Cuadernos 12: Apostolado de la opinión pública/Acompañar hacia la verdad

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ACOMPAÑAR HACIA LA VERDAD


Dios quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la Verdad 1. Dar doctrina, sin cansancio y sin miedo, es una tarea de todos los cristianos. Para los hijos de Dios en el Opus Dei constituye, además, una pasión dominante. El Señor, que continúa sembrando su Palabra en la inteligencia y en el corazón de los hombres por la acción del Espíritu Santo, quiere contar con la participación de instrumentos humanos. Nuestra misión consiste en cooperar con Él y con el impulso de su gracia en las almas.

Dar doctrina es mucho más que transmitir conceptos o ideas: consiste sobre todo en suscitar buenas disposiciones en los demás, en remover los obstáculos que impiden actuar a la gracia; es una labor de amable acompañamiento hacia la Verdad, siempre apoyada en los medios sobrenaturales -oración y mortificación- y en el buen ejemplo.

Siendo importantes los medios humanos -hablar o escribir bien; estar familiarizados, en algunos casos, con las técnicas de la comunicación...-, ha de recordarse siempre que la eficacia procede de Dios, pues sólo Él da el incremento 2. Por nuestra parte, hemos de pedir ese don de lenguas tan conve-

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niente para ser buenos instrumentos. De este modo, explicaremos las cosas con gracia humana, de modo que todos nos entiendan y se sientan atraídos por la Verdad. Nos lo recuerda el Espíritu Santo por medio de San Pablo: que vuestra palabra sea siempre grata, sazonada con sal, de forma que sepáis responder a cada uno como conviene 3.

Fruto del estudio y del esfuerzo

Nuestro Fundador insistía mucho en que una santidad sin doctrina no es la santidad del Opus Dei 4. La vida de piedad, la santificación del trabajo, de los deberes familiares o cívicos, exigen una sólida formación doctrinal-religiosa: si has de ser sal y luz, necesitas ciencia, idoneidad 5.

Dios ha dispuesto que adquiramos esa preparación a través de medios ordinarios. Los Apóstoles no tenían que adquirir la doctrina para dialogar, porque el Espíritu Santo los movía y les daba sus carismas; pero nosotros, para poseer ciencia y doctrina, tenemos que aprenderla con estudio y esfuerzo 6. Como anotaba don Álvaro en una Instrucción, «el carisma básico y general que es concedido a los miembros de la Obra por el mismo hecho de su vocación, no supone necesariamente el don de ciencia y el de consejo, que harían innecesarios la formación y el estudio» 7.

Hay que formarse, hay que estudiar. De esta manera, os disponéis a vuestra santidad actual y futura, y al apostolado, cara a los hombres 8. La doctrina cristiana no es un conocimiento erudito que sólo sirve a quien lo posee. No nos ha dado

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Dios la inteligencia, y luego la luz sobrenatural de la fe, para nuestro exclusivo beneficio, sino para que hagamos llegar su fe hasta los últimos confines de la tierra 9. Nuestro apostolado es una siembra capilar de doctrina que tiene realidad y función de catequesis. (...) Luego, hay obligación de formarse: obligación de formarnos bien doctrinalmente, obligación de prepararnos para que entiendan; para que, además, sepan después expresarse los que nos escuchan 10.

Vale la pena considerar detenidamente estos tres aspectos u obligaciones que enumera nuestro Padre: son, de hecho, inseparables, y se complementan mutuamente. En efecto, a medida que profundizamos en el conocimiento de la Verdad, encontramos modos de explicarla mejor y de proporcionar argumentos que sirvan a los chicos de San Rafael, a los Cooperadores y amigos en su apostolado. Y por otro lado, si estudiamos pensando en las almas, preguntándonos, por ejemplo, ¿cómo ex­plicaría esto a quien no conozca la fe, o a tal persona que trato?, ¿qué dudas y objeciones formularía?, ¿qué ejemplos o imágenes gráficas podría emplear?, terminaremos por comprender y asimilar más hondamente los conceptos, aprovecharemos más intensamente una lectura, una clase, una charla de formación... Si nos sentimos capaces de explicar algo, breve y comprensiblemente, a una persona que lo desconoce, significa qué lo hemos asimilado bien. En cambio, si falta claridad, orden o convicción para exponer la doctrina cristiana, puede ser que los conocimientos estén algo embarullados. Es conocida la excusa de los malos estudiantes: lo sé, pero no logro explicarlo; en realidad, no lo saben bien, y buscan una justificación.

Es cierto que nuestra fe contiene grandes misterios y profundas verdades humanas y religiosas que no se pueden simplificar, pero también es verdad que la Palabra de Dios ha sido

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entregada especialmente a la gente sencilla: Yo te alabo, Padre -exclamaba Jesús-, Señor del Cielo y de la tierra, porque has ocultado estas cosas a los sabios y prudentes, y las has revelado a los pequeños 11. Quien procura ser humilde comprende la doctrina, porque Dios le ilumina por dentro: el Señor resiste a los soberbios y a los humildes da su gracia 12. La Verdad es sencilla para quien está dispuesto a guiarse por ella: es voluntad, más que inteligencia, lo que en realidad hace falta.

La Palabra de Dios es viva y eficaz, y más cortante que una espada de doble filo: penetra hasta la división del alma y del espíritu, de las articulaciones y de la médula, y descubre los sentimientos y pensamientos del corazón 13. Pero esta espada pide una mano que la esgrima con destreza, esfuerzo y valentía. Hablando de la formación que nos proporciona la Obra, recordaba nuestro Padre aquella leyenda, que se acostumbraba a grabar en los puñales antiguos: no te fíes de mí, si te falta corazón 14 . Dios nos pide que pongamos el alma en la tarea de dar doctrina: que sea para nosotros una verdadera pasión, porque no se trata sólo de mover a las inteligencias con unos conocimientos teóricos, sino de llegar a la voluntad y al corazón, para que se dejen moldear -tallar, cortar- por la Palabra divina.

Esta misma disposición se requiere también para recibir la doctrina. Hemos de poner empeño, interés: la pasión de formarnos bien. Como aconsejaba don Álvaro, todos hemos de asistir a los medios de formación con el deseo vivo de aprovecharlos muy bien, poniendo en actividad todas nuestras potencias. No me canso de hablaros de espontaneidad, de iniciativa personal, porque esa actitud resulta imprescindible para asimilar bien y llevar a la práctica el espíritu del Opus Dei, en todos los aspectos.

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Así, hijos míos, procuraréis conocer bien, a fondo, las materias doctrinales que os explican, sin contentaros nunca con una mirada o una consideración superficial 15. Una disposición activa, cuando se recibe la formación doctrinal, produce mucho fruto, tanto para la vida interior como para el apostolado. Meditad muchas veces los mismos argumentos, nos aconsejaba nuestro Padre. No consideréis las cosas una sola vez, insistid hasta que descubráis un nuevo Mediterráneo. ¿Y cómo yo no he visto esto antes así de claro? Porque a veces somos durante mucho tiempo como las piedras que dejan resbalar el agua, sin absorber ni una gota. Por eso es necesario volver a discurrir sobre lo mismo, para empaparnos de esa bendición de Dios 16

Prepararnos para que entiendan

La formación doctrinal requiere también prepararnos para que entiendan y para que, además, sepan después expresarse los que nos escuchan 17. No se nos piden excepcionales dotes pedagógicas, pero sí la sensibilidad de quien recoge modos de decir útiles, anécdotas, ejemplos... que la experiencia del apostolado y de la vida proporcionan. Para utilizarlos con naturalidad y sencillez, no es necesario que sean absolutamente originales: basta que estén asimilados y bien comprendidos. Nuestro Padre, por ejemplo, se fijaba en expresiones acertadas de los periodistas, cuando leía la prensa, y las anotaba. Si don Álvaro le preguntaba por qué apuntaba aquello, solía responder: son modos de decir...

Pero el apostolado no es una técnica. Nuestro Fundador nos alertaba ante el peligro de ser burócratas de la vida inte-

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rior, personas que, «poseyendo la técnica de hablar de las cosas de Dios, carecen de vida interior, y su técnica por fuerza se va empobreciendo con el tiempo, porque no tiene la riqueza que da tratar a Dios, como hijos suyos» 18. No se puede explicar la doctrina como se imparte una enseñanza de medicina, historia o filosofía... La transmisión de la fe tiene unas exigencias propias: debe ir unida a la vida del que la expone, acompañada de mucha oración y mortificación, ser presentada como algo razonable y a la vez misterioso, como un don que se nos ofrece desde fuera y no como la conclusión de nuestros razonamientos personales... Sólo en el marco de estas exigencias fundamentales, tiene sentido la búsqueda de modos de decir y de ejemplos, para mejorar las propias dotes expresivas.

En nuestra sociedad, acostumbrados a recibir mensajes de gran perfección técnica a través de los medios de comunicación, cuidadosamente estudiados para incidir con eficacia, tendemos a valorar particularmente la forma en que se transmiten los contenidos. De ahí la conveniencia de que los fieles de la Obra se apliquen en «desarrollar, según las posibilidades personales, la capacidad de expresión oral y escrita, de manera que puedan comunicar eficazmente con los demás y, sobre todo, dar a conocer a Cristo con don de lenguas a todos los hombres» 19. Desde los comienzos, nuestro Padre sintió muy vivamente esta necesidad, y animaba, por ejemplo, a que en los Centros de San Rafael se dieran clases de oratoria y redacción, a fin de evitar -es frecuente- que hombres de talento extraordinario no sepan escribir, al menos con cierta corrección de lenguaje, o hablar en público 20. Escribir y hablar con gusto y corrección está al alcance de muchos, si se

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dedica cierto esfuerzo para aprender las reglas básicas del propio idioma, los principios del estilo... Y este esfuerzo, realizado por amor a Dios, da frutos en el apostolado de amistad y confidencia; o a la hora de impartir un medio de formación; o de intervenir oportunamente en las tertulias familiares y con amigos; o de hacer llegar nuestras opiniones a los medios de comunicación...

Nuestro Padre, que tenía un formidable don de lenguas, explicaba: Yo lo que quiero es tener fijos y claros todos los argumentos de la buena doctrina; por eso repaso los tratados tradicionales de teología. Y también leo literatura, porque las palabras son el ropaje: fides ex auditu (Rom. X, 17). Hay que dar doctrina, buena doctrina, y presentarla a los ojos de los hombres con un aspecto agradable. Los argumentos tradicionales cabe revestirlos literariamente, cabe exponerlos sin vulgaridad pero vulgarizando 21. Además de las ideas y expresiones felices que nos puede sugerir, la buena literatura nos adentra en los grandes temas humanos y proporciona una mayor penetración psicológica para juzgar los acontecimientos y actitudes, a la vez que despierta la sensibilidad por la palabra. Son cualidades muy útiles para el apostolado.

Por su parte, recordaba don Álvaro, los profesores y los que reciben el encargo de impartir los diversos medios de formación han de dedicar el tiempo necesario para preparar bien las clases y Círculos, sin improvisaciones, con afán apostólico para exponer los temas de tal modo que resulten atractivos, estimulando así el interés de los demás. Para eso, hijas e hijos míos profesores, fomentad constantemente el deseo de mejorar en este aspecto, y pensad que servís de altavoces para anunciar la Verdad de Dios 22.

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Aprender a escuchar, saber comprender

No menos importante que la cualidad de saber exponer la doctrina es la de saber escuchar y comprender a nuestro interlocutor. Teniendo la psicología de ponernos en lugar del otro, podemos averiguar qué necesita que le digamos, cuáles son sus pegas, dónde radica el problema que le impide entender. Es un principio fundamental de la comunicación: lo decisivo es lo que el otro entiende, no lo que nosotros queremos decir. Con delicadeza, hay que cerciorarse siempre de que nos han comprendido, sin dar por supuesto que todo ha quedado claro porque así nos lo parece.

Cualquier buen profesional -desde un médico a un vendedor, desde un abogado a un experto en informática...- sabe que debe escuchar para comprender dónde está la enfermedad que debe curar o la necesidad que debe satisfacer. La experiencia le permitirá distinguir en esa conversación lo objetivo de lo subjetivo, lo real de lo imaginario, lo importante de lo secundario, para acertar con el remedio o la solución adecuada y prestar un buen servicio. En el apostolado sucede lo mismo: hay que hacerse cargo del problema. No se pueden ofrecer fórmulas prefabricadas, escribió nuestro Padre, ni métodos o reglamentos rígidos, para acercar las almas a Cristo. El encuentro de Dios con cada hombre es inefable e irrepetible, y nosotros debemos colaborar con el Señor para hallar -en cada caso- la palabra y el modo oportunos 23. Con buen humor, cuando le pedían un consejo y desconocía las circunstancias de su interlocutor, declinaba la invitación diciendo: no te puedo dar una receta. Sería como aquel médico que llevaba las recetas en el bolsillo y sacaba una y decía: ¡Dios te la depare buena! 24.

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El conocimiento profundo de la doctrina, lo sabemos bien, no conduce necesariamente a la rápida solución de todas las dudas que plantean nuestros amigos. Los problemas deben analizarse con detenimiento y cuidado, ya que muchas veces se trata de cuestiones vitales, hondamente sentidas. En esas situaciones, la doctrina cristiana proporciona principios, muy claros, que deben aplicarse a los casos concretos, estudiando bien las circunstancias.

En ocasiones, será una manifestación de prudencia, y también de caridad, que nuestro consejo comience con expresiones como este asunto es difícil, la cuestión es compleja... antes de proporcionar la respuesta certera y firme, dada siempre con amabilidad, sin apologías ni énfasis que previenen en contra al interlocutor o al lector, con claridad, con sentido positivo y sabiendo aprovechar lo aprovechable de las opiniones ajenas 25. Cristo nos ha enseñado a no dividir el mundo entre buenos y malos: hemos de ver en cada persona un alma, un hijo de Dios, y sus problemas no pueden ser generalizados o simplificados.

En definitiva, el don de lenguas nos obliga a comprender a los demás 26, sin mirar jamás como desde arriba a ninguno: porque, aparte de que en esas o parecidas circunstancias nos encontraríamos también nosotros, si el Señor no nos hubiera buscado -escribía don Álvaro refiriéndose a la ignorancia religiosa-, resulta evidente que cada uno puede y debe ahondar en las riquezas de Dios 27. No es nuestra doctrina el fruto de nuestro esfuerzo, de nuestra perspicacia o de nuestro ingenio, sino palabra de Dios que ha venido a nosotros: no porque fuéramos mejores que los demás o porque estuviéramos más preparados, sino porque el Señor ha querido usarnos como instrumentos suyos (...). Más aún: estamos persuadidos de que esa

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verdad divina, que llevamos, nos trasciende: que nuestras palabras resultan insuficientes para expresar toda su riqueza, que es incluso posible que no la entendamos con plenitud y que hagamos el papel de quien transmite un mensaje que él mismo no comprende del todo 28.

A la vez, hemos de ser santamente intransigentes si fuera necesario, teniendo siempre el valor, que es humildad y servicio de Dios, de presentar las cosas tal como son. No tengáis miedo, no os dejéis engañar por una caridad mal orientada: ese modo de proceder, aunque pueda parecer, visto de modo humano y superficial, un obstáculo al diálogo, es en cambio lo que más agradecen esas personas no católicas o no cristianas que os tratan 29. En bastantes ocasiones, es saludable -e incluso necesario- que la verdad choque frontalmente con opiniones o hábitos, tal vez muy difundidos: así podemos sacudir algunas conciencias adormecidas o instaladas en el error. Cristo mismo nos da ejemplo: no le mueven a Jesús consideraciones de falsa prudencia, ni la delicadeza mentirosa, que llevan a cortar las aristas de la verdad 30. La doctrina cristiana tiene el atractivo de lo santamente inconformista, la religión es la mayor rebelión del hombre que no quiere vivir como una bestia 31; una liberación de los engaños que el ser humano se busca para vivir tranquilo.

En suma, explicaba nuestro Padre, las propiedades de esa predicación del cristiano se reducen a dos fundamentales: fidelidad a la verdad, amistad con los hombres 32. Son una explicación de esa enseñanza de San Pablo que sintetiza toda nuestra labor apostólica: veritatem facientes in caritate, vivir

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la verdad con caridad 33. Así, aunque estemos seguros de poseer la verdad objetiva, trataremos en todo caso de no humillar al contrincante, teniendo presente aquella afirmación caballerosa y sobrenatural: y tanto el vencedor es más honrado / cuanto más el vencido es respetado (Alonso de Ercilla) 34

Es necesario tener la delicadeza de no apabullar, de no stravincere, como dicen en italiano, de no llevar las cosas más allá de lo necesario, dejando siempre a los demás una salida digna y noble. Ser prudentes, manifestando en cada caso la verdad que puede digerir la inteligencia de quien nos escucha: pensar que todo debe decirse, en cualquier momento y a cualquier persona, es algo que denota inconsciencia, cuando no orgullo.

La prudencia no es táctica, es cariño y respeto a la libertad de los demás: porque cada uno recorre su propio camino hacia la verdad, al paso que le marca Dios -siempre contando con la libertad personal y con las pasiones-, y nos hemos de sentir obligados a adaptar nuestra ayuda a esas disposiciones del prójimo y a la labor que la gracia va obrando en su alma.

Conversar requiere actuar con cortesía, saber escuchar, tener fe en la inteligencia, rechazar la violencia como método para convencer. La violencia no es nunca solución, la violencia de suyo es estúpida. Cuando una máquina no marcha, la solución no está en darle golpes, sino en engrasarla, en darle aceite. En las relaciones humanas, el aceite es el diálogo amable, la justicia impregnada con la caridad 35

1. I Tm. II, 4.
2. Ctr. I Cor. III, 6.
3. Col. IV, 6.
4. De nuestro Padre, Tertulia, 3-II-1965.
5. Camino, n. 340.
6. De nuestro Padre, Carta 24-X-1965, n. 36.
7. Instrucción, 8-XII-1941, nota 23.
8. En diálogo con el Señor, p. 21.
9. De nuestro Padre, Carta 24-X-1965, n. 25.
10. De nuestro Padre, Carta 9-I-1932, n. 28.
11. Matth. XI, 25.
12. Iacob. IV, 6; I Petr. V, 5.
13. Hebr. IV, 12.
14. De nuestro Padre, Carta 9-I-1959, n. 59.
15. Don Álvaro, Cartas de familia (3), n. 32.
16. De nuestro Padre, Meditación, 26-II-1963.
17. De nuestro Padre, Carta 9-I-1932, n. 28.
18. Instrucción, 8-XII-1941, nota 111.
19. Ratio Institutionis, n. 13, §2.
20. De nuestro Padre, Instrucción, 9-1-1935, n. 161.
21. De nuestro Padre, Crónica, 1969, p. 589.
22. Don Álvaro, Cartas de familia (3), n. 33.
23. De nuestro Padre, Carta 6-V-1945, n. 42.
24. De nuestro Padre, Tertulia, 9-II-1975.
25. De nuestro Padre, Carta 6-V-1945, n. 38.
26. De nuestro Padre, Carta 9-I-1932, n. 28.
27. Don Álvaro, Cartas de familia (3), n. 31.
28. De nuestro Padre, Carta 24-X-1965, n. 25.
29. Ibid. n. 57.
30. Ibid. n. 11.
31. Conversaciones, n. 73.
32. De nuestro Padre, Carta 24-X-1965, n. 20.
33. Ephes. IV, 15.
34. De nuestro Padre, Carta 24-X-1965, n. 30.
35. Ibid. n. 33.