Crecer para adentro/Zaqueo

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ZAQUEO (12-IV-1937)

J. M. Escrivá, fundador del Opus Dei


1) Nos quedamos el último día en el pozo de Sicar, considerando la misericordia de Jesús con los pecadores. Hoy vamos a confirmar en nosotros la esperanza a que nos había llevado su piedad.

Contemplamos ahora a Jesús rodeado de una muchedumbre ruidosa, hombres y mujeres de todas clases y edades, y niños, muchos niños, que se agolpan para verle. Entre ellos descubrimos a un hombre principal, rico, de alta categoría social, a quien el ansia de ver a Jesús parece haber quitado todo cuidado de su compostura y gravedad. Es de pequeña estatura y la multitud le impide completamente realizar su deseo. Pero es su afán tan grande que, despreciando el qué dirán, con una santa desvergüenza, se encarama como un pillete por un árbol, para presenciar desde allí el paso de Jesús (22).

No faltan ni las burlas de los chiquillos ni la carcajada en la boca de algunas personas mayores. Pero todo eso, ¿qué importa?¿Qué importa, cuando se trata del servicio de Cristo, la opinión de las gentes, los respetos humanos? Cuando una falsa vergüenza trate de cohibirnos, sea siempre ésta nuestra consideración: Jesús y yo, Jesús y yo; lo demás, ¿qué nos importa? Procuremos cultivar esta santa desvergüenza en los pequeños detalles, en las menudas circunstancias de cada día. No viviremos las ocasiones grandes y solemnes que se presenten de prestar un servicio a Dios, si antes no nos hemos ejercitado en las cosas pequeñas.

Hace varios días comentábamos que no puede aspirar a ganar un campeonato deportivo el que no tenga fortalecidos sus músculos por un entrenamiento continuo. Y, al repetir esto, parece que Dios nos dice: "Oye, hijo mío; cuídame las cosas pequeñas, séme fiel en esas citas". No son las circunstancias de ahora, las que dictan este modo de comportarse. Son las circunstancias de ayer y de siempre. Que cada uno se examine sobre este punto y descubra en qué puede vencerse; porque estos esfuerzos diarios, aunque vayan acompañados de caídas también diarias, han de ser recompensados abundantemente por el Señor.

Dame, Jesús mío, la santa desvergüenza. ¡Cuántas veces, cada día, se doblega mi voluntad con la contradicción, como se mueve la veleta con el viento! Concédeme, Dios mío, una entereza de acero, para que haga lo que deba hacer, aunque haya que romperse la cabeza, aunque sea preciso jugarse la vida. Porque el hombre que transige en cosas de ideal, de honra o de fe, no tiene ni ideal, ni honra, ni fe (23). Examinemos nuestras claudicaciones en puntos de ideal, pero sin ñoñeces, sin beaterías: como hombres maduros. Hemos de ser siempre recios. Bien entendido que la santa desvergüenza no es, sin embargo, la frescura, eso que ahora llaman caradura. No: con las formas sociales convenientes, con cortesía, con caridad, hemos de adquirir, por dentro, el temple del acero, con intransigencia y desvergüenza implacables, informadas siempre por la caridad de Cristo.


2) Zaqueo ha puesto los medios, con ese alzar los pies del suelo y buscar la mirada de Jesús, para acercarse a Él. Y nos preguntamos: ¿corresponderá Jesús? ¿Se entregará Cristo a quien se le entrega? Dios mío, ¡qué pregunta tan necia! ¿No señalaste Tú a todos: estote perfecti (24), sed perfectos, y con perfección semejante ala del Padre celestial? Este precepto de santidad, que obliga a todos, a todos, no sólo a los Doce primeros, ni a los frailes, curas y monjas, sino a todos, hombres y mujeres del mundo, padres de familia -¡padres de familia, conscientes de que traen al mundo, no simples pedazos de carne, sino también almas para Jesucristo!-, este precepto ¿no significa que Dios hará de su parte todo lo que no sea capaz de realizar el hombre?

Zaqueo ha puesto los medios, ha puesto por obra lo que buenamente ha podido; el resto queda a cargo del Señor. Siempre Dios complementa las acciones de los hombres: allí donde no llega el esfuerzo humano, habiendo buena voluntad por nuestra parte, llega la gracia de Dios. Haz, Señor mío, que yo dé siempre de mí todo lo que esté de mi parte, para que Tú me ayudes.

Y aquí, ¡cuánto tenemos de qué dolernos! ¿Se entregará Dios a mí, me sostendrá a mí, tan infiel, tan pecador? Sí, yo me duelo aquí de mis canalladas, de mis resistencias a la gracia; yo, con mi conducta, he retrasado la labor de la Obra (25). También Zaqueo era un pecador y, sin embargo, al pasar junto al árbol donde se había encaramado, Jesús levanta sus ojos y le mira, con esa mirada que tantas veces hemos considerado; y le habla: baja deprisa, que hoy tengo que hospedarme en tu casa (26).

Quizá hay en la actitud de Zaqueo más curiosidad que amor. Ha oído hablar de Jesús, lo ha entrevisto entre las gentes, siente deseos de conocerle..., pero aún no le ama, porque el amor sólo se engendra con el trato. Y aquí, una digresión: un Obispo muy santo, amigo mío, en una de sus incesantes visitas a las catequesis de su diócesis, preguntaba a los niños porqué, para querer a Jesucristo, hay que recibirlo a menudo en la Comunión. Nadie acertaba a responder. Al fin, un gitanillo tiznado y lleno de mugre, contestó:"¡Porque para quererlo, hay que rozarlo!" (27).Nosotros lo rozamos cada día en nuestros tiempos de meditación, que son un verdadero contacto con Nuestro Señor y, de modo aún más íntimo, también cada día, en la Sagrada Eucaristía. Pero tened en cuenta que hay quien se llena la boca, diciendo de una persona: "es de Comunión diaria". ¿Y qué? ¡Hay, por desgracia, personas que comulgan frecuentemente y no luchan contra sus muchos defectos! La Sagrada Comunión es un medio principalísimo para alcanzar la santificación. Debemos esforzarnos en ser santos y fieles; pero eso se consigue solamente con el amor, nacido del contacto con Jesús, no sólo en la Eucaristía, sino también en la oración: en el Pan y en la Palabra.


3) Zaqueo -insisto- ha puesto los medios para conocera Jesús y va a obtener su recompensa. Es necesario, para sentir en nosotros el chispazo de la mirada de Jesucristo, que vayamos a entregarnos a Él usando rectamente, santamente, las cosas de este mundo. Es la invitación incesante de Jesucristo a sus Apóstoles: duc in altum! (28). Sí, hay que ir más allá, a la mar libre, donde quizá exista mayor peligro de tempestades, pero donde la pesca es abundante. La recompensa está ahí: en la mirada, en la llamada de Jesús. ¡Qué seguridad, qué esperanza tan inmensa para nosotros, si nos comportamos de esta manera!

Nosotros reconocemos nuestra miseria y nuestra indignidad, pero estamos ciertos de nuestra vocación cristiana en la Obra. Pidamos que esto sea una tranquilidad para todos y un propósito para algunos, cuando se vean tentados contra la vocación. "No soy digno, no podré, soy un pecador...": ésas son las objeciones que sugiere el enemigo. Pero ¿acaso era digno Zaqueo? ¿No era, también él, un pecador? ¡Qué esperanza, qué esperanza tan grande! Cuando una humillación o una preterición aparente os hagan dudar, esperad en Jesús, estad seguros de su llamamiento. Esta certeza os ha de servir también para cuando sintáis los aguijonazos de la carne. Hay que decir: ¡no! Estemos firmes, por tanto: si no le dejamos, Él no nos dejará jamás.

¿Cómo ha de ser nuestra entrega a Jesús, para que Él se nos entregue? Ya Zaqueo ha bajado del árbol y corre a su casa, obedeciendo ala llamada del Señor, a fin de disponerle hospedaje. ¡Hospedar a Jesús! ¡Con qué alegría, con qué amor y respeto le llevaría por las estancias de su casa, alhajadas con los mejores tapices, perfumadas de aromas nuevos, mostrándole todo aquello que él ofrecía ya al Señor! ¡Cómo habría elegido lo más selecto dela sociedad para acompañar a Jesús en el banquete! Su ansia de servirle se traduce en estas palabras: Señor, desde hoy daré la mitad de mis bienes a los pobres (29). Sí, desde hoy la mitad de mis cosas lícitas las dejaré por ti. Desde hoy te introduzco en mi vida y Tú me haces tu colaborador, porque a esta donación me mueve tu amor.

Éste es el secreto para divinizar una vida, para convertirla en fecunda y valiosa y gloriosa: llenarla de amor, purificar todas las intenciones, encaminándolas a la gloria y satisfacción de Dios. ¿Qué importa que las acciones sean vulgares, y aun que las acompañe el fracaso, si es el Amor quien las ha inspirado?

Dejar las cosas ilícitas y las lícitas; buscar cada día los detalles conque significarle a Jesús, en renuncias continuas, nuestro anhelo de agradarle: ése es el camino. Y como recompensa, la entrega de Jesús; eso que no puede explicarse con palabras: el Amor ardiente de Cristo. Sí, no hay más amor que el Amor (30), Y hacia ese fin se va sólo poniendo los medios, entregándose a Dios.

El coloquio con Nuestra Señora, en un Avemaría.


(22).Cfr. Lc 19,1-4.

(23).Cfr. Camino, n. 394.

(24).Mt 5,48.

(25).El Beato Josemaría se expresaba así movido por su profunda y heroica humildad.

(26).Lc 19,5.

(27).El Obispo era don Manuel González, que había ocupado la sede de Málaga.

(28).Lc 5, 4.

(29).Lc 19, 8.

(30).Cfr. Camino, n. 417.