Criterios de selección en colegio del Opus Dei

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Por Gómez, 1.10.2007


Me había separado de mi primera esposa cuando lo conocí. Compartíamos silla en un bus fletado por las Sociedades Bíblicas Unidas de América que nos llevaba de Bogotá a Paipa. Le caí bien, pues me ofreció presentarme a su joven cuñada, que era virgen y cocinaba bien. En el trayecto, que a buena marcha no baja de tres horas y media, me contó su historia.

Se llamaba Pedro Cebolla, o la vamos a llamar así para salvaguardar su identidad...

Pedro Cebolla pertenece a una de las familias de mayor abolengo de Cartagena de Indias, la histórica ciudad amurallada a orillas del mar Caribe. Me aclaró de entrada que él era católico. Que los demás ocupantes del bus eran pastores de iglesias cristianas de Miami, San Juan de Puerto Rico, Caracas, Bogotá y Madrid, pero que él era de los pocos católicos que trabajaban en las Sociedades Bíblicas. Su misión era vender la Biblia católica, la que incluía los libros deuterocanónicos, al público católico, con el beneplácito del Cardenal Primado y de la Conferencia Episcopal.

Le iba bien. Viajaba, vendía y tenía un excelente apartamento en plena calle 100 de Bogotá.

Me dijo que durante varios años había sido párroco de una iglesia de Cartagena. Cada día se sentaba en el confesionario a atender a los penitentes. Entre ellos, de tarde en tarde caía por allí una joven atractiva, de piel trigueña, discretamente voluptuosa, virgen, buena cocinera, que confesaba sus pequeñas y habituales faltas y recibía de él consejo y absolución.

Un día salió de la parroquia ataviado con su sotana y se fue a la casa de la joven penitente. Timbró. La muchacha salió por el balcón del segundo piso y le dijo que qué se le ofrecía. Él le dijo desde el andén, mientras los transeúntes pasaban a sus espaldas, que quería hablar con ella. ¿Sobre qué? Sobre una decisión que estoy a punto de tomar. ¿De qué se trata, padre? Voy a dejar el sacerdocio. ¿Por qué, padre?, si usted en muy buen sacerdote. Porque quiero casarme. ¿Está enamorado, padre? No, pero estoy dispuesto a enamorarme. ¿Y quién es la agraciada? De eso precisamente le quiero hablar. Pues diga no más, padre, que lo estoy oyendo. Me gustaría casarme con usted. Ah, bueno, padre. Entonces, venga esta noche y habla con mi papá.

El padre Cebolla adelantó los pertinentes trámites canónicos y a la vez formalizó su relación con la muchacha. Al cabo de varios meses salió de la parroquia, de donde lo despidieron sus fieles con campanas festivas, y contrajo matrimonio con la joven, cuya belleza interior había conocido bien en el confesionario.

Cebolla y su esposa formaron un hogar ejemplar, tuvieron dos hijos, y decidieron planificar, como Dios manda, y no tener más prole. Cebolla no tenía que preocuparse por trabajo, pues su apellido abría cualquier puerta en Cartagena de Indias.

Cuando los niños estuvieron en edad escolar, Cebolla y su esposa los llevaron al Colegio Cartagena de Indias, de Aspaen, Asociación para la Enseñanza, versión criolla de Fomento. Allá cursaron la primaria.

Para cuando los iban a pasar al bachillerato, Cebolla ya estaba vinculado a las Sociedades Bíblicas Unidas de América y había logrado excelentes resultados. Por eso, sus jefes le propusieron trasladarse a Bogotá, desde donde dirigiría las ventas en varios países latinoamericanos.

La gente que vive a orillas del Caribe ve a Bogotá como un territorio hostil, de gente solapada, que no dice lo que piensa, que no levanta la voz y que rechaza al que llega de fuera, especialmente al costeño, pero la perspectiva profesional era alentadora y, en todo caso, es aceptado por todos los colombianos que la educación en Bogotá, la capital, es de mayor calidad que la de cualquier otra región del país. Por eso, Cebolla, su esposa y sus hijos, decidieron venir a vivir a Bogotá, que en su tierra es llamada La Nevera, pues su temperatura media es de 14 grados centígrados, mientras que la de Cartagena de Indias es de 32.

Cebolla hizo una primera aproximación a la fría capital, para buscar apartamento y colegio para sus hijos, antes del viaje definitivo con toda su familia.

Como sus hijos estaban en el colegio de Aspaen, cuya dirección espiritual corría a cargo del Opus Dei, asumió que en Bogotá le abrirían de par en par las puertas del Gimnasio de los Cerros, obra corporativa de gran prestigio entre las gentes más adineradas de la capital de la República. Llegó a la calle 119 con carrera 0, sede del Gimnasio de los Cerros, vio los Mercedes Benz y las camionetas 4 x 4 de los parqueaderos, los elegantes edificios y las muy bien cuidadas canchas de fútbol, el coliseo multifuncional... y observó con una mezcla de aprensión y agrado un cierto sentimiento de poder que se respiraba desde esa colina, donde podía otear la parte más elegante de la ciudad, una metrópolisis de más de siete millones de habitantes.

Durante los minutos de espera para ser atendido vio los pisos de mármol relucientes, los gobelinos con inscripciones latinas, las fotografías de monseñor Escrivá de Balaguer, los mosaicos de las primeras promociones y la elegancia de los empleados que pasaban de una lado para otro.

Por fin el Vicerrector Académico lo hizo seguir a su oficina. No fue una charla sino un intermitente corto circuito. Cebolla, costeño, abierto, sincero, como todos los de su tierra, le iba exponiendo al Vicerrector su itinerario con entusiasmo y en alta voz, como habla la gente que vive al lado del mar. El Vicerrector, bogotano, discreto, prudente, con gesto autoritario, numerario de la más pura ortodoxia, lo oía sin evitar que la sangre se le mezclara con la hiel, y sostenía su mentón con la mano derecha, para evitar que la cabeza volara por los aires.

Cada palabra de Cebolla era una descarga eléctrica en la cabeza del Vicerrector. Fui párroco y me retiré para casarme. Corrientazo pleno. Tuvimos dos hijos nada más. Corrientazo doble. Trabajo con las Sociedades Bíblicas Unidas de América. Corrientazo triple. Mis hijos han hecho su primaria en el Cartagena de Indias. ¡Qué control tendrán allá, que dejan entrar a semejantes especímenes! ¡Tienen que rodar cabezas!

El Vicerrector, que no podía desperdiciar la oportunidad para dejar claras las cosas, le preguntó por qué no tenía más que dos hijos. ¿Es que su esposa está enferma o qué? Cebolla, desconcertado, apenas atinó a decir, doctor, usted sabe muy bien que se educa con mejor calidad y más amor a dos hijos que a tres o cuatro. Pues mire usted, señor Cebolla, muchos de los niños que estudian aquí tienen doce, trece, catorce hermanos. Son familias numerosas, con padres saludables y generosos, y nunca se ha visto que queden peor educados que los niños que solo tienen un hermano. ¡Listo! ¡Hay que dar doctrina con ocasión o sin ella!

La entrevista terminó con un diplomático “le informaremos por correo nuestra decisión”.

A los dos o tres semanas, Cebolla recibió una carta en la que les negaban el cupo a sus hijos en el Gimnasio de los Cerros. No había razones, ni más datos que la lacónica negativa.

Cuando Cebolla me lo contó en el bus que avanzaba hacia Paipa, donde yo les daría mi curso de estrategia a todos estos sabios conocedores de la Biblia, me decía que no entendía por qué le habían negado el cupo, siendo él un hombre católico, que leía la Biblia, que se preocupaba por la sana formación de sus hijos y que hacía un apostolado tan importante como difundir la palabra de Dios en varios países a la redonda. Eso, sin contar el abolengo y la prestancia de su familia, el peso de su apellido y la bondad desbordante de esa alma enorme metida en ese cuerpo gigantesco.

¡Hay cosas incomprensibles en este mundo, mi querido Pedro.



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