Creencias y controversias sobre la canonización de Monseñor Escrivá/Eclesialidad?

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EL OPUS DEI. Creencias y controversias sobre la canonización de Monseñor Escrivá


CAPÍTULO 1. ¿ECLESIALIDAD?


Tema importante, creo que básico, para empezar a abordar el problema.

Del Padre, para hacerle santo, hay que destacar su ec1esialidad. De la misma manera que para defender las controvertidas actitudes de la Obra hay que apelar a su aprobación por la Iglesia. Para ellos todo se justifica en que son una institución de ésta.

¿Cómo? ¿de qué manera?

  1. La Obra empieza siendo un instituto secular, a lo cual renuncian al cabo de unos cuantos años (ver " La otra cara del Opus Dei", cap. III), por entender que no acaba de ser eso lo que ellos querían, como más adelante también veremos.
  2. Pasa luego a transformarse en Prelatura en base a un derecho que podía ser ordinario pero que acaba siendo ¿privilegiado? (Rocca "L'Opus Dei Apunti e documenti per una storia"). De forma también compleja, contradictoria e inverosímil.
  3. Entre la Prelatura y la canonización, como algo también atípico y superando cualquier comprensión ordinaria, aparece consagrado Obispo su Prelado a la edad en que los demás prelados deben jubilarse.
  4. Para llegar ahora a una canonización, que sin carecer de los más evidentes componentes de polémica, bate récord de celeridad. Y acaba disculpando su propia controversia en que también la Santísima Trinidad es controvertida. La comparación no puede ser más ambiciosa.

Todo ello podría entenderse como una consecuencia de su eclesialidad de su progresiva integración en la Iglesia. Y sin embargo:

¿Por qué primero vale la aprobación, luego no vale? ¿Una Prelatura tan especial? ¿Tan sin que haya en todo el derecho ordinario de la Iglesia sitio para la Obra? ¿Por qué?

  • ¿Por qué Obispo en contradicción también con lo habitual, con lo ordinario?
  • ¿Por qué una canonización en la que se seleccionan testigos, pruebas, formas de proceso...?
  • ¿Por qué ante la polémica de esta Obra tantos tienen miedo, o tantos se rinden a un poder que prefieren tener a favor mejor que en contra?

De esta misma Iglesia en la Obra se dice, lo dijo su fundador, que estaba corrompida, que el demonio estaba metido hasta sus más altas esferas, y que la Obra es el "resto"que debe salvada. Los sacerdotes de esta Iglesia son para la Obra distintos de los suyos propios, únicos buenos pastores para sus ovejas. Dicen que veneran a este Papa, pero cuando otros no le daban todo el gusto que ellos querían, entonces decían y mandaban -lo hacía su fundador- que rezáramos por el que debía venir. Todo esto, entre tantas otras actitudes de suficiencia en sus comportamientos eclesiales no escasos de importancia. Sus faltas de colaboración en la tarea de todos, etc.

La Obra es una institución de la Iglesia, se siente en ella; pero siempre y cuando se la considere especial, distinta, significada. Se siente aparte. Iglesia por encima de la propia Iglesia. Más y mejor Iglesia.

¿Es razonable, se puede admitir que, como única respuesta o aclaración a la polémica que la Obra o la canonización de Mons. Escrivá suscita, venga de donde venga, no tengan otra respuesta ni otra forma de aclaración que el desprestigio o la condena de los que plantean cualquier necesidad de coherencia? ¿También esto es eclesial?

Eclesial es para ellos acceder a puestos importantes dentro de la jerarquía. ¿Dominar la situación? Ayudar y colaborar y ser los primeros en aportaciones económicas a proyectos de ahora, del Papa de ahora, sobre los países del Este, aunque no siempre haya sido así. Ahora que necesitan conseguir... Tal vez siga siéndolo hasta que consigan todo lo que desean pero y después... ¿seguirá siendo como ahora?

Me comentaba una vez un sacerdote de la Obra, mayor y entendido en el tema, que gracias a que Dios se había llevado a Mons. Escrivá a tiempo, porque si no podía haber acabado como Leffevre.

Su afán de Iglesia por sí, más y mejor que nadie, que según cuenta Vladimir Feltzman [Sacerdote numerario, hoy fuera de la Obra; ahora asesor y colaborador del Cardenal Hume en Londres. Que trabajó especialmente cerca de Escrivá y fue durante algunos años uno de sus predilectos] llegó a proyectar en un intento de pasarse a la Iglesia Ortodoxa (rectificando luego), es ya evidente en algo tan elemental como el "prólogo" del Catecismo de la Obra; un librito que, según nos decían, era el resumen de las Constituciones, estructurado en preguntas y respuestas para su mejor fijación y aprendizaje; del que se sucedieron varias ediciones en constante cambio y adaptación de su contenido a las conveniencias del momento; y que comenzaba así:

"En este libro tan pequeño está escrito el "por qué de tu vida de hijo de Dios". Léelo con cariño, ten hambre de conocerlo, apréndelo de memoria, y tendrás siempre, en tu cabeza y tu corazón, luces claras. Luego a orar a trabajar y a estar alegre. Con la alegría del que se sabe elegido por su Padre del cielo para hacer el Opus Dei en la tierra."

Todo él es significativo. Sin embargo hay una frase ante la que uno, yo al menos, se siente atónito. Se trata de que sus Constituciones (las supuestas constituciones), su doctrina (la de Escrivá) constituyen "el porqué" de la vida de hijos de Dios. No el evangelio, ni la doctrina revelada, sino el Catecismo de la Obra; que, por otra parte, en ninguno de sus puntos hace mención especial a ese evangelio o a esa otra doctrina. Concibiendo como razón fundamental para la alegría, ¿la alegría cristiana?, la de ser del Opus Dei.

Cuando en una de mis últimas conversaciones con una de las directoras de la institución, a punto ya de dejar la Obra, le pregunté, intentando aclararme en las cuestiones que debatíamos, que qué era antes la Iglesia o el Padre (Escrivá), ésta me contestó que el Padre, puesto que la doctrina de la Iglesia debíamos recibida pasada por el Padre.

¿Es esto un sentido realmente eclesial de las cosas? ¿Suficiencia? ¿Separatismo? ¿O tal vez una forma de "utilización" de la Iglesia? ¿Sectarismo?

Según documento de la Conferencia Episcopal Española, Comisión de Relaciones Interconfesionales, de 5-12-89, una vez aclarada la diferencia que ampara a los "hermanos separados" o de otras confesiones cristianas, y que les excluye de este concepto, el documento pasa a decir quienes son "SECTARIOS":

  1. Quienes se amparan en la falta de voluntad de diálogo.
  2. Quienes para conseguir un proselitismo a ultranza utilizan técnicas que comienzan con un diálogo positivo pero van adquiriendo gradualmente niveles de control mental dadas las exigencias que se imponen en la conducta.
  3. Quienes se empeñan en mantener en secreto su verdadera identidad.

Sectarios son, según concepto elemental del diccionario, quienes se sienten distintos, superiores, suficientes; y ponen en la veneración de su líder la razón suprema de toda acción o comportamiento, incluida la despersonalización de cualquier otro, confundiendo convicción y amor con fanatismo.

Los conceptos en sí, tanto unos como otros, y su semejanza con los comportamientos de la Obra, creo que se comentan por sí solos.

Sectarios fueron ya en tiempos de Jesús los fariseos. Celosos como los que más de la norma. Razón por la cual despreciaban o evitaban el trato con todo el que no pensaba o se comportaba como ellos. A éstos Jesús les llamó "hipócritas", "insensatos", "guías de ciegos" (Mt. 23,13).

Me parece suficiente como para que en nombre de Dios nadie se atreva a tergiversar o a tratar de impedir que a las cosas se les llame por su nombre.

Algo que se echa de menos con mucha frecuencia en los planteamientos de Escrivá.

"En palabras de este fundador de la Obra", por ejemplo, "los secretos" en la Obra no han existido jamás.

Los que hemos pertenecido a la Institución nos vemos, no obstante, obligados a diferir de Mons. Escrivá en razón de nuestras personales vivencias.

En la Obra el SECRETO es, lo dicen ellos, condición de "eficacia", de "humildad", art. 191 de sus Constituciones del 50 y el número 89.1 del actual Códex. En el número 89.2 del mismo Código de Derecho Particular, se sigue diciendo que a los Obispos se les comunicará el nombre de los sacerdotes y directores que trabajan en su diócesis (sólo en la suya) y "sólo cuando lo pidan". Dicen que por "humildad colectiva", para "hacer más eficaz su apostolado", a la vez que "evitan" en general el secreto y la clandestinidad.

"Evitan" a la vez que "necesitan". Sin obstáculo para que, en el caso de que algún día alguien se permita romper estos esquemas o lo que ellos consideran el prestigio de la Obra, si hace falta mentir se miente, si hace falta calumniar se calumnia. Y no estoy hablando de memoria [Ver " La otra cara del Opus Dei"].

Para los que hablamos como consecuencia de una experiencia personal vivida, el secreto en la Obra es condición exigida o práctica habitual, que se utiliza y se vive como lo más natural. Y no sólo hacia afuera sino incluso hacia dentro. Los propios de la Obra saben muy poco de quienes son otros miembros de la misma. No pueden conocer direcciones de quienes antes han vivido juntos para seguir relacionándose con ellos. De los que se salen ni se enteran, no deben enterarse. Las familias no tienen que saber. A los amigos no se les puede contar; es más, sólo se pueden tener aquellos amigos que vayan a reportar algún beneficio para la Obra (otra clase de trato con alguien es perder el tiempo).

Sus propiedades, sus negocios, sus empresas, sus sociedades son igualmente secretas: anónimas, referidas a terceros, como si los propietarios fuesen otros cuando realmente sólo lo son "ellos", la Obra. Esa Obra que no tiene nada teniendo tanto. ¿Qué es todo ello sino una forma más de secreto, de tapujos, de ocultación?

La Obra es como un puzzle en el que cada uno conoce únicamente su pedacito; el puzzle entero está reservado a muy pocos. En las casas de la Obra que no estén específicamente dedicadas a labores externas nadie puede pasar de la sala de visitas. Sus canciones, sus oraciones, su saludo específico, nada de esto deben saberlo ni oírlo nadie que no pertenezca a la institución. En las guías de teléfono las casas de la Obra no aparecen como tales. Si se llama a alguna de sus casas preguntando por alguien interrogan exhaustivamente sobre quién llama y para qué, a la vez que se resisten igual de exhaustivamente a dar ningún dato o seña a quien pregunta por alguien que ya no vive en esa casa.

En la Obra son secretos los "centros de estudio" (equivalente a lo que en otras instituciones serían los noviciados) a los cuales llaman Colegios Mayores, como si estuviesen abiertos a toda clase de estudiantes pero en los que sólo pueden vivir los que ya son numerarios y están recibiendo formación especial como tales. Algo semejante pasa con los cursos anuales, de verano, o cursos internacionales que también les llaman ellos, para los que incluso se edita publicidad, pero que no son (en su mayoría) sino para socios de la Obra; las posibles solicitudes de personas ajenas se deniegan alegando que están completos; sólo algunos de estos cursos, establecidos previamente, son organizados para captación de los más preparados, que todavía no pertenecen a la Obra, como una más de las actividades apostólicas. Todo ello perfectamente razonable, si no fuera por el afán de ocultar, tergiversar, etc.

Secretos son en la Obra sus documentos: escritos en papel sin membrete, sin sello, sin firma, a base de siglas. Documentos de gobierno, directrices, informes de conciencia..., de todo y para todo, que hoy se crean y mañana se destruyen. Preparados para que cualquier posible filtración sea siempre inconstatable.

Documentos, "montaje de documentos", que van a servir para hacer constar lo que convenga. A la vez que serán destruidos y se evitará cuidadosamente cualquier otra constancia de los que no convengan. Todo ello facilitado por la Imprenta que tienen en la casa de Roma, en la que "editan", "reeditan", "componen", o "recomponen" todos los documentos que la Obra considera internos sin que nadie pueda comprobar ninguna clase de cambio o corrección.

Muy a pesar de todo lo que ellos alardean de la falta de secreto acerca de los nombres de sus directores, porque "todos -dicen- están publicados en los Anuarios Eclesiásticos", muy a pesar de todo eso, el Anuario Pontificio de 1986, por ejemplo (pág. 1029), bajo el título de Prelatura Personal (y después de remitir a su nota explicativa de este concepto, pág. 1562) no detalla otra cosa del Opus Dei que su nombre completo, fecha de su erección como tal Prelatura, dirección de la Casa Central de Roma, número de teléfono de ésta, y como miembros de la misma las cifras de: 1.217 sacerdotes, 56 nuevos sacerdotes y 352 seminaristas mayores. Que tienen como Prelado a Álvaro del Portillo, y como Vicario General a Javier Echeverría. En el Anuario Pontificio de 1989 el contenido viene a ser semejante, en este año añaden únicamente a 74.401 laicos. (Fotocopia adjunta de ambas publicaciones.) Y"nada más".

Una clara expresión, una más importante, de hasta qué punto se vive el secreto en el Opus Dei puede ser el hecho de que en catorce años que pertenecí a la Institución no conocí sus constituciones, muy a pesar también de que fui directora la mayor parte de ellos, e incluso inscrita.

A pesar de la insistencia con la que mantienen -en sus afanes de secreto- que no tienen votos, los que hemos pertenecido a la Obra sabemos y podemos asegurar que, mientras se ha estado manteniendo esto, estábamos haciendo votos y teníamos votos como los siguen teniendo ahora. Aunque ahora le llamen "promesas".

En la Obra, y es otra nota muy singular, no cabe "preguntar", no cabe que alguien quiera saber más sobre ninguna clase de tema de lo que los directores (siempre sujetos al control y coordinación de las directrices internas) quieran decides; cualquier otro tipo de necesidad es de mal espíritu.

El "secreto" en la Obra parte de sus más elementales planteamientos fundacionales -¿eclesiales?-, aunque sea otra cosa lo que diga o haya dicho Mons. Escrivá, como lo evidencian los documentos aportados por Giancarlo Rocca, hombre de gran prestigio, sacerdote, director de la importante realización del Diccionario de los Institutos de Perfección, autor del libro "L 'Opus Dei. Apunti e documenti per una storia", publicado en Italia en 1985, con licencia eclesiástica.

Dice este autor que estaba la Obra dando aún sus primeros pasos, cuando ya se establece en decreto especial del Obispo de Madrid-Alcalá, Eijo Garay, que sus "reglamentos, régimen, orden, costumbres, espíritu y ceremonial, se custodiarían en el archivo secreto del Obispado". (G. Rocca, documento 3. II).

Con fecha 27-7-47, Álvaro del Portillo, entonces Procurador General de la Obra, se dirigía a la Sagrada Congregación de Religiosos para decides que puesto que hay Institutos que según sus propias constituciones o según su propio carácter deben quedar "secretos" sus socios, sus casas, sus obras, que si este secreto alcanza también a los Ordinarios diocesanos (Obispos) y superiores eclesiásticos que sepan algo por su oficio cuando hablan con personas "que no tienen derecho a saber de estas cosas". (L'Opus Dei, G. Rocca, doc. 34.) j

El 1-8-49 vuelven a insistir en el tema, por el mismo procedimiento, para ver si es necesario o conveniente mostrar a los ordinarios de los lugares las constituciones íntegras de la Obra cuando se va a abrir un nuevo Centro en su diócesis o al iniciar alguna labor apostólica (ibd. doc. 36). Por si pudiera ser que no.

Con fecha 8-8-49, otra vez en carta dirigida a la misma Congregación Vaticana, preguntan: 1) Si es necesario el consentimiento del ordinario del lugar para que un grupo de adscritos puedan vivir por su cuenta como laicos y seglares su propia vida en una diócesis. 2) Si no es necesario, si pueden esos miembros del Instituto vivir una vida no canónica sino de convivencia civil en lo material. 3) Si en cuanto al apostolado del Instituto pueden ejercerlo no en forma corporativa sino individualmente y de forma personal sin dicho permiso. (ibid. doc. 37).

Creo que los textos son suficientemente elocuentes por sí solos: posturas claramente empeñadas desde sus orígenes en el secreto.

Diferir o criticar estos planteamientos es caer en el anatema de la Obra. Dicen, opinan, creen, que todos los que solicitan aclaración o difieren de sus posturas es porque son "personas imposibilitadas para ejercer un punto de vista equilibrado". "Son -siguen diciendo- quienes en su propia vida prescinden de un orden moral objetivo". "Quienes no creen en Dios" o "son detractores acérrimos de la Iglesia". En palabras de su fundador: "sectarios enemigos de la libertad que no pueden soportar ni la simple idea de la religión" 1 [Textual de sus notas de prensa. Generalizadas sobre toda opinión distinta a la de ellos sin el menor análisis previo de razones o personas].

Dicen los miembros de la Obra, suelen decir, que no quieren entrar en polémicas. Pero, sí en descalificaciones.

Para ellos no hay nadie capacitado o apto para opinar de la Obra que no sean los que sienten un fervor fanático, siempre a favor.

De la Obra como de todo hay opiniones ponderadas que en absoluto conllevan ningún afán de polémica, porque no son sino el ejercicio lógico de una elemental responsabilidad, de quienes, como dice el Código de Derecho Canónico en su c. 218, se dedican a las ciencias sagradas, "gozan de una justa libertad para investigar y para manifestar prudentemente su opinión" como pueden ser los casos de Rocca, Cardenal Hume y otros más.

Cuando Giancarlo Rocca publica el libro antes mencionado, sin que la personalidad y prestigio de éste, o la misma licencia eclesiástica de que gozaba, les dijera nada a los directores de la Obra, envían una circular a todos los Obispos del país por medio de su vicario en Italia, M. Lantini, y con fecha 17-5-86 en la que no niegan los documentos que Rocca utiliza, ni rebaten para nada el contenido de su libro, Dicen únicamente que "es un libro lleno de lagunas"; "que hace daño" o "distorsiona" la verdad de la Obra. ¿A qué verdad se refieren? ¿Acaso de lo que se trata no es precisamente de completar esa verdad que ellos dejan tan a medias...?

Dicen también, siguen diciendo en la misma circular, como argumento de gran peso, "que hay comentarios a favor" como los de V. Fagiolo, al parecer, y por la forma de aludir a ellos, suficientes como para invalidar cualquier otro que no lo sea; para acabar apostillando que además se trata "de una Obra bendecida por cinco Papas". Papas que son los mismos de quienes se nos decía que no entendían la Obra.

"No quieren entrar en polémicas" -siguen diciendo en la misma circular, con su muletilla de siempre - "para no dar lugar a informaciones que pudieran ser hostiles para la Iglesia". Una vez más la eterna cuestión, el afán de tergiversar o empeñarse en llamar hostilidad o polémica a la simple necesidad de coherencia. Y en esta línea, y siguiendo con el caso Rocca, prefieren acabar acusándole de desobediencia a la Sagrada Congregación de Religiosos para dar paso a sus peculiares teorías, a sus suficiencias, sin contar con la contradicción que la licencia eclesiástica de que goza el libro de Rocca evidencia para con semejante acusación.

En otra ocasión era el Cardenal Hume, de la Archidiócesis de Westminster, el que publicaba en 1982, las siguientes recomendaciones pastorales para su diócesis, decía:

  1. Que ninguna persona menor de 18 años debía hacer votos o compromisos de larga duración en relación con la Obra.
  2. Que todo joven que deseara ingresar en el Opus Dei debía tratar el tema con sus padres, y si existieran razones válidas para no tratar este tema con sus familias deberían discutirlo con el Obispo local o su delegado.
  3. Puntualizaba sobre el respeto a la libertad de la persona: para entrar o salir de la Asociación sin presiones, para escoger su director espiritual sea o no de la Obra.
  4. Y terminaba diciendo que para toda iniciativa o actividad de la Obra deberían indicar claramente quiénes eran sus directores o promotores.

Ésta vez era todo un Cardenal el que les salía al paso. La respuesta por parte de los de la Obra consistió en recibir -dijeron-el "memorándum" con la mejor disposición, para continuar alegando que las recomendaciones del Cardenal estaban en la línea de lo que ellos venían haciendo desde siempre en Gran Bretaña. Por aquel entonces y desde 1947 en que desarrollaba la Obra su labor en el país, estaban vigentes las Constituciones del año 50, que entre otras cosas y en su punto 36.2 b) consideraba aptos para ser numerarios, incluidos votos, a toda persona que hubiera cumplido los quince años; y así además se vivía. Amén de los conocidos prejuicios que normalmente se inculcan a todo candidato a la Obra respecto a la familia cuando ésta no comparte los planteamientos de la institución, o respecto al sacerdote que no sea de la Obra, con el que no deberán confesarse, etc.

Si todo en la Obra es tan espiritual, tan apostólico tan eclesial y tan de Dios, ¿a qué tanto miedo al "escándalo" por el reproche o el diálogo entre hermanos? ¿Qué clase de espíritu es ese del que sólo ellos entienden?

Para "zanjar" la investigación que el Gobierno italiano planteara en su día acerca de si la Obra era o no una sociedad secreta, "aclaraba" el Ministro del Interior de dicho país, encargado por Craxi de responder a la Cámara sobre este asunto, en un estilo muy propio de la Institución (o Prelatura), y entre las no pocas "explicaciones" (¿divagaciones?) contenidas en los 41 folios presentados sobre la cuestión, decía que "todos los miembros de la Obra están obligados a evitar el secreto y la clandestinidad en virtud del art. 89 de su Código de Derecho particular, siempre que sea "legítimamente" interrogado". Lo difícil en este caso, como en tantos otros de la citada organización, es interpretar, en su debida dimensión, matizaciones de tanta sutileza como las que usa la Obra. Este tipo de términos "entremetidos", o casi "sinónimos", suele ser para ellos el elemento mediante el cual, convierten una lógica muy particular, "la legitimidad" por ejemplo, en la "condición" para no decir cuando no les conviene.

En declaraciones de una inusual entrevista concedida por el actual Vicario de la Obra en España, en una revista semanal (11-8-86), decía dicho señor refiriéndose a que en la Obra no hay secretos sobre sus estatutos o constituciones, que "todos los miembros de la Obra conocen perfectamente las 'normas' por las que se rige la Prelatura". Para quienes hemos sido instruidos en las formas de bien decir (restricciones mentales, verdades a medias, etc.) que la Obra enseña a sus miembros para salvaguardar su prestigio y reserva, es significativo el cuidado que D. Tomás pone en cambiar la palabra "estatutos" (a la que hacía alusión la pregunta de la revista) por la de "normas", Lo cual no es sino mía evidencia al menos para los que sabemos algo de estos entresijos, de que lo único que los socios siguen conociendo de sus constituciones o estatutos son, como en mi época, una serie de "arreglos" o notas en las que se transmite lo que conviene, cuando conviene y según conviene; una serie de praxis (extraordinariamente encuadernadas y custodiadas) en las que se aplica o interpreta, al estilo interno de la institución, algunas de las materias de sus constituciones.

Siempre en la línea de ese "si-es-no-es" con que en la Obra se "evita" toda posibilidad de transparencia; de identificación diría yo con la forma de "sí" y de "no" que de parte de Dios se nos enseña (Mt. 5, 37).

A pesar, muy a pesar de que Mons, Gutiérrez, Vicario de la Obra en España, se plantee el tema diciendo que lo que "realmente molesta" a quienes tienen algo que objetar sobre la Obra sea "encontrar en medio de la calle a personas que mantienen limpiamente una postura coherente con la fe cristiana", A pesar de eso muchas de las personas que hablan o hablamos de la Obra (sin sometemos a su control, que es el único problema), bastantes al menos de los que lo hacemos, no sólo no nos sentimos molestos por ninguna limpieza ni coherencia cristiana, sino que somos "cristianos corrientes" de los que "en medio de la calle" buscamos contribuir a la limpieza y coherencia con la que el mensaje evangélico debe ser proclamado, cristianos que desde nuestro compromiso de fe sin necesidad de pertenecer a más institución que a la Iglesia misma, queremos colaborar para que entre todos logremos ser más consecuentes con el compromiso que supone hacer las cosas "en nombre de Dios".

La Obra no es, lo quieran ellos o no, ni la única ni la más importante iniciativa apostólica dentro de la Iglesia, por mucho que sea doctrina de su fundador. La Obra porque es una de tantas es, como todas, opinable y susceptible de error. Todas tienen sus grandezas y sus miserias, y de todas se habla y se opina, se alaban cosas y se objetan otras. Lo que sí es verdad es que ninguna manifiesta el "ardor defensivo" y la suficiencia o las contradicciones de la Obra.

Por ello, por todo ello, se impone que exista una respuesta adecuada sobre cuál es, cuál debe ser, la verdad auténtica, tanto espiritual como jurídica y eclesial, de esta realidad que se llama Obra de Dios.

Dirán algunos que la obra tiene sus publicaciones, que abundan en contar y decir... según ellos. Pero eso: "según ellos", según las tergiversaciones en las que hemos venido viendo que se manejan, éste es el tema. Que ellos, porque así lo ha enseñado siempre su fundador, no tienen el menor obstáculo en quitar y poner, idealizar, suprimir, ocultar o cambiar... todo aquello que pueda ser por el bien y prestigio de la institución. Tal vez en su fanatismo crean de tal manera en la conveniencia de "decir lo que dicen", aunque no sea, que "ni siquiera mienten"; pero no dicen la verdad. La magnifican, la tergiversan, la complican, la dejan a medias... y así no hay manera de llegar a conclusiones esclarecedoras.

A soluciones que supongan que en nombre de Dios "sólo" ofrezcamos al mundo el mensaje claro y sincero que ese mismo Dios se encargó de revelamos.

¿Acaso Dios está dividido? ¿Acaso podemos seguir consintiendo en suficiencias, reservas sectarismos o secretos, que son los que realmente dividen, desunen y perjudican, y encima en nombre de Dios?: "Yo soy de Apolo, yo de Pablo, yo de..." (I Cor. 1, 12).

Para que no haya escándalos, para que de verdad acabemos con polémicas, como la propia Obra dice, para que el mundo realmente "crea" como consecuencia de la unidad de la que habla S. Juan en el capítulo antes citado, camino, lo que se llama camino, no hay más que uno: "Yo soy" (Jn. 14, 6), son palabras de Jesús. Y no es ni Apolo ni Cefas, ni Pablo, ni ningún otro. No hay más camino que el camino de la Verdad, que es Cristo (Jn. 18, 37) con transparencia y sin necesidad de tapujos, secretos, o verdades a medias, porque nunca fue su estilo (Jn. 18, 20).

El apóstol Pedro -primer Papa- añade: "para que podáis dar debida razón de vuestra fe a todo el que os la pida" (I Pd. 3, 15).

Razón que en la Obra, en frase de su fundador, y como colofón a todo lo expuesto hasta aquí, no tiene por qué ser otra que le dé "porque me da la gana"; ésta es, decía Mons. Escrivá, la razón más sobrenatural que se puede dar y no hay ni tiene por qué haber más explicaciones. Porque me da la gana "voy", "vengo", "hago" o "dejo de hacer". "Soy de la Obra" porque me da la gana. Una "gana" que pudiera ser la consecuencia de una convicción, y porque algo convence se hace con toda la libertad que da la elección por uno mismo. Pero que convertida en un simple mecanismo de defensa, desprovista de razón, de explicaciones, pasa a convertir lo sobrenatural en irracional. Una razón que se convierte en "sin-razón" es a todas luces insuficiente para justificar tanto una vocación, como cualquier otro tipo de actitud que pretenda preciarse de sensata.

No dar la razón debida, por omisión, por tergiversación, por secretismo suficientista, o pretender confundir al interlocutor evitando con evasivas la total honestidad de la verdad de cada caso, sería, puede ser, una clase de testimonio que contradice y se opone al que como cristianos nos corresponde; una forma de "influir" en la sociedad, de "crear escuela", absolutamente ajena a los valores de lo que realmente debe ser el cristianismo.

Como muy bien dice el prestigioso arquitecto Miguel Fisac en una de sus últimas declaraciones sobre el tema, Escrivá no solo ha hecho una evangelización (si de evangelización puede hablarse, diría yo) desde arriba, sino más aún, para dejar tranquilos a los de arriba. "Y todavía más grave, desde el punto de vista cristiano -sigue diciendo el mismo señor- es el hecho de que "ha sustituido la fe por la piedad". Un banquero en el Opus puede pasarse el día haciendo cabronadas a la gente y luego cumple con sus rezos." Es la clase de santidad de la Obra, o la que enseñara Escrivá.

Fisac habla de los banqueros. Creo que el mismo criterio podría aplicarse a muchos más sectores; las anécdotas son de hecho abundantes, como abundantes podrían ser los colaboradores en aumentadas.

Hombres y mujeres, los de la Obra, capaces de casi todo; realmente audaces. Indudablemente concienciados o estimulados por consejos de su fundador, como puede ser, entre otros, el de: "vosotros hijos haced todo lo que hacen los demás, pero vosotros por amor de Dios". Un "todo que siempre me resultó de alguna manera alarmante; especialmente al comprobar los resultados. "Todo" un estilo, un complejo y difícil estilo de comportamientos.

Lo que pasa es que para las cosas de Dios no vale cualquier estilo, no puede valer. "¿En defensa de Dios decís falsías, y por su causa razones mentirosas? ¿Así luchaís a su favor? (...). ¿Su Majestad no os sobrecoge? Máximas de ceniza son vuestras sentencias" (lb. 13,7,11). "No sigaís trayendo oblaciones vanas (...). No tolero falsedad y solemnidad" (Is. 1,13).

¿De verdad creerán todos estos señores de la Obra, capaces de actuar y de opinar con tanta suficiencia, que solo ellos son buenos?, ¿qué solo ellos han conocido o pueden hablar de Escrivá?, ¿creerán de verdad que todos los demás somos tan despreciables?

¿Por qué no hay en la Obra cabida para un diálogo respetuoso y honesto? ¿Será acaso porque, como dice el refrán: se cree el ladrón que todos son...?

Es una cuestión difícil, compleja. Sangrante para muchos por el atropello que el poder de la Obra conlleva.

Pero esta es la cuestión. Esta es la doctrina de Escrivá, y estas son las consecuencias en sus seguidores.

¿Canonizable?

¿Eclesial?