Cuántos Opus Dei hay para un numerario?

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Por Sarnoso, 10 de septiembre de 2010


Ésa fue la conclusión a la que llegué meses antes de dejar la institución. ¿En cuántos Opus Dei he estado? Porque la realidad de la prelatura va cambiando según múltiples aspectos.

Os cuento un poco mi historia (cosa impensable –mal vista- dentro del OD: contar a la gente tu vida) después de 13 años dentro.


Primer Opus Dei: socio VIP del club

Papis supers. Mi colegio era la obra corporativa de la ciudad en un barrio marginadete. Éramos muy pocos los que vivíamos lejos (todos mis compañeros eran del barrio) ¿por qué entramos en ese colegio? Respuesta clara, ¿no? Interesaba. Allí dentro del cole, había un club para agregados. Algunos chavalines iban… pero claro, yo era considerado de otra “clase”… así que fui al club del barrio pijín de la ciudad con los niños del cole de fomento. Allí iba por las tardes. Yo, con mis 12 añitos, quería parecerme al director técnico del club: un numerario guay, con gafas de sol casi todo el día, que fumaba, tenía un portátil ¡y hacía lo que quería! Esos son los planteamientos de un niño de 12 años. Así que “veía claro” que esa era mi vocación, ser numerario. Nadie preguntó mucho más. Imitaba a este tío en muchas cosas, hasta me compré su modelo de gafas de “top gun” jajaja.

Y cuando llegaron los 14 años y medio, dije que por supuesto, que lo veía claro. Era el único niño numerario del cole de 1500 alumnos y eso suponía que era el mimado de todos los profesores –muchos numerarios-. Fijaos en los criterios de igualdad: mi preceptor del cole era el director, y yo era su único preceptuado, ¡toma ya! Imaginaos la cara de los niños de mi clase. En el club me trataban de maravilla porque era el único adscrito. Todo estupendo. Me estimaban en todos sitios. La vida me sonría. Confiaban en mí… Recuerdo que con 16 años, cuando faltaba un profe, me decían que si podía ir a controlar la clase de los de 14. Yo era monitor del club con 16 añitos, hablaba con las madres… los fines de semana me iba de casa y vivía en el club… Decidle a alguien de 16 años que se puede quitar a sus padres de en medio y ya veréis como escribe a don Tomás G. a quien haga falta...

Vivía suficientemente lejos para no tener que ir al centro a la oración de la mañana. Así que para mí, ser adscrito era como ser un socio vip del club en cuestión: podía subir hasta la cuarta planta, me invitaban a merendar, tenía otro circulo… pero poco más. Eso sí, cuando me explicaron el tema del cilicio y las disciplinas me dije por dentro que eso no lo iba a vivir (y así fue, aunque en las charlas eludía siempre el tema, y si salía pues mentía y pa’lante). No hacía la oración de la mañana porque me parecía suficiente con media hora por la tarde para mis experimentados adolescentes años. Pero en apariencia, era un nume guay, un adscrito modelo que prepara el oratorio en un santiamén y que el 2 de octubre me ponía más arreglado de lo normal. La mortificación “de hecho, no de derecho” de la ducha de agua fría tampoco la hacía. En fin, todo ligth y siempre que mantengas la composturas, sigues quemando etapas (petición admisión, admisión, cursos anuales, entrevistas en la delegación, etc).

El apostolado consistía en traer gente al club. Pero ¡lástima! mis amigos vivían muy lejos, en un barrio de las afueras y regulero… así que, “tenía que hablar con ellos para que rezaran, fueran a misa,…” pero nada comprobable. Y yo pasaba de hacer que mis charletas con mis amigos fueran siempre de lo mismo. Yo era un tío normal y así lo quería demostrar. Si salía algún tema de moral o religión, yo daba mi opinión (por supuesto “ex cátedra”, que los numerarios se creen poseedores de la verdad).

Y así fueron pasando los felices años del bachillerato, pensando que era la persona de mi edad que más rezaba en el mundo y que –como me dijeron en una charla- nuestro plan de vida hacía que nuestro trato con el Señor fuera mayor que el de muchos obispos. Y yo cual urogallo en celo, me crecía y ponía gallito en mi interior.

Al final, el último año antes de entrar en la universidad, no quedaba nadie de mi edad que iba por el club, pero no pasaba nada… era un sitio cómodo donde podía hacer y deshacer y mis padres no me veían. Los numerarios cambiaban en septiembre 4 de cada 10. Algunos desaparecían. En los cursos anuales de adscritos te dabas cuenta de las bajas… pero bueno, más vale malo conocido… ¡y no estaba tan mal!

Segundo Opus Dei: el centro de estudios

18 añitos. Junio de selectividad. Grandes cambios. Empezaba la universidad y con ella el mundo empezaba a ser mixto ;-) Pero el verano previo, comenzaba el “semestre” ¿por qué se llamará semestre si son 2 meses? de filosofía en el centro de estudios y dejaba el nido paterno de lunes a viernes también y me iba ya definitivamente a un centro. ¡Ya era todo un numerario hombrecito!

Entras en lo más parecido a una mili. Los alumnos del ce mayores eran guays, se la sabían todas y no hacían novatadas pero algo sí. Novatadas light. Había que unirse a sus excursiones y ganarse su confianza. Por supuesto, nosotros a triples. Ellos en individuales.

Me di cuenta que el director era el hombre de peso (en el club, era como uno más) y que tenía “sus hombres de confianza”. “Sus hombres” eran lo que tenían los encargos más interesantes y los demás tenían horas de jardín cortando setos;-) Tenía que entrar en ese grupo, así que empezó todo una estrategia de peloteo y sentarme en la mesa de dirección hasta que entré en el grupo. Ya podía salir a comprar cervezas para las tertulias piratas y helados si la administración no había sacado nada por un cumpleaños. Increíble ¡seguía creyéndomelo!

Después estaban los subdirectores Torquemada, que eso era como tener miembros de la Gestapo, SS con la guardia republicana iraní. Inspeccionaban los armarios, cajones, etc. Un día me dijeron “oye, ¿este jersey es nuevo?” ¡Se sabían toda mi ropa! Así que todo lo que traías de casa de tus padres estaba bien visto, pero luego ya, si querías algo nuevo de ropa, consulta y respuesta negativa. Asfixiaban los malditos sábados a las 16.00h con “¿a quién vas a traer a la meditación?” “A nadie” “Pues a la calle y hasta las 18.00h no te quiero ver aquí”.

Luego estaba el director espiritual. En el Opus Dei hay curas que tienen seguidores o fama dentro del mundillo. Los superinvitables a las tertulias: el Curri, don Tomás Alvira, el Manglano, don José María Boza… pesos pesados sin tener cargos de gobierno en delegaciones, pero que hacen y deshacen y se ven todos los años en el UNIV.

Y luego están en el centro especímenes raros como curas que los ves en las cenas y desaparecen porque atienden a nuestras hermanas, o numerarios de desecho que por lo menos dan charlas, pero poco más.

Allí empezabas a darte cuenta de que hay clases y clases. Había numerarios con trajes carísimos, relojes increíbles y otros iban más modestitos. Los modestitos, a recuperación a por modelos más modestitos ;-) Los otros podían comprar no sé qué porque sus padres lo pagaban. El otro, al sacar dinero de la caja, iba más tieso al corteinglés que muchas veces se volvía con el dinerito. Si los padres del primero invitaban a los del colegio mayor a su casa a comer, iba la plana mayor (cura, dire, y los chicos guays). Si invitaba el segundo, iban sus “hermanos de verdad” y el subdirector “todo lo ve”.

Lo que recuerdo de positivo de esta época es la Administración con mayúscula. ¡Qué maravilla! Vivía en la mejor zona de la ciudad, en un hotel de cinco estrellas y que se tardaba como 40 minutos a paso ligero si querías recorrer todos los pasillos (no miento). Nos mimaban (o nos hacían eso para que creyéramos que era lo normal dentro del OD). Comida supercurrada, cada día distinta. En las fiestas ya cáete de espaldas. Las cenas de los sábados eran increíbles por países o temáticas. En portería había una señora mayor que era un encanto, que aunque no podías mirarla, yo miraba y ella también con ojos de abuela. Que cuando te pasaba una llamada le daba pena de no preguntarte qué te pasaba que no habías comido postre. Y todo desde la distancia. Eso no sé si es santidad, pero por lo menos, era para quitarse el sombrero. Recuerdo que uno de los que estaba conmigo, se montó en un autobús –él es muy despistado- y vio a una mujer mayor, rubita, sentada y que le sonaba “¿de qué me sonará a mí esta señora?” y se pasó 20 minutos dando vueltas hasta que le preguntó “perdone, ¿de qué la conozco?” no sabía si era una amiga de su madre, una tía segunda o una vecina y le dijo “soy de la administración” sin inmutarse. Claro, el pobre alumno estaba que se bajó en la siguiente parada rojo como un tomate.

Pero aquí, poco a poco empieza a aparecer el Opus Dei acosador y dominador de conciencias y vidas. Correcciones fraternas a miles, subdirectores que te trincaban todo, cambios de planes a última hora (“mira, que al final no te vas este finde de convivencia” “¡pero si tengo la maleta hecha y salimos en 30 minutos!”), las visitas a los padres empezaban con 1 vez a la semana, cada 2, cada mes, cada 2 meses… Y descubrías los NOes ocultos en el primer OD: no se puede ir en coche con una mujer, no puedes tener secretaria si no es mayor, no puedes ser padrino de nada, no puedes ir a una boda, no puedes ir a celebrar el cumpleaños de tu abuela, no puedes pedir apuntes a niñas, no puedes tener móvil, no puedes hacer llamadas largas, no puedes bañarte en la piscina si no es en el horario previsto, no puedes no ir a una charla porque te duele la cabeza, no puedes ponerte malo si no dice que estás malo el subdirector, no puedes no comer de un plato, no puedes tomarte algo con tus amigos sin consultar, no puedes hablar con un numerario de nada más allá de lo que dice el periódico, no puedes tener amistades particulares, no puedes ser tan gracioso, no puedes ser tan serio, no puedes usar perfume, no puedes dormir sin camiseta, no puedes salir de la ducha sin secar el plato, no puedes ir sin calcetines, no puedes usar pantalón corto, no puedes ir a misa sin chaqueta y corbata, no puedes ir un día sin afeitar sin que te pregunten por qué, no puedes no tener sueño una noche, no puedes pegar una minicabezadita por la tarde, no puedes ir en camiseta, no puedes enseñarle tu habitación a tu familia, no puedes usar tanto el ordenador, no puedes leer para la lectura espiritual otro libro que el que te hayan dicho, no puedes elegir temas de la oración, no puedes...

Yo ya estaba un poco harto de todos los noes, pero virgencita, que me quede como estoy pensaría, para seguir en el OD. Luego llega el momento en que te dicen que así no puedes seguir, que tienes que pegar un cambiazo que blablabla (se lo dicen a todos, para ver qué tal reaccionan). Pues estábamos en esa etapa cuando descubrí que el secretario dejaba la llave del armario de dirección en un cajón. Un día cuando había poca gente en semana santa (los amiguitos del cura a Roma, los no, castigados) abrí el armario y empecé a devorar carpetas, hasta que encontré una hoja con mi informe, sin decir que era yo pero con números e iniciales. Así sabía lo que tenía que hacer para que estuvieran contentos ;-) y me dejaran vivir. Y a eso me dediqué y me daban palmaditas en la espalda cuando decía “me he dado cuenta de que soy un …” justo lo que ponía el informe. “Bien, muy bien, te has dado cuenta, estás profundizando…” jajaja. Si vierais cómo me latía el corazón con la puerta abierta de dirección y esa carpeta con anillas y papeles amarillos, blancos y rosas. Triste mi vida ¿verdad? Pero era mi instinto de supervivencia. Debía permanecer en la cosa, haciendo lo que hiciera falta. Así de “perseverante” quería ser.

Lo que sí era verdad es que desaparecía gente y gente. Y cada vez entraban menos. Las clases de filosofía del primer año estábamos 20. El segundo 10. El tercero 5… Pero uno se crecía, ¡soy de los buenos! ¡me mantengo en la barca! Y me pasaba las tardes aburridas viendo fotos de crónica del principio de los tiempos en el oratorio y así parecía que estaba allí. Otras veces metía novelas de Tom Clancy pero forrado con otro papel. De coña.

En la universidad te dabas cuenta el bicho raro que eras. Al final, me sentaba al lado de mis amigos del colegio y así seguí sin que vinieran a nada por el centro, salvo una vez a estudiar y justo había “collatio” (reunión de curas para hablar de un tema). El colegio mayor parecía un “agujero negro” con 20/25 curas ensotanados en el parking y yo entrando con mis amigos en plan “es un colegio mayor normal y corriente” jajaja

En el centro de estudios se daban clases sobre “el ente”, sobre “los trascendentales en Dios” o la “conversio a phantasmata” (o algo así jjajaja). Pero nunca nada sobre la experiencia de Dios en mi vida, perdonar a los hermanos, las necesidades de los pobres, escuchar al que llora… Y si se hablaba era todo para vivirlo intra-opus-dei. Es decir, los pobres eran “nuestros hermanos que sufren” “un hermano que flaquea” pero siempre dentro de la Obra.

Alguna vez pregunté a la gente por qué había pitado (y a mí mismo, claro). Haced la prueba a los numerarios de 20-25 años. Te darán una respuesta fría o teórica, de hecho, será incómoda la pregunta. “Porque lo vi”, “porque quiero ser santo en el mundo”. Recuerdo que uno hizo este razonamiento: “cuando me explicaron qué era la obra, me pareció que era una cosa buena, y ya está, ¿qué más necesito?”. La cuestión de la llamada es graciosísima, nada clara, ni eso de explicar qué es la oblación… y entonces te hacen leer el libro de Fernando Ocariz para que reescribas tu historia con los paradigmas del libro. Son unos máquinas en la reingeniería.

Entonces es cuando llegué a la conclusión que yo era “como un cura-monje, pero sin decir misa”. Ea, y con ese planteamiento, la vida me encajaba mejor. Recuerdo que en una excursión íbamos un grupo y le preguntó una señora por la calle a uno de san rafael “¿sois seminaristas?” y él contestó “No lo sé, pregúntale a ése”. Así que yo casi que ya prefería ser cura completo que este medio-medio que ni fu ni fa. Una vida dedicada a invitar a gente a la meditación y hacer normas era un poco de autoconsumición.

Al final, un día aparece el de sanmi de la delegación y te manda a un centro. 3 puntos si es de bachilleres, 6 si de universitario, 10 si te quedas; 15 si vas de jefecillo y 5 puntos adicionales por cada estrella del cargo. Así se hacía la mili. Te dabas cuenta que había tíos que cuando venía el de la dele se transformaban y parecían sor joaquina vedruna y que había corruptelas: la cuenta de gastos eran una farsa cuadrada con fotocopias de la universidad, nunca escuché una disciplina, la gente se quitaba el cilicio para que les vieras, había gente con dispensa del tiempo de la noche (o se la tomaban) y empezaba la vida nocturna en el centros de estudio: recuerdo que el cura llegaba a una habitación previamente convenida y llevaba en la sotana una botella de vino ¡¡cómo serán los bolsillos de esas sotanas por favor!! Recuerdo también que fuimos a una vez a una bodega y regalaron una botellitas de promoción de licor. Dos o tres las dejaron en dirección. Tuvieron que dar un aviso en el círculo para que se dejaran el resto (fuimos unos 15). Pues meses después seguían saliendo botellas que la gente tenía entre los calzoncillos jajaja.

En fin, un mundo peculiar fuera de la realidad, pero que como es tu realidad, ni te planteas. Recuerdo que una vez fui con un amigo (sin pedir dispensa o “sin consultar” -siendo puritanos-) un viernes por la noche a tomar una cerveza en el centro de la ciudad (a las 21.00h como cenicienta, tenía que salir corriendo). A mis 20 años se me pusieron los ojos como platos. Nunca había estado un viernes por la noche en ningún sitio fuera de un centro, convivencia o similar. Increíble.

Tercer Opus Dei: monitor de niños de club juvenil

Asustadete entras por la puerta de tu primer centro “ya de verdad”. Alguien te lleva en la furgo del centro de estudios si tienes suerte (o eres de los “hombres del dire”) y te das cuenta que, menos el director de tu nuevo centro, nadie intercambia más de un “hola, ¿qué tal?” afuncionariado. Si el destino era otra ciudad, notaba que había un “hola” con más ímpetu. Y nada, te pasabas tertulias en silencio porque nadie te hacía caso y cuando hablabas decías “pues en el centro de estudio hacíamos…” hasta que alguien me dijo: deja ya de contarnos cosas de tu vida pasada. Punto, bienvenido a la remili.

En los centros con clubes juveniles existen especímenes curiosos que son numerarios “especiales” o que se salen de la norma para dar diversidad al conjunto del Opus Dei. No son hijos de supers, de colegios de fomento, y actuales profesores de colegios u oficiales de la delegación (80% numerarios en España). Son “los otros”, gente que fuma en pipa, se dejan coleta, van sin chaqueta, desaparecen al mediodía y aparecen en la cena. ¿Por qué existen? Incógnita absoluta, estarán atrapados por algo también en las redes, pero le dan su nota de color a la vida de un centro. Son graciosos, divertidos, dicharacheros… Pero el resto, son como tener a un comercial del corteinglés todo el día en el pasillo.

Los clubes juveniles no son otra cosa que un trabajo de animadores de niños de 9 a 13 años. ¿Esa es la vocación? Uno deja padre, madre, hermanos, mujer, hijos… ¿para llevar a niños a entrenar al fútbol y rezar el ángelus? ¿Para hacer manualidades y trucos de magia? ¿Para ver “peliculones” con pizzas? Uno empieza con ilusión como buen “monitor” (se da cuenta que eso es lo que es, un “monitor” o “preceptor”) en las esperanzadoras convivencias de principio de curso con cuadrículas y tablas a rellenar con planes. Luego la conciencia te hace entender que estás trabajando sin contrato en una asociación juvenil, sin ánimo de lucro -pero que cobra una cuota interesante al mes- y que se te exige dedicación, empeño, horas… broncas si no haces bien tu trabajo… y tienes un jefe, unos compañeros chivatos, etc...

Pues ea, a los dos meses de haber dejado el nido que controlabas del centro de estudios, donde ya eras medio-alguien, vuelves a empezar la carrera de obstáculos. Yo le decía a mi madre que no se preocupara por la carrera y por mi descanso: “en el centro de estudios tenía todo el día lleno de charlas, asignaturas internas, etc.; ahora en este club las cosas son distintas… esto es Jauja” Esa era mi idea. Pobrecito de mí.

De los encajes de bolillos que había hacer para ir a clase en la universidad y luego estudiar con una veintena de niños alrededor, ni hablamos… y esa era la preocupación de mis progenitores. Así que me quedaba en verano en el centro empollando por fin tranquilamente. Nos quedábamos tres gatos, y yo me pasaba horas solo en esa casa. Cotilleaba todo, todo, todo. El armario de dirección era “mío” y ya no me daba subidón de adrenalina. Necesitaba algo más. Revisé todos los cajones de todos los armarios. Y como no estaba la administración, me puse a pasear por “su zona”. Si vierais el mareo que me daba al entrar. Aquello era como indiana jones entrando en la cueva del santo grial. El corazón bombeaba con fuerza. Y allí pasé 35 segundos de mi vida observando la “otra” zona, pequeñísima, fatal decorada, con las ventanas cerradas… Había una escalera que la primera vez que entré, no subí. Luego ya sí… en fin, que me daba mis paseítos por allí ya que no podía “dejar el centro solo” jajaja y salir a la calle. Luego, cuando llegaban a la hora de la cena, me ponía en la sala de estudio.

Habrá centros que sean Jauja –no lo creo-. Pero todo depende del consejo local. Ésa es mi conclusión después de años. Curas recién saliditos de Cavabianca más rígidos que un ripio, con menos cintura que una muñeca barriguita (¿habéis visto cuando pasaba algo mientras celebraban Misa o una bendición, que se quedaban bloqueados? ¡¡señor cura, que no pasa nada, ¿no hay que tratar al Señor con naturalidad?!!), más monótonos que una meditación del cielo (¿se puede hablar 30 minutos a nivel teórico del cielo a tíos de 20-30 años delante del sagrario? ¿que si la resurrección de los cuerpos pa’rriba?) y con un don para tratar a los niños como el agua y aceite: niños que no querían ver al cura, cura que resoplaba en la cena del viernes quemado absolutamente… Cuando me enteré que los curas del OD no se podían dejar barba porque así lo quiso nuestro fundador… me quedé igual. Si es que ya me daba igual todo, todo entraba en mi cabecita y me parecía bien si lo decía el fundador.

Pero estaba equivocado, esto no era Jauja. En el centro de estudios éramos más y era más grande y uno “se perdía” una tarde y no pasaba mucho. Aquí era una casa mucho más pequeña y con dos subdirectores que todo lo ven. Las correcciones fraternas caían como la lluvia en Asturias, todos los días antes de comer, después del rosario y antes de cenar. El control era más férreo si cabe. Así que decidí husmear por los cajones hasta que encontrara otra vez la llave del armarito de dirección ¡¡y la encontré!! Tenía mi salvoconducto para la salvación: saber qué decían de mí en el consejo local y qué enviaban a la dele y hacer exactamente lo que allí ponía. Y así cumplía la santa voluntad de Dios. ¡Toma del frasco!

En esta época, recuerdo que una vez me nombraron algo –no sé si secretario, subdirector…- de una convivencia entre clubes. Me dieron la lista con los encargos al salir de mi ciudad, y a mí me tocaba uno que no me gustaba nada. Pues nada, decidí cambiarlo y encasquetárselo a otro numerario que sé que iría de otro centro y era más joven y dócil (el encargo era de los de echar horas y perderse cervecitas). Me borré, puse su nombre y punto. Hice lo que me salió de las mismísimas voluntades. Y sin embargo el otro, lo vio como voluntad del altísimo porque estaba escrito en ese papel y hay que obedecer… Eso me hizo pensar “si yo he cambiado esto a mi tuntún y no pasa nada, ¿qué harán los de delegación? Será todo el capricho de un tío sentado a kilómetros”. Podría ser.

Recuerdo que un nume de un centro, con su carrera y después de años preparando una oposición la sacó ¡enhorabuena! Pues 2 semanas antes de tomar posesión, vino el de sanmi ¡¡y le cambia de ciudad!! El rebote fue tal, que el tío aunque cambió de centro, volvió a las 3 semanas ocupando su plaza y dejando al de sanmi por los suelos. ¿Sería un capricho de sanmi como a mí lo del encargo de la convivencia? Podría ser.

Uno va cumpliendo añitos y va viendo normal muchas cosas. Si la misa es en el centro, chaqueta y corbata; si es en otro centro, chaqueta y corbata (típico retiro mensual); si es fiesta, traje; si es en la calle, ropa normal pero elegante (moda nume total). Lo malo era cuando uno no se enteraba previamente y allí todo el mundo cambiándose en 3 minutos para lo que tocase a la voz del director. Con el tiempo se adquiere una virtud buenísima en el OD: quedarse dormido perfectamente recto en un banco. Era capaz de dormir –lástima que tenía que cerrar los ojos- con el cuerpo sentado y que no se moviera nada. Nunca en los días de mi vida he escuchado más toses-despertadores, ni golpecitos en los bancos, ni empujones en el codo de numerario, que en los oratorios del OD jajaja. Y ya en los cursos de retiro, eso era morfeo en estado puro.

Recuerdo cursos de retiro hablando a las 2.00 de la madrugada con otro numerario amiguete en una terraza del palacete donde estábamos. Era ya el tercer día y necesitábamos oxígeno. Recuerdo que él llegó a la conclusión de que si le pedían que se tirase de esa terraza al suelo, se lo pensaría 1 segundo, pero que al final, se tiraría. Y yo veía que estaba lejos de ese grado de santidad ;-) que si me lo pedía X no me tiraba, pero si era Y, seguro que sí.

Luego está el tema del trato con las madres de los niños, que hay que saludarle dándole la mano; que no se deja pasar a las hermanitas de los chavales, que si no había que llamar por su nombre a las compañera de clase (eso me dijeron) se podrían tratar lo estrictamente necesario pero sin llamarla “Covadonga”, sino “oye, tú”; no pedirle apuntes… etc

Podrías dedicar veinticinco vidas que tuvieras al club, 24 horas al día, 365 días al año, y todavía habría cosas que hacer. Era un agujero negro de horas. Todo lo chupaba. Había que estar atento para disponer de tiempo para hacer apostolado “con mis amigos” de verdad. Recuerdo que empecé a hacer deporte con un amigo universitario para ver si sacaba alguna conversación apostólica (toma ya) y me dijeron que estaba desatendiendo mi encargo apostólico, así que lo dejara ¡Me río del “nadie te saca de tu sitio”!

Cuarto Opus Dei: comenzar a trabajar

Y un buen día ¡¡tachán tachán!! “Hemos pensado” (que odio esta frase, por Dios!!!!!!!!!) que hemos pensado que lleves la charla de fulanín. Y uno sale de dirección tan crecido que se daría en los arcos del triunfo romano… vuelvo a ser estimado. Ahora sí que sí. Yo sigo aquí.

Así que uno vivía en una tabla de Excel, en un horario perfectamente marcado -que además tenía copia tu director- donde había algo que hacer a todas las horas del día, todos los días de la semana. Sin descanso. Y además, ahora había que colocar la hora para hablar con fulanín y la hora para hablar con menganín de fulanín. Ahí empezó la caída libre.

Me negué a hablarle al dire de los aspectos de conciencia que me contaban en las charlas. En los consejos locales hablaba de generalidades, pero no entraba en materia. Sobre todo de la “única” materia que hay en estos temas, y todos sabéis que el B 10, III 28 era de lo único que se hablaba jajaja ¿Qué tal vive la pureza? Pues normal/bien/mejor/ahí va/sin problemas/tirando. Había estudiado que uno no podía actuar nunca contra su conciencia y a mí mi conciencia ni me dejaba usar el cilicio, ni las disciplinas, ni contar las intimidades de la gente. ¡Y doy tantas gracias a Dios por darme esta conciencia!

A todo esto empezaban mis primeros pinitos trabajando. “Nos hacemos santos en medio del medio, en el trabajo profesional”. Así que empecé a trabajar de lo que había estudiado, todo un logro ya que previamente, tuve que enviar por escrito una propuesta al consejo local de a qué me quería dedicar. A la semana me llamaron de delegación preguntándome si quería dar clases en uno de los colegios. “No”. Me negué rotundamente. El de delega se tuvo que quedar de piedra porque “no es de buen espíritu” llevar la contraria a nadie de delega (eso no está escrito, pero está en el espíritu de todos). Terminó diciéndome “piénsatelo”, “prueba unos meses y luego ya veremos”. Pero yo había leído hasta la saciedad que S. Josemaría no quería que hubiera colegios y ¡¡a mí me llamaban de delegación para que me metiera!! Pues nada, mi primer pulsito fue ese y lo gané ;-)

Trabajar “en la calle” supone tener un horario, pedir vacaciones en días determinados y con duración finita, tener un jefe que te dice bien/mal/regular, meter la cabeza en esas horas y llevarte al menos alguna preocupación de vez en cuando a casa, tener un sueldo y tener un futuro profesional. Pues bien, en el Opus Dei, lo único interesante era el sueldo. Intentaron que llegara tarde matemáticamente todos los días para hacer la acción de gracias de 10 minutos cronometrados, que saliera antes para que nuestras hermanas no tuvieran que hacer un esfuerzo poniendo otro turno de comida, que pidiera ya vacaciones para agosto entero para el curso anual y en navidad para el retiro y algún puente para ir de convivencia, que no me afectara nada el trabajo en la casa y con la labor y que no aspirara a puestos mejores, que así estaba bien. Me negué a todo ello. Ni a mi jefe le iba a pedir nada más entrar vacaciones, ni iba a llegar tarde ni me iba a ir temprano ni iba a hacer mal mi trabajo ¡¡pero ¿no nos hacemos santos con esto?!! Respuesta: “te haces santo con lo que Dios te pide, que es tu encargo apostólico, cuidar tu familia (el centro) y que el trabajo no se convierta en profesionalitis y sea opus diaboli”. ¡¡Engañadme poco a poco, pero que no me dé cuenta, por favor!!

El trabajo es mixto, como era la universidad, pero mixto en pequeña escala. Tenía varias compañeras y compañeros y a veces, algunos informes o ensayos había que hacerlos juntos. Cuando terminábamos ese trabajo si había sido duro, o el viernes a última hora, nos tomábamos una cerveza (costumbre española enraizada como el 4 de julio en América). A veces íbamos todos –unos seis-, otras sólo 3, otras yo no iba. Otras empezábamos unos y se iban yendo porque tenían prisa. La cuestión es que en el bar me vieron a veces a solas con una o dos compañeras tomando algo. Si vierais la cara del nume de otro centro cuando me vio así. Vino y me hizo una corrección fraterna de éstas de “hombre, funalito, tú por aquí, ¿qué pasa?; mejor que nos sentemos”. Luego el dire también, que qué había pasado. Luego el cura. Y yo explicándole el asunto. ¿Pero no era en-medio-del-mundo?

Y así pasaron los años. En el trabajo me iba bien. Trabajaba a gusto, cómodo, ya era jefecillo, y me gustaba lo que hacía. Ganaba dinerete. Sin embargo, llegaba al centro y era el último mono, seguía cuidando a niños (ahora más mayores, y que había que darle circulitos), no me gustaba lo que hacía, me explotaban y me decían que no rendía apostólicamente porque estaba muy pendiente de mi trabajo. En mi trabajo los compañeros se iban a comer a un restaurante. Yo me tenía que volver al centro. Ellos comían también según “su cargo y posición”. A mí me ponían croquetas y judías congeladas. Ellos se iban de vacaciones a descansar. A mí me tocaba el curso anual en Pimperán de Ardor, con literas sonajeros… Si tenía que ir de viaje, no tenía tarjeta de crédito, tenía que guardarlo en fajos en el calcetín.

Y lo más duro es que había gente que no ganaba un céntimo (oficiales de la dele) que se iban de curso anual a Castelldaura o a Inglaterra, Italia…o los “bien queda” que también se iban. A mí nunca me tocó. Pero ya lo que no me entraba por ninguna estructura mental era que el vocal de la dele con sus oficiales un día cualquiera de la semana, iban, cogían un coche y se iban de excursión a descansar ¡venían morenos un miércoles por la tarde! Y aquí el burrito dando vueltas a la noria. Claro, yo podía descansar el sábado pero… ¡la labor! Bueno, pues el domingo pero… el retiro, la convivencia, los arreglos. Estaba deseando que llegaran los lunes por la mañana :-( Triste ¿verdad?

Nunca, nunca me enteré qué pasaba con el dinero, no me enteré de los flujos. ¿Por qué tenía yo, que ganaba 3X, pedir dinero para arreglar no sé qué o comprar un coche, a alguien que ganaba 1X y tenía 7Hijos? ¿Por qué los de delegación tenían hasta los bañadores de marca si no ganaban un duro?

Me enteré de los inscritos, me enteré de los quinquenios y cuatrienios de los cargos, me enteré las apariciones de la virgen al fundador, de la curación de la diabetes, de que Torreciudad tiene comprado todo el monte de alrededor, de los bastones de mando en un oratorio de Villa Tevere, de la ingeniería económica para pagar los mínimos impuestos donando dinero a la propia fundación del OD, de la psicosis con opuslibros, de una charla en la que se nos dijo que los legionarios se están copiando de nosotros desde el principio… pero del dinero nunca supe nada.

Y mientras tanto, pensaréis que mi vida interior subía cotas de madurez espiritual. Y sin embargo, era al contrario. O sea, se suponía que era un cristiano maduro, bien formado, célibe, capaz de combatir hasta el mismísimo Lutero, con años de filosofía, teología, una carrera, buen trabajo… y sin embargo ¡¡tenía que pedir permiso para ver el telediario!! ¡¡y no lo podía ver solo!! Tenía que consultar comprarme una camisa, ir a no sé que viaje de trabajo, llamar a alguien de fuera de la provincia, debía consultar beber una cocacola con alguien, ver a un amigo fuera del horario establecido… ¿pero no era un tío maduro? ¿Es que no soy maduro o es que no os fiais de mí? Un numerario mayor me decía que él se podía ir de putas por la noche y a la mañana siguiente estar el primero en la oración de la mañana. Que lo importante era la sinceridad interior. Lógicamente.

Sin embargo, el afán por fiscalizar y controlar todo era ya insoportable. Tenía más libertad en mi trabajo que en “mi casa”. En el trabajo hacía y deshacía lo que me parecía. En el centro no podía ni dejar de ir a comer aunque tuviera trabajo por la tarde. “Es que un padre de familia no hace lo que le da la gana”, “es que un padre de familia no se toma una cerveza con una compañera”, “es que un padre de familia llega a casa y baña a los niños”. Correcto. Pero no completo. Un padre de familia no hace lo que le da la gana o sí, siempre que le parezca bien con su sentido común y conciencia. Y ya es mayorcito para saber lo que sí puede hacer y no puede hacer (lo mismo que un director se supone que sabría lo que es bueno y es malo). Un padre de familia se puede tomar una cerveza con una compañera y su mujer no hace el razonamiento cartesiano “si se toma algo con una mujer ERGO quiere acostarse con ella”. Es más, hablará de esa compañera con total naturalidad y la invitará a casa a cenar con su novio y los cuatros nos tomaremos una copita. Un padre de familia llega a casa, baña a los niños (charlas en el club), juega con ellos (como en el club), prepara su cena (no como los numerarios), habla con su mujer (tertu), ve algo la tele (no como los numerarios), se toma una cervecita si le apetece, o una copita, o un yogurt o lo que le salga de la nariz, y luego se acuesta cuenda le apetece, y se acuesta con su mujer (eso tampoco lo hace el numerario). Con lo cual, sólo se asemeja en lo “que requiere esfuerzo”, pero no hay nunca vía de escape, o por lo menos, no es elegible esa vía de escape. Te dicen cómo vas a descansar. Así de duro.

La única vía de escape que encontré yo era después del examen de conciencia. Todo el mundo se iba como zombis a dormir y yo tenía “mi ratito”. Hacía lo “que quería”. Encendía el ordenador del centro, leía libros, me daba un paseíto por la casa, pensaba en mis cosas, llamaba a amigos (a las 22.00h en España, solo duermen los numerarios) y así tenía mi preciada hora. Encontraba en esos momentos la “libertad” aunque fuera a escondidas y sin que el dire se diera cuenta. Vaya, yo, un tío que triunfaba “allá fuera”, que me llevaba a los niños del club de calle, que todo tan estupendo ¡¡y me escondía para sobrevivir!! Esa era la válvula de mi olla exprés. Hasta que, como todos suponéis, el director me dijo que alguien me vio leyendo a las doce de la noche. Sí, es que no podía dormir. A la semana siguiente otra vez. A la siguiente era el director quien se daba vueltas hasta que me veía metido en la cama. Me dijeron que me quedara en la cama con todo oscuro viviendo el tiempo de la noche hasta que me quedara dormido. Que no se podía estar por ahí “porque luego te duermes en la oración de la mañana” ¡¡Pero si nunca he conversado con nadie a las seis de la mañana!! ¡¡es que soy incapaz de hacer nada en modo no-automático!! A mí me gustaba la oración de la tarde… me pasaba más de media hora (algún día) rezando. Iluso de mí. Lo conté en la charla ¡¡y me dijeron que NO!! ¡que tenía que ser dócil y estar 30 minutos! ¡que si quería estar más, dejara la conversación para la mañana siguiente! ¿Seré un verso suelto?

Había un numerario cuadriculadillo en otra ciudad. Recuerdo que un curso anual alguien entró en el oratorio y le preguntó que si le quedaba mucho (lectura). Él miro el reloj y dijo “15 segundos”. Os aseguro que pasaron 15 segundos y se puso de rodillas y salió del oratorio. Señor, gracias por inventar el tiempo pero lástima por los cronómetros. Menos mal que Tú vives en la atemporalidad.

En fin, que de madurez espiritual nada. Uno necesita siempre un director que le diga qué puede hacer y qué no. ¡Para todo! Y eso se nota cuando uno pone los pies fuera del Opus Dei. Yo cuando volví a mi casa, aparte de ser un “gran desconocido”, preguntaba cosas como ¿puedo tomarme este yogurt para cenar? ¿me puedo terminar esto? Me parecía mal cuando alguien se compraba un helado simplemente “porque tenía calor” o amigos que paraban en el kiosco y se compraban ¡¡una revista!! ¡así porque sí, sin preguntar a nadie! Os puedo asegurar que tenéis que vivir la primera vez que uno se levanta fuera del OD sin despertador y nadie le dice nada. Eso o uno lo vive en sus propias entrañas o no puede describirlo. Pero eso… ya es otro OD ;-)

Con el trastorno de doble personalidad en el trabajo (persona respetable, madura, formada y que toma decisiones) y en el OD (persona que debe consultar todo, inmadura, que deciden por él y que no descansa, es más, que le explotan) seguí unos años.

Quinto Opus Dei: cambio de centro

Y otra vez, llegaba el temido septiembre, con su vuelta al cole en el corteinglés, sus atascos, sus anuncios de coleccionables en la tele (eso lo supe después), su convivencia de principio de curso, su lista de encargos y ¡su visita del tío de la dele! (podía ser del tío de la vara).

Mira, que hemos pensado que te vayas a… Es una ciudad pequeña, con muy buena labor y donde puedes ser de mucha ayuda”. Chimpún. “¿Cuándo me voy?” “Pues como siempre, cuanto antes” Claro, vosotros leéis “cuanto antes” y pensáis: háblalo con tu familia, en el centro, en el trabajo preavisa 15 días… en fin, lo que viene siendo mudarse de ciudad, ¡un poquito de margen, por favor! Así que yo llegué a la merienda como si no hubiera pasado nada… y el director va ¡y se lo iba diciendo a la gente! Pero si no había hablado conmigo siquiera...

En fin, que bueno de mí, fui con confianza a decirle que qué le parecía que me fuera el día x de octubre. La risa tuvo que sonar hasta en il sogiorno de la casa del vícolo jaja. Movimiento de cabeza en actitud negativa. “No, no, si te están esperando desde anteayer. Mejor vete este viernes” (era lunes). ¡Gracias Dios mío porque los directores no sean autómatas, tengan obediencia inteligente (o sentido común) y en vez de “vete hoy” me dijera “vete dentro de 3 días”!

A uno lo que le sale es llamar a sus padres y decirles “mamá que me han obligado a que me vaya a… sin ninguna gana”; pero como no sabe si el teléfono está pinchado, pues lo dice de la manera reglamentaria “mamá, que me voy a… porque me da la gana”.

Los centros en una provincia a más de una hora de la delegación tienen un aire distinto. Las labores se mezclan: uno descubre que existen supernumerarios… e incluso esos especímenes que salen en los libros de texto pero que nunca ha visto más que en películas o en reuniones multitudinarias: los agregados.

Igual que hay piques absurdos entre ciudades o pueblos, y que el pueblo pequeño está siempre con el agravio comparativo con el pueblo grande… así los agregados con los numerarios. Que si os lo creéis, que si todos parecéis de familia bien, que si sois pijos, etc etc. Los numerarios en su burbuja numeraril ni se enteran, pero es una conversación habitual en el mundo agregal. Al principio te ríes, luego te miras un poco a ver si es verdad. Luego ya, pasas de los comentarios y sigues agigantado esa diferencia de “clases”. Donde hay patrón no manda marinero y donde hay nume no hay agd que rechiste.

Me di cuenta que el puchero podría ser el mismo para todos, pero a unos les había tocado más morcilla y tocino y a otros más ternera jajaja.

Los agregados sí que vivían en una auténtica corrupción continua para escándalo y necedad del joven numerario salido como Tom Cruise impoluto de la academia militar. Cada tres noches había mariscada y jamón en los sótanos del centro. El buen vino, copas de wisky y tabaco no faltaba. Parecía un pub inglés pero en la península ibérica. Hablabas con ellos y estaban a la última en todas las películas del momento… Así que me intenté unir al grupillo fiestero para poder mojar la frustración de estar en esa ciudad con buenos caldos. Me costó lo mío, pero a los dos meses pude quedarme con ellos una noche. Vaya, no está mal este plan. Los diez numerarios arriba habían cenado empanadillas congeladas y sopita, estaban en la tertulia hablando de chascarrillos políticos y a la media hora a la camita. Los seis agregados y yo estábamos hasta arriba de tinto, comiendo cordero y contando chistes. El ambiente era menos exquisito y elitista, con servilletas de papel y vasos de plástico… pero el cordero estaba de muerte.

Vaya, igual que en el evangelio de Marta y María, María había elegido la mejor parte… estos tíos habían cogido la parte más “normal”… o por lo menos la de numerario era más gris, monótona… metido todo el día en el día de la marmota, como la película de Atrapado en el tiempo. Así que había espíritu libre para otros. Para mí todo estaba predicho, preestablecido, precalentado. Cuando leía que la vocación era la misma, me reía por dentro… ¡venga ya! Pues si es la misma, ¿por qué no me ha tocado la del cordero? jaja

Pero no, no penséis que me dejaron ni pasarme a agregado, ni a la labor con agregados. Después de esa cena me dijeron que “no solemos estar” en las cenas con los agregados, que ellos hacen su vida y nosotros la nuestra. A mí me tocaba como siempre sanra o lo que es lo mismo: todos los sábados fútbol, meditación, cena y peliculón. ¿Hay alguien que haya hecho algún otro plan? Bueno sí, cámbiese cena por cena de países y peliculón por tertulia / show. Siempre igual. Los chicos de san Rafael me preguntaban por qué tíos de cuarenta años se peleaban por sentarse en el sillón bueno para ver la película y había que guardar tantísimo silencio. Yo les hablaba de que en la vida uno tiene sus ídolos, y como todos sabemos, en los centros, el ídolo al que se le hace reverencia cuando se abre el santa santorum del mueble de la sala de estar, es la televisión. ¡Apaga esa luz! ¡descolgad el teléfono! ¡sssh! ¡el principio es lo más importante! Luego vienen las miradas de estupor cuando se “salta” por arte de magia una escena y alguien explica el hilo de la peli pero sin que se vea… y aplauso final con los créditos. Los chicos se quedaban alucinados no de la película, sino de cómo nos latía el corazón a todos los numerarios cuando le daban a play.

El problema era cuando el plan no era con gente del bachillerato, sino la labor con universitarios. El estupor y aburrimiento eran mayúsculos, tanto que es difícil que la labor se hiciera con más de 3 chicos “de toda la vida” que se les había planteado tantas veces la vocación, que igual que el agua mana de la fuente, pues así les chorreaba a ellos el tema. Entonces entendí lo de 100 almas nos interesan las 100. A mí me dijeron que con esos 3 no había que perder mucho el tiempo, pero que tenía que conseguir que hicieran apostolado para que trajeran a gente nueva. O sea que ellos ya no interesaban-pero sí interesaban. Es cuestión de entender bien el verbo “interesar”.

Pues nada, en el centro me tocó la triple sonora. Yo siempre me he quedado alucinado con lo de que las numerarias que duermen en tabla de madera. Yo hubiera sacado la bandera blanca al minuto uno. O por lo menos eso digo ahora, quizá hubiera agachado la cabeza y me hubiera puesto tumbado bocarriba sin rechistar. Bueno, pues la triple sonara llevaba ese nombre, porque históricamente llevaban viviendo dos numerarios que roncaban como dos ángeles. De hecho, la otra cama iba rotando de dueño y ahora me tocaba a mí. La primera noche recordaba con añoranza mi cama que crujía en el centro de estudios, pero crujía cuando yo me movía, no al tuntún de esas dos trompetas celestiales. Así que intentaba correr después del examen de conciencia para cerrar los ojos antes de que ellos se pusieran el pijama y así conseguía dormir. Luego ya con el tiempo, con una buena dosis de sueño y tapones, no hay trompetero que te perturbe.

Hablando de pijama, recuerdo con estupor las neurosis de los centro de numerarios. En una de mis charlas fraternas, el dire va y me pregunta ¿cómo te pones el pijama? Imaginaos mi cara. ¿Cómo que cómooooo? Y entonces me dice que es bueno que el cuerpo no quede desnudo, que me cambie primero una parte y luego la otra. Yo me quedé afirmando con la cabeza… pero luego pensé ¿quién tiene problemas si se cambia el pijama de una manera determinada? Aquí hay gente que está mal de la entrepierna seguro. Pero, obediencia inteligente la mía, a partir de ahí procuraba ponerme el pijama de esa manera, por si las cámaras de gran hermano me veían.

De broma, siempre que hablaba con un amigo por teléfono, antes de hablar él decía “quiero saludar a los que nos están escuchando” y yo le decía que tuviera cuidado que la conversación podía ser censurada si decía alguna palabra mal sonante jejeje. Nos reíamos. Igual que en el comedor, que hacíamos como si en el salero hubiera un micrófono y nos escuchaban en delegación y a veces saludábamos con el salero en la mano dando los buenos días al de sanmi.

Una vez me compré una camisa un poco más especial y más cara por lo tanto. Recuerdo que mi hermano estaba buscando algo parecido y le llamé y le conté lo que me había costado. Pues el teléfono estaba en medio del pasillo y la habitación del cura estaba cerca, pero con la puerta cerrada. Pues bueno, él se enteró y me vino diciendo que qué barbaridad, que no puede ser. Y yo le iba a hablar de los derechos constitucionales que hacen que escuchar conversaciones telefónicas esté penado… pero bueno, tengo derecho a no tener derecho ¿era así la canción?

Ya uno se va curtiendo en la vida y tiene “recursos” para seguir adelante. Como cambiar de actividad es descansar, y como aquí se descansa en el curso anual, pues yo cambiaba de actividad en los exámenes de las asignaturas internas. Copiaba que daba gusto. En los que era que cada uno hiciera el examen por su cuenta fusilaba literalmente el libro pero con mis propias palabras. En los que era en un aula, aprovechaba cuando se iba el profesor (que así parecía que había confianza) y sacaba el libro tal cual o copiaba del nume listín del al lado. Lo malo era cuando el examen se hacía oral. Ahí había que estudiar… pero eso era antes, ya casi sólo se lleva hacerlo por escrito o con trabajitos. Cuánto bien ha hecho internet a la humanidad. Y no hay numerario que conozca que no haya copiado. Lo mejor era ver a los directores de los centros con la chuleta entre los folios ¡ay si algunas paredes hablaran!

Hablando de directores… no sé si habéis estado en un centro con calefacción o aire acondicionado. Pero es el termostato interno del director el que decide si aquí hace frío o calor. Recuerdo las disputas con el secretario, que no quería que se encendiera nunca ninguna máquina, y el director a matarnos de frío en las tertulias. Tenemos hogares luminosos y alegres, pero a veces veías a un numerario con abrigo en la tertulia ¡con el plumífero de las excursiones!

En esta ciudad me hice amigo de un tío que quería ser religioso, escolapio terminó. Era un tío encantador, entregado, con las ideas claras, piodisito… pero un poco más y lo excomulgo con la mirada cuando un sábado ¡¡el tío me dijo que si merendaba con él!! ¡Anatema sit! Los sábados yo, que ya me creía un marine de la santidad, sólo se bebe saliva y no se merienda… y yo por dentro “¡ay Señor cómo está la Iglesia!”. Pero bueno, yo soy un hombre con cintura, y por un alma, se merienda si hace falta jajaja. Entró en la orden, y estaba muy contento. Quedábamos más o menos cada tres meses y hablábamos. Recuerdo que me contaba cómo había estado en navidad con sus padres, que en verano había visitado el pueblo de su tía una semanita… ¡Pero si yo en navidad no me podía mover del centro! Nunca fui a cenar/comer los días importantes porque “ésta es tu familia”. Nunca pude ir en verano a saludar a mi familia de tíos, abuelos, etc., que se van haciendo mayores y al año siguiente no están ¡¡y el religioso sí!! ¡¡me encanta mi mentalidad laical, no ser “como” los otros, sino “los otros”!!

Sexto Opus Dei: centro “de mayores

Viví en un centro de mayores de pasada. No es que fuera una pasada… sino que fue poquita cosa lo que estuve. Pero es un Opus Dei totalmente distinto a todos los anteriores. He de decir que era un centro donde se atendía la labor de san Gabriel, no que fuera un centro “terminal”, que también los hay y ya hablaré más adelante.

Igual que antes había descubierto lo que eran los agregados, esa gente que cenaban a tutiplein y rajaban de los numerarios y que tenían “sobrinos” postizos (hijos-hijas de algún amiguete, pero que como estaban tanto en sus casas, ya los consideraban sus tíos, con regalitos y todo)… pues ahora tocaba descubrir el maravilloso mundo del otro puchero: el de los supernumerarios. Como en todos sitios hay de todo… pero yo eliminaría fulminantemente la numerarez y la agregadez de la faz de la tierra y dejaría sólo a los buenos y pobrecitos supernumerarios. Me hervía la sangre cuando veía que el fundador no “había visto” a los supernumerarios hasta veinte años después del 2 de octubre. Macho… pero ¡¡si estos sí que son normales y sí que están en medio del mundo!! Si estos sí que son santos en medio del aeropuerto, del puerto, del campo, del club de golf, del mercado, con sus cuatro niños, suegra, piso en la playa y misa diaria.

En este periplo es cuando tomas conciencia de que en tu vida no has hecho nada de provecho, salvo que eres capaz de escribir 50 christmas en cada tertulia de diciembre y poner siempre la misma frase sin inmutarte o con has conseguido que miles de niños de 12 años hayan ganado medallas en “nuestros” campamentos. Esa debe ser la crisis de los cuarenta. Y por eso hay que celebrarlo con bombo y platillos...

Recuerdo que un numerario de un centro cumplía treinta y pico, y siete quizá. Era mala fecha y no se le pudo “celebrar” ni con un show, ni peli y la comida fue normal. No pudo elegirla porque al dire se le pasó. El tío se pasó cinco días sin hablar con nadie del centro, en las tertulias callado, en las comidas no hablaba… si es que ya a esas alturas de la vida te agarras a pedir una vez al año los macarrones al horno que hacía tu madre… y si pasa un año ¡pues se derrumba el castillo! Recuerdo que me fastidiaba que sólo se celebrara o el cumpleaños o el santo. O lo uno o lo otro ¡Vaya! Si yo celebro todo. Yo ahora celebro mi cumpleaños, santo, primera comunión, confirmación, primer beso, primer te quiero, boda… y los de mis amigos, familia, mujer, hijos… y que viene la primavera, invierno, que ha llegado la lámpara por fin del salón, que carrefour está más vacío ¡la vida es celebración! Y os aseguro que lo de las fiestas A, B, C crean un trauma. ¿Por qué el día de San Matías hubo cerveza y avellanas y hoy que es San Marcos sólo hay cocacola y aceitunas? ¿Es más importante la ordenación de los 3 primeros que la Anunciación o la Santísima Trinidad? Dentro de las celebraciones de los cumpleaños, en el fondo también había numerarios A, B o C. ¿Por qué en el cumpleaños de éste venía alguien de delegación y en el mío no? Son traumillas que se crean.

Bueno, a lo que iba. Que uno se plantea qué ha hecho con su vida viendo a los infatigables e incombustibles atletas de la santidad, los supernumerarios. Así que desde aquel día, miré a mi alrededor y me fijé en lo único que podía hacer para ser útil en el “estado numeral” en el que estaba. Treinta y pocos años y… ¡por lo menos, dejadme ser sacerdote! Al menos celebraría misa, confesar, hacer algo de provecho con todo el mundo… y no el numerario, que está a medio camino de todo, pero no es nada en concreto: ni cura ni laico, ni religioso ni consagrado… Tengo un amigo sacerdote diocesano, que ya me contaba cómo era su “labor” y yo alucinado ¡eso sí era una vida gastada en y para Dios! Y yo me dedico a rellenar cuadrículas con letras y números E7, B10, bufff. A todo nume con añitos le llega el momento en que le gustaría ser o haber sido sacerdote. Y si no es así, es porque tiene cargos de gobierno. Fijaos.

Escríbele al Padre”, es la respuesta del director autómata si uno habla del sacerdocio. Pero pasaron años y años y nada. Unos se iban a Cole romano y otros nos quedábamos despidiéndolos y buscándolo en las fotos Crónica a los 6 meses. Y en la procesión del corpus de cavabianca buscaba entre las cabecitas a menganito y fulanito. Ahora, de las cosas más tristes que hay en el Opus Dei son los numes que vuelven de Roma sin ordenar. Esos sí que son deshechos de tienta. Hablan de Roma como si hubieran tenido que hacer algo que no hicieron. Daban penita. Y a mí me daba miedo terminar también así… así que no insistí.

Dime algo de provecho que hayas vivido en el OD” me preguntó una vez un amigo cuando ya estaba fuera. Y sin dudarlo, lo vuelvo a decir. Es algo que es casi “contrario” al espíritu del OD. Como todos sabéis, las visitas de pobres es un señuelo solidario. Las visitas de pobres es la única cosa donde lo pasan mal 3 de las 4 partes: el numerario que le toca ir porque eso no es lo suyo, pero lo hace por el apostolado; el chaval que va, porque lo pasa mal y suele ir a regañadientes; la viejecita visitada, porque a las cuatro de la tarde nadie quiere charlar con nadie. El único que disfruta es el director que te ha mandado desde su silla del despacho de dirección, y además, “coge el autobús”. Sólo es para ablandar un poco el corazón del chaval y ¡zas! escribe aquí. De hecho, ningún miembro del OD hace “visita de pobres” si no hay un rendimiento apostólico. No se hacen visitas de pobres de san miguel. Romerías puede. Visitas de pobres, no.

Bueno, pues desde este centro, me dijeron que si quería ir en verano a un campo de trabajo en un país lejano muy subdesarrollado, para ayudar la labor. Iba gente que había tratado en mi primer centro cuando eran chavalines y ya tenían su “edad de merecer”, con los que ya sabemos a qué iba, ¿no? Pues fue la mejor experiencia de mi vida. Ni cursos de retiro, ni cursos anuales, ni esa conversación con no sé quién, ni en el encuentro con el prelado... No. Fue estar allí, un mes entero, en un poblado perdido de en medio de un país perdido, donde nadie tenía nada. Allí me sentí útil por primera vez en mi vida. Lo que yo hacía servía, y si no lo hacía, no lo hacía nadie. Veía como los niños del país, sucios, se alegraban cada vez que nos veían y no esperaban nada a cambio. Me hubiera quedado arreglando aquel pequeño poblado con mis manos o haciendo toda mi vida juegos para sacarles una sonrisa a esos niños que no tenían nada. Pero bueno, uno vuelve y a los dos meses ya se está quejando de que este filete está más hecho de la cuenta. Pero os puedo asegurar, que aquello sí que era entrega, era duro, pero era gratificante por fuera y dentro del alma. Imprime carácter. Por supuesto, ninguno de los que iban de campo de trabajo pitó. Pero lo pasamos en grande y todavía me emociono cuando veo las fotos. Y por supuesto, decidí en el interior de mi alma nunca más dedicarme a entretener a niños de colegios de fomento que se quejan si el campo no es de césped artificial. Y cuando leía Camino –libro insufrible, no sé a vosotros, pero a mí me decía muy poco- aquello de “ten una vida útil, deja poso”… me replanteaba todo.

Pues vivir en un centro de mayores es una experiencia solitaria intensa. Después de la tertulia del mediodía todos a sus habitaciones. Y silencio. Silencio o ronquidos durante una horita. Yo la primera vez me quedé escandalizado. Luego me uní a las redes de morfeo a esas horas. Otra vez, a las once de la noche me desperté a tomarme algo en el office (porque no hay cocina, hay office) y vi a un tío tirado en el sofá viendo la tele. Radio macuto se lo dijo al director pero el dire me dijo que no pasaba nada. Y entonces me soltó la frase “los jóvenes parecen santos, pero no lo son; los mayores, no lo parecen, pero lo son”. Eso es, lo importante no es parecer sino ser. Ama y haz lo que quieras. Tururú. Eso sólo se les permite a los numerarios, mayores de cincuenta años y con un carácter de agárrate… ésos son los que hacen lo que quieren cascarrabiamente toda la vida. ¿Me veía así dentro de unos años?

Todos sabéis que lo más aburrido para un numerario, yo por lo menos lo temía, eran los domingos por la tarde. El reloj iba despacio, casi marcha atrás. La gente en el centro tenía un único hobby que era regar “sus” plantas o salir a hacer deporte vestidos de los años 30. Uno con el tiempo adquiere la habilidad de distinguir a un cura haciendo deporte a 100 metros y de espaldas simplemente viendo la indumentaria que lleva. ¿Es necesario esa gorrita? ¿y muñequetera?

Al final de la tarde del domingo, teníamos el círculo breve. Odiaba la charla en tercera persona. Siempre cargadita de anécdotas o teórica (dependía de la gracia del que diera la charla) pero nada personal. Nadie decía “pues a mí, en Misa me sirve mucho hacer…” y si lo hacía, estaba mal, corrección fraterna al canto. Había que decir el espíritu en tercera persona, y en nuestro caso, en masculino singular. Se hacían terribles los círculos, todo el mundo esperando que terminara para ver los goles en la tele, o a Letizia Ortiz en tiempos. Y luego estaba el tema de las enmedatio. Eso era de religiosos y lo sabe hasta el último adscrito recién pitado. ¿De dónde que yo me acuse aquí en medio y este tío, laico como yo, me imponga penitencia? Pero si querías ganar puntos, había que hacer enmedatio. Y si venía alguien de delegación a dar el círculo, vamos, había que darse tortas para consultar la enmedatio.

Las enmedatio son de cuatro tipos: 1 retraso de normas, 2 no corrección fraternas, 3 ángel custodio / jaculatorias, 4 si tenías mucha imaginación otra. Ya está, de ahí no se salía nadie. Un teatrillo, como otro cualquiera. Lo que no entendía es que todo el mundo con su agenda y había tíos que apuntaban durante mi enmedatio ¡¡no hombre, no apuntes esto!!

¡¡Agendas!! Recuerdo todo un mundo de agendas, de marcas, de agendas electrónicas, de palms y HP, buff. Y del mundo del móvil. Recuerdo que cuando consulté si podía comprarme un móvil me dijeron “en principio no”. Que era una frase comodín. En principio no es como decir, “si ya, si ya sé que es necesario, que hay que tener uno, pero ahora te fastidias un rato y esperas a que a mí me parezca bien concederte ese privilegio”. Y uno aguanta estoicamente el chaparrón de no tener móvil hasta, buff, hasta que mi sobrino de 12 años ya lo tenía. Y mi amigo escolapio iba por el segundo.

En un centro de mayores y ya con la treintena bien entrada, uno tiene cierta curiosidad espiritual. Son 2 horas diarias en un oratorio mínimo. Mi amigo escolapio y mi amigo sacerdote me hablaban de libros y de santos. Yo solo conocía a San Josemaría, Sta. Teresa, Sta. Teresa de Lisieux, Sta. Micaella del Valle, el Papa Juan Pablo II y el resto eran todos los escritos de curas del OD: desde don Alvaro al último consiliario de Bolivia, pasando por el hombre de villa tevere. Nunca había leído a ningún otro santo. Ninguna otra espiritualidad que la de Salvador Canals. Y si quería saber algo de los focolares, de los legionarios, kikos, etc… mal. Y si quería saber algo de los agustinos, calasancias… mal. Aquí sólo se lee el Vázquez de Prada. Me constreñía hasta espiritualmente el OD éste. ¡¡Pero es que nadie se plantea dentro que la Iglesia es mucho más rica, grande y preciosa!! ¿Pero es que no confiáis en mí si leo un libro de “otro” santo? A lo mejor también son “malos” pastores.

En esa época tenía que ir a Misa fuera del centro para llegar a trabajar a mi hora. Eso también era una bocanada de aire fresco. Hacía 15 minutos de oración por la mañana por mi cuenta, 15 con la peña, e iba a Misa a la parroquia. 7.15h ó 7.30h de la mañana. 7 personas y el cura, de mi edad más o menos. Todos los días daba una homilía de 2 minutos. Pero era una maravilla. Me encantaba el espíritu que traslucía: sin complejos, ni normas ni cuadrículas. Pendiente de Dios y de todos los hombres.

Para ir a esa misa y luego trabajar, tenía un coche. Tener coche o no tener, thats de question. En el Opus Dei el poderío exclusivista es el nume con coche “propio”. Te sientes con más libertad que Tom Hanks al salir de cadena perpetua. Te fastidia que haya otro del centro que lo haya cogido y lo haya dejado mal aparcado. Había gente que dedicaba horas y horas a mimar su coche con revisiones, limpiezas, etc. Yo pasaba un poco del vehículo… pero también pasaba de dejar las llaves en dirección. Si me decían algo, argüía el olvido… pero esas llaves al bolsillo. Si no tienes coche, os aseguro que es más fácil echar una instancia al vaticano para ver al Papa, que disponer de un coche un día para hacer no sé qué. De rodillas y prometo venir todos los días a comer al centro, pero déjame un coche hoy, ¡porfiiii!

¿Sabéis que en el OD hay una mediocostumbre de hacer el carnet de conducir “interno”? Eso es que la primera vez que te da el carnet, el director se da una vuelta contigo para ver si puedes llevar a numerarios. Que el kilo de numerario está muy caro y hay que cuidarlos. Y estaban aquellos que no lo pasaban hasta un añito después…

Séptimo Opus Dei: centro “terminal

Que conste que nunca estuve en un centro de éstos. Un centro terminal es donde van los numerarios a morir, como los ríos que van a la mar de Jorge Manrique, pero aquí del tío de la dele. Hay un director y subdirector mayorcicos pero bonachones, y el resto son ancianos enfermitos con la vida apagándose o empastillados y sin oficio ni beneficio.

Sentirse enfermo en el OD es realmente una experiencia no recomendable a tu peor enemigo. Primero es que en un centro de jóvenes, es el subdirector o director quien decide si estás enfermo o no (aunque él sea abogado, ingeniero o periodista). La “gracia de estado” da esa sabiduría. Lo malo es cuando uno ni está enfermo del todo ni está bien del todo: estás cansado, alicaído, sin ganas de nada, con dolor de estómago… Recuerdo con veintipico años poniendo el termómetro en la bombilla entre 37,5 y 38 grados para poderme quedar algo más en la cama. ¡Eso no se lo había hecho ni a mis padres para no ir al cole! Era la única opción, os lo aseguro.

En los centros terminales suele haber velatorios dos veces al año. Hay ya una habitación casi preparada para el acto. Sillas alrededor, carta del prelado diciendo alguna cosita de la vida del interesado –sacada del informe 3241 del archivo- y todos ahí leyendo la notita. Ya con el tiempo me enteré que el prelado aparte de los dos custodes (que ya le gustaría a cualquier obispo, hasta el Papa sólo tiene un secretario personal) tiene dos secretarios particulares. Son los que leen las cartas por “correo interno” y escriben las respuestas y estos pésames, cartas a autoridades, etc. Cuando uno se entera que lleva mil años escribiendo cartas al Pater y que nunca las lee, sino que hay un nume jovencito, que es el que se las lee y decide si responder o no, pues… tragas. Uno ya tiene más tragaderas que la anaconda del documental de la dos.

Cada cierto tiempo, el prelado se da una vuelta por España y al cabo de unos años, ha visitado todos los puntos cardinales. En una de esas visitas tuve el inmenso honor de poder saltarme el cinturón de seguridad de niños del centro de estudio y poder saludar al padre. Eso es condecoración de honor al centro. Tienes el “micro” en la tertulia del centro durante días contando la inmensa alegría que invadía tu corazón. En realidad, mi encuentro fueron 5 segundos, diciendo “Hola Padre, rece por mí”. Pero fijaos cómo tenía absorbida mi voluntad con el hecho de querer perseverar. ¡Me inventé lo que me había dicho el prelado! Conté que me había dicho “Tú serás muy fiel si cumples las normas y haces bien tu trabajo. Y no olvides el apostolado con tus iguales”. ¡Toma ya! Todo el mundo flipando, y el que me llevaba la charla a partir de ahí ya me decía que trabajara bien, que en eso estaba mi santidad y que cuidara a mis compañeros del curro ¡¡salvoconducto para hacer lo que uno ve en la oración (y no lo que el charlero se le ocurre) es decir que te lo ha dicho el padre!! Así normalicé lo que ya os conté que me decían que me dedicara más a los niños del club y que trabajara menos.

Una vez tuve que ir a uno de estos centros a hacer el retiro mensual. Me quedé flipado porque en misa, las numerarias auxiliares asistían desde el anteoratorio y el cura se acercó a darles la comunión. Eso no lo había visto nunca y mira que llevaba años. Fijaos si llevaba tiempo que ya hasta noté que en todos los centros, cursos anuales, etc., los días de excursión, en la bolsa de comida, ponían bolsas de patatas fritas. Pues en todos sitios siempre es marca los rosales. Y la latita de aceitunas marca x. Hasta que me explicaron que en el OD hay una empresa centralizada que se dedica a la distribución de alimentos entre administraciones, que así se quedaba “todo en casa”. Esa frase era propia ya a cierta edad.

Bueno, pues en esa misa de ese retiro hubo varios hombrecillos que después de comulgar ¡se sentaron! ¡Anatema sit! En el OD después de comulgar “hay” que estar de rodillas. No está escrito, pero haced la prueba de no hacerlo. Y lo más hard, fue que uno no comulgó. En mis anteriores centros, si uno no comulgaba un día, a la salida de misa, te cogía el que te llevaba la charla y te repasaba de arriba abajo “¿por qué no has comulgado?” así de fuerte. Lo peor no era eso, lo peor es que todo el centro estaba pensando en que habías tenido fiesta en el cuarto de baño esa noche. Así de triste. Conozco a muchos que sacaron al cura mediorrevestido para que les confesara y no tener que pasar por esa calumnia silenciosa.

En estos centros terminales los curas van con el alzacuello quitado todo el día y los numes de a pié con la camisa por fuera ¡Con la que nos dieron en el centro de estudios con que nos metiéramos el polo por dentro del pantalón! Y que nos afeitáramos. No podías bajar sin afeitar sin una excusa del tipo: 1 me quiero dejar la barba; 2 me la afeito después de desayunar. No había más opciones como “porque me da la gana que es la razón más sobrenatural”. Eso sólo se usa como argumento para decir a los padres porqué tampoco ibas a ir esta navidad a verles.

Sobre el aseo personal, recuerdo que como no podías gastarte el dinero en nada de provecho y todo era fiscalizado por la cuenta de gastos, todos los numerarios se gastaban lo más grande en sus productos de aseo. Eso y la ropa. Increíble que todo numerario tuviera la mejor pasta de dientes, espuma de afeitar, champú… yo también lo hacía, y al final de cada mes ponía “productos de aseo” y así no especificaba que me compraba todo en farmacias.

Imagino que en estos centros terminales, cuando se lee la meditación de la mañana esa del lunes después de Cristo Rey, que me acuerdo perfectamente lo de “El médico dice que nos vamos, y sale a buscar una inyección... Tus hermanos vienen desde el oratorio, donde están rezando, con velas.” A mí lo de la inyección esa siempre me acongojó ¿os acordáis? Esa página se la saltarán, cual censura en todos las pelis y libros que han leído. ¿Recordáis los libros bajo llave y los libros con páginas cortadas o papeles en blanco pegados para no leer esa página o con las líneas tachadas? Recuerdo que a contra luz intentaba leerlo. O el ABC con las hojas de sociedad cortada y que luego iba a comer a casa de mis padres y decía ¡¡pero esto han cortado!! Si es la baronesa Thyssen, ¡por favor! Había un director que leía el ABC (único periódico en el espectro que nos da la libertad) en el oratorio para arrancar las páginas pertinentes. Pero somos de en medio del mundo, que quede claro.

En fin, podría ser contándoos cosas, pero voy a parar de los distintos OD por los que va pasando un numerario. Ahora queda el último. El de la salida. Ese requiere un capítulo aparte, y os daré mi experiencia y consejos. Os lo prometo. Será el último capítulo (V).

Imagino que muchos habéis sentido las mismas experiencias. Son costumbres no escritas o anécdotas que con el tiempo ni recuerdas, pero que para mí eran los miedos y cosas que llevaba dentro y que no sacaba en la charla porque no era de buen espíritu comentarlo. Sacadlo a la luz. Os lo recomiendo. ¡Lo que se queda dentro se pudre!

Gracias por las muestras de cariño y a los que me habéis ido leyendo y aguantado. Espero que a alguien le haga bien y sirva. Yo por lo menos me lo he pasado bien escribiéndolo y recordándolo. Y dando gracias a Dios por haberme dado una conciencia y fuerzas para salir.

Octavo Opus Dei: la perseverancia vanidosa

Llega una época en la vida de los que hemos dado el gran paso de dejar el OD, que empiezas a replantearte todo. Las cosas que haces dejan de tener ese brillo inicial que con 12 años en el club tienen una luz especial y te emocionan. El plan del “peliculón” te resbala, los helados en la tertulia no te gustan, las tertulias de anécdotas de nP [nuestro Padre] te la sabes de memoria, los sofás de las salas de estar son incómodos, el oratorio es frío,… Uno empieza a hacer el puzle de su vida y ve el poco sentido que tiene. Se teletransporta al día que pitó y se da cuenta de su “gran madurez”. Uno repasa todas las incorporaciones y se va dando cuenta de que se estaba dejando llevar por la inercia. ¿Dejaríais que alguien se casara con 14 años y medio y sin conocer las obligaciones del matrimonio?

Es todo un proceso en el interior de cada uno, que por dentro va planteándose por qué hace cada cosa y por fuera sigue con la careta de sonrisa perfecta en cada tertulia. Uno se vuelve menos dicharachero en la tertulia. En la confidencia cuenta “lo de siempre”. El encargo apostólico es sólo para cubrir el expediente…

En ese momento uno empieza a madurar su vida de cara al Señor. Te das cuentas del engaño en el que has vivido. Mucha parte por culpa del Opus Dei, otra por uno mismo que se deja llevar por la “forma de ser” del OD… y al final uno se percata de que lo único que ha hecho ha sido “buscarse” o actuar “de cara a la galería”. Eres consciente de por qué has ido “perseverando”: ¡Qué pensaría mi madre si hubiera dejado el OD a los 18! Por eso seguí a los 18. ¡Qué disgusto le daría a mi abuela si lo hubiera dejado a los 19! Por eso continué a los 19. ¡Con la de caña que le he dado a mis amigos para explicarle que vivo en el centro de estudios, y ahora con 20 años, cómo me voy a ir! ¡Y a los del trabajo con 24 años! ¡Y toda la familia, tíos, primos… siempre explicándole por qué no tenía tiempo! ¡Y todos los numerarios, agregados, supernumerarios, chicos de san rafael, madres de chicos de san rafael, etc., qué iban a pensar! Y yo por lo menos, caí en la cuenta de que perseveraba por vanidad personal y de la institución.

Personal porque ya todo mi entorno me “entendía” de una manera numeral. Dejaría de ser yo mismo. Todo lo que había dicho o hecho quedaría en papel de mojar y por ende, yo también. Así que más valía la pena perseverar y seguir siendo el “yo” que los otros veían, mantener el estatus social que uno se cree cuando es numerario y evita problemas con otros. Entendía que era más cómodo seguir de numerario. Por eso seguir varios años con las dudas continuas, pero bueno, ya estaba hecho a ese mundo y tampoco costaba tanto seguir en la engañifa.

La perseverancia por vanidad institucional es la que te hace perseverar por no dejar mal al “club”, al centro, a tus hermanos, por no ser escándalo, por mantener a tus hermanos en el camino… por “no hacer sufrir” al Padre ¡ésos son los planteamientos en el interior! Porque luego te encontrarás a gente de la obra y te darán esquinazo… porque nP aseguraba a los que no perseveraran lo peor del mundo, etc., etc. Te has pasado toda tu vida defendiendo lo indefendible de la obra en todos los ambientes (el cilicio del código davinci y yo ni me lo ponía, la pobreza en la obra, que no hay clasismo, etc…) y en ese momento tu subconsciente está tan programado que hace que te plantees perseverar porque si no, harías un “daño” a la obra. Es una lucha contra ti mismo y tu “yo programado”.

Pues en este octavo Opus Dei uno está pero no está. Está a la deriva. Por fuera todo es igual, pero por dentro uno empieza a consumirse y es capaz de enfocar lo que se hace mal dentro del OD y que no cuadra con su vida. Las cosas que había acallado durante tantísimo tiempo empiezan a pitar en sus oídos. Escuchadlas.

Lo que recomiendo cuando uno llega a esta etapa es apuntar todas estas cosas: qué ve mal, qué no le encaja, qué es incapaz de vivir, por qué ha hecho y por qué hace realmente las cosas, cuántas veces ha engañado para perseverar, qué le pide Dios realmente… habladlo en la oración. Dedicad vuestros ratos. Iros de retiro, lo que queráis… pero no comentéis nada con los pastores que lo único que quieren es que os quedéis pese lo que pese. Seguid haciendo el paripé en la confesión, en las charlas… e id madurando las cosas en la intimidad de vosotros con Dios.

Si un día os dais cuenta de que la situación es insostenible, que no tiene sentido, que os sentís engañados y que seguís engañando, que Dios no os pide eso, ni os lo ha pedido ni os lo pedirá, que habéis estado engañado a vosotros mismos, a Dios y a los demás, que os parecen mal y muy mal muchas cosas de la obra, que otras están bien, pero que curiosamente se pueden vivir siendo cristianos corrientes (que era a lo que vinimos)… pues cuando os deis cuenta de eso… os vais al oratorio y os quedáis tranquilos. Yo esperaría 2 meses madurando, sin contar nada a nadie.

En ese tiempo os tenéis que llenar de fuerza y valor para dar el gran paso. El paso más radical y costoso posiblemente de vuestra vida. Aguantad antes de dar el pistoletazo de salida. Y esperad acopiando argumentos. Os lo recomiendo: argumentos sobrenaturales y humanos, profesionales y doctrinales, de todo tipo. Tenéis que tener municiones de todo tipo que luego os harán falta.

Pasad ese tiempo (2 meses ó 2 semanas, lo que necesitéis) en estado “normal” para los del centro. Ya somos máquinas de aparentar estar bien aunque estemos más quemados que la pipa de un churrero, así que no pasa nada por alargar el juego. Yo en ese tiempo escrituré el coche a mi nombre (excusa: para que saliera el seguro más barato), llevé la ropa de invierno poco a poco a casa de mis padres sin que se dieran cuenta, etc.

No hemos hablado todavía del Banco Condal y la tapadera que es para pedir préstamos de estudios para los numerarios. Yo hasta engañaba a la pobre Antonia Puertas con las notas y le ponía siempre algún aprobado de más ;-) Bueno, pues dejad el préstamo también pagado si podéis. Dejad todas las cuentas y todas las cosas lo más clarito que se pueda.

Y entonces, un día, lo mejor es cuando te toque hacer la charla, lo cuentes.

Noveno Opus Dei: la salida

A mí ese día va y el tío que me llevaba la charla (un subdirector de esos que se bloquean a la mínima de cambio) me dice “¿Qué tal la oración?” Y ni corto ni perezoso le digo “pues en la oración he visto que tengo que dejar de ser de la obra; veo clarísimo que es lo que Dios me pide”. No sé si él pensaba que le iba a hablar del trato con el ángel custodio, pero se quedó con la cara blanca, descuadrada, y se fue. Sin más. Me dejó sentado en el sillón de la salita de visita con las piernas cruzadas y la agenda en el regazo. Ya está. Tengo que confesar que antes de esa charla estaba nerviosísimo, me sudaban las manos, pero Dios ayuda y uno tira para adelante.

Lo malo es lo que a uno le viene encima. Por eso tenéis que estar convencidísimos y clarísimos, sobre todo si lleváis muuuuchos años.

Como hice la charla por la tarde, nadie me dijo nada. En la cena el director ya me echó una mirada distinta, pero yo como si nada. Pasó toda la noche, a trabajar al día siguiente como un día normal y ya por la tarde empezó la caballería Opus Dei. El director me llamó a su despacho. 2 horas de conversación. Luego el cura. 2 horas de conversación idéntica. Luego otra vez el director. Cena. Luego otra vez…

Me dijeron que fuera a la delegación a hablar con uno de los vocales. Otras 2 horas. Luego otra vez con el director que qué me había dicho el de la dele. Mi razonamiento era siempre el mismo. Uno tiene que ser absolutamente sincero y tener claro que se va. No se puede dejar ni media puerta abierta porque la aprovecharán. Hay que estar 100% decidido.

Que si no lo había razonado suficiente. Para eso, la respuesta era que ya llevaba más de 2 meses madurándolo. Que si no había sido sincero. Correcto. No lo había sido por miedo y por eso ahora lo decía ¡ahora sí que era sincero! Que si ya estaba decidido y no me dejaba ayudar. Respuesta: es que es lo que Dios me pide. Etc., etc.

Al día siguiente fui a casa de mis padres para comentarlo. El cura y el director me dijeron que no fuera a hablar con ellos, pero yo dije que me daba igual lo que me dijeran. Que yo se lo iba a contar. Mis padres y hermanos se quedaron de piedra, y me dijeron que me lo pensara más despacio, pero que estaban para lo que necesitara.

En la delegación me dijeron que me fuera de curso de retiro dentro de 2 meses (en verano no hay) y dije que ni de broma, que yo me iba ese fin de semana ya a mi casa. Al final cedí (después de tantos años, y para que mis padres y dentro de la obra también se quedaran tranquilos) en irme unos días de curso anual –una semana-. Llegué un sábado. Con mi coche y el armario en el maletero. No dejé nada ya en el centro. La despedida con el director fue fría. Eso es muy duro ese momento. La última genuflexión en el oratorio de ese centro sin embargo era feliz. ¡Gracias! No me despedí de nadie más. Ya se enterarían poco a poco.

Tuve que hacer la maleta durante la misa y me fui mientras la gente desayunaba. Así me lo recomendaron. Ya sabéis, saldréis como si fuerais unos malhechores. Pero ya a esas alturas de la vida, te da todo igual. Se me quedó grabado en la retina la sensación al cerrar la puerta del centro y meter todo en el coche (fueron varios viajes bajando maletas). Y encender el coche. Mi corazón latía fuerte.

En la casa de retiros donde era la convivencia estaba la plana mayor en lo que a curas se refiere. Me asignaron uno que hablaba conmigo en torno a 4 horas diarias. Después de las charlas, me pasaba el día en la piscina relajándome de toda la presión psicológica. Era increíble. El de la dele también venía a verme. En fin, que dije que al domingo siguiente me iba. Me dijeron que hiciera confesión general. La hice. Hacía todo lo que me pedían para que vieran que no estaba enajenado, sino que Dios me pedía que me fuera. Que había llegado la hora de dejar de engañar. Pero en lo que no cedía era en la fecha: me iba el domingo.

Me tuve que pedir una semana en el trabajo, pero tampoco me dejaban más… ni quería, por supuesto. Y nada, me pasé la última semana en esa casa de convivencias. La administración como siempre se portó de lujo. Los mayores que estaban allí (que me había incorporado a mitad del curso anual) imagino que se olerían el tema y me trataban con cariño. Pero la carga psicológica fue durísima. Que si había una mujer detrás. Que si condenación eterna. Que si el que ve claro su vocación una vez… Y yo argumentaba con la nulidad de los matrimonios, con el engaño, con la falta de sinceridad.

El domingo por la mañana vino el de delegación y el cura. Hablé con ellos por cortesía y educación. Al final “me dejaron irme”. Es como que ellos tienen que dar el beneplácito. Me dio pena por dentro por ellos pero seguí manteniendo el tipo. Ese día, volví a llenar el coche con todo mi equipaje y rumbo a casita.

Recuerdo que una de las charlas que tuve en delegación (con esas salas ricamente decoradas) me dijeron que los que no perseveran Dios no les da hijos, que son unos desgraciados en vida y desgracian a los que tocan,… mil cosas. Luego me hablaron de que la salvación viene por la pertenencia a la institución, etc… Yo ya cada cosa me entraba por un oído y me salía por otro.

En fin, que arranqué el coche, llamé al porterillo para que me abrieran la puerta de la finca, y cogí la carretera. No había escrito ninguna carta de dispensa ni nada. Me dieron como 2 meses de prueba (el verano) estando “fuera” de la cosa. Al final del verano, me llamaron para que fuera a la delegación.

Ya estaba cansadísimo de las conversaciones maratonianas. Pero todo sea por dejar las cosas bien. Otras 2 horas de conversación, con la presión y los gritos del de delegación. Al final me dijo que escribiera la carta de dispensa (que ya tenía planteada en mi cabeza) y que ya veríamos si se me concedía la dispensa, que en “principio sí”. Ni se dignó a darme la mano, ni a despedirme ni nada. Él sabrá lo que hace. Al mes o así me llamó por teléfono que el Padre aceptaba mi petición de dispensa. Recuerdo que estaba en una reunión de trabajo y dije “ok, gracias”. ¡Ea! Se acabó, aunque para mí se había acabado muuucho antes o es que no había empezado realmente nunca.

Ese verano y último trimestre del año fue ir quedando con todos mis amigos, conocidos y familiares para explicarles mi nueva situación. Y desde la primera conversación te das cuenta que la gente es mucho más humana y comprensiva que lo que veías dentro del Opus Dei. La mayoría lo comprendió a la primera, otros se quedaron asustados de lo que era realmente la obra, muchos se alegraron porque ganaron un hermano, o recuperaron a un amigo y compañero.

Igual que tuve que ser cortante con el de delegación, con el director y el cura del centro cuando dije que me iba, poniendo los puntos sobre las íes y no cediendo lo que no debía ceder, la primera semana en casa de mis padres me dijeron que si les acompañaba a misa un miércoles por ejemplo. Me costó, pero les dije que “no”. Uno es bueno, dócil, manso y lo que uno quiera, pero hay que ser cortante con otras cosas y dejarle claro a uno mismo que ya no es de la obra. Eso cuesta. Pero hay que decírselo. Ya no.

Tienes que merendar un sábado sin conciencia de pecado, beberte una cerveza a la hora que quieras, dormirte viendo la tele, pisar un cine, entrar en una discoteca, bailar con una chica… descubrir el mundo, pero en vez de con 16 años, con los que tengas. Metí muchísimo la pata en cuestiones sociales: por ejemplo, no sabía si yo era de ron o de ginebra ¡no tenía bebida! no sabía bailar con una chica, mis primos no me conocían, ni mis vecinos, ni los amiguísimos de mis hermanos… pero todo se arregla con los años que uno tiene, gracia de Dios y buen humor.

Y entonces, uno empieza a vivir y a sentir la auténtica libertad y uno disfruta con miles de mínimos detalles. A mí por lo menos me pasaba eso. Disfrutaba una barbaridad cogiendo el mando de la tele, despertándome en fin de semana sin despertador, en ver amanecer después de una noche de fiesta, en ir a las fiestas populares de los pueblos de alrededor, en ir de testigo a las bodas/bautizos, en celebrar los cumpleaños familiares y brindar por y con la familia, en comprarte el jersey que tanto te gusta aunque no te haga falta, en cocinar tus primeros espaguetis, en comprarle a tus padres un regalito por lo que han hecho en tu vida, en sorprender a tu abuela con una visita… cosas normalísimas pero que uno disfruta como un niño. Recuerdo pisar la playa, recuerdo ir a misa por la tarde en mi parroquia, echar limosna en el cepillo, irnos unos amigos a una casa rural un fin de semana, la primera despedida de soltero, abrir el frigo y tomarme nata montada del bote directamente, poner música a tope en el coche, gritar guapa a las chicas, mi primer control de alcoholemia, mirar pisos, las cuentas ahorros, planear las vacaciones y los puentes, ver atardecer en una terraza con chillout, descalzarme y poner los pies en el sofá, tener zapatillas de andar por casa, tener un jamoncito en la cocina e ir cortándolo, cambiar el estilo de vestir, el peinado, dejarme la barba o dejármela de dejar, cabrearme con un amigo y volvernos a reconciliar, comprarme un móvil nuevo porque sí, disfrutar con los compañeros del trabajo, que tus amigos te manteen por primera vez en una fiesta, la primera conversación de verdad con un amigo donde uno le cuenta sus problemas, las primeras lágrimas de verdad… miles de millones de detalles que tiene la vida, que si uno nunca los ha podido vivir previamente, los disfruta con ojos nuevos.



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