Crecer para adentro/Unión y obediencia

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UNIÓN Y OBEDIENCIA (*) (29-VI-1937)

J. M. Escrivá, fundador del Opus Dei

(*) Meditación dirigida por el Beato Josemaría de10.45 a 11.45 de la noche del 29 al 30 de junio, fiesta de San Pedro y San Pablo.


1) Nuestra meditación tendrá tres puntos: dos sacados del Evangelio y un tercero que deduciremos nosotros.

En estos once meses, casi un año, de revolución; en estos tres meses de encierro en esta casa, hemos tenido que aprender mucho. No es posible que, todo lo que nos ha sucedido, no haya traído una lección provechosa para nuestra alma. Si no hemos obtenido fruto de este año de agitación, es que no tenemos sentido sobrenatural. Todas nuestras miserias, las de los demás, tan comprobadas, tan especialmente experimentadas en este tiempo, han de dejar en nuestro ánimo fruto de mejora y de santificación.

El estiércol, rodeando a los árboles, hace que sus frutos sean más jugosos, más llenos de sabor; da una nueva vitalidad a las plantas que nacen en la tierra. El estercolero se transforma en vigor, en lozanía, en vida intensa y fecunda. Todos los sufrimientos que la flaqueza de los demás me han producido, mis propias caídas, toda esta ruindad propia y ajena, que tanto se ha padecido en estos meses pasados, ¿no ha de ser el estercolero que haga germinar y florecer en la tierra de mi alma frutos de santificación y de apostolado? Si no ocurre así, es que no me muevo sobrenaturalmente, es que permanezco separado, desgajado de mi Dios. Y entonces...

Pero esta exclamación salida, no sólo de mi corazón, sino también de mi cabeza, aunque no nos ha alejado del tema, ha retrasado durante unos momentos la consideración de aquellas palabras del Evangelio que yo deseaba hoy comentar. ¡Cuántas veces las hemos repetido y rumiado: Ego sum vitis vera, et vos palmites (154)! Cristo es la verdadera Vid y nosotros sus sarmientos. Así es que yo soy una de estas dos cosas: o sarmiento arrancado, convertido en palitroque feo e inútil, propio solamente para apalear a las bestias o para ser pisoteado por los animales y, finalmente, arrojado al fuego y reducido a cenizas; o bien, sarmiento unido ala cepa, con vida intensa y fecunda dentro de mí, y quizá con carga espléndida de racimos.

Pero compruebo también con horror que, habiendo sido sarmiento fructífero, puedo haberme desgajado. Acaso durante algún tiempo he ostentado en mí el adorno de frutos abundantes y sabrosos; y ahora, por haberme separado de la vid, no soy sólo un palo seco y retorcido, bueno para el fuego, sino cubierto además por gusanos que, naciendo de los racimos podridos, tornan más honda mi corrupción. ¡Ay de la corrupción de los que fueron buenos! Corruptiooptimi pessima, la corrupción de los muy buenos es muy mala.

Dios mío, ¿me habré yo desgajado de Ti? Pero esto no es posible, Señor; yo no quiero abandonarte y yo sé que Tú no me abandonas. Aún recuerdo la voz que, en días de borrachera de gracia, decía: Intermedium montium pertransibunt aquae! (155), que es como señalar: las aguas de mi Obra sobrepasarán los montes. No, no puedo creer que se ha roto mi unión contigo; no, tu Sangre eucarística se derrama todos los días en mis venas, vibra en todo mi ser el latido del corazón de Cristo y la savia que de Ti, Vid verdadera, me llega en la oración, no ha cesado de sostenerme porque me he ocupado -aunque fuera con esfuerzo- de acudir a esos medios sobrenaturales. Pues si soy sarmiento pegado a la Vid, que participa de su Sangre y de su savia, ¿a qué vienen estas intranquilidades, estas impaciencias, estos escozores que la conducta mía y la de los demás me producen? ¿Por qué me quejo de este aplanamiento que me impulsa a pasar el día como en el limbo? (156).

¿No soporta el sarmiento su invierno, en el que toda vida se amortigua y parece cesar? Muchos meses pasa convertido en palo desnudo; mas apenas comience el verano, surgirán la yemas que se cuajarán, cuando octubre venga, en el oro negro y rojo de los racimos. Que ahora parezco dormir... ¿y qué? Hasta de estar en Babia sacaré provecho, si continúo unido a mi Vid. Ya llegará el verano y la savia henchirá mis venas y bullirá impetuosa, para brotar por los poros en frutos recios y sabrosos.

¿Por qué me lamento también de todo lo que me rodea y me sucede, de las personas que están conmigo, de su trato, de sus flaquezas, delas mías...? ¿No ocurre todo así para bien mío? Vamos a preguntarnos: ¿qué hace el buen labrador con su viña? ¿No la vigila cuidadosamente para podarla en el tiempo oportuno? Pues si yo estoy unido a la Vid, he de alegrarme de estas humillaciones, de estas contradicciones, de esta poda -porque ésta es la poda que el Maestro realiza en mi alma, donde hay tanto, tanto, que cortar-, que es el medio para que yo dé frutos más seguros y jugosos. ¿Desde cuándo se queja la cepa -como dicen los labradores- al ser podada por su dueño? ¿Desde cuándo el pincel se lamenta y pide razones de su proceder a la mano que lo maneja? ¿Qué somos nosotros más que instrumento -muy vil, muy indigno- en la mano del Señor, para la ejecución de su Obra?


2) Hoy es día de San Pedro. Cristo -lo narra el Evangelio de la Misa- confiere a Simón la primacía entre los Apóstoles. ¿Quién decís que soy Yo?, pregunta el Señor a los suyos. Y prorrumpe el que había de ser cabeza de la Iglesia: ¡Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo! -Dichoso eres, Simón BarIona -responde Jesús-, porque no te ha revelado eso la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en los cielos. Y Yo te digo que tú eres Pedro y que sobre esta piedra edificaré mi Iglesia (157).

Tu es Petrus, et super hancpetram aedificabo Ecclesiam eam, et portae inferi non praevalebunt adversuseam. Pedro será la Cabeza visible de la Iglesia, el Príncipe de los Apóstoles, el Vicecristo. Todos los demás le quedan sometidos. Con sus flaquezas -que también las tenían aquellos hombres-, con sus impulsos de rebeldía, con sus impertinencias, los súbditos obedecen. En el Concilio de Jerusalén, se hablará, se discutirá, pero al final se alzará la figura de Pedro, como Cabeza de los Apóstoles, para dogmatizar con aquella misma majestad con que lo hará Pío IX durante el Concilio Vaticano, pasados los siglos: visum est Spiritui Sancto et nobis (158)..., nos ha parecido al Espíritu Santo y a nosotros... Y todos bajan su cabeza ante la afirmación, ante el mandato que no es ya de hombre sino del mismo Dios.

¿Qué ejemplo nos ofrecen, en cuanto a sumisión a la autoridad, los primeros cristianos, nuestros modelos de siempre? Abundan entre ellos infidelidades, traiciones, apostasías, pero rebeliones contra Pedro, desobediencias a la Cabeza, no nos narra ninguna la Escritura. Un balbuceo de rebeldía, nacido del amor al apostólico varón que los había atraído a Cristo, es cortado de raíz, al nacer, por Pablo: "bautiza Pedro, bautiza Pablo, bautiza Apolo...; ¡uno es el que bautiza: Cristo!" (159). (No recuerdo bien el texto, -¡hace tanto que no puedo leer la Santa Escritura!) (160). Los fieles permanecen unidos a Dios por la sujeción a los que mandan; conservan su paz, en la perfecta sumisión a la voluntad de los que ocupan cargos de dirección. ¿Y nosotros?

Nos ha elegido Dios para su Obra, nos ha escogido como instrumentos suyos, sin reunir por nuestra parte ninguna de las condiciones que convenían al fin que perseguimos: sin trato exterior, sin simpatía, sin talento, sin prestigio social ni profesional, sin ninguna virtud notable, sin posición económica. Y, aun así, cuando se nos pide una pequeñez, cuando se nos ordena cualquier cosa, torcemos el gesto y vamos como a remolque a cumplirla. Y, sin embargo, sólo obedeciendo, sólo con una docilidad absoluta podremos ser útiles en algo.

Lo decíamos en el último intento de retiro que hicimos, intento que no puede ser completamente infructuoso: aislado, rota la conexión con la vida del organismo, no se consigue nada, por muchas dotes que se posean; unido por amor, sometido con fidelidad, se alcanza todo, aunque se carezca de cualidades.

Estar unidos a la autoridad, sometidos a quien gobierna: éste es el camino. Los que dirigen han de llevar el timón; el remo corresponde a los que obedecen: éstos trabajan de otra manera, realizando con esfuerzo sus encargos; no tienen que preocuparse de otra cosa. Haciendo eso y eso sólo, coadyuvan a la perfecta marcha de la nave. Al que maneja el timón corresponde encaminar los esfuerzos de los demás. Pero abandonar los remos, para coger todos el timón, sería la catástrofe.

Ésta es doctrina para hoy, para dentro de un año, para dentro de veinte años, para siempre. Sus frutos deben notarse inmediatamente entre nosotros. Yo pido a mi Madre Santísima que conceda a mis hijos una docilidad perfecta, hasta en los detalles. Me dirijo a los Santos Ángeles Custodios, nuestros compañeros, a quienes busco tratar cada día con más intimidad, y les suplico que a todos mis hijos, en las circunstancias en que estén, por extraordinarias que puedan ser -en la trinchera, en la cárcel, dondequiera que se hallen- les infiltren firmísimamente este espíritu. Ruego al Espíritu Santo, Luz nuestra, Maestro, que nos ayude a conocer y a vivir con toda fidelidad esta doctrina.


3) Afrontemos el tercer punto. La Obra posee cabeza, aunque indigna. Esta cabeza no debe -nunca lo hará a sabiendas- caer en la dejación de sus deberes ni de sus derechos. Falsas humildades, no; ¡líbrenos Dios de ese mal! Ha llegado el momento de ejercer la autoridad con todo imperio. Después de considerarlo mucho, comprendo que Dios quiere eso. Es la hora de usar la virga ferrea (161). Las órdenes serán ya rotundas: la realidad lo pide clarísimamente (162).

Vamos a suplicar al Señor que, quienes ejerzan autoridad en la Obra de Dios, sepan vivir la virtud cardinal de la fortaleza; y que, quienes hayan de obedecer, sepan responder con fidelidad y prontitud.

Todos, ahora, forjamos nuestros propósitos de rectificación después de un cuarto de hora de examen detenido.


(154). Cfr. Jn 15, 1 y 5.

(155). Sal 103, 10. El Beato Josemaría había oído estas palabras de la Sagrada Escritura dentro de su alma, sin ruido, el 12 de diciembre de 1931, cuando el Opus Dei estaba muy en los comienzos.

(156). En las palabras de esta oración, parece traslucirse el sufrimiento interior del Beato Josemaría por aquellos días: una verdadera noche del espíritu, una prueba espiritual muy dolorosa para el alma, que Dios en ocasiones hace pasar a los santos para purificarlos y asociarlos más íntimamente a la obra de la Redención.

(157). Mt 16, 15-18.

(158). Hech 15, 28.

(159). Cfr. 1 Cor 1, 10-12.

(160). Durante su estancia en el Consulado de Honduras, el Beato Josemaría no tenía a mano un ejemplar de la Sagrada Escritura. El único libro de que disponía era un misal de fieles. Por eso, en estas pláticas, muchas veces cita de memoria el texto sagrado.

(161). Sal 2, 9.

(162). No significa que se hubiese relajado la exigencia espiritual en quienes estaban junto al Beato Josemaría por aquellas fechas. Pero las circunstancias eran tales -entre las demás personas que vivían en el Consulado se había creado un ambiente de abandono y ligereza, de dimes y diretes-, que el Fundador ve oportuno hacer esta fuerte llamada a la disciplina, pensando en el bien espiritual de las almas de sus hijos y en la Obra entera.