de espíritu, capacidad de adaptación a los ambientes donde tenemos que actuar, saber revestir lo esencial y permanente de la doctrina con todas las variedades de la forma, que es mudable y pasajera.

Además, es preciso insistir, repetir las mismas cosas constantemente, opportune et importune 11, sin descanso. Cosa necesaria para este apostolado de la doctrina (...) es la perseverancia para insistir. Insistir sin miedo: tengo la experiencia de que hay que repetir las cosas 12. Lo exige la dureza y la volubilidad del corazón humano. Todos los momentos pertenecen a la Verdad: cada instante es suyo y, en consecuencia, en ningún instante hemos de dejar de dar testimonio de ella. Hemos recibido -para darlo a los demás- un inmenso tesoro de doctrina. Sois Cristo y habéis salido a sembrar la semilla de Cristo, a dar doctrina 13. Y todo el mundo debe escuchar nuestro mensaje. Por eso necesitamos decir las cosas continuamente, en cien lenguas, y de modo agradable 14.

El cristiano, en consecuencia, lleva a cabo su apostolado con perseverancia, sin temor a la repetición. Sólo a fuerza de decir -hasta la muerte- las ideas fundamentales sobre las

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que se asienta nuestro edificio espiritual será posible mantenerlas vivas, palpitantes, en todo su vigor y actualidad.

La paciencia, la constancia, la firmeza y la decisión son condiciones para la eficacia del apostolado. Nuestra acción no tiene la fugacidad del relámpago: es estable, continua, permanente, con una permanencia dinámica, que se renueva en un presente ininterrumpido.

Todos sabemos -por experiencia propia y ajena- que nuestra memoria debe ser removida constantemente. Por eso, decir las cosas una sola vez produce el mismo efecto que escribir en el agua; decirlas algunas veces asegura una duración efímera; repetirlas continuamente es el único procedimiento para mantenerlas en el espíritu, vigentes y actuales. Es preciso insistir en todo y con todos, y repetir una y otra vez los mismos temas, las mismas ideas, los mismos principios fundamentales. Si han de ser fuente y motor de actuación, tienen que estar muy firmemente arraigados en el fondo del alma. Sólo desde allí podrán informar con eficacia la actuación externa de las personas y ser verdaderas normas de Vida.

La belleza eterna de la Verdad

Pero esta repetición constante no basta. Tenemos que llegar a las almas por caminos agradables. Por eso no despreciamos la forma que reviste la Verdad para hacerse asequible, para presentarse, ante los ojos humanos, amable y atractiva. No se trata de rebajar las exigencias de la fe o de disfrazar con elementos extraños sus aspectos más comprometedores, para ocultarlos o devaluarlos. En realidad, la doctrina de Cristo -la doctrina que damos- es en sí misma sublime y excelsa. Es nuestra condición humana la que exige que adoptemos diversas maneras, enfoques distintos, para que nuestros sentidos -externos e inter-

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nos-, que son las puertas de nuestra alma, perciban su belleza, se abran incondicionalmente a la Verdad y la reciban con gozo.

Las formas son muchas, variadas, infinitas. Y mudables. Cada país y cada época tienen su manera propia y exclusiva de expresión. Poner a la doctrina -eterna, perenne- los grilletes perpetuos de una sola forma sería salirse de la realidad y, lo que es peor aún, relegar la Verdad al terreno del pasado, hacerla ininteligible. Todos los siglos tienen su lenguaje. También el nuestro. Y en el nuestro, con el lenguaje de hoy, hemos de comunicar a los hombres la doctrina del Señor y el espíritu de la Obra, conscientes de que lo que es sólo nuestro -y, por tanto, accidental y mudable- será reemplazado en el futuro, mientras que la fe y el espíritu que el Señor nos ha dado por medio del Beato Josemaría permanecerán a través del tiempo.

La oración ha sido y debe ser siempre nuestra gran arma, repetía nuestro Padre. Los medios sobrenaturales -oración y expiación- han de secundar siempre la actuación de los apóstoles del Señor. Nuestra misión de dar doctrina sólo tiene auténtica realidad y se hace fecunda por la acción de la gracia divina. Sólo la gracia puede hacer que el alma incorpore de una manera vital la verdad de la doctrina que recibe. Pero nuestro Padre nos enseñó muchas veces que, cuando hay medios humanos a nuestro alcance, no emplearlos o emplearlos mal sería tentar a Dios. Y es un medio humano muy importante exponer la doctrina de modo que nos entiendan, esforzándonos por tener buenas explicaderas.

1. Act. II, 1-4.
2. Cfr. Act. II, 14.
3. Matth. XXVIII, 19.
4. De nuestro Padre, Obras, XII-55, p. 6.
5. De nuestro Padre, Instrucción, mayo-1935, 14-IX-1950, n. 175.
6. Es Cristo que pasa, n. 123.
7. De nuestro Padre, Obras, XII-55, p. 6.
8. De nuestro Padre, Obras, XII-55, p. 7.
9. Ioann. III, 10.
10. I Cor. XIV, 9.
11. II Tim. IV, 2.
12. De nuestro Padre, Carta 30-IV-1946, n. 71.
13. Ibid. n. 73.
14. De nuestro Padre, Obras, XII-55, p. 8.