Crecer para adentro/Non est abbreviata manus Domini

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NON EST ABBREVIATA MANUS DOMINI (26-VII-1937)

J. M. Escrivá, fundador del Opus Dei


1) Fue hace veinte siglos cuando la mirada de Jesús encendió en amor a Juan, cuando cambió la voluntad enérgica de Pedro y cuando, con su persuasión irresistible, movió a Leví a abandonar el dinero... Pero aquellos hombres, ¡qué pobre cosa eran! Hasta que el Espíritu Santo no desciende sobre ellos y los cubre y los enardece, no acaban de decidirse a amar de verdad; y eso, a pesar de haber estado en contacto con Cristo, de haber presenciado sus milagros, de haber expulsado ellos mismos -con sus propias palabras los demonios, de haber curado enfermos.

Yo los veo, la víspera de su separación, antes de dispersarse por el mundo, besando la mano de mi Madre la Virgen. ¡Pobres Apóstoles! Hombres sin formación, sabedores de su martirio y de su muerte violenta, aceptan sin embargo el papel de colaboradores de Cristo, en la salvación del mundo, y parten a derrocar el paganismo y a llenar la tierra de sangre cristiana. Muy pronto ha de acompañarles, en la predicación y en el suplicio glorioso con que sellan la fe predicada, Saulo, el antiguo perseguidor, el que daba coces contra el aguijón (226). Allá van todos, con su pureza, a limpiar la charca sucia y verdosa del mundo pagano; a combatir -con las pequeñas virtudes que practican: el pudor, la modestia, el recato- la tendencia al placer de aquella sociedad y el cultivo excesivo de los deportes y de la gimnasia, tendencia nacida de su adoración del cuerpo, de la fisiología. Se han adentrado hasta el mismo corazón del mundo antiguo: están en Roma. ¿Qué podrán realizar ellos allí? La respuesta nos la muestra la historia: el trono de los emperadores se derrumba y hoy, después de dos mil años, Pedro sigue siendo Obispo de Roma en la persona de Pío XI.

¿Cómo logran esto? La sociedad romana comienza a contemplar asombrada que hombres jóvenes, con fortaleza de cuerpo y de alma, se convierten en apóstoles de la fe nueva; no se han segregado del mundo y nada les distingue de los demás; si acaso, esa luz vibrante que arde dentro de su pecho. Contempla también a las vírgenes, pertenecientes a familias patricias de la Roma imperial y a la plebe, que coronan su inocencia con la penitencia. Y empieza a percibir los efectos de un apostolado perseverante, sin intermitencias, rebosante de generosidad y sacrificio; a través de la bulla de las fiestas, en los anfiteatros y en medio de los banquetes monstruosos, la voz de Cristo suena cada vez más fuertemente.

En las arterias y venas de la propia ciudad, en los cementerios y columbarios, corre ya una nueva sangre. De entre los que se reúnen en banquetes placenteros -mesas que agrupan en torno suyo al israelita y al gentil, al poderoso y al esclavo y al liberto- sale, por una labor discreta, perseverante, eficaz, el mundo nuevo del Cristianismo. ¡Encantador y oculto apostolado de los primeros! Se justifica la afirmación, llena de orgullo legítimo de Tertuliano: somos de ayer y lo llenamos todo. Nos hemos introducido en todas partes: en las ciudades, en el palacio del emperador y en los campamentos militares, en el foro, en los centros de estudio... Sola vobis relinquimus templa. Solamente os hemos dejado los templos (227). Y así, sin explicarse cómo, este mundo pagano -penetrado y vencido por el Cristianismo- se derrumba para siempre.


2) Siglo XIII. El Señor se complace en las oraciones, en los sacrificios, en los cantos de los ascetas, reunidos en lauras y monasterios. Pero, en el mundo exterior, desde hace mucho tiempo, han degenerado aquellas virtudes que distinguieron a los primeros cristianos. ¡Qué corrupción por todas partes! Se ha apagado el fervor primitivo. Para remediarlo, suscita Dios las Órdenes mendicantes y aparecen aquellos frailicos de humilde hábito que, con las palabras de sus labios santos, con sus costumbres puras, hacen revivir al mundo corrompido. Aparece Domingo con sus huestes, que en breve se dilatan por todas partes, y Francisco, y el mundo se salva de nuevo.

Llegamos al siglo XVI. ¡Qué vaho de descomposición se levanta de toda la llamada tierra cristiana! Ahora, en la descomposición, se introduce un ruido terrible de catedrales rotas, de altares destrozados. La Iglesia es apaleada por sus propios hijos. Un fraile apóstata, que se complace en confesar con cinismo la suciedad de su vida, halagando la codicia de los poderosos y las pasiones de todos, levanta contra el Papa a una parte de Europa. Y los que se separan de la Iglesía de Cristo siembran una planta maldita, cuyos frutos continúan aún amargando el mundo. La Enciclopedia y las revoluciones son hijos de Lutero y de Calvino y de Zwinglio, y de Enrique VIII; y nietos suyos son la indiferencia y el liberalismo; y bisnietos, el ateísmo y el comunismo de nuestros días.

¿Quién se levantará contra este monstruo formidable del protestantismo? Pues ese pobre cojo, Ignacio, el hombre del saco. Al principio no entiende la llamada del Señor. Somete su pierna estropeada a una operación dolorosa que le devuelva su forma primitiva; una operación de cirugía estética, diríamos hoy. Pero después, ya va comprendiendo: desiste de ir a la corte del emperador y arde en deseos de adquirir ciencia para servir así a Jesucristo. Son los años de Manresa, de Barcelona, de Alcalá, de Salamanca, y luego de París. Y la labor con un pequeño grupo de hombres jóvenes, que le abandonan, como le abandonan los que habiéndole dado su promesa de regresar, no vuelven ya a París, después de haber ido a vivir a sus casas. ¡El apego a la familia, la sensualidad que ata a los que tienen la misma sangre! Por tercera vez, uno a uno, va formando a los que han de ser la base de la Compañía; Javier, el sabio orgulloso, se transforma en Javier el humilde. Ya está en marcha una orden religiosa, que dura hasta nuestros días y que ha de durar, sin duda, hasta el final de los tiempos.

Pero no es sólo Ignacio; una mujer, Teresa, va fundando en España, como ella dice, sus palomarcicos (228), que hoy llamaríamos dinamos sobrenaturales, generadores de vida espiritual intensa. ¡Qué contradicciones caen sobre ella! La acusan de ser una mujer andariega y mala monja. Teresa lo soporta todo reciamente y aun se entretiene, con mucho amor de Dios, en motejar con apodos a los que la combaten. Sobre su orden, como sobre la de Ignacio, se desata toda la saña de la hipocresía religiosa. ¡Qué de censuras y persecuciones se dirigen contra la Compañía porque, acomodándose a las necesidades de los tiempos, ha puesto hábito de clérigo a los suyos y les dispensa de los rezos del coro y de las disciplinas y mortificaciones comunes!


3) ¿Y ahora, en el siglo XX? Como en el XIII, como en el XVI, Dios no se ha cortado las manos. Non est abbreviata manus Domini! (229); no se ha empequeñecido el poder de Dios, que continúa concediendo nuevas maravillas en favor de los hombres. Ahora, el Señor desea revivir el apostolado de los primeros cristianos, quiere que el mundo vuelva a la estima y a la práctica de las virtudes que distinguieron a nuestros primeros hermanos en la fe. Y elige pobres hombres sin talento, sin posición económica, sin prestigio, sin virtudes, porque ésta es siempre la característica de las obras de Dios: la estrechez de los comienzos, la pequeñez de los que las inician. Y les pide la discreción, el entregamiento, el celo de los primeros fieles.

A nosotros nos ha encargado esa misión: sin sacarnos del mundo, dejándonos donde estábamos, para que enderecemos a Él toda la gloria y le llevemos almas. ¿Cómo no nos hemos vuelto locos de amor? ¿Cómo no nos deshacemos en afectos de humildad y de agradecimiento? Et in meditatione mea exardescit ignis (230). En la oración se enciende el fuego de mi alma: que cada uno vierta sus afectos en Dios, pensando en la gran misión que nos ha confiado. Que cada uno piense cómo es su respuesta: mi vida y la Obra, mi vida y mi vocación cristiana, mi vida y la formación de los que vengan, mi vida y el proselitismo.

¡Qué campo tan inmenso para la actividad de un alma apostólica, con nuestro espíritu, con nuestras características peculiares! ¿Qué importan las contradicciones, o los obstáculos, o mi propia incapacidad personal? Ya sé que, de mí mismo, sin la ayuda divina, soy incapaz del menor pensamiento bueno (231). Pero el Señor está a nuestro lado. Zelo zelatus sum pro Domino Deo exercituum (232), con celo estoy encelado por el Señor Dios de los ejércitos.

¡Madre nuestra, Regina Apostolorum, Spes nostra! ¿Por qué no nos concedes que los hermanos nuestros que están en Levante, y los que se encuentran en el otro lado -en el norte y en el sur- logren concretamente ahora, en estos días, almas nuevas para la Obra, almas llenas de deseos de santificarse, de servir a Dios? San José, maestro de oración: ruega para que -sobre todo en estos momentos- no aflojemos, ni decaigamos.

Que no se quede nuestra oración sólo en palabras: un propósito o dos, concretos, de rectificación o mejora personal, que pongan en pie -que manifiesten con hechos- el convencimiento de que no sólo estamos ocupándonos de una cosa buena. Esto es mucho. Pero es poco. Porque lo que hacemos es cumplir un mandato imperativo de Cristo (233).



(226). Cfr. Hech 9, 5.

(227). Cfr. Tertuliano, Apologético 37.

(228). Así denominaba Santa Teresa de Jesús a los conventos que iba fundando.

(229).18 59, 1.

(230). Sal 38, 4.

(231). Cfr. 2 Cor 3, 5.

(232). 1 Reg 19, 10

(233). Cfr. Camino, n. 942.