Crecer para adentro/Jesucristo dormido en la barca

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JESUCRISTO DORMIDO EN LA BARCA (19-VII-1937)

J. M. Escrivá, fundador del Opus Dei


Abrimos el Evangelio y nos representamos a Jesucristo dormido en la barca, y nosotros a su lado (212). Nuestra petición será que nos conceda su paz y su ayuda en medio de las borrascas y tempestades del mundo.

Ayer -pensamos- ¡cuántas faltas de correspondencia de nuestra parte! ¿Cómo obtendremos la palabra de indulgencia de Jesucristo? Si observamos en el Evangelio las personas que se mueven en derredor de Jesús, y que gozan preferentemente de los favores de su intimidad, advertiremos que pertenecen, casi exclusivamente, a estos tres grupos: los Apóstoles, los niños, y los enfermos de cuerpo o de alma, los pecadores. ¿Por qué, pues, si no podemos hoy ser apóstoles, queriendo serIo, no nos decidimos a incluirnos en la categoría de los niños? ¿No lograremos así, achicándonos, mayor probabilidad y mayor derecho a alcanzar la piedad del Maestro? No vacilemos, pues; con la cara llena de churretes, las manos sucias, el vestido desgarrado, por entre la muchedumbre de pequeños que le siguen constantemente, nos llegaremos hasta él. su mirada, lumbre que purifica y que revive, está puesta en nosotros.

Pero... ¿no habíamos comentado al principio que estábamos en la barca con Jesús, en esta barca de la Obra en la que Él desea que, en su compañía, cumplamos este viaje de la vida? ¿Por qué intentamos salimos de esta barca? ¿No correremos entonces el riesgo de perecer entre las olas que nos rodean? Bien seguros nos refugiamos aquí, puesto que avanzamos con Él. No me canso de repetiros que, si no le dejamos, Él no nos dejará. ¿Que sobrevendrán borrascas, y quizá tempestades terribles contra la barca de la Obra y contra la barca de mi alma? Bien. ¡Pero qué seguridad la tuya, la mía, al estar con Cristo, qué confianza nos da su amparo! Y aquí se encienden y se vierten en Él nuestros afectos.

¿Cómo han de ser estos afectos? Ayer, hoy, siempre, pase lo que pase, estos afectos no pueden ser sino afectos de confianza. No nos dirijamos al Señor con quejas, con tristezas y desmayos. ¿Por qué ocurre todo esto? Supongamos que nos sucediere lo peor que pudiera ocurrimos: que no por fragilidad, sino por malicia, con un odio teológico a Jesucristo, desobedeciésemos su Voluntad abandonándonos a las borrascas del mar del mundo, e incluso buscándolas. Nada puede existir más horrible -antes morir- que esa oposición consciente a Dios. Pues incluso en un caso tan extremo deberíamos después dirigirnos a Jesús sin perder la confianza. Quizá en una situación así no podríamos ser ni apóstoles ni niños; ¿pero no hablábamos antes de un tercer grupo de personas a las que Cristo ama con predilección, los pecadores? Sí, éste habría de ser entonces el grupo propio, el nuestro, para no perder la confianza en el Señor: el de los enfermos del alma, el de los pecadores. En ese caso no deberíamos intentar otra cosa que acercarnos al Maestro, con entera confianza, a pesar de nuestra lepra y de nuestra miseria.

Hijos míos, paz. Considerando esta confianza en Jesucristo -que nunca ha de abandonarnos-, obtendremos una confirmación de nuestra paz. Él está con nosotros. El mar que nos rodea, es cierto, parece a ratos un cristal azogado cuya lisa superficie no riza ningún viento; otras veces se alzan montes de agua que nos anegan, que nos hunden -así amenazan- en los abismos más profundos. Estas tempestades pueden suponer un peligro de zozobra, o para la barca de la Obra, o para la de nuestra alma. ¿Habremos de inquietamos por eso? No, si permanecemos junto a Cristo.

Pongámonos en lo peor. La Obra, deshecha; combatidos los que la sirven, por toda clase de persecuciones; heridos, por la traición de muchos Judas; asediados, por tremendas necesidades económicas; desprestigiados, sin conseguir nada de lo que pretendían. Lo peor, en fin. Bien, ¿y eso qué? Parece entonces como si el Señor nos hablará: "Hijo mío, la revolución más terrible que registra la historia; tu interior descompuesto por los miasmas que se han infiltrado de fuera; todo eso, es cierto, está pasando sobre ti como una furiosa tormenta. Pero nada puede robarte la paz, a no ser el pecado grave. En cuanto a mi Obra, sabes que se ha de realizar, porque Yo lo dispongo, contigo, sin ti, o a pesar de ti. ¿Acaso piensas que no estimo que en la más florida juventud hayas hecho entrega a tu Dios de todo el amor capaz de albergar tu corazón humano? Permanece fiel; lo demás, ¿qué importa?".

Es verdad. El Señor contempla nuestro esfuerzo: Él nos sostendrá. Además, yo sé que el Corazón de mi Señor no consentirá que me abrumen tantas calamidades juntas como las que antes he apuntado. Pero si Él decide probar nuestra fe y se queda dormido en la barca, aún encuentro un recurso, que es clamar con una súplica llena de confianza: ¡Sálvanos, Señor, que perecemos! (213). Estoy seguro de que, entonces, Él mandará con imperio a los vientos y tempestades, y ordenará al mar que se apacigüe.

¿Por qué, pues, abandonarnos a estos temores, a estas preocupaciones que nos roban la quietud? Cristo vence, Cristo reina, Cristo impera. Con su omnipotencia, Él no cesa de corresponder al ofrecimiento que un día le presentamos con aquellas palabras de Samuel: ecce ego, quia vocasti me! (214); ¡aquí estoy, porque me has llamado! Y aunque no fuéramos fieles, Él puede sustituir -en favor de la Obra- un Helí por un Samuel, un Judas por un Matías, un Saúl por un David. Hemos de conservar la paz, sabiéndonos instrumentos de la victoria de Dios, brazos que sostienen el cetro de su reinado, soldados del ejército que defiende su imperio en el mundo.

A ti nos dirigimos ahora, Madre nuestra. Entre esos dulces piropos con que te invocamos y que forman como un tesoro de piedras preciosas, después de esos Mater, y Spes, y Sedes Sapientiae, hay una gema que el Pontífice anterior al actual quiso engarzar en tu corona: Regina pacis, Reina de la paz. Fue Benedicto XV quien te dio ese título tan hermoso (215); pero no te consideramos nosotros ahora sólo como Reina de esa paz material que hace enmudecer los cañones, que convierte a los pájaros sembradores de muerte en palomas mensajeras del amor, sino también como Reina de la paz interior. Sí, intercede por todos tus hijos de la Obra, trae a sus corazones la paz que les empuje a sentirse seguros y tranquilos en medio de todas las vicisitudes. Rogando por cada uno, terminamos la oración con un Acordaos.

Aprovechad el coloquio con nuestra Madre Santa María, para lograr la gracia eficaz que reúna, en nuestro apostolado, a tantas almas como hay en el mundo, muy dispuestas a servir a Cristo precisamente ahí; y pedid que el solo deseo de emprender este camino cristiano les llene de esa bendita paz, que es el resello que certifica la autenticidad de nuestro abolengo de familia sobrenatural.



(212). Cfr. Mt 8, 24.

(213). Mt 8, 25.

(214). 1 Sam 3, 9.

(215). El Papa Benedicto XV añadió la invocación Regina pacis a las letanías laureanas, con ocasión de la primera guerra mundial.