Cuadernos 12: Apostolado de la opinión pública/Conformadores de la opinión pública

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CONFORMADORES DE LA OPINIÓN PÚBLICA


Nuestro Padre tuvo siempre una clara percepción del gran servicio, humano y cristiano, que deben realizar los profesionales que trabajan en los medios de comunicación. Deseaba difundir la doctrina y la vida de Jesucristo, y conocía el papel que los medios podían representar en esa tarea. Ya en 1940, apenas terminada la Guerra Civil Española, aceptó impartir -a ruegos de un amigo- clases de Ética y Deontología en la Escuela Oficial de Periodismo en Madrid. Habló y escribió mucho sobre la responsabilidad social y apostólica que incumbe a los cristianos en ese campo, abriendo inmensos horizontes de apostolado. Amaba y se interesaba por todas las nobles realidades humanas y quería poner en su cumbre a Cristo.

Es lo que, en su tiempo, realizaron los primeros cristianos. Se movían con audacia en los puntos neurálgicos de la cultura, del comercio y de tantas otras actividades donde las relaciones humanas son vehículo de transmisión de noticias e ideas. Para extender el Evangelio, supieron utilizar y valorar cuanto de bueno y verdadero encontraban a su alrededor. El Apóstol de las Gentes empleaba en su predicación muchos ejemplos tomados de la vida militar, de las costumbres, del Derecho, del saber filosófico de su época. Durante su discurso en el Areópago de Atenas -donde se reunía lo más granado de la intelectuali-

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dad de aquel tiempo-, citó incluso a un poeta griego 1. En el siglo II, el mártir San Justino afirmaba que cuanto de verdadero habían dicho los sabios del pasado pertenecía a los cristianos 2. Era un hombre culto, enamorado de su profesión de filósofo, que abrió una academia en Roma para formar intelectuales cristianos y que defendió la fe con don de lenguas, adaptándose a la mentalidad de sus oyentes.

También en nuestra época existen areópagos como el la antigua Atenas. Así llama Juan Pablo II a los grandes centros de ciencia, de arte, de cultura y comunicación contemporáneos; a los ambientes donde se forjan las ideas; a los ámbitos donde se promueven los derechos humanos, se construye la paz y el desarrollo de los pueblos, y se salvaguarda la naturaleza creada. En muchos de esos areópagos no brilla la luz de Cristo y, en consecuencia, reina una gran confusión. En medio de la oscuridad es difícil caminar sin tropezar o desorientarse y cuesta discernir lo verdadero de lo falso, lo que representa un bien de lo que constituye una amenaza. La misión de los cristianos en esos lugares es dar luz y sazonar: Vosotros sois la sal de la tierra (...). Vosotros sois la luz del mundo. No puede ocultarse una ciudad situada en lo alto de un monte; ni se enciende una luz para ponerla debajo de un celemín, sino sobre un candelero a fin de que alumbre a todos los de la casa. Alumbre así vuestra luz ante los hombres 3.


Conformar la opinión pública

Desde esos areópagos modernos es posible no sólo influir, sino hasta proponer a escala universal ideas y modelos de comportamiento uniformes. Gracias a los progresos técnicos en las

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comunicaciones, en naciones de historia y cultura muy diversas existen modas, distracciones o medios de diversión muy parecidos; se exhiben las mismas películas y se escuchan las mismas canciones; y, por supuesto, se comparten muchas opiniones e informaciones. No era imaginable, en otros tiempos, una rapidez tan vertiginosa en la transmisión y difusión de escritos, sonidos e imágenes; ni, por supuesto, una extensión tan universal y un influjo tan uniforme como el ejercido por estos medios; ni una complejidad tan grande de los procesos técnicos, industriales y comerciales, en las empresas ligadas a este género; ni, en fin, la trascendencia tan directa que tienen estas actividades en la instrucción y formación humana, moral, social y religiosa: de ahí su extraordinaria importancia 4. La opinión pública no se crea de manera automática y anónima. Existen siempre factores humanos, personas que la conforman, conscientemente o no, gracias a que poseen mayor capacidad de informar y de interpretar lo que sucede. Para realizar una seria labor apostólica en este campo, es preciso conocer bien las grandes posibilidades y limitaciones, las reglas de funcionamiento -incluso las jergas profesionales- de las técnicas de comunicación. A la vez, es necesario poseer una profunda formación moral y mucha valentía para no ceder terreno a dos grandes enemigos de esta labor: la superficialidad y el miedo.

Los hijos de Dios han de estar presentes en estos medios con profesionalidad y con identidad cristiana. Como advierte Juan Pablo II, no se trata simplemente de usarlos como amplificadores para difundir «el mensaje cristiano y el Magisterio de la Iglesia, sino que conviene integrar el mensaje mismo en esta "nueva cultura" creada por la comunicación moderna» 5. Porque esa «nueva cultura» más que nacer de unos presupuestos, de unas teorías o premisas, se ha originado «por el hecho mis-

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mo de que existen nuevos modos de comunicar con nuevos lenguajes, nuevas técnicas y nuevas actitudes psicológicas» 6. Advierte el Papa que esa integración es un «problema complejo», quizá uno de los mayores desafíos que debemos afrontar hoy los cristianos, para superar la ruptura que de hecho existe entre Evangelio y cultura; ruptura calificada por Pablo VI como «el drama de nuestra época» 7. Ciertamente -concluye Juan Pablo II-, «nuestro tiempo es dramático y al mismo tiempo fascinante». Junto a grandes dificultades, existen enormes posibilidades, pues la Iglesia «tiene un inmenso patrimonio espiritual para ofrecer a la humanidad: Cristo, que se proclama "el Camino, la Verdad y la Vida" (Ioann. XIV, 6)» 8. El mundo espera de nuevo la luz del Evangelio, la radical novedad cristiana.

Un gran servicio

Suele decirse que los medios de comunicación deben informar sobre la actualidad, expresar opiniones, y contribuir a la distracción y al descanso. Por cada una de estas tres funciones -escribió nuestro Padre-, los instrumentos de comunicación colectiva proporcionan o prometen a los lectores, espectadores u oyentes, mayor libertad: con la información, el hombre busca conocer afondo la situación -el medio- en que tiene que vivir y trabajar, para evitar que circunstancias imprevistas o datos desconocidos le impidan dirigirse libremente hacia la consecución de los fines que se propone; con el conocimiento de las opiniones de las personas que le parecen autorizadas y veraces, pretende disponer de una guía para valorar la realidad en todos sus aspectos y dominarla mejor, superando las limita-

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ciones impuestas por el ambiente pequeño en el que vive; con el esparcimiento, procura liberarse del peso de las preocupaciones y de la fatiga, para poder luego, más serenamente y con renovadas energías, reemprender su trabajo ordinario 9.

Actualmente, el llamado hombre común tiene una gran capacidad de formarse opiniones propias sobre los temas que le interesan y de hacerlas valer; han aumentado enormemente sus posibilidades de tomar decisiones y de ejecutarlas, de convivir con sus semejantes en un régimen de igualdad de oportunidades y de hacerse respetar. Además, los medios de comunicación son instrumentos de formación intelectual y moral, cuya influencia puede ser mayor que la ejercida por la familia y la escuela 10. Son educadores, hacen el papel -muchas veces oculto o impersonal- de maestros: a ellos se entregan, casi incondicionalmente, las inteligencias y hasta las conciencias de millones de hombres; la sociedad -con razón o sin ella- les reconoce una autoridad doctrinal, científica, e incluso moral, que de ninguna manera esas personas hubieran llegado a tener de no existir esos instrumentos 11. En la práctica, masas ingentes de ciudadanos piensan y actúan según lo que reciben por los periódicos, revistas, radio, y por algún libro de fácil lectura.

Por todos estos motivos, nuestro Fundador contemplaba los medios de comunicación con una mirada positiva. Ellos mismos, en sí, son buenos, como también lo son las funciones que pueden ejercer; es bueno, concretamente, que los hombres pretendan dirigir esos medios a fin de alcanzar una mayor libertad, para dar la buena doctrina de Cristo, para propagar buenas soluciones a los problemas del mundo.

Por eso, hijos míos, en presencia de estas nuevas realida-

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des, no podemos tener más que admiración y simpatía, junto con la ilusión de contribuir todos -aunque no sea siempre directamente en las profesiones de la información y de la opinión pública- a llevar a Dios, a devolver al Señor esa parcela de la creación 12. Empleaba esa expresión -devolver- con optimismo realista, sin ignorar los abusos que se cometen a través de la prensa, la televisión y los espectáculos por la maldad de los enemigos de Dios, y la falta de responsabilidad de muchos cristianos 13

Responsabilidad

La información y la libre circulación de las ideas «favorecen el conocimiento y el respeto del prójimo»14, y los medios de comunicación son esenciales para la libre participación en la vida pública 15. La información no es una simple mercancía: es un derecho de la libertad de los ciudadanos. «El recto ejercicio de este derecho exige que, en cuanto a su contenido, la comunicación sea siempre verdadera e íntegra, salvadas la justicia y la caridad; además, en cuanto al modo, ha de ser honesta y conveniente, es decir, debe respetar escrupulosamente las leyes morales, los derechos legítimos y la dignidad del hombre, tanto en la búsqueda de la noticia como en su divulgación» 16.

Existe una información legítima, regulada por la virtud de la justicia, y otra a la que no se tiene derecho. Divulgarla sin un motivo justo es un abuso que algunos medios informativos cometen cuando difunden rumores, tramas, escándalos o denuncias que no tenían por qué propagarse. A veces persiguen un fin noble, al-

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truista, solidario, pero otras veces los móviles son injustificables: la competencia ideológica, política o comercial... Por este camino, se originan procesos de efectos irreparables, que llegan hasta al auténtico linchamiento social de las personas.

Como señalaba nuestro Fundador, la responsabilidad de estas injusticias recae también sobre el público porque esas personas, con su aplauso, con el precio que pagan, con su falta de reacción, las mantienen en vida: si no fuera así, se hundirían 17. «Si nadie fuera a ver esas cosas -observaba un Padre de la Iglesia, refiriéndose a ciertos espectáculos inmorales- tampoco habría nadie que las representara. Pero como los actores ven que dejáis el trabajo y el oficio y hasta lo que con ello ganáis, todo en una palabra, por pasar el tiempo en el teatro, sienten que se acrecienta su fervor, y redoblan su empeño en el arte.

»Y no es que yo quiera, al decir eso, eximirlos a ellos de culpa; lo que sí quiero es que vosotros caigáis en la cuenta de que el principio y raíz de ese escándalo lo ponéis vosotros mismos» 18.

Este mismo reproche podría repetirse hoy: hay publicaciones sectarias, inmorales, calumniosas, difamadoras -que no van dirigidas al gran público, sino a determinados sectores, y tienen por tanto un número reducido de lectores-, que si tantos católicos e incluso sacerdotes y religiosos dejaran de leerlas -las compran sólo movidos por una curiosidad, por lo menos, tonta o por sugestión-, automáticamente se vendrían abajo. Es decir, que en buena parte son ellos quienes las mantienen en vida 19.

Los destinatarios de los medios de comunicación tienen la obligación de «formar y dirigir su conciencia con ayudas adecuadas» 20. Han de poner «empeño en entender a fondo lo oído,

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visto, leído», para formarse un «recto juicio» 21. Una especial responsabilidad tienen los padres en la formación de sus hijos 22. Además, «los medios de comunicación social (en particular, los mass-media) pueden engendrar cierta pasividad en los usuarios, haciendo de éstos, consumidores poco vigilantes de mensajes o de espectáculos. Los usuarios deben imponerse moderación y disciplina respecto a los mass-media. Han de formarse una conciencia clara y recta para resistir más fácilmente las influencias menos honestas» 23.

Los profesionales de la comunicación han de estar guiados por la búsqueda permanente del bien común. Deberían distinguirse por una viva sensibilidad respecto a los derechos de las personas; en especial por el respeto de los más jóvenes 24. Si en todo trabajo profesional es preciso servir, con mayor motivo en el ámbito informativo, en el que se actúa cara al público.

También las autoridades públicas tienen graves deberes éticos en este ámbito, porque les corresponde de modo particular promover el bien común. El Estado debe defender y asegurar la libertad de los ciudadanos 25, dentro de los límites exigidos por la convivencia social -el orden público, la moralidad pública...-, como enseña el Magisterio de la Iglesia 26. Si no establece y hace respetar esos límites, no protege los derechos de las personas y esto sucede, desgraciadamente, porque hay un falso concepto de la libertad, que suele paralizar a esos gobernantes: el concepto de una libertad desvinculada por completo de la verdad y del bien objetivos y, por tanto, de la responsabilidad ante los demás. Es un ambiente de relativismo y de subjetivismo, que se ha difundido en todas las esferas, y los pode-

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res públicos no se atreven muchas veces a determinar siquiera cuáles son los límites de la honestidad 27.

El Estado debe promulgar normas que impidan los «graves peligros para las costumbres públicas y el progreso de la sociedad» 28, que pueden derivarse del mal uso de los medios de comunicación y tiene que sancionar las violaciones del derecho al honor y a la intimidad, proporcionar a tiempo la debida información, no recurrir en absoluto a manipulaciones de la opinión pública 29.

Un apostolado de todos

En la cristianización de la sociedad, de la cultura y de las instituciones, es preciso utilizar cada vez con mayor eficacia los medios de comunicación. Esta tarea apostólica corresponde a todos, cualquiera que sea nuestra profesión. Todo el mundo comprende la importancia que tiene el apostolado de la opinión pública. Realmente la prensa y los demás medios de comunicación de masas tienen un poder tremendo sobre la sociedad, pues forman el ambiente y modelan la opinión. Trabajar ahí, aunque sea aportando sólo un granito de arena, es- muy importante, porque la eficacia se multiplica por mucho 30.

De modo particular, quienes se dedican al trabajo intelectual han de sentir la responsabilidad de ser activos divulgadores, especialmente en cuestiones de relieve doctrinal. Sin menoscabo del rigor científico, pueden realizar una gran labor apostólica publicando o hablando, de modo comprensible, sobre temas que interesan a un público numeroso.

La gran responsabilidad que compete a los cristianos en este

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campo debe impulsamos a luchar por ser más santos, por estar muy vibrantes, por descubrir muchas posibilidades apostólicas, por tomar iniciativas. Por el gran bien y por el gran mal que pueden hacer consciente o inconscientemente -escribió nuestro Padre-, con interés particular rezo cada día por las personas que tienen como profesión ese, servicio 31. No haremos nada si no somos hombres y mujeres de auténtica oración, decididos a convertirnos a diario, para secundar personalmente la gracia de Dios. De la forma en que tratemos a Cristo y sintamos con Él, dependerá nuestro influjo en el mundo en que vivimos.

Ante la magnitud del panorama apostólico en los medios de comunicación, hemos de poner en primer lugar -como insistió siempre nuestro Padre- los medios sobrenaturales: la oración y la mortificación. Acordaos de pedir todos los días, y de poner los medios a vuestro alcance, para que el apostolado de la opinión pública sea una realidad en todo el mundo; porque en todas partes hemos de ser sembradores de paz y de alegría 32. Siguiendo su ejemplo, recurrimos en esta labor especialmente a la intercesión de Santa Catalina de Siena, que amó a la Iglesia con obras y de verdad.

1. Cfr. Act. XVII, 16-34.
2. Cfr. San Justino, Apologia II, 13, 4.
3. Matth. V, 13-16.
4. De nuestro Padre, Carta 30-IV-1946, n. 4.
5. Juan Pablo II, Litt. enc. Redemptoris missio, 7-XII-1990, n. 37.
6. Ibid.
7. Pablo VI, Exhort. apost. Evangelii nuntiandi, 8-XII-1975, n. 20; cfr. Conc. Vaticano II, Const. past. Gaudium et spes, nn. 57-59.
8. Juan Pablo II, Litt. ene. Redemptoris missio, 7-XII-1990, n. 37.
9. De nuestro Padre, Carta 30-IV-1946, n. 5.
10. Cfr. Ibid. n. 8.
11. Ibid. n. 9.
12. Ibid. n. 12.
13. Ibid. n. 13.
14. Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2495.
15. Cfr. Conc. Vaticano II, Const. past. Gaudium et Spes, n. 31.
16. Conc. Vaticano II, Decr. Inter mirifica, n. 5.
17. De nuestro Padre, Carta 30-X-1946, n. 35.
18. San Juan Crisóstomo, In Matthaeum homiliae, 6, 7.
19. De nuestro Padre, Carta 30-IV1946, n. 35.
20. Conc. Vaticano II, Decr. Inter mirifica ca, n. 9.
21. Ibid. n. 10.
22. Ibid.
23. Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2497.
24. Cfr. Conc. Vaticano Il, Decr. Inter mirifica, n. 11
25. Cfr. Ibid. n.12..
26. Cfr. Conc. Vaticano II, Del. Dignitatis humanae, nn. 2 y 7.
27. De nuestro Padre, Carta 30-IV-1946, n. 36.
28. Cfr. Conc. Vaticano II, Decr. Inter mirifica, n. 12.
29. Cfr. Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2498.
30. Don Álvaro, Tertulia, 2-XII-1986.
31. De nuestro Padre, Carta 30-IV-1946, n. 10.
32. De nuestro Padre, Tertulia, 12-III-1960.