Cuéntame doce minutos

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Por Books, 25 de junio de 2010


Intelectuales, filósofos, mujeres de ciencias o de letras, sirvientas, informáticos y yupis.

Hombres, mujeres, jóvenes, niños, cada uno de su padre y de su madre.

Virtuosos, prepotentes, soberbios, sencillos, hiperactivos y gente que no da golpe.

Todos, están obligados a obedecer un mismo espíritu. Para todos y cada uno está escrita la norma “obedecer o marcharse”.

Cierto es que muchos se pasan el espíritu por el forro. Los hay que llevan una vida paralela. Hipócritas. Solo ellos conocen el motivo por el que permanecen apuntados. Hay quienes hacen lo que les da la gana, los que mandan lo saben, pasan de ellos, y solo ellos saben por qué no los echan...

También hay gente que se cree muy libre viviendo el espíritu cándidamente. Son los ciegos, los sordos o los tontos, o pasan sus días creyendo que viven.

El espíritu del opusdei en ocasiones, en muchas, es ridículo, absurdo, patético.

“El padre vio una pelusa debajo de una mesa, un cuadro torcido, el fleco de una alfombra que no estaba recto… y dijo: hijas mías aquí falta mucho amor de Dios”

Las casas del opus están tan perfectas y ordenadas que son totalmente impersonales. En lugar de vivir gente en ellas, dan la impresión de ser casas de visita, como la consulta de un médico o un piso piloto.

Con tantas chorradas hay gente que se vuelve paranoica, maniática del orden, incluso escrupulosa, y las hay que hacen la convivencia imposible a base de correcciones continuadas.

En la vida espiritual se le da mucha importancia al tiempo. Media hora de oración, ni veinticinco minutos, ni treinta y dos, ni menos por dejadez, ni más por consuelo, o algo así se decía.

“Cuéntame doce minutos”. La lectura espiritual, un cuarto de hora con evangelio incluido, ni uno más ni uno menos. Los tiempos son los tiempos.

Las cartas mensuales del padre hay que llevarlas a la oración cada vez que se reciben. Da igual que siempre digan lo mismo, da igual que sean aburridísimas, da igual dormirse. El caso es estar media hora en el oratorio, soñando o contando los dibujitos de las losetas.

Ese es el espíritu para mansos y rebeldes, para tontos y listos. “Obedecer o marcharse”.

El recurso de la visión sobrenatural, la mayoría de las veces, no es más que eso, un recurso, algo bello utilizado de la peor de las maneras, el interés, la estrategia de obligar a hacer algo que pudiera ser, que muchas veces es cuestión de que convenga para la causa común, nunca para la personal. Da lo mismo que quien manda sea prepotente, idiota, inhumano, o que carezca de sentido común. Si el que manda obliga a hacer algo, se hace, aunque lo que ordena no tenga ni pies ni cabeza. No importa.

El espíritu del opusdei es un espíritu de conveniencia en casi su totalidad.

“Conviene que”…

Conviene que todos aquellos que nunca fueron del opus, sepan que cuando se utiliza este término se está obligando a hacer algo. Es una orden que hay que cumplir, sí o sí.

Conviene que los que sin haber pertenecido nunca al opusdei, por mucho que crean que saben, no saben nada. Conviene que sepan que el opusdei nunca da nada, sin recibir algo a cambio. Ese es el espíritu, “el opusdei nunca da nada, porque no tiene nada”, y no se les mueve un pelo de la cabeza ante una mentira tan gorda.

El espíritu del opusdei es esencialmente egoísta e interesado.

Para el opusdei lo más injusto, será justo cuando le venga bien que así sea. Un acto será moral, por muy inmoral que sea si necesita que así sea para conseguir lo que persigue. Si hay que mentir, se miente, porque siempre que se hace es “para mayor gloria de Dios”.

Hacen y deshacen cuantas veces haga falta, llevándose por delante lo que estorbe. Si hay que ningunear al trabajador, no importa, no hay ningún tipo de escrúpulos. A la institución le conviene, y punto.

El espíritu del opusdei tiene bien poco de espiritual, y lo bueno que tenga no vale un pimiento porque lo aplasta el noventa por ciento del espíritu materialista que es el que en realidad impregna ese mundo.

El opusdei siempre tiene una respuesta para todo. Si se le echa en cara que tienen mucho dinero, casas como palacios, decoraciones lujosas, muebles de la mejor calidad… la respuesta es que está pensado para que dure. Cuantas familias corrientes tienen muebles de mediana calidad con más de treinta y cuarenta años.

¿Cómo explican la pobreza ante un Casteldaura, un Pozoalbero, un Valparaiso o un Molinoviejo? ¿Cómo explican la pobreza ante un servicio de hotel de cinco estrellas en todas y cada una de estas casas?

¿Cómo puede hablar de espíritu de caridad cristiana quien gasta tantísimo dinero en jardineros, mantenedores, instalaciones espléndidas y no repara los daños causados a tantos que trabajaron para ellos durante tantos años?

¿Cómo no se les cae la cara de vergüenza cuando niegan a quien por justicia le deben poco o mucho? No se les cae, porque no saben lo que es la vergüenza.

¿”Vergüenza para pecar”?

También para los pecados, el opus tiene su propio código de conducta.

Presionar a un niño para que pida la admisión, no es pecado. Maltratar psicológicamente no es pecado, quedarse con lo que no es suyo, no es pecado. Mentir no es pecado.

El espíritu del opusdei no hay por donde cogerlo. Estatutos, catecismo, publicaciones externas, son, la mayoría de las veces, papel mojado para los de dentro. Lo que cuenta es la tradición oral. Lo que cuenta es lo que diga, lo que ordene, el director de turno. Lo que cuenta son las notas que llegan a cada centro, dando órdenes, prohibiendo hacer, llamando la atención.

Hay directores que gobiernan rematadamente mal. Y ahí están, haciendo sufrir una y otra vez. Basta con que tengan un pequeño cruce de cables para que se masque la tensión, para que cualquiera deje de reír, para que algunos contengan sus ganas de llorar, para que algunos lloren de verdad.

Expreso mi mayor repulsa a los que conscientemente hacen tanto daño. Mi mayor respeto hacia aquellos que están, pero no son. Les mando toda la fuerza de la que soy capaz para que llegue el día más pronto que tarde en el que vuelvan a ser ellos mismos, tengan el valor de hacerles frente a los que mueven los hilos y capacidad para decidir sobre sus vidas. Mi mayor respeto para aquellos que actúan de buena fe, hacia aquellos que nunca serán lo que pudieron ser porque el espíritu de una institución les arrebató la conciencia, los sentimientos, la capacidad de pensar. Mi repulsa hacia aquellos que “tienen todos los datos” porque, sabiendo lo que ocurre, no mueven un dedo para acabar con tanta injusticia.



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