Crecer para adentro/Orar sin interrupción

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ORAR SIN INTERRUPCIÓN (24-VI-1937)

J. M. Escrivá, fundador del Opus Dei


El mejor libro de meditación es el Evangelio,el Nuevo Testamento en su totalidad. Abrámoslo ahora y contemplemos, en los Hechos de los Apóstoles, el modo de vivir de los primeros cristianos.

La Iglesia sufría entonces terrible persecución, como en este país la padece en nuestros días. Su Cabeza visible, Pedro, acababa de ser detenido. Tres piquetes de soldados le custodiaban en prisión, cargado con dos cadenas. La guardia lo vigilaba incesantemente, y hasta en su sueño estaba custodiado por dos soldados.

¿Qué podían hacer los primeros cristianos para defender a su primer Papa? La mayor parte de ellos eran gente sin influencia alguna; y los que la tenían, no podían usarla. Pero San Lucas no deja de consignarnos la conducta de aquellos primeros hermanos nuestros. Dice: oratio autem fiebat sine intermissione (120). Oraban sin cesar. Toda la Iglesia, en pie, con los brazos en alto -en actitud de oración-, clamaba a su Dios. ¿Cuáles fueron los resultados de esta conducta? Por la noche, en la prisión de Pedro, un ángel se aparece en su celda, le despierta y le avisa: surge, velociter (121); levántate deprisa, vístete y cálzate. Las cadenas se quebrantan, se franquean las puertas de la prisión, y el Príncipe de los Apóstoles sale de su encierro.

Este hecho, que constituye como el entramado de nuestra meditación, nos muestra bien a las claras, de una parte, el modo de obrar de las almas cristianas, amantes de Dios; de otra, cómo responde el Señor a los que se le dan y esperan en Él.

Llenos de fe y de paz, en su necesidad,aquellos primeros cristianos rezaban. Y nosotros, ¿tenemos la seguridad de haber orado en los trances difíciles con aquella intensidad, con aquella perseverancia que requería el caso? ¿No habremos flaqueado? Ahora, cuando tantos peligros nos cercan, cuando nos vemos asediados por tantas dificultades, ¿estamos todo el día pendientes de Dios, pidiéndole lo más conveniente para su gloria? ¿Le repetimos, en el fondo de nuestro corazón, al ver la prolongación de esta prisión voluntaria: Señor, lo que Tú quieras, yo lo quiero? Quedarnos aquí, marchar..., ¿qué más da? Somos tus hijos, que no desean sino cumplir tu Voluntad; aquí estamos, Dios mío, dispuestos a obedecerte. Y, simultáneamente, te suplicamos lo que juzgamos mejor para dirigir a Ti toda la gloria y para el bien de nuestros hermanos. Orando sin cesar, ¿qué puertas no se nos abrirían, qué obstáculos no cederían?

¡Orar! Estos serían los modos de Jesucristo. Tradición viva, que no ha de perderse en la Obra. No sólo la primera guardia, la de la puerta de esta casa, sino la segunda, la de las fronteras, se nos abrirá de par en par si insistimos en la oración, como los primeros cristianos. Recemos con humildad, con fe, con perseverancia. No olvidemos además el papel del Ángel Custodio para que Dios atienda favorablemente nuestras súplicas. ¿Qué trato, qué amistad mantenemos con nuestro Custodio? ¿Hemos procurado encomendar a las personas que se alojan en esta casa, rezando a los Custodios que les acompañan? Es éste un deber de caridad inexcusable. Solicitamos a nuestro Ángel, al que por bondad de Dios es nuestro compañero, que nos libre de las pequeñas ataduras que aún nos ligan al mundo y a la carne: esas pequeñeces del amor propio, de la soberbia, del desorden, de la pereza... Roguémosle que nos vuelva más diligentes en el cumplimiento de nuestros deberes actuales, más atentos a obedecer, más esforzados en la lucha contra nuestros defectos. Y, sobre todo, supliquémosle que nos ayude a abandonar toda complacencia y toda confianza en las cosas mundanas, que nos volvamos a Cristo y nos abandonemos perfectamente en sus manos, encontrando nuestra paz en el exacto cumplimiento de su Voluntad.

Saquemos de esta oración el propósito de renovar la confianza con nuestro Custodio y con los de las personas con quienes hayamos de sostener algún trato.


(120). Hech 12, 5.

(121). Hech 12, 7.