Crecer para adentro/La Comunión de los Santos

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LA COMUNIÓN DE LOS SANTOS (*) (8-IV-1937)

J. M. Escrivá, fundador del Opus Dei

(*) Estas palabras fueron pronunciadas por el Beato Josemaría después de la Santa Misa, que en un primer momento celebraba en el vestíbulo del Consulado. Cfr. lo que se explica en la Presentación de este volumen.


1) Unidos íntimamente con Jesús Sacramentado,a quien acabamos de recibir, vamos a recordar en nuestra oración a los hermanos nuestros que todavía libran las peleas de esta vida, a los que acabaron ya el combate y se purifican ahora en el Purgatorio, y a los que gozan ya de Dios en el Cielo: la Iglesia militante, la Iglesia purgante y la Iglesia triunfante. El propósito será tener siempre muy presente la consoladora doctrina de la Comunión de los Santos.

Todas nuestras oraciones y nuestras obras hechas en estado de gracia consiguen dos efectos: el satisfactorio y el meritorio. Podemos pagar la deuda de nuestros pecados y merecer la gracia divina. Es doctrina teológica que estos dos tesoros podemos también aplicarlos a otras almas que los necesiten, precisamente por hallarnos unidos a todo el Cuerpo Místico de Cristo. Esos efectos de nuestras oraciones y buenas obras recaen principalmente sobre quienes están unidos a nosotros ex radice caritatis, por la raíz de una misma vocación cristiana y una misma caridad.

Por ejemplo, los méritos de cada obra buena que realice yo os benefician a cada uno de vosotros, que sois mis hijos; los méritos vuestros vienen a favorecer, a ayudar a todos vuestros hermanos y a mí. Por la Comunión de los Santos, nunca podemos sentirnos solos, pues constantemente nos llegan alientos espirituales de las cárceles, de las trincheras, de donde quiera se encuentre alguno de vuestros hermanos. La consideración de esta realidad nos impulsa a un detenido examen de nuestra conducta en este lugar, que es como una prisión para nosotros. Porque aquí, en esta aparente inactividad, contamos con la posibilidad de trabajar mucho por dentro, y acompañar a cada uno de vuestros hermanos en peligro, y velar por ellos. Y al contrario: cada vez que dejamos de hacer una mortificación, cada vez que recortamos el tiempo de la oración, les causamos un perjuicio, no les ayudamos a sobrellevar sus penas, a rechazar sus tentaciones. Tenedlo siempre muy presente. Que esta consideración os sirva de estímulo en vuestra vida interior. No olvidéis que, aunque los cristianos seamos muchos, formamos un solo cuerpo en Cristo, en unión con las ánimas benditas del Purgatorio y las de la Iglesia triunfante.


2) Así como hay hermanos nuestros que sufren en la tierra, quizá haya alguno en el Purgatorio. No gusta a las gentes, en general, oír hablar de Purgatorio y de Infierno; sólo quieren que se les hable del Cielo. No son como aquellos primeros hermanos nuestros en la fe, que cultivaban una virtud recia y no sentían miedo de nada. Se parecen más bien a estas imágenes modernas de colorines, dulzonas. Si nos oyesen hablar, dirían que estamos locos, ¡locos! Pero son ellos los que cometen la gran locura de pretender pasar de esta vida a la eterna, de la tierra al Cielo, sin sufrir lo más mínimo, sin poner los medios sobrenaturales, entre los que se cuenta la mortificación, la unión con la Cruz de Cristo.

Hay quienes sufren en el Purgatorio. Nosotros, con nuestras oraciones y nuestras buenas obras, estamos en condiciones de aliviarlos en sus dolores y de llevarlos a la verdadera Vida, con mayúscula, y al Amor verdadero, con mayúscula también.

Cuando transcurran los años, contaremos que durante la revolución y la guerra civil fuimos acogidos en este refugio diplomático. Y a pesar de los pesares -y es mucho el pesar y son muchos los pesares que estamos sufriendo-, recordaremos con gratitud al jefe de esta misión, que nos ha salvado la vida terrena. Si esto es así aquí abajo, imaginaos cómo agradecerán las ánimas benditas del Purgatorio que les ayudemos a llegar pronto a la Vida, con mayúscula. ¡Con qué alegría nos pagarán desde el Cielo nuestros sufragios, intercediendo por nosotros, presentando a Dios nuestras buenas obras, realzándolas y acrecentando nuestros méritos!


3) Esta consideración nos anima a pensar en la Iglesia triunfante. Recuerdo con gran consuelo una conversación que mantuve con un gran santo; lo asesinaron en julio del año pasado, cuando se hallaba sazonado, preparado para ir al encuentro del Amor, pues había escrito todo el libro de su vida, desde el principio hasta el fin, con letras de oro (8).

Ya sabes, Señor, que yo tampoco tengo más Amor que el tuyo, que no deseo atarme a los amores de la tierra, que se derriten como cera puesta al sol. Hablábamos de la posibilidad de sufrir martirio. Le dije que no me asusta la muerte: que la aceptaría gustoso cuándo, dónde y cómo quisiera el Señor mandármela, pero que sentiría abandonaros. Y continué afirmando, mientras él asentía, que los afectos santos de la tierra se conservan en el Cielo: allí podremos pedir por las personas a las que quisimos aquí abajo.

¿Veis que no estamos solos? Como los primeros fieles en la quietud de las catacumbas romanas, podemos clamar: Dominus illuminatio mea et salus mea, quem timebo? (9); el Señor es mi luz y mi salvación, ¿a quién temeré? Sólo así podemos explicarnos las hazañas, verdaderamente recias, que llevaron acabo aquellos primeros cristianos. Con una confianza segura en la ayuda de Dios, sin hacer cosas raras, entraron en todas partes: en el foro, en los palacios, hasta en la casa del emperador. Con razón pudo escribir Tertuliano: "Somos de ayer y lo llenamos todo; solamente os hemos dejado vuestros templos" (10), los lugares donde un cristiano no debe vivir, porque sería ofensa de Dios. Estaban tan unidos por medio de las buenas obras, que ya exclamaban con sus vidas: congregavit nos in unum Christi amo r(11), el Amor de Cristo nos ha hecho ser una sola cosa.

Si los Santos del Cielo se preocupan de nosotros, ¡con cuánta más razón se ocupará nuestra Madre Inmaculada! ¡Qué confianza nos tiene que dar su intercesión! Siempre producen efecto nuestras oraciones, pero a veces se palpa de una manera especial, como en estos días. ¡Cómo nos hemos llenado de paz al enterarnos de algo, que es consecuencia de lo que habíamos pedido! Esto sucederá siempre que hagamos verdadera oración: una oración atenta, piadosa, llena de fe. Hay personas que rezan sin darse cuenta de lo que dicen, que recitan el Rosario y quizá comulgan todos los días, pero lo repiten rutinariamente, con poca piedad. No se dan cuenta de que los sacramentos no son un fin en sí mismos: son medios para unirse más y más a Dios. No sólo de pan vive el hombre, sino que es necesaria también la palabra, la oración, cuajada con las debidas condiciones.

Por eso, para vivir la Comunión de los Santos según el verdadero espíritu cristiano, es imprescindible que no dejéis la oración mental, que os esforcéis por tratar a Dios en todos los momentos y ocupaciones de la jornada, sin hacer cosas raras. ¿Es la hora de hacer deporte? Muy bien, practica el deporte. ¿Estás en la universidad? Bien, estudia y aprovecha el tiempo. Pero, siempre y en todo lugar, oración, oración.

Un coloquio con San José, Maestro de la vida interior. Renovad los propósitos que hayáis formulado para toda vuestra vida y, sobre todo, para el día de hoy. Repetidle la oración que le dirige la Iglesia: Fecit te Deus quasi Patrem Regis, et dominum universae domus eius: ora pro nobis! (12).


(8). Se refiere a D. Pedro Poveda, fundador de la Institución Teresiana, buen amigo suyo a pesar de la diferencia de edad que existía entre los dos. Se encontraron, por última vez, pocos días antes del estallido de la guerra civil. Asesinado en Madrid, por odio a la religión, el 28 de julio de 1936, ha sido beatificado por el Santo Padre Juan Pablo II, el 10 de octubre de 1993.

(9).Sal 26,1.

(10). Cfr. Tertuliano, Apologético 37.

(11). Himno litúrgico Ubi caritas.

(12). Cfr. Breviario Romano de San Pío V, Responsorio breve de la III lectura del I Nocturno de la fiesta de San José.